ÍNDICE
INTRODUCCIÓN GENERAL [1-9]
I. LA
INSEGURIDAD Y LA VIOLENCIA EN MÉXICO [11-110]
INTRODUCCIÓN [10-11]
1. LA
ESCALADA DEL CRIMEN ORGANIZADO [12-26]
2.
FACTORES QUE CONTRIBUYEN A LA INSEGURIDAD Y VIOLENCIA [27-106]
2.1 En la actividad económica [28-40]
2.1.1 Pobreza y desigualdad [32-34]
2.1.2 Insuficiencia de las reformas económicas [35-37]
2.1.3 Desempleo y subempleo [38-40]
2.2 En la vida política [41-58]
2.2.1 Corrupción e impunidad [45-48]
2.2.2 Inseguridad ciudadana [49-50]
2.2.3 Procuración de Justicia [51-52]
2.2.4 Sistema penitenciario [53]
2.2.5 Violencia Institucionalizada [54-55]
2.2.6 Las fuerzas de seguridad [56-58]
2.3 En la vida social [59-80]
2.3.1 Violencia intrafamiliar [67-68]
2.3.2 Violencia contra las mujeres [69-70]
2.3.3 Violencia infantil [71-72]
2.3.4 La violencia, los jóvenes y los adolescentes [73-75]
2.3.5 Violencia y vida comunitaria [76-80]
2.4 En la cultura [81-97]
2.4.1 Emergencia educativa [86-87]
2.4.2 Medios de comunicación social [88-91]
2.4.3 Religión y cultura [92-97]
3. UN
ENFOQUE PARA ABORDAR LA COMPLEJA REALIDAD DE LA VIOLENCIA[99-101]
4. TRES
FACTORES SOBRE LOS QUE URGE INTERVENIR [102-106]
II.
CON LA LUZ DEL EVANGELIO Y DE LA DOCTRINA SOCIAL [107-184]
INTRODUCCIÓN [107-113]
1. DIOS
PADRE, CREADOR, NOS AMA CON AMOR MISERICORDIOSO [114-115]
2. EL PECADO ACECHA A
TU PUERTA… TÚ PUEDES DOMINARLO [116-129]
3. LA PROMESA DE
DIOS: EL PRÍNCIPE DE LA PAZ [130-131]
4. EN
CRISTO, NO HAY LUGAR PARA LA VIOLENCIA [132-139]
5.
INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA [140-142]
6.
LLAMADOS A FORMAR UNA HUMANIDAD NUEVA [143-145]
7. AL SERVICIO DE LA
UNIDAD [146-153]
8. POR
LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ [154-156]
9.
ENVIADOS A DAR FRUTOS DE PAZ [157-184]
9.1 Con la
fuerza del amor [161-162]
9.2
En comunión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad [163-176]
9.2.1
El bien común universal [163-168]
9.2.2 Caridad y verdad [169-171]
9.2.3 Caridad y Justicia [172-175]
9.2.4 Caridad y Libertad [176]
9.3 Constructores de la Paz, promotores del desarrollo humano integral
[177-184]
III.
PROMOVER EL DESARROLLO – CONSTRUIR LA PAZ [185-239]
INTRODUCCIÓN
[185-188]
1. FORMAR MUJERES Y
HOMBRES NUEVOS EN CRISTO [189-197]
1.1 Transmisión de la fe [191]
1.2 La tarea educativa [192-194]
1.3 La
familia [195-196]
1.4 La vida
comunitaria [197]
2.
EDUCACIÓN PARA LA PAZ [298-208]
2.1 Difundir pensamientos de paz [199]
2.2 Fomentar sentimientos de paz [200]
2.3 Impulsar gestos de paz [201]
2.4 Promover un lenguaje de paz [202]
2.5 Los Medios de comunicación al servicio de la paz [203]
2.6 Educar para la legalidad [204]
2.7 Aprender de la historia[205-208]
3.
CIUDADANÍA PARA LA PAZ [209-216]
3.1 Incidencia social [213]
3.2 Incidencia política [214]
3.3 Incidencia cultural [215]
3.4 Incidencia en la construcción de la paz [216]
4.
CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ [217-239]
4.1 Impulsar el desarrollo humano integral [217-218]
4.2 Promover los derechos y deberes humanos [219]
4.3 Impulsar la reconciliación social [220-229]
4.4 La misión reconciliadora de la Iglesia [230]
4.5 Ecumenismo por la paz [231-232]
4.6
Orar por
la paz [233-239]
LLAMAMIENTO FINAL [240-256]
CONCLUSIÓN [257-258]
INTRODUCCIÓN GENERAL
1.
«La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). Con el saludo de Jesús
Resucitado, víctima inocente, los Obispos de México saludamos a todos los fieles
de la Iglesia católica y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Con
esta Exhortación Pastoral queremos compartir nuestro discernimiento sobre la
misión de la Iglesia en la realidad de inseguridad y violencia que se vive en
nuestro país y alentar la esperanza de quienes por esta razón viven con miedo,
con dolor e incertidumbre. La Iglesia cumple su misión siguiendo los pasos de
Jesús y haciendo suyas sus actitudes (Cf. Mt 9,35-36); de Él aprendemos la
sublime lección de anunciar el Evangelio de la paz
con la confianza puesta en la fuerza transformadora del Amor.
2.
En los últimos meses, en toda la geografía nacional, suceden hechos
violentos, relacionados, en numerosas ocasiones, con la delincuencia organizada;
esta situación se agrava día con día. Recientemente se ha señalado que una de
las ciudades de la República Mexicana tiene el índice más alto de criminalidad
en el mundo. Esta situación repercute negativamente en la vida de las personas,
de las familias, de las comunidades y de la sociedad entera; afecta la economía,
altera la paz pública, siembra desconfianza en las relaciones humanas y
sociales, daña la cohesión social y envenena el alma de las personas con el
resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza.
3.
Nos acercamos a esta realidad con ojos y corazón de pastores.
Acompañamos en el camino de la vida a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y
compartimos sus esperanzas, sus logros y frustraciones; por ello, al ocuparnos
de los desafíos que la vida social, política y económica plantea a la vocación
trascendente del hombre, no lo hacemos como expertos, ni como científicos o
técnicos, no es esa nuestra competencia; lo hacemos como intérpretes y
confidentes de los anhelos de muchas personas, especialmente de las más pobres y
de las que sufren por causa de la violencia.
4.
Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado: la de los niños
abortados, la de las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de
secuestros, asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la
confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de
la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y frialdad
inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de
tantas personas y lamentamos los excesos, en algunos casos, en la persecución de
los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje
natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor,
el deseo de venganza y de justicia por propia mano.
5.
En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos de Él mismo su compasión
entrañable ante el dolor humano; su cercanía a los pobres y a los pequeños; y su
fidelidad a la misión encomendada. Contemplando lo que Él hizo, con la luz de su
Vida y de su Palabra, queremos discernir lo que nosotros debemos hacer en las
circunstancias que se viven nuestra patria.
Nos sentimos movidos a la compasión evangélica (Cf. Lc 10, 25-37) que nos
impulsa a acercar, a los que sufren, el consuelo de la fe, la fortaleza de la
esperanza y el bálsamo de la caridad.
6.
No es la primera ocasión en la que el episcopado mexicano se ocupa de
esta realidad. Hace poco más de cuarenta años, cuando llegaba a su fin la época
del llamado «milagro mexicano»
nuestros predecesores, en su Carta Pastoral Sobre el desarrollo y la
integración del país señalaban: «Estamos llegando a un punto en que es
sumamente urgente que los ciudadanos se decidan a buscar y aceptar
‘transformaciones audaces, profundamente innovadoras’, si no se quiere aumentar
la potencia de los fuertes y la servidumbre de los débiles, orillando a las
mayorías a una reacción violenta y empeorando el estado de injusticia ‘que clama
al cielo’ por la violencia que se ejerce sobre la dignidad de las personas.»[7]
7.
Ahora, ante la necesidad de discernir los desafíos que este círculo
vicioso de inseguridad y violencia presenta a la misión de la Iglesia y que
tiene que ver también con la situación de pobreza y desigualdad que se vive en
nuestro país, acogemos la oportuna enseñanza del Santo Padre Benedicto XVI que
nos invita promover, con la caridad en la verdad, el auténtico desarrollo de
cada persona y de toda la humanidad.
En este horizonte, asumimos la Misión Continental a la que hemos convocado a la
Iglesia en México, en el espíritu del acontecimiento de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe;
ésta, nos exige fortalecer en todos los fieles de la Iglesia su condición de
discípulos misioneros al servicio de la construcción de la paz para la vida
digna del pueblo de México.
8.
Al acercarnos a esta compleja realidad, no perdemos de vista las grandes
riquezas del pueblo mexicano, por las que bendecimos y agradecemos a Dios. Somos
un pueblo de tradiciones con profundas raíces cristianas, amante de la paz,
solidario, que sabe encontrar en medio de las situaciones difíciles razones para
la esperanza y la alegría y lo expresa en su gusto por la fiesta, por la
convivencia y en el gran valor que da a la vida familiar. Precisamente, porque
sabemos que la raíz de la cultura mexicana es fecunda y porque reconocemos en
ella la obra buena que Dios ha realizado en nuestro pueblo a lo largo de su
historia, hoy queremos alentar en todos la esperanza.
9.
Para ello nos serviremos del método ver, juzgar y actuar. Este método nos
permite articular, de modo ordenado, la perspectiva creyente de ver la realidad,
con criterios que provienen de la fe y de la razón para discernirla y valorarla
con sentido crítico y, proyectar el compromiso de los discípulos misioneros de
Jesucristo.
Queremos así, clarificar y proponer la misión de la Iglesia en la construcción
de la paz [ para que en Cristo, México tenga vida digna ]. Compartimos con
sencillez y humildad esta reflexión y de igual manera ofrecemos nuestra
disposición a colaborar en esta tarea, con los hombres y mujeres de buena
voluntad comprometidos en formar una sociedad responsable y con quienes sirven a
la nación en el ejercicio honesto de la autoridad pública.
I.
LA INSEGURIDAD Y LA VIOLENCIA EN MÉXICO
INTRODUCCIÓN
10.
En México, al igual que en varios países de América Latina y del Caribe,
se está deteriorando, en la vida social, la convivencia armónica y pacífica.
Esto sucede por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos,
asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen
más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera.[11]
No se trata de hechos aislados o infrecuentes, sino de una situación que se ha
vuelto habitual, estructural, que tiene distintas manifestaciones y en la que
participan diversos agentes; se ha convertido en un signo de nuestro tiempo que
debemos discernir para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que
vino para que todos tengan vida y la tengan en plenitud (Cf. Jn 10,10).
11.
La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico
donde viven sus miembros. El dinamismo de la vida social, política, económica y
cultural representa desafíos a la misión de la Iglesia de construir el Reino de
Dios.
Por ello, comenzamos acercándonos a la realidad a partir de nuestra experiencia
de la fe en Cristo; de ella surge una manera de entender al hombre y a la mujer,
su ser integral de persona, conforme a su dignidad de hijos de Dios. Es parte de
un proceso de discernimiento, que es el método con que actuamos en la Iglesia,
no sólo como modo de proceder; sino porque la misma naturaleza de la Iglesia es
misterio de comunión con Cristo, en el Espíritu Santo. Así nos acercamos a los
grandes problemas que encontramos en nuestro camino, para que sean aclarados con
la luz del Espíritu que ayuda a caminar en la caridad hacia la verdad plena (Cf.
Jn 16,13).
1.
LA ESCALADA DEL CRIMEN ORGANIZADO
12.
En los últimos años se ha incrementado en nuestro país la violencia
causada por organizaciones criminales, distinta de la violencia intrafamiliar y
de la que es causada por la delincuencia común. Esta violencia tiene sus propias
características, sus causas y sus circunstancias. Se caracteriza por la
crueldad, por la venganza, por la exhibición de poder y por la intención de
intimidar a quienes son considerados rivales y a toda la sociedad.[15]
Algunas de las actividades criminales más comunes en este contexto son: el
narcotráfico, el secuestro, la trata de personas, el lavado de dinero, distintos
tipos de extorsión y las ejecuciones intimidatorias.
13.
Las actividades de la delincuencia organizada no son una novedad, tienen
raíces hondas. Quizá antes no eran tan evidentes como lo son ahora por la cruel
violencia que ejercen sobre muchas personas y sobre la sociedad. Lamentamos
profundamente que no haya sido combatida de manera oportuna y que se haya dejado
crecer[16].
Si en su momento, la omisión, la indiferencia, el disimulo o la colaboración de
instancias públicas y de la sociedad no fue justa y toleró o propició los
gérmenes de lo que hoy son las bandas criminales, tampoco es justo ahora
exculparse, buscando responsables en el pasado y evadir la responsabilidad
social y pública actual, para erradicar este mal social.
14.
El narcotráfico es una de las formas más difundidas del crimen
organizado. Desde hace varias décadas ya se promovía el cultivo de drogas en
distintas regiones del país y al mismo tiempo se tejieron redes de traficantes
con complicidad de instituciones y organizaciones gubernamentales y de la
sociedad. En su inicio el negocio ilícito se limitaba al cultivo y al tráfico de
drogas, que tenía como principal destino los Estados Unidos de Norteamérica. Al
difundirse la adicción a las drogas enervantes, México además de ser país
productor y de trasiego de la droga, se convirtió en un país consumidor,
cerrándose así el ciclo de: producción, distribución, venta y consumo.
15.
La disputa entre los cárteles de la droga por los territorios más
favorables, no sólo para el cultivo, sino para la producción de drogas
sintéticas y para el narcomenudeo ha propiciado enfrentamientos entre los grupos
delincuenciales y ha implementado el perverso oficio de los sicarios, que
organizados a su vez, se contratan para asesinar, tanto para mantener el control
del territorio, como para ajustes de cuentas.
16.
Hay muchas personas que tienen la convicción de que el crimen organizado,
para extender el alcance de su influencia, ha corrompido personas y grupos de la
sociedad, lo mismo que a grandes y pequeñas empresas. Para neutralizar la
intervención de la autoridad, evitándola, anticipándose a ella, o distrayéndola,
han corrompido también a servidores públicos, se han infiltrado en la estructura
de los distintos niveles de gobierno, de procuración de justicia y del sistema
judicial, convirtiéndose en una amenaza para la seguridad nacional y la
democracia y, por tanto, en un abierto desafío al Estado.
17.
La trata de personas es un delito considerado como la esclavitud del
siglo XXI. Este delito consiste en el traslado, forzado o por engaño, de una o
varias personas de su lugar de origen; en la privación total o parcial de su
libertad; en la explotación laboral o sexual. Es un acto criminal que viola los
derechos humanos, que lesiona la dignidad y la integridad de personas,
particularmente niños y mujeres, que son «vendidas» para ser explotadas
por redes de prostitución y por otras formas de explotación sexual; o para ser
dedicadas a la servidumbre, la mendicidad, al matrimonio servil, la extracción
de órganos y el turismo sexual.
18.
Los espacios conocidos como centros de rehabilitación, no tienen un
adecuado marco normativo. Algunos, encubiertos en la apariencia de instituciones
de beneficencia, se han convertido en espacios sociales propensos a una serie de
irregularidades, entre las que se encuentran las operaciones del crimen
organizado, utilizando a las personas y ejerciendo violencia en contra de ellas.
19.
Los escenarios de violencia requieren y dependen del tráfico de armas;
éstas son consideradas como un bien de intercambio en el mercado global,
prescindiendo de las implicaciones legales y éticas de su posesión y comercio.
El cese de la violencia se vuelve difícil por la fabricación y comercio ilícito
de armas de distintos calibres, que son instrumentos para el empleo ilegítimo de
la fuerza y comúnmente se utilizan para la mayor parte de violaciones de los
derechos humanos en el mundo.
20.
Hay una clara coincidencia en la ruta que siguen el tráfico de drogas, la
trata de personas y el tráfico de armas. Es necesario tener en cuenta que estas
actividades delictivas no son exclusivas de nuestro país; que están
interconectadas entre sí y con grupos criminales de otros países; que se
articulan en la lógica del mercado global para extender su poderío y optimizar
sus ganancias ilícitas. Sin una acción de nivel internacional, concertada entre
los países que se ven involucrados, los resultados de los esfuerzos que se hagan
en México, para erradicar este mal o debilitar sus efectos, serán muy pobres.
21.
El secuestro es una actividad criminal que ya tiene historia. Actualmente
cualquier persona puede ser víctima, tanto en las ciudades como en las
comunidades rurales. Se realiza en diversas modalidades, como la amenaza de
secuestro, el secuestro exprés, o el secuestro que priva de la libertad
por tiempo indefinido, tratando con crueldad a la víctima para exigir el rescate
correspondiente. Para quienes son víctimas y para sus familias, el secuestro es
la experiencia de una interminable agonía que deja en ellas profundas secuelas
emocionales. Llama la atención el uso de altas tecnologías por parte de los
plagiarios y la complicidad, en ocasiones, de los cuerpos policiacos.
22.
La extorsión es otra forma de violencia que gana terreno. Consiste en la
intimidación de una persona mediante amenazas, contra la libertad o integridad
física propia o de sus familiares o contra su patrimonio, con la finalidad de
conseguir de ella trasferencias de dinero o comportamientos contrarios a su
voluntad.
23.
El lavado de dinero es el proceso a través del cual es encubierto el
origen del dinero generado por actividades ilegales o criminales -tráfico de
drogas, contrabando de armas, corrupción, fraude fiscal, malversación pública,
extorsión y trabajo ilegal-. El objetivo de la operación, que generalmente se
realiza en varios niveles, consiste en hacer que el dinero obtenido a través de
actividades ilícitas aparezca como el fruto de actividades legítimas y circule
sin problema en el sistema financiero.
24.
Las ejecuciones, cada vez más crueles, son la manifestación dolorosa y
visible del crimen organizado. Con ellas genera el miedo social y hace sentir su
poder o capacidad de controlar y proteger el desarrollo de sus negocios
ilícitos. Se dan por el ajuste de cuentas entre quienes están involucrados en el
comercio ilegal de las drogas que no cumplen pactos o reglas y se dan también
por la disputa armada entre mafias o cárteles que arrebatan o defienden el
control de mercados y de territorios. Son muy lamentables las muertes de miles
de personas, entre ellas muchas inocentes y efectivos de las fuerzas de
seguridad del Estado. Al amparo de la confusión generada por esta violencia, se
consuman crímenes de quienes se hacen justicia por su propia mano por otra clase
de agravios entre particulares.
25.
Los feminicidios, los crímenes por homofobia y aquellos perpetrados
contra distintos grupos vulnerables en varios lugares de México, en especial en
la frontera norte, nos hablan también de una nueva manifestación de la violencia
de género que ha merecido el repudio nacional e internacional y que ha sembrado
muchas dudas sobre la impunidad que tienen los grupos criminales en la nación
mexicana.
26.
La situación que hemos considerado hasta aquí, nos hace constatar una vez
más «que algo está mal y no funciona en nuestra convivencia social y que es
necesario exigir y adoptar medidas realmente eficientes para revertir dicha
situación.»[17]
Debemos ir más allá en nuestro análisis, no podemos quedarnos en la descripción
de las principales actuaciones del crimen organizado que diseminan el clima de
violencia, hay que actuar asumiendo nuestra responsabilidad social y vigilar que
las instancias públicas asuman la suya. Para ello es necesario ir a la raíz de
los graves males que aquejan a la sociedad.[18]
2.
FACTORES QUE CONTRIBUYEN A LA INSEGURIDAD Y VIOLENCIA
27.
Esta violencia, que tiene su origen en las actividades de la delincuencia
organizada y cuyas manifestaciones hemos descrito, es una realidad compleja,
difícil de explicar en una sencilla relación de causalidad; es también una
realidad multidimensional, que toca distintos ámbitos de la vida, en los que
debemos descubrir los factores que contribuyen a su existencia y sobre los que
se debe intervenir, para prevenirla, atenuar sus efectos y atender a las
personas más vulnerables.
2.1
En la actividad económica
28.
La economía es uno de los ámbitos en los que debemos buscar los factores
que contribuyen a la existencia de la violencia organizada. La desigualdad y la
exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la
discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, exponen a
la violencia a muchas personas: por la irritación social que implican; por
hacerlas vulnerables ante las propuestas de actividades ilícitas[19]
y porque favorecen, en quienes tienen dinero, la corrupción y el abuso de poder.
29.
El contexto de la actividad económica es el de la globalización. Este
fenómeno no es, a priori, ni bueno ni malo; dependiendo de cómo se
gestione propiciará la redistribución de la riqueza o el incremento de la
pobreza y la desigualdad.
En México la globalización ha favorecido la difusión y el fortalecimiento de un
modelo de economía de mercado que se ha mostrado incapaz de resolver, como lo
pretendía, todos los problemas sociales.
30.
Si bien, en este contexto, este modelo de economía ha propiciado el
crecimiento económico de algunos sectores productivos en algunas regiones del
país, también ha originado, en otras regiones, el deterioro de sectores
vulnerables, que apenas han podido subsistir o que han sido excluidos de una
economía moderna que no se interesa por aspectos fundamentales de la vida social
y económica como son el derecho al trabajo, la conservación de los recursos
naturales y la preservación del medio ambiente.
31.
La democracia no ha alcanzado la economía y no se ha consolidado un
mercado justo y solidario. Las oportunidades no son las mismas para todos. Los
productos agrícolas se encarecen por los intermediarios. Grandes empresas
trasnacionales, en competencia desigual, sacan del mercado a las empresas
medianas y pequeñas. Los precios no son fijados por la oferta y la demanda sino
por quienes tienen el control del mercado. La economía regional y nacional se
corrompe por la interrelación de grupos mafiosos y grupos de interés. En las
actividades económicas el imperio de la ley del más fuerte es una forma de
violencia que genera frustración y rencor social.
2.1.1 Pobreza y desigualdad
32.
La pobreza ha crecido. En el contexto de la crisis financiera mundial los
resultados conseguidos en años, por la implementación de programas para la
superación de la pobreza, han retrocedido en meses.[21]
No sólo se incrementan las formas de pobreza tradicional y de injusticia social
que ya existían, sino que aparecen nuevas categorías sociales que se empobrecen
y surgen nuevas pobrezas. Esta situación no puede ocultarse tras la generalidad
de las estadísticas, la pobreza adquiere en la vida real rostros muy concretos.
33.
México es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de
la riqueza en el mundo. Esta situación se ha profundizado por el progresivo
deterioro de la capacidad adquisitiva de los trabajadores; por el incremento del
desempleo; la falta de condiciones favorables para la micro, pequeña y mediana
empresa; la caída en la calidad de vida, la corrupción endémica, la paulatina
disolución de las clases medias y la concentración de riqueza en pocas manos.
34.
Esta distribución desigual de la riqueza abona el sustrato para la
delincuencia organizada. Los negocios ilícitos, que implican graves riesgos,
ofrecen la perspectiva de tener jugosas utilidades en breve plazo. Esto es una
tentación para quienes se encuentran en el límite de la sobrevivencia y
excluidos de los procesos productivos. También lo es para quienes quieren
sostener un estilo de vida suntuosa que excede las posibilidades que da un nivel
de ingresos ordinario. La necesidad y la ambición exponen de igual manera a
pobres y ricos a buscar ganancias sin importar su procedencia, ni los riesgos y
costos humanos que implican. La desigualdad provoca una honda insatisfacción y
sensación de injusticia, que es la puerta de entrada de la violencia y por
consiguiente, de un clima de inseguridad.
2.1.2 Insuficiencia de las reformas económicas
35.
Las reformas que se han hecho para situar la economía del país en el
conjunto de la economía global en poco tiempo se han vuelto insuficientes. Las
exigencias para la integración equitativa del país en mercados más amplios nos
han rebasado. La formación profesional ha quedado fuera del alcance de una gran
mayoría de mexicanos. Crece constantemente el número de jóvenes que no estudian
ni trabajan, con lo que se incrementa la migración y la economía informal.
36.
El Tratado de libre comercio de América del Norte propició el suministro
de alimentos con base en la importación, aprovechando los precios más favorables
para el mercado con el consiguiente descuido del desarrollo de la agricultura
nacional; con ello, la vida agrícola, actividad vital para un sector importante
de la población, se vio afectada, con sus consecuencias no sólo económicas, sino
también sociales, políticas y culturales.
37.
Este proceso ha sido una experiencia frustrante y es la causa de un enojo
contenido, pues México no ha alcanzado la soberanía alimentaria; las políticas
económicas en general no promueven el desarrollo agrícola ni apoyan a los
productores del campo, más bien los han puesto en condiciones de desventaja al
no poder competir con los productos subvencionados de los países que son socios
comerciales. En esta circunstancia ha sido mucho más rentable para muchos
campesinos, por decisión propia o por coacción, recurrir a la siembra de
estupefacientes. Estos cultivos ilícitos son puerta abierta a la inseguridad y
violencia
en distintas regiones de la geografía nacional.
2.1.3 Desempleo y subempleo
38.
Según datos del INEGI, en el tercer trimestre de 2009 el número de
personas desocupadas y sin posibilidad de obtener un ingreso llegó a 2.9
millones de mexicanos, lo que significó una desocupación del 6,2 % de la
población económicamente activa. En las zonas más urbanizadas, con cien mil y
más habitantes, alcanzó 7.6 %. En el mismo período, en el año anterior, la tasa
de desocupación fue de 4.2 %. En el tercer trimestre de 2009, el 28.2 % de la
población económicamente activa trabajaba en el sector informal.
39.
El porcentaje de jóvenes que, incluso teniendo estudios, no tiene acceso
a empleos estables y remunerados es muy alto. Esto hace que muchos de ellos,
ante la falta de alternativas, sean oferta laboral para la demanda de quienes se
dedican al narcomenudeo o a la delincuencia organizada. La precariedad del
trabajo y el subempleo también están entre los factores que explican la
violencia urbana.
2.2
En la vida política
40.
Los cambios motivados por la globalización no han estado acompañados por
la necesaria reforma política y social que requiere la nación. El hecho de que
aún subsistan los efectos de la polarización generada en la pasada
elección presidencial[23],
hace muy difícil el diálogo entre los actores de la vida política, quienes ante
los graves problemas de México, muchas veces se encierran en posiciones
irreductibles, no se escuchan, se ofenden y descalifican, niegan
sistemáticamente al adversario rechazando irreflexivamente sus propuestas, con
la consiguiente dificultad para lograr acuerdos viables y consensos que
capitalicen la buena voluntad de la mayoría de los ciudadanos para alcanzar el
bien común de toda la nación.
41.
En medio de la crisis de inseguridad y violencia, se van organizando
grupos sociales que de distintas maneras buscan hacer sentir su frustración
social ante las insuficientes garantías de seguridad que tienen los ciudadanos y
ante la impunidad en que quedan muchos delitos del crimen organizado. Muchas
personas, al dolor de haber perdido un ser querido o a su condición de víctimas
inocentes, añaden la impotencia de respuestas parciales, en ocasiones
contradictorias y hasta cómplices de las instancias de servicio público. Cuando
la frustración de estos grupos sociales es capitalizada por actores políticos
para sus propios fines, aumenta el riesgo de reivindicaciones violentas y el
peligro para la sociedad.
42.
Los nuevos contextos de un mundo globalizado y la problemática de la
inseguridad y violencia en la que vivimos los mexicanos exigen la renovación del
Estado Mexicano. No se pueden resolver los problemas sociales aplicando sin más
la lógica mercantil. Cuando esto sucede las instituciones se configuran con esta
lógica y diseñan la prestación de sus servicios en la dinámica de la oferta y la
demanda. Por ello y por presiones de distinto tipo el Estado tiene dificultades
para definir una política social que lleve a la superación de la pobreza y
propicie condiciones y oportunidades de desarrollo humano integral, a través de
una justa y adecuada distribución de la riqueza.
43.
A pesar de ello, ha sido notorio en distintos niveles de gobierno, el
esfuerzo por implementar políticas sociales para la superación de la pobreza.
Sus logros se ven minimizados por los efectos de la crisis financiera global. En
algunos lugares no se ha podido desterrar, en su implementación, el clientelismo
político que desvirtúa la figura del derechohabiente, propiciando, en muchos
casos, paternalismo y dependencia en los ciudadanos, que se ven a sí mismos como
beneficiarios de apoyos que los comprometen, y no como ciudadanos con derechos y
deberes.
44.
Hay descontento social por los errores en la gestión de las políticas
públicas para la superación de la pobreza. Las transferencias económicas
habilitan para el consumo, resolviendo en el corto plazo, pero no de raíz,
algunos problemas urgentes. En ocasiones la situación de pobreza es aprovechada
por quienes tienen ganancias ilícitas para legitimarse delante de la población
mediante ayudas o apoyos a las necesidades de la comunidad.
2.2.1 Corrupción e impunidad
45.
Hay disimulo y tolerancia con el delito por parte de algunas autoridades
responsables de la procuración, impartición y ejecución de la justicia. Esto
tiene como efecto la impunidad, las deficiencias en la administración de
justicia -por incapacidad, irresponsabilidad o corrupción-. Se ha hecho evidente
la infiltración de la delincuencia organizada en instituciones del Estado. Si no
hay justicia, se puede delinquir con mayor facilidad.
46.
La corrupción es una forma de violencia que, al inocularse en las
estructuras de servicio público, se transforma en delincuencia organizada, ya
que de manera descarada se impone «la mordida» como condición a los
ciudadanos para recibir un beneficio o servicio gratuito. Este tipo de
delincuencia se defiende a sí misma de manera violenta, llegando incluso a
generar muertes para ocultarla y el desprecio, difamación y aislamiento de los
funcionarios que no participan en este ilícito. El combate a la corrupción es
contradictorio, pues las contralorías no son autónomas en su toma de decisiones
y caen en la complicidad. Esta situación de corrupción institucionalizada hace
sentir la necesidad de autonomía en la procuración de justicia.
47.
Hay factores que contribuyen a la violencia provocada por el crimen
organizado en las estructuras que se han deteriorado por la corrupción, la
impunidad y el autoritarismo. Es urgente superar definitivamente la anticultura
del fraude; de los privilegios de unos cuantos y consolidar procesos e
instituciones que permitan la representación de toda la sociedad, a través de
métodos transparentes y de autoridades legítimamente elegidas a las que la
ciudadanía les pueda pedir cuentas de su actuar.[24]
2.2.2 Inseguridad ciudadana
48.
La seguridad de los ciudadanos es tarea del Estado. Si entendemos la
seguridad ciudadana como «la condición personal, objetiva y subjetiva, de
encontrarse libre de violencia o amenaza de violencia o despojo intencional por
parte de otros»,
el objetivo de las políticas del Estado tendría que orientarse a liberar a las
personas del miedo a ser agredido o despojado de lo necesario para vivir. Este
sería el camino para el fortalecimiento de las capacidades del Estado. En una
visión no represiva de su tarea, su esfuerzo tendría que orientarse a la
satisfacción de necesidades básicas.
49.
La inseguridad es puerta de entrada al ejercicio intimidatorio de la
autoridad siguiendo el principio de que es más fácil gobernar a una sociedad con
miedo.
Las prácticas despóticas y autoritarias para combatir el crimen no se justifican
en un estado democrático, provocan miedo y desconfianza y con ello debilitan el
tejido social, cerrando así el círculo vicioso de la inseguridad. Es necesario
revisar el sistema de «denuncia anónima» para que no sea la base de un
sistema de justicia en el que fácilmente se pueden violar los derechos humanos y
que puede ser usado para venganzas y motivo de arbitrariedades; deben evitarse
abusos y ultrajes a personas inocentes. A mayor autoridad moral de las fuerzas
de seguridad, corresponderá mayor colaboración con la justicia por parte de los
ciudadanos.
50.
La experiencia demuestra que la seguridad no se relaciona directa y
principalmente con la capacidad bélica, con la cantidad de policías, con la
militarización o con la compra de armas; ni con medidas represivas que llegan a
ser intolerantes con cualquier tipo de disidencia. Sí se relaciona, en cambio,
con la inversión que se hace en políticas de acceso a la educación y al trabajo.
Para muchos jóvenes es más fácil conseguir un arma que una beca educativa. La
inseguridad se relaciona con la carencia de espacios públicos para la
convivencia que sean saludables, sanos, seguros, plurales e incluyentes.
2.2.3 Procuración de justicia
51.
Es necesario que los funcionarios del sistema de Procuración de Justicia
sean gente que no tenga trayectoria de impunidad y que se mantenga el principio
jurídico de que: «se es inocente hasta que se demuestre lo contrario».
Porque ahora vemos que los detenidos son exhibidos ante los medios, antes de ser
consignados a la autoridad jurisdiccional y que se abusa de la figura del
arraigo.
52.
Hay quienes proponen como salida a la situación de violencia llegar a
acuerdos y negociaciones con el crimen organizado. El gobierno no tiene derecho
de ceder porciones del territorio nacional a grupos criminales que terminan
sometiendo a la población y a las mismas autoridades. Esto equivale a aceptar
que se configuren estados ilegales y delincuenciales. En otro tiempo se dieron
acuerdos que permitieron actuar impunemente a quienes se dedicaban a negocios
ilícitos con la complicidad de actores políticos y de autoridades. Si no fue
justo entonces, hoy es inadmisible. Los costos en el mediano y largo plazo de
una solución que lleve a cierta estabilidad inmediata, no la justifican. Esto
llevaría a un sistema ilegal de gobiernos alternativos en todos los niveles, que
contaminarían a la sociedad desde el punto de vista social, económico y político
y la vida comunitaria en general.
2.2.4 Sistema penitenciario
53.
La delincuencia no sólo se enfrenta con medidas de fuerza y con
endurecimiento de penas. Son problemas mucho más complejos que deben de
atacarse por distintos frentes y con soluciones integrales, dando prioridad a la
prevención con medidas sociales. Enfrentamos la crisis del sistema penitenciario
que no re-socializa ni readapta a los internos y en muchos casos promueve la
organización criminal. La sobrepoblación y la corrupción carcelaria están
motivando que los reclusorios también sean cotos de poder del crimen organizado,
desde los cuales se planean y dirigen acciones delictivas. En lugar de servir a
la readaptación social se convierten en verdaderas universidades del crimen dada
la indiscriminada convivencia de los reos de alta peligrosidad con la multitud
de detenidos por delitos famélicos.
2.2.5 Violencia institucionalizada
54.
En un Estado democrático y de derecho como pretende ser el nuestro, las
demandas sociales y civiles deben ser atendidas y respondidas. Cuando este
derecho de los ciudadanos no encuentra cauces adecuados se originan distintas
formas de protesta social por parte de grupos y de personas, que dejan de ser
legítimas cuando recurren a la violencia y amenazan la paz pública. El gobierno,
que actúa en nombre del Estado, tiene la delicada tarea de distinguir entre las
formas legítimas de protesta social y las acciones delictivas con las que ésta
puede confundirse.
55.
No se debe criminalizar la protesta social y quienes recurren a ella para
expresar legítimamente sus inconformidades tienen la responsabilidad social de
respetar los derechos de terceros. La superación pacífica de los conflictos
sociales requiere de quienes actúan en nombre del Estado la pericia del diálogo
y de la mediación política antes que el recurso a la represión o la
judicialización de los conflictos. De los líderes sociales requiere un claro
sentido del bien común, del respeto al derecho ajeno y de capacidad de diálogo y
concertación.
2.2.6 Las fuerzas de seguridad
56.
Las Fuerzas Armadas de México han sido instituidas para defender la
soberanía, independencia e integridad territorial de la Nación. Tienen el
reconocimiento y aprecio de la ciudadanía que reconoce su labor,
particularmente, en las situaciones de emergencia provocadas por desastres
naturales. En la estrategia oficial de lucha contra la delincuencia organizada
se les han confiado tareas, contando con el beneplácito ciudadano en el primer
momento de la emergencia provocada por la escalada de violencia de los grupos
criminales que, con el uso ilegítimo de la fuerza, han llegado a constituir un
verdadero desafío al poder del Estado y un serio desafío a la seguridad de los
ciudadanos.
57.
Sin embargo, con el paso del tiempo la participación de las Fuerzas
Armadas en la lucha contra el crimen organizado provoca incertidumbre en la
población, ya que se prolonga una estrategia que por su carácter de emergente no
tendría porque prolongarse. La formación y capacitación que reciben los miembros
de las Fuerzas Armadas no es para ejercer funciones policiacas entre los
ciudadanos de la nación, sino para cumplir su misión, en los lugares y con los
objetivos precisos que la ley les indica. Es conveniente que los mexicanos
conozcan cuál es el rol de las Fuerzas Armadas en la defensa de la seguridad
nacional y distingan ésta, de la seguridad interior y de la seguridad pública.
Como todas las instituciones del Estado, las Fuerzas Armadas tienen la
obligación de respetar los derechos humanos y las garantías constitucionales de
los mexicanos.
58.
Recordemos que una emergencia no debe ser permanente. Consideramos que es
conveniente ampliar la estrategia para superar los desafíos que las actividades
del crimen organizado presentan a la estabilidad de la nación, de manera que
pronto las tareas propias de la seguridad pública sean ejercidas por policías
civiles capacitados, adecuadamente remunerados y bien coordinados a nivel
federal, estatal y municipal. El perfil de los miembros de los cuerpos
policíacos no se puede improvisar, lo mismo que la formación para las tareas que
se les encomiendan; en ella no debe faltar un alto sentido de respeto a la
ciudadanía y el conocimiento práctico de los derechos humanos.
2.3
En la vida social
59.
La violencia social tiene muchas manifestaciones, entre ellas: la
violencia de grupos por razones políticas; la violencia en las relaciones
laborales; la violencia vinculada a actitudes discriminatorias y que es padecida
no sólo por cuestiones étnicas, sino también por las personas que sufren
maltrato por su orientación sexual; la violencia en las escuelas; la que es
padecida por delitos comunes como el robo; la que se da entre generaciones y
entre las comunidades; la violencia en el tránsito vehicular, de la que resulta
un alarmante número de víctimas, etc. La superación de la violencia requiere ser
mejor comprendida. La sociedad necesita verse a sí misma, es necesario
profundizar y realizar estudios sobre este fenómeno.
60.
La seguridad de las personas también corresponde a la sociedad. El
principal responsable es el Estado; sin embargo, esto no exime a la sociedad de
su responsabilidad, que debe ser asumida de manera proporcional, cada quien de
acuerdo a su situación, a su posición y a sus capacidades. La ciudadanía,
titular de derechos, cuyo respeto se exige, lo es también de obligaciones que
debe asumir. Una sociedad responsable requiere de condiciones para establecer en
la sociedad relaciones de confianza. Lamentamos constatar que en muchos
mexicanos la desconfianza se ha posicionado como actitud básica en las
relaciones humanas, sociales e institucionales.
61.
Cuando no hay confianza en la vida social, los grupos se mueven por
intereses privados y las situaciones que les afectan se deciden por lógicas de
poder; esto tiene efectos disgregadores en la sociedad. Para tener una sociedad
responsable que asuma con decisión la urgencia de responder a los desafíos de la
inseguridad y la violencia es necesario recuperar la confianza y credibilidad
social. En una sociedad plural, como en la que vivimos, no podemos sin más
excluir la visión de las cosas que tienen los demás sólo por que contrastan con
las propias. Una sociedad responsable tiene que aprender el arte del diálogo, de
la mediación, de la negociación y la búsqueda del bien común.
62.
La violencia puede llegar a transformarse en una forma de sociabilidad.
Cuando esto sucede, se afirma el poder como norma social de control en los
grupos sociales y esto, a su vez, da lugar a modos de relación que se definen
por afanes competitivos; por el desafío de vencer a quienes son considerados
como adversarios o por el placer de causar dolor físico, miedo y terror.
63.
La misma sociedad, según sus modos de valorar, de asignar la posición o
el estatus social, sitúa a las personas en contextos propicios a la violencia.
Es común, en algunos ambientes, relacionar el estatus social con el tipo de
trabajo que se tiene o con los ingresos que se perciben y dar relevancia a las
personas de acuerdo a su capacidad económica; se establece así una escala social
que cuando se polariza crea una dinámica social en la que fácilmente se dan
tensiones y diversas formas de violencia.
64.
Sin embargo, hay que decir, contra ciertas tendencias que criminalizan la
pobreza, que no hay correlación directa entre violencia y pobreza. Sí la hay, en
cambio, entre violencia y desigualdad. Hay ricos que son promotores de
injusticia y violencia. Los pobres no son delincuentes por ser pobres; están
expuestos a ser actores y víctimas de la violencia como cualquier otra persona
que canaliza en formas violentas su frustración, el sinsentido de su vida y su
desesperación.
65.
La convivencia democrática, basada en la igualdad social y de
oportunidades, que se postula como ideal de vida para los mexicanos, se estrella
con la realidad de desigualdad. Esto produce profunda insatisfacción y rencor
social, que sirven de abono para la violencia y da base social a los grupos de
delincuentes organizados, ya que propicia condiciones que favorecen que haya
personas dispuestas a «engancharse» con ellos.
66.
La seguridad de los ciudadanos es multidimensional y tiene que ser
integral. Tiene que ver con el tejido social; cuando éste existe hay control
social en sentido positivo. El tejido social es más fuerte en las comunidades
pequeñas que en las grandes urbes, por lo cual es importante crearlo y
fortalecerlo en las ciudades, ya que a mayor tejido social, mayor seguridad.
Para generar acciones que permitan la reconstrucción del tejido social, es
necesario fomentar la responsabilidad social y el diálogo real, honesto y fértil
entre sociedad y Gobierno para la construcción de la paz.
2.3.1 Violencia intrafamiliar
67.
Las relaciones familiares también explican la predisposición a una
personalidad violenta. Las familias que influyen para ello son las que tienen
una comunicación deficiente; en las que predominan actitudes defensivas y sus
miembros no se apoyan entre sí; en las que no hay actividades familiares que
propicien la participación; en las que las relaciones de los padres suelen ser
conflictivas y violentas, y en las que las relaciones paterno-filiales se
caracterizan por actitudes hostiles. La violencia intrafamiliar es escuela de
resentimiento y odio en las relaciones humanas básicas.
68.
Hoy es común en muchas personas recurrir con frecuencia a distintos tipos
de droga, lo que se hace como alternativa para la rápida solución de problemas:
paliar dolores, mantenerse despierto, tranquilizarse, inhibir la angustia,
estimular el deseo sexual. Si esta cultura de la droga se gesta en la propia
familia, no es de extrañar la rapidez con la que se extienden las adicciones a
otras drogas. También deben tomarse en cuenta, en los escenarios de violencia
familiar, los estragos que hace en las familias la adicción al alcohol de alguno
de sus miembros. Toda la familia sufre las consecuencias de las adicciones que
además de afectar la economía familiar, deterioran las relaciones
intrafamiliares.
2.3.2 Violencia contra la mujeres
69.
La violencia contra las mujeres representa un desafío social y cultural.
Esta conducta es aprendida y tolerada socialmente; se relaciona con la
comprensión que los hombres y mujeres tienen de su masculinidad y femineidad. Si
bien la condición económica, el alcoholismo y la adicción a las drogas no son la
causa directa de este tipo de violencia, sí la exacerban; pero la raíz última
de la violencia es el ejercicio desigual de poder en la vida familiar y social.
70.
Llama la atención que frente a la violencia que sufren las mujeres hay
quienes las señalan a ellas mismas como responsables de las agresiones que
sufren; quienes piensan así, no toman en cuenta el hecho de que una persona que
es agredida constantemente, experimenta intensos sentimientos de vergüenza y
miedo que la inhabilitan para huir o pedir ayuda, y que en muchas ocasiones son
las condiciones sociales, económicas o culturales las que disuaden a una mujer
maltratada de romper el vínculo con el agresor. Es lamentable que además de la
violencia intrafamiliar muchas mujeres mexicanas sufran violencia en distintos
contextos sociales, entre ellos, es importante destacar algunos ambientes de
trabajo, en los que no existen condiciones laborales adecuadas a la situación
femenina.
2.3.3 Violencia infantil
71.
Desgraciadamente también es un hecho el crecimiento y la frecuencia con
que actualmente se hace violencia a los niños de diferentes maneras. El hecho de
haber sufrido malos tratos durante la infancia o haber sido testigo de la
violencia en el seno de la familia o en instituciones incrementa el riesgo de
violencia en la edad adulta. Es frecuente que los padres de familia que
maltratan a sus hijos o que son agresores de pareja y que quienes hacen daños a
los niños en las instituciones o realizan pedofilia, hayan sido, en su momento,
víctimas de maltrato infantil.
72.
La influencia del maltrato y la disfunción familiar va más allá de la
imitación de las conductas violentas. El niño que es maltratado sufre una
pérdida notable de su autoestima y se refugia en sus fantasías, muchas de ellas
violentas, con probabilidad de que las materialice en la adolescencia o en la
vida adulta. Desgraciadamente en las familias violentas la violencia se vive
como algo normal.
2.3.4 La violencia, los jóvenes y los adolescentes
73.
Los adolescentes y jóvenes son una gran riqueza para la sociedad y, sin
embargo, viven situaciones familiares y sociales que los convierten en víctimas
y actores de hechos violentos. Los adultos tenemos una gran responsabilidad,
pues les estamos heredando un mundo violento que los excluye de las
posibilidades de una vida digna y los expone a la muerte. La violencia del
crimen organizado afecta especialmente a los jóvenes que se han convertido en
monedas de cambio, en vidas utilitarias de poco valor, en instrumentos o
herramientas de un engranaje criminal, fácilmente renovables ante la muerte de
miles de ellos.
74.
Cada vez más la violencia forma parte de la vida de los jóvenes y
adolescentes, se trata de un problema crítico presente en distintos ámbitos
sociales. La violencia juvenil no es un fenómeno nuevo, pero se está agudizando.
La drogadicción y la delincuencia asociadas al pandillerismo son síntomas que
muestran la profundidad de este problema que es resultado, entre otras cosas, de
la fuerte carga de violencia y agresividad que reciben los jóvenes diariamente
de los medios de comunicación, sin contar con el contrapeso de criterios de
discernimiento y de valores éticos que tendrían que ser recibidos en la familia
o en la escuela. A esto se agrega la falta de oportunidades de trabajo y de
crecimiento personal.
75.
La violencia crea un clima socio-cultural que relativiza la función de
las normas para regular la convivencia social. Esto sucede sobre todo entre los
jóvenes que, cuando son reclutados por organizaciones criminales, no reconocen
más ley que la que les da el poder: por ser hombres, por tener dinero y
capacidad de consumo. El acceso inmediato y rápido a los bienes de consumo
coloca a estos jóvenes en un acelerado ritmo de ascensión social y, ante un
horizonte corto de vida, pareciera que eligen una vida corta «siendo alguien»,
en vez de una vida larga en condiciones que hacen muy difícil alcanzar el
reconocimiento social.
2.3.5 Violencia y vida comunitaria
76.
La
vida comunitaria es la primera víctima de la violencia. La percepción de
inseguridad y el miedo llevan a las personas a buscar espacios seguros
refugiándose en sus propias casas, aislándose, encerrándose en el individualismo
y en la desconfianza, en el enojo, en el resentimiento y en el deseo de
venganza. Se establece un círculo vicioso: la violencia acaba con la vida
comunitaria y cuando esto sucede, se propicia la violencia. Si se quiere romper
este ciclo perverso es necesario fortalecer la vida en comunidad; este servicio
lo ofrecen las instituciones sociales, las iglesias y los grupos intermedios,
que aseguran la cohesión social.
77.
En algunas comunidades indígenas, la violencia surge cuando se rompen los
acuerdos comunitarios; cuando se fracciona la unidad tradicional por la
incursión de nuevas religiones, de partidos políticos y de organizaciones
sociales. Esta violencia llega, en algunos caso, a extremos de expulsar de la
comunidad a los disidentes, e incluso de quemarles sus casas y quitarles sus
propiedades. Se llega a mayor violencia cuando está de por medio la posesión de
la tierra, que grupos antagónicos reclaman como suya.
78.
La violencia está íntimamente ligada a la vulnerabilidad de la población.
Al deteriorarse la vida comunitaria por el clima de inseguridad que provoca
miedo, aislamiento y que desanima a participar en la vida común, se debilita el
tejido social que brinda seguridad a los miembros de la comunidad. Hay factores
que propician la violencia en las comunidades rurales, en los pueblos y en los
barrios populares y colonias de las grandes ciudades; entre estos se pueden
mencionar: la falta de políticas sociales de protección; la carencia de una
adecuada reglamentación de los centros de diversión en los que
indiscriminadamente se consume alcohol y droga y el vacío de autoridad por la
desconfianza en los servicios de seguridad pública.
79.
En los pueblos y en las ciudades, la administración del espacio público
es muy importante. Se ha comprobado que hay relación entre violencia social y
restricción del espacio. Hay menor incidencia de hechos violentos, por enojo,
riñas, etc., cuando los grupos humanos cuentan con espacios para caminar,
platicar, convivir, recrearse, incluso para estudiar. Es necesario rescatar los
espacios públicos de los que se han apropiado grupos de delincuentes;
rehabilitar los que están abandonados y construirlos donde no existen o no son
suficientes.
80.
En el contexto de la violencia urbana merecen atención la vulnerabilidad
de los migrantes que, a su paso por las grandes ciudades, quedan expuestos a
todo tipo de vejaciones, maltrato, extorsión e, incluso, explotación. Se trata
de quienes del campo van a las ciudades buscando mejores condiciones de vida y
de personas procedentes de Centro y Sudamérica que, en su camino hacia los
países del Norte, pasan por el nuestro y reciben peores tratos que los que
reciben nuestros paisanos cuando emigran.
2.4
En la cultura
81.
La riqueza cultural de los mexicanos es una realidad. La cultura es el «ambiente
vital» que permite a la persona humana crecer en su ser, crecer en
humanidad. La cultura involucra toda la actividad humana, es un modo de ver la
vida y de entender los acontecimientos, implica un estilo de vivir que se crea
en la convivencia social y que se expresa con símbolos, lenguajes, costumbres.
En pocas palabras, la cultura es el modo como la persona se relaciona con sus
semejantes, con las cosas, con la naturaleza y con Dios.
82.
Somos un pueblo que ama la vida. Tenemos de nosotros mismos el concepto
de ser un pueblo hospitalario, fraterno, alegre y solidario. En la pluralidad
cultural del pueblo de México hay elementos valiosos de unidad e identidad
nacional, muchos de ellos relacionados con la fe cristiana. Sin embargo, se
asocian también al «modo de ser» de los mexicanos anti-valores y
actitudes negativas, entre ellas: la violencia.
83.
El comportamiento violento no es innato[27],
se adquiere, se aprende y se desarrolla; en ello influye el contexto cultural en
que crecen las personas. Son muchos y distintos los prejuicios culturales que
legitiman o inducen prácticas violentas. La crisis de valores éticos, el
predominio del hedonismo, del individualismo y competencia, la pérdida de
respeto de los símbolos de autoridad, la desvalorarización de las instituciones
-educativas, religiosas, políticas, judiciales y policiales- los fanatismos, las
actitudes discriminatorias y machistas, son factores que contribuyen a la
adquisición de actitudes y comportamientos violentos.
84.
La violencia se vuelve una forma de ver el mundo como un ambiente
problemático; que inhibe la libertad personal; que amenaza y obliga a la persona
a reducirse al espacio privado que le brinda seguridad y protección. Esta
conducta se transforma a su vez en forma de reaccionar, pues ante cualquier
situación considerada como amenaza, se reacciona visceralmente, sin reflexión,
reforzando prejuicios sobre las personas y sobre los hechos y justificando
acciones discriminatorias.
Los acelerados
cambios culturales generados por la globalización y la migración, sobre todo en
las comunidades indígenas, violentan la relación intergeneracional, pues los
jóvenes ven con menosprecio a sus padres y abuelos, lo que tensiona la
convivencia familiar y social.
85.
Tenemos que enfrentar, sin determinismos, la verdad de un modo de ser que
con facilidad recurre a formas violentas de relación y que para resolver
dificultades y conflictos hace uso de la fuerza y de la violencia, verbal,
física o psicológica. Esto sucede, como lo hemos dicho, en la familia, en las
relaciones laborales, sociales e incluso en la diversión. Estas conductas, si
bien tienen condicionamientos históricos y culturales, son conductas aprendidas.
Transformarlas exige intervenir en las instancias que nos forman como personas,
en los procesos de socialización, particularmente en los educativos, formales e
informales, en los que intervienen distintos agentes.
2.4.1 Emergencia educativa
86.
Entre las emergencias que configuran la crisis que vive nuestro país,
también se habla de «emergencia educativa»; ésta, no tiene que ver sólo con la
insuficiencia de recursos y de instalaciones para ofrecer una educación de
calidad, tiene que ver también con el fracaso del esfuerzo «por formar
personas sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la
propia vida.»[28]
Este fracaso se explica por el claro reduccionismo antropológico que concibe a
la educación en función de la producción, la competitividad y el mercado.[29]
87.
La educación programada y propuesta en función del mercado no despliega
los mejores valores de los jóvenes y los niños; no les enseña caminos para
superar la violencia, ni para llevar una vida sobria y adquirir actitudes,
virtudes y costumbres, que darían estabilidad a su futuro hogar, convirtiéndolos
en constructores solidarios de paz y del futuro de la sociedad.[30]
2.4.2 Medios de comunicación social
88.
Hay medios de comunicación social que incrementan en la población la
percepción de inseguridad y la cultura de la violencia. La transmisión de
contenidos violentos, que recurre al sensacionalismo sangriento, que narra con
lujo de detalles las acciones criminales y los hallazgos macabros; que repite,
una y otra vez, los modos de operar de los delincuentes, sus mecanismos de
tortura o de eliminación de las víctimas; genera en la sociedad miedo y
desconfianza, con lo que se afecta la convivencia social y se daña el tejido
social. Los medios de comunicación no ayudan a la construcción de la paz cuando
informan, sin tener el más mínimo pudor o respeto para su auditorio, para las
víctimas o para sus familiares y sin medir el impacto social o comunitario. Al
exponer a los auditorios a ser testigos indirectos de hechos violentos
presentados con toda crudeza y al privilegiar contenidos en los que el uso de la
fuerza es el mejor remedio para cualquier problema, los medios de comunicación
se convierten en un factor significativo de la violencia.
89.
Sabemos que muchos comunicadores han vivido en carne propia los embates
de la violencia en el cumplimiento de su profesión. Lamentamos también las
amenazas a las que están sujetos y las pérdidas que han sufrido. Forman parte de
nuestro pueblo y apreciamos su servicio. De ellos esperamos lecturas imparciales
de los posicionamientos de los distintos actores sociales, incluidos los
nuestros, que muchas veces descubrimos distorsionados y afectados de animosidad.
Cuando la verdad que construye a la comunidad no se transmite con imparcialidad,
perturba un correcto análisis de los hechos y de las propuestas adecuadas sobre
los caminos para instaurar la paz.
90.
A través de los medios de comunicación social se difunden modelos ideales
de éxito personal y social asociados con la capacidad de consumo y de acceso a
bienes lujosos. La dificultad para tener, por falta de dinero, estos bienes,
produce frustración e insatisfacción; estas experiencias abren la puerta a la
tentación de tener, con el menor esfuerzo, los recursos necesarios para acceder
a un ideal de vida que encadena a una espiral infinita de necesidades y de
insatisfacciones.
91.
En torno a la cultura del miedo surge un mercado dedicado a vender
seguridad. Se difunde el miedo a ser víctima de un hecho violento y la necesidad
de buscar protección tanto para los edificios, como para los vehículos y las
personas; con ello surge la oferta de seguridad privada, ofrecida como bien de
consumo.
2.4.3 Religión y cultura
92.
La vida religiosa de un pueblo es una clave importante para entender su
cultura, más aún, señalan los estudiosos que los grandes cambios en los
universos de significado que son las culturas han sido causados por una
transformación de su núcleo religioso. La religión, re-liga, re-une, vincula a
los creyentes de manera definitiva, al ponerlos en contacto con el mundo que los
rodea y con la realidad última. Esta realidad última es para nosotros Dios, un
Dios personal que se nos ha revelado total y definitivamente en la persona de
Jesús de Nazaret, el Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
93.
La mayoría de los mexicanos profesan la fe cristiana y es muy alto el
porcentaje de quienes lo hacen en comunión con la Iglesia católica. En medio de
distintas circunstancias y vicisitudes históricas, el pueblo mexicano ha
permanecido fiel a esta fe que recibimos de la primera evangelización. La
identidad católica es uno de los rasgos de nuestra cultura; en el lenguaje, en
los símbolos, en las fiestas, en los modos de relación de la mayoría encontramos
referencias a una religiosidad muy viva, sin que ello signifique siempre
coherencia de la vida cristiana.
94.
En esta identidad católica ocupa un lugar de primera importancia Santa
María de Guadalupe, pues el acontecimiento guadalupano permea la historia, la
sociedad, la cultura y la religiosidad personal y colectiva de los mexicanos. El
mensaje guadalupano conserva gran actualidad pues, al mismo tiempo que es una
permanente invitación a abrirnos al misterio del verdadero Dios por quien se
vive, también es un llamado a la promoción humana, a la reconciliación y la paz.
Como símbolo, la Imagen de la Virgen de Guadalupe es patrimonio de la nación,
toca fibras muy sensibles en el corazón de los mexicanos; por lo que debe ser
tratada con toda consideración y respeto y las causas que la enarbolen como
bandera lo harán legítimamente en la medida en las que busquen la justicia para
todos, la verdad, la promoción humana, la reconciliación y la paz.
95.
Hoy percibimos una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y
expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario
formativo; movimientos y grupos religiosos que se olvidan de la dimensión social
de la fe, una espiritualidad individualista; una mentalidad relativista en lo
ético; en la pastoral persisten lenguajes poco significativos para la cultura
actual. Y con relación a la inseguridad y violencia, reconocemos con tristeza
que entre los involucrados en el crimen organizado hay mujeres y hombres
bautizados, que con sus acciones se alejan de Dios y de la Iglesia. También se
han descuidado espacios relacionados con estas situaciones como son la pastoral
penitenciaria, la pastoral a menores infractores y en situaciones de riesgo y el
acompañamiento a víctimas inocentes.[31]
96.
Desgraciadamente existe todavía un fuerte clericalismo celoso de
compartir responsabilidades con el laicado, e incluso rasgos de una cultura
machista que discrimina de diversas formas el ejercicio de la vocación que
asiste por derecho propio a las mujeres en la comunidad eclesial[32].
Junto con ello, lamentamos profundamente los casos de abuso de poder clerical,
de abuso de satisfactores económicos y de abuso sexual cometidos por algunos
sacerdotes, injustos por el grave daño que han causado a las víctimas, injustos
porque han extendido un velo de sospecha sobre el ministerio de otros muchos
sacerdotes que viven con celo y ejemplaridad su apostolado, dañando nuestra
credibilidad y provocando la dispersión en algunas comunidades.
97.
Nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores y al mismo tiempo que
nos acogemos a la misericordia de Dios, de la misma manera que nuestros hermanos
obispos lo hicieran en otro tiempo, «pedimos perdón a todos»[33]
los hombres y mujeres que se han visto escandalizados por las incoherencias del
testimonio sacerdotal. Somos conscientes que cuando falta un verdadero
testimonio de vida cristiana, en la vida ministerial, en la conducta moral y en
el compromiso social, se propicia el debilitamiento de la fe, velando, más que
revelar «el genuino rostro de Dios y de la religión.»[34]
Somos ciudadanos mexicanos y sabemos que nuestra actuación pública y privada se
rige también por las leyes justas que gobiernan la vida de todos los ciudadanos
de nuestro país.
98.
Este acercamiento a la realidad que hemos descrito y analizado nos hace
preguntarnos: ¿en este contexto cuál es la calidad de vida de nuestro pueblo?;
¿hay condiciones para que los hombres y mujeres que viven en México cuenten con
las condiciones de paz que son necesarias para el desarrollo humano integral? La
óptica con la que vemos la realidad nos lleva directamente a mirar la dignidad
de la persona humana, el sufrimiento de las víctimas inocentes y el clamor de
los pobres.
3.
UN ENFOQUE PARA ABORDAR LA COMPLEJA REALIDAD DE LA VIOLENCIA
99.
La realidad de la inseguridad y violencia es compleja y multidimensional.
No podemos, sin más, atribuirla a una sola causa, hacerlo sería ingenuo y nos
llevaría a pretender, también con ingenuidad, tener una única solución a una
problemática tan vasta y complicada. Por ello, consideramos que convendría
abordar la compleja realidad de la violencia que se vive en México desde un
enfoque de salud pública que permita asegurar para el mayor número
de personas el beneficio de la seguridad y de la paz.
100.
Ver la violencia como problema de salud pública implica reconocer que el
esfuerzo por erradicarla debe ser multidimensional; que se requiere un
diagnóstico interdisciplinar que identifique los principales factores de riesgo
sobre los que hay que intervenir y que es necesaria la cooperación de todos los
sectores públicos y sociales para abordar el problema de la violencia mediante
la acción colectiva, con estrategias diversas adoptadas por todos, cada quien,
según el ámbito de la propia competencia.
101.
La salud pública se caracteriza sobre todo por la importancia que
concede a la prevención para inhibir los factores de riesgo en las personas, en
las relaciones humanas, en la vida comunitaria y en el entramado de relaciones e
instituciones que conforman la sociedad. Una respuesta integral a la violencia
no solo protege y ayuda a quienes la padecen, sino que también promueve la no
violencia, reduce la perpetración de actos violentos y cambia las circunstancias
y condiciones que dan origen a la violencia.
4.
TRES FACTORES SOBRE LOS QUE URGE INTERVENIR
102.
Entre los factores de riesgo sobre los que es urgente intervenir,
alcanzamos a descubrir tres, que consideramos importantes porque explican, en
medio de un mundo globalizado, por qué la violencia y el crimen organizado han
encontrado terreno propicio para desarrollarse.
103.
En primer lugar, vivimos una crisis de legalidad. Los mexicanos
no hemos sabido dar su importancia a las leyes en el ordenamiento de la
convivencia social. Se ha extendido la actitud de considerar la ley no como
norma para cumplirse sino para negociarse. Se exige el respeto de los propios
derechos, pero su ignoran los propios deberes y los derechos de los demás.
No tenemos, como pueblo, respeto de las leyes, del tipo que sean, ni interés por
el funcionamiento correcto y transparente de las instituciones económicas y
políticas. El signo más elocuente de esto es la corrupción generalizada que se
vive en todos los ámbitos.
104.
En segundo lugar, se ha debilitado el tejido social, se han
relajado las normas sociales, así como las reglas no escritas de la convivencia
que existen en la conciencia de cualquier colectividad bajo formas de control
social que corrigen las conductas desviadas y mantienen a la sociedad unida y
debidamente cohesionada. La fragmentación social, la frágil cohesión social, el
individualismo y la apatía han introducido en distintos ambientes de la
convivencia social la ausencia de normas, que tolera que cualquier persona haga
lo que le venga en gana, con la certeza de que nadie dirá nada.
105.
En tercer lugar, vivimos una crisis de moralidad. Cuando se
debilita o relativiza la experiencia religiosa de un pueblo, se debilita su
cultura y entran en crisis las instituciones de la sociedad con sus
consecuencias en la fundamentación, vivencia y educación en los valores morales.
Siendo un pueblo profundamente religioso y cristiano, se han debilitado en la
vida ordinaria las grandes exigencias de la moral cristiana: desde el imperativo
primordial «¡No matarás!», hasta el consejo evangélico que nos llama al
amor extremo de entregar la vida por los demás. Cuando la falta de respeto a la
integridad de las personas, la mentira y la corrupción campean, no podemos menos
que pensar que hay una crisis de moralidad.
106.
Al concluir este acercamiento a la realidad de inseguridad y violencia
que se vive en México, caemos en la cuenta que estamos ante una problemática
compleja y que la responsabilidad de responder a los desafíos que representa es
de todos los mexicanos. Perdemos el tiempo cuando buscamos culpables o esperamos
pasivamente que sea sólo el gobierno quien dé solución a problemas que son de
todos. Debemos actuar ya, cada quien en su propio ámbito de competencia. Las
autoridades, con los recursos propios que le proporciona el Estado de Derecho
para el ejercicio de su actuación; la sociedad civil, asumiendo responsablemente
la tarea de una ciudadanía activa, que sea sujeto de la vida social; los
creyentes, actuando en fidelidad a nuestra conciencia, en la que escuchamos la
voz de Dios, que espera que respondamos al don de su amor, con nuestro
compromiso en la construcción de la paz, para la vida digna del pueblo de
México.
II.
CON LA LUZ DEL EVANGELIO Y DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
INTRODUCCIÓN
107.
La
situación que acabamos de describir acontece en un pueblo profundamente
religioso y que no deja de tener sus manifestaciones, auténticas o no, de
vinculación con la comunidad cristiana, ya sea por los sacramentos de
Iniciación, especialmente el Bautismo y la Eucaristía, o por el respeto que
tienen a la Iglesia, a María y a Cristo mismo. Sin embargo, hay una creciente
manifestación de superficialidad en su experiencia de fe y una religiosidad
popular sumamente confusa que lleva de manera rápida y directa a las
supersticiones e idolatrías.
108.
Es
muy claro que el ambiente de violencia e inseguridad en que vivimos denota una
pérdida del sentido de Dios que lleva al desprecio de la vida del hombre, un
ambiente que influye negativamente en la formación de la conciencia y de los
valores, donde encontramos modelos de realización equivocados, metas y
aspiraciones intrascendentes, fruto de una cultura consumista, marcada por el
materialismo imperante a nivel global. La corrupción de las costumbres y de las
instituciones, la distorsión de las leyes que afectan el sentido de la vida y la
dignidad de la persona, son el marco perfecto para llegar hasta donde estamos en
una sociedad con claros signos de decadencia.
109.
No es
el momento de polémicas estériles ni de discusiones inútiles; esto nos impediría
mostrar la verdad y la belleza de nuestra misión y generaría más violencia. Es
el momento de manifestar con mayor claridad el testimonio de la alegría de ser
discípulos de Cristo; de contemplar desde su mirada la redención del mundo y de
asumir el compromiso misionero tal como lo propone el espíritu de Aparecida[36].
110.
Los cristianos sabemos que la violencia engendra violencia, por lo que
la solución a este problema es honda y compleja. Los actos violentos que
presenciamos y sufrimos son síntomas de otra lucha más radical, en la que nos
jugamos el futuro de la patria y de la humanidad. En el interior del ser humano
se da la batalla de tendencias opuestas entre el bien y el mal. Los cristianos
no vemos a las personas como enemigos que hay que destruir;
nuestra lucha es contra el poder del mal que destruye y deshumaniza a las
personas.
111.
¡Qué
significa ser cristiano en estas circunstancias? ¿Qué palabra de esperanza
podemos dar los pastores de la Iglesia? ¿Cómo vencer la sensación de impotencia
que muchos compartimos y al mismo tiempo ofrecer a este grave problema una
solución que se aparte de la sinrazón de la violencia? Estamos ante un problema
que no se solucionará sólo con la aplicación de la justicia y el derecho, sino
fundamentalmente con la conversión. La represión controla o inhibe temporalmente
la violencia, pero nunca la supera.
112.
Las manifestaciones más evidentes de la violencia, como las originadas
por el crimen organizado, así como otras que son menos visibles pero que están
presentes en distintos ámbitos de la vida del pueblo de México, se explican por
la existencia de distintos factores que contribuyen a su existencia. Esto nos
hace constatar que «la cuestión social se ha convertido radicalmente en una
cuestión antropológica»[38]
y que la raíz de todo tipo de deshumanización es la pretensión de prescindir de
Dios y de su proyecto de vida.
113.
Por ello nos acercaremos ahora a esta realidad con la luz de la fe, con
una mirada crítica y realista, pero también esperanzadora, porque estamos
convencidos de que, por encima del mal que oprime al ser humano, está la acción
redentora y salvífica de Dios realizada en Jesucristo. Nuestro quehacer eclesial
nos compromete profundamente a trabajar por la humanización y restauración del
tejido social, convencidos del valor de la vida humana, llamada a participar de
la plenitud de la vida divina, porque Dios «no quiere que nadie se pierda,
sino que todos se conviertan» (2 Pe 3,9).
1.
DIOS PADRE, CREADOR, NOS AMA CON AMOR MISERICORDIOSO
114.
Nuestra fe en Dios ilumina la realidad en que vivimos, pues «sólo quien
reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y
realmente humano.»
Creemos en un Dios personal, que no se reduce a un concepto o a una doctrina,
sino que es un Padre amoroso que se nos ha revelado en la historia de la
salvación.
Es un
Dios Creador, principio de todo cuanto existe, que ha puesto en cada ser el
sello de su bondad (Cf. Gn 1,31).
Es el auténtico y
único Dios que se ha manifestado a
Abraham, nuestro padre en la fe (Cf. Rom 4, 12-16). Es el «Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo» (Rom 15, 6) inescrutable en su profundo misterio,
cercano a todos y más íntimo a nuestro ser que nosotros mismos.[41]
115.
Conocemos a Dios y su proyecto de amor para nosotros por medio de
Jesucristo, Él, que es «el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del
Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). A Jesucristo lo conocemos por
medio de la Palabra de Dios.
En la Sagrada Escritura encontramos elementos que nos ayudan a tener una
comprensión más aguda de lo que es la violencia y de la tarea de los discípulos
del Señor en la construcción de la paz. La gravedad de la situación y la
urgencia de la paz, exigen de nosotros respuestas inaplazables, actitudes
radicales y para llegar a ellas es necesario interpretar la realidad, darle un
significado desde nuestra fe en Dios que es Amor, pues «nosotros hemos
conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» (1 Jn 4,16).
2. «EL PECADO
ACECHA A TU PUERTA… TÚ PUEDES DOMINARLO» (Gn 4,7)
116.
Más
allá del entorno que puede explicar o matizar las causas de la violencia como la
pobreza, la ignorancia, la degradación del ambiente, la falta de educación o de
oportunidades, situaciones que son reales y tienen su importancia, la raíz
fundamental de todo está en la orientación del corazón de cada ser humano, que
tiene en sí mismo la grandeza de la libertad y por ello el riesgo del error; la
capacidad de decidir y por tanto la responsabilidad de sus decisiones. En
palabras sencillas lo expresó Jesús cuando dijo que el mal no está en lo que nos
rodea, sino en el corazón, de «donde salen las malas intenciones» (Mt
15,19-20). Por eso podrá decirnos, «aprendan de mí que soy manso y humilde de
corazón» (Mt 11, 29). El mal no está en la creación, marcada por la bondad
del Creador, sino en el corazón del hombre que, desde su libertad, se llena de
soberbia y se deja engañar.
117.
En el relato de los orígenes de la humanidad, la Sagrada Escritura ofrece
a los creyentes una respuesta a la pregunta acerca del mal y del pecado. La
situación original se describe paradisíaca (Cf. Gn 2,7-25). Adán y Eva viven
felices, en armonía entre ellos, con Dios y con el resto de la creación. Todo
cambia con el engaño de la serpiente, representante del principio del mal, que
con astucia, para sembrar en sus corazones la duda y la malicia, confunde a Eva
poniendo en boca de Dios lo que Él no ha dicho: «¿Así que Dios les dijo que
no comieran de ninguno de los árboles del huerto?» (Cf. Gn 3,1). La primera
respuesta de Eva fue desde la inocencia, declarando sencillamente que Dios no
había dicho aquello que se le atribuía (Cf. Gn 3,2-3).
118.
El
mal es siempre un engaño. Para contrarrestarlo, hay que desenmascararlo haciendo
evidente que es enemigo de la naturaleza humana. Uno de los síntomas básicos de
vivir en el pecado es la malicia, o padecer, como la llaman los Padres, la
ceguera del malicioso. Quien vive en la gracia de Dios tiene la mirada de la
inocencia, ve el mundo como Dios lo ve, es decir, desde el bien que hay en él y
encuentra los rastros de ese bien en todas las personas y en toda la creación.
La inocencia no se identifica con la ingenuidad. El
inocente distingue perfectamente el bien del mal y no cae en sus redes; el
ingenuo, por el contrario, los confunde.
119.
El inocente descubre el mal entremezclado en la obra buena de Dios, pero
lo ve en su debida dimensión, como una realidad que no tiene en sí misma la
consistencia que tiene el bien; por ello, apela siempre a la bondad presente
incluso en las personas que menos nos imaginaríamos. Desde el bien que está en
el centro de su ser busca el bien que hay en los demás. Así actuó el Señor
Jesús; se acercó a las personas sin detenerse en las etiquetas que otros les
habían puesto, como ocurrió con el leproso (Mc 1, 40-44), con Zaqueo (Lc
19,1-10), con la mujer adúltera (Jn 8,1-11) y con otros. Vio en ellos lo mejor
que había en cada uno, se acercó, atendió sus necesidades más profundas y los
capacitó para ser sus discípulos.
120.
Quien
padece la ceguera del malicioso busca el mal, lo invoca y termina dándole
existencia, en todo lo que le rodea, en las personas y en las circunstancias.
Por eso la malicia ha sido una de las enfermedades espirituales más temidas por
los grandes maestros de la espiritualidad cristiana.
En el pasaje
bíblico de la caída, la serpiente no descansa hasta sembrar la sospecha en Eva e
infectarla con la malicia; la convence de que Dios no es su amigo, sino un
competidor temeroso de que descubran su igualdad con Él (Cf. Gn 3,5). Como
consecuencia, Adán y Eva dejan de percibir el orden y armonía de la creación y
en su ceguera empiezan a percibirla como caótica y amenazante.
121.
La violencia comienza cuando nos olvidamos quiénes somos. Llama la
atención en el relato del Génesis, que el fin de la enemistad del hombre con
Dios se presenta en el retorno del hombre a la tierra de la que fue hecho (Cf.
Gn 3,17-19), con lo que se indica, tanto la experiencia de la muerte,
como el regreso al origen, a la identidad, a reconocer que se es de barro (Cf.
Gn 2,7), creatura que depende de Dios, que la vida no está en sus manos como si
fuera su propio dueño. El hombre tiene la tentación de rebelarse contra esta
situación y considerarse como norma única, exclusiva y absoluta de la vida.
Cuando el hombre se endiosa a sí mismo, se deshumaniza y cede fácilmente a la
tentación de la violencia.
122.
El proceso por el que la comunidad de discípulos de Jesucristo modela a
los hombres y mujeres como imagen de Dios en Cristo, entiende la caída
primordial como paradigma del engaño, como la forma en la que el mal entra en la
vida humana, haciendo que quien lo sufre se olvide de su condición de imagen
divina, de su dignidad de Hijo de Dios y de hermano de sus semejantes. Por la
doctrina cristiana del pecado original, sabemos que esta actitud se transmite y
quien nace y crece en un ambiente malicioso pronto pierde la inocencia con la
que ha salido de las manos de Dios. El pecado de Adán y Eva, fue abusar de su
libertad, desobedecer el mandato de Dios;
fue un pecado de soberbia al pretender prescindir de Dios, considerarlo
innecesario, declararlo como sobrante de la propia existencia.
123.
Con la malicia se ve al otro con desconfianza, porque presume que el mal
es quien lo gobierna. Surge también una imagen distorsionada de sí mismo; el
malicioso ya no se ve como «persona», es decir, como identidad en comunidad,
sino que se ve como «ego», como un individuo aislado y en permanente
oposición a su entorno, al que considera amenazante y del que debe defenderse.
El otro ya no es «hermano», parte imprescindible de mi propio ser, sino un
competidor y enemigo. De hecho, la violencia crece cuando olvidamos que somos
responsables de nuestros hermanos (Cf. Gn 4,1-16).
124.
La aceptación del mal en el corazón lleva al ser humano: a cerrarse a
toda relación complementaria con los demás; a buscar la felicidad aislándose
todo lo posible para no ser dañado por nadie y a procurar tener a su disposición
todo lo que necesita para lo que considera una vida plena. Una vez afectado por
esta ceguera, ya no tiene la capacidad de ver en la creación la presencia de
Dios, sólo ve objetos que puede manipular para llenar sus necesidades; de la
misma manera ve y trata a las personas; así se ve y se trata a sí mismo.
125.
El mal que inhabita el corazón humano ha sido representado en la
tradición cristiana como un «falso yo»; como un parásito que no tiene
existencia real más allá de la que cada quien le adjudique con sus pensamientos,
actitudes y acciones egoístas. Pero no por eso es menos peligroso. El mal actúa
conquistando la conciencia, haciendo creer a la persona que es un ser egoísta y
cruel y le hace perder contacto con su imagen divina, utilizando los dones
recibidos no para construir, sino para destruir la armonía. El corazón de carne
con el que Dios nos creó se convierte en un corazón de piedra, insensible al
hermano.
126.
Ese «falso yo» anida en los pensamientos del ser humano y se
manifiesta en actitudes concretas. Pablo las describió en sus cartas como «obras
de la carne»:
injusticia, perversidad, codicia, maldad, envidia, homicidio, pleitos, engaños,
malicia, difamación, traición, odio de Dios, ultrajes, altanería, habilidad para
hacer el mal, insensatez, etc. (Cf.
Rom 1,
29; Gal 5,19-21)).
La presencia del mal en la vida humana es bastante más compleja y sutil que sus
manifestaciones más obvias.
Su
acción destructiva no es siempre perceptible, ya que puede enmascararse de
múltiples formas, incluso en la lucha por los más altos ideales. En cualquier
caso, deja en quien lo padece una sensación de vacío interior, sinsentido,
aislamiento y desánimo, más allá de las alegrías efímeras que proporcionan las
satisfacciones materiales o intelectuales que procura.
127.
Podríamos afirmar que aún dentro de un círculo de fe y de una experiencia de
salvación en Cristo, la realidad humana, debilitada por el pecado, se impone:
como en la experiencia del primer hombre, también nosotros estamos sujetos al
error y al mal con toda su violencia, tal como lo expresa san Pablo: «Así
pues, por un solo hombre entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte;
y como todos los hombres pecaron, a todos llegó la muerte» (Rom 5,12).
Todos pecaron, también los elegidos, «nosotros -dice san Pablo- los que
poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, suspirando
para que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo» (Rom 8,23).
128.
No
podemos olvidar la realidad del mal en la interpretación de los fenómenos
sociales y en la construcción de la sociedad.[45]
El hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, que da lugar a graves
errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de
las costumbres, llegando a consolidarse verdaderas «estructuras de pecado».[46]
Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se
manifiestan los efectos perniciosos del pecado[47]
y, sin duda, alguna estos se han manifestado en una concepción del desarrollo
dinamizado por el «afán de ganancia exclusiva» y por la «sed de poder».[48]
Esta manera de entender el desarrollo, como una espiral sin fin, ha llevado a
nuestro país y al mundo no sólo a un caos financiero sino a una verdadera crisis
humanitaria: el empobrecimiento de multitudes, una cultura de consumo insaciable
y una sociedad atomizada por el individualismo.
129.
¿Qué
podemos hacer? «Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el
mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación
con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social.»
Reconocemos
que el mal actúa en nuestra vida personal y social; reconocemos en la crisis de
inseguridad y violencia los síntomas de sus obras, ¿cómo podemos ser liberados
de él? Precisamente la respuesta existencial a esta pregunta, centrada en el
encuentro con Cristo, es el centro y meta de la formación al discipulado
cristiano en la que nos detendremos ahora.
3. LA PROMESA DE
DIOS: EL PRÍNCIPE DE LA PAZ (Cf. Is 9,5)
130.
La respuesta de Dios a la humanidad que se ha dejado seducir por la
fuerza del mal es la promesa del Mesías, el Ungido del Espíritu que abre nuestra
historia a la posibilidad de restaurar en el mundo la armonía original. Así nos
lo enseña el profeta cuando anuncia la era mesiánica como un mundo nuevo de paz
en el que «habitará el lobo junto al cordero, y la pantera se echará junto al
cabrito» (Is 11,6) y «entonces harán de sus espadas arados,…ni se
prepararán más para la guerra» (Is 2,4); el Mesías mismo será llamado
«Príncipe de Paz» (Is 9,5).
131.
En Jesucristo, Dios cumple esta promesa mesiánica de la paz
que engloba para nosotros todos los bienes de la salvación.[50]
En Él, «imagen de Dios invisible»
(Col 1,15),
se nos
descubre plenamente el misterio de Dios y el misterio del hombre.[51]
Él es el nuevo Adán, el hombre inocente, que con una visión transformada por la
experiencia del amor de Dios, es capaz de contemplar la bondad de Dios en la
realidad creada y descubrir el bien que hay en toda persona. Su
mirada no se fija en el pecado de la humanidad; se fija en su sufrimiento
necesitado de redención.
4. EN CRISTO, NO HAY LUGAR PARA LA VIOLENCIA
132.
La
persona de Jesús es pues para nosotros, en sí misma, una buena noticia de vida.
El Evangelio lo presenta como Aquél que con su vida y su persona empieza a hacer
realidad la esperanza judía del shalom definitivo y la promesa del Reino
de Dios (Cf.
Lc 1,79; 2,14-19). Con ello, propone una instancia crítica respecto a un sistema
político que sacralizaba y divinizaba la persona del emperador y su actuación
que implicaba la imposición violenta de la paz. El evangelista san Lucas anuncia
la verdadera paz que trae Jesús, que es para todos y que significa una alegría
sin excepciones (Cf. Lc 2,10). Con su compasión, el Señor inaugura
el
Reino de vida ofrecido a todas las personas, especialmente a las más pobres y a
las que sufren, haciéndonos saber que Dios no tiene nada que ver con la
violencia o con la muerte que imperan en el mundo, porque es Dios de vivos, es
el Dios de la vida (Cf. Mc 12,18-27).
133.
Jesús rechazó la violencia como forma de sociabilidad y lo mismo pide a
sus discípulos al invitarlos a aprender de su humildad y mansedumbre (Cf. Mt
11,29). Para romper la espiral de la violencia, recomienda poner la otra mejilla
(Cf. Mt 5, 39), perdonar siempre (Cf. Mt 18,22) y, amar
a los enemigos (Cf. Lc 6,35), paradoja incomprensible para quienes no conocen a
Dios o no lo aceptan en sus vidas. La motivación evangélica que justifica esta
recomendación es clara: imitar a Dios (Cf. Mt 5,45); el amor a los enemigos hace
al ser humano semejante a Dios y en este sentido, lo eleva, no lo rebaja. Así,
el discípulo se incorpora en la corriente perfecta del amor divino para salir de
sí mismo y construir una humanidad solidaria y fraterna. El discípulo de Jesús
debe amar gratuitamente y sin interés, como ama Dios, con un amor por encima de
todo cálculo y reciprocidad.
134.
El
amor al enemigo es expresión de la regla de oro, no es masoquismo; es señal de
una reciprocidad fundamental en el comportamiento de las personas. Con el amor
al enemigo se espera que éste cambie de actitud, que alcance a captar la
diferencia entre su comportamiento destructor y la actitud sanante de quien más
allá del resentimiento es capaz de responder con la fuerza del amor y del
perdón. Quien perdona, no cierra el futuro al adversario o al enemigo; confía en
que la persona puede cambiar. Y si no hay cambio, por lo menos se cierra al paso
de la violencia. Quien perdona al enemigo expresa también su esperanza de la
salvación; si el agresor no corresponde al perdón, el gesto no pasará
inadvertido para Dios (Cf. Eclo 12,2).
135.
Para el Señor Jesús el rechazo de la violencia grande, la violencia
homicida, supone no aceptar otros tipos de violencia. Esto pide del discípulo
atención, vigilancia y distancia frente a formas menores de violencia, incluso
la más pequeña (Cf. Mt 5,21-26). Así como no se admite la violencia que atenta
contra la vida, tampoco la que se expresa en los sentimientos y acciones
inmediatas que la originan. Ni siquiera un insulto pequeño merece la
indiferencia. Jesús mismo fue testigo, con su vida, de su enseñanza:
dejó
como testamento espiritual a sus discípulos el don de la paz: «les dejo mi
paz, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar» (Jn 14,27);
desde la cruz perdonó a la turba violenta que lo había crucificado (Cf. Lc
23,33); el día de la resurrección les entregó el don de su Espíritu y, con estos
dones, la misión de ser servidores del perdón y de la reconciliación de los
hombres con Dios y de los hombres entre sí (Cf. Jn 19,23) y llamó
bienaventurados a los mansos y a los que luchan por la paz (Cf. Mt 5,5.9).
136.
El Reino de Dios no se impone por la fuerza ni con la violencia; es una
realidad sobrenatural, presente en el corazón y en el testimonio de los
discípulos, que critica y desenmascara las falsas paces y las estructuras que
hacen imposible la paz. Jesús alienta a quienes le siguen a trabajar por la paz,
que es don de Dios y tarea del hombre. Quienes se comprometen en construirla son
llamados «hijos de Dios» (Mt 5,9). Ya en el Antiguo Testamento
encontramos la concepción del ser humano como artífice de la paz (Cf. 1 Mac
6,58-59) y ello no se refiere a quienes tienen ánimo pacífico, de quietud o
sosiego, sino a quienes se comprometen en «hacer» la paz, en tomar la
iniciativa, en trabajar, en esforzarse por conseguirla. Tampoco se refiere a los
que cultivan la paz para sí mismos, sino a quienes se empeñan activamente por
establecerla, allí donde los hombres la han roto y se encuentran enemistados, al
grado de no tener miedo de arriesgar la propia tranquilidad, con tal de procurar
la auténtica solución de los conflictos, aún cuando estos no le estén afectando
directamente.
137.
El amor al enemigo y la renuncia a la violencia exigen que el discípulo
tenga la referencia de una comunidad que lo anime y motive a perseverar en ese
propósito, pues no se puede seguir a Jesús pensando y actuando con los mismos
criterios de quienes prefieren la lógica destructora de la intimidación, la
represalia o la venganza. Jesús eligió a sus discípulos y los formó para que
fueran capaces de proponer un estilo de vida alternativo al proyecto del mundo:
ante el servilismo, servicio; ante el odio, el amor; ante el egoísmo, la entrega
de la vida; contra la marginación, la inclusión. En la Iglesia primitiva
encontramos la convicción de que la paz es consecuencia inmediata del don divino
de la salvación y de que Dios es un Dios de paz (Cf. 1 Cor 14,33). La paz es un
don de Dios y una tarea del creyente (Cf. Rom 15,33; 16,20; Flp 4,9; 1 Tes
5,23).
138.
Los creyentes sabemos que ninguna realización temporal se identifica con
el Reino de Dios.
Reafirmamos nuestra esperanza y confianza de que este mundo en el que vivimos no
es todavía el que Dios pensó para nosotros. La violencia y la maldad no son
parte del proyecto de Dios. Por ello confiamos en que el esfuerzo solidario de
todos, con el auxilio de la gracia divina, por hacer más humana nuestra vida no
es en vano, pues esperamos que «los bienes de la dignidad humana, la unión
fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la
naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en
el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos
limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al
Padre el reino eterno y universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad
y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente
presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.»
139.
La historia entera tiene un futuro en Dios, también las historias de
sufrimiento y exclusión. La fe en la resurrección es el inicio, el sostén y la
finalidad de nuestra esperanza. La memoria viva de la muerte y resurrección de
Jesucristo da soporte a la esperanza en el diario vivir de nuestras comunidades,
pues la resurrección nos garantiza que el tiempo entero está en manos de Dios. «La
esperanza cristiana es un poderoso recurso social al servicio del desarrollo
humano integral, en la libertad y en la justicia.»[54]
5.
INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA
140.
El encuentro con Jesús ha sido, desde los inicios de nuestra fe, la
puerta de entrada al camino de la salvación. En Él,
el
Padre nos revela el camino, la verdad y la vida (Cf. Jn 14,6).
La mirada del
Señor, el Inocente por antonomasia, nos permite recuperar la identidad de hijos
de Dios y de ciudadanos de su Reino.
La
identidad cristiana no se recibe por herencia, ni por costumbre; se adquiere a
través del camino de la iniciación cristiana, que es un proceso por el que la
propia vida se va configurando con Cristo, a partir de la experiencia de
conversión y de la participación de la pascua de Jesús, es decir, del triunfo
del amor de Dios sobre el poder del mal y de la muerte.
141.
Se
trata de una experiencia personal, que se vive en comunidad, en la que es
determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por testigos
fieles. Esta experiencia introduce en una auténtica celebración de los
sacramentos, con toda la riqueza de sus ritos y signos que tienen un profundo
significado en sí mismos, en relación a la historia de la salvación y a la vida
cristiana.[55]
«De este modo, la vida se va transformando progresivamente por los santos
misterios que se celebran, capacitando al creyente para transformar el mundo.»[56]
142.
Este proceso de iniciación a la vida cristiana comienza con el anuncio
del kerigma, que
invita a tomar conciencia del amor vivificador de Dios que se nos ofrece en
Cristo muerto y resucitado.
El kerigma es el hilo conductor de este camino que culmina en la madurez del
discípulo de Jesucristo y tiene como horizonte la santidad de vida. A través de
este proceso, por la conversión se va recuperando la inocencia de
la mirada y con ello, la confianza y la disposición para vivir en comunión
con Dios y con el prójimo, para ser testigos y servidores de la
reconciliación, con la misión de ser constructores de la
paz y fermento de un mundo más justo, ya que «no podemos concebir una oferta
de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización,
de reconciliación y de inserción social.»[58]
6.
LLAMADOS A FORMAR UNA HUMANIDAD NUEVA
143.
El amor es la principal fuerza impulsora del crecimiento pleno de cada
persona y de toda la humanidad.[59]
Jesucristo nos revela la mirada inocente de Dios Padre que ve en nosotros la
bondad que Él mismo ha puesto en nuestros corazones y su amor tierno y
misericordioso que nos acoge a pesar de nuestras fallas y debilidades. Esta
experiencia nos hace descubrirnos hijos amados de Dios y nos llama a la
conversión, es decir, a orientar la vida por el amor y la misericordia. Esta
exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje de Jesús y constituye la
esencia del modo de ser y vivir según el evangelio.
144.
La conversión inicia con un dolor que sana y consuela; es el dolor del
propio pecado, la pena interna de constatar que el engaño del mal nos alejó de
nuestra auténtica vocación humana, que nos deshumanizó haciéndonos prescindir de
Dios y excluir a los demás de nuestra vida. Esta experiencia ilumina nuestra
mirada y nos permite desenmascarar el mal y renovar nuestra confianza en Dios.
Si bien la
experiencia de conversión es una auténtica liberación, no es el fin de la
experiencia del discipulado sino sólo su inicio. No basta con caer en la cuenta
de que se llevaba un derrotero equivocado; hay que enderezar la ruta y moverse
con diligencia en el sentido correcto. Si el mal había distorsionado la propia
imagen, en Cristo descubrimos que nuestra vocación es vivir la vida nueva de
hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y templos vivos del Espíritu Santo; y eso
significa que nuestra realización está en encarnar esa vida divina en la
existencia cotidiana.
145.
Cristo es el modelo perfecto de cómo se vive la vida; Él mismo es la vida divina
que se nos comunica. Él
es la medida, el hombre verdadero, la medida del verdadero humanismo. Por ello
estamos convencidos que la
transformación interior de la persona humana, en su progresiva conformación con
Cristo, es el punto de partida esencial de una renovación real de sus relaciones
con las demás personas.[60]
No
se llega a ser discípulo por una decisión convencional de tipo ético[61],
por filantropía o como resultado de un razonamiento filosófico. La fe
no es
producto de nuestro pensamiento; la fe es un don de Dios. Se llega a ser
discípulo
por
el encuentro personal con el Señor Jesús, que nos revela plenamente el misterio
de Dios.
7. AL SERVICIO
DE LA UNIDAD
146.
Quien vive la experiencia de conversión se dispone a acoger libremente el don de
la fe, que da a su vida un horizonte nuevo y una orientación decisiva[62],
ya que la fe libera del aislamiento del yo y lleva a la comunión[63].
Los discípulos de Jesús somos llamados a ser un pueblo congregado por la
comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. No hay discipulado
sin comunión. La fe en Jesucristo la recibimos a través de la comunidad eclesial
que nos acompaña y nos incorpora a esta realidad comunitaria que es el pueblo de
Dios y que existe en el mundo como sacramento universal de salvación.[64]
La pertenencia a una comunidad concreta es una dimensión constitutiva de la
vocación cristiana.[65]
147.
La koinonía, -comunión fraterna- es un pilar fundamental de la
Iglesia.
Así se expresa particularmente en el mandamiento del amor, el «más importante»
(Cf. Mt 22,38), y en el sermón de la montaña (Cf. Mt 5–7), donde Jesús propone
los principios de vida fraterna, inspirados en el amor, que deben regir la
convivencia de sus discípulos. De ello ha sido testigo el mismo Jesús.
El
don del Resucitado es el Espíritu de Verdad (Cf. Jn 16,12-15), que nos capacita
para hacer presente a Jesús y al Reino. Es el Espíritu que cohesiona las
diferencias para hacer de ellas la fuente de la comunión. Para el discípulo, el
con-ciudadano del Reino, la vida en el Espíritu le permite orientar su acción
cotidiana desde la óptica de la verdad, la justicia y la comunión.
148.
No
es posible ser cristianos sin Iglesia, ni vivir la fe de manera individualista
sacando del horizonte de la vida y de nuestras preocupaciones cotidianas a los
hombres y mujeres con quienes compartimos nuestro caminar por la historia; por
ello la vocación cristiana incluye el llamado a construir comunidades fraternas
y justas; el compromiso
de servir al hermano y de buscar juntos caminos de justicia y ser así
constructores de paz. De esta manera la Iglesia es fiel a su esencia misma que
es ser
sacramento de unidad entre Dios y la persona humana, de los hombres y mujeres
entre sí.[67]
149.
En el seno de la comunidad eclesial, la diversidad de carismas,
ministerios y servicios, abre el horizonte de los discípulos misioneros al
ejercicio diario de la comunión; ésta se enriquece al poner en común los dones
recibidos del Espíritu (Cf. 1 Cor 12,4-12). El testimonio de unidad y la
armonía, en la diversidad de funciones, asegura la vitalidad misionera y es
signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos.
Los ministros ordenados, somos llamados a dedicar nuestra vida al servicio de la
comunión, haciendo presente a Cristo Cabeza y Pastor y presidiendo las
comunidades en la caridad. Este ministerio pastoral nos pide apacentar,
acompañar, cuidar, curar y buscar –cuando se han perdido-, a los fieles que se
confían a nuestro cuidado (Cf. Jn 10).
150.
Los discípulos misioneros de Jesucristo llamados a vivir su vocación
bautismal en la vida consagrada, son testigos, con la profesión de los consejos
evangélicos, de Cristo virgen, pobre y obediente. Con el testimonio de su vida,
personal y comunitaria, tienen una permanente visibilidad en medio del mundo
y colaboran en él, según sus carismas fundacionales, en la formación de una
nueva generación de cristianos discípulos y misioneros, y en la gestación de una
sociedad donde se respeta la justicia y la dignidad de la persona humana
151.
Los fieles laicos, incorporados a Cristo por el bautismo, son hombres y
mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo y, al mismo tiempo, hombres y
mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia.
Su misión propia y específica es contribuir a la transformación de las
realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del
evangelio. Están llamados, sin esperar u obedecer consignas y en fidelidad a su
conciencia, comprometerse como ciudadanos y participar activamente en los
procesos y movimientos de la vida social, política, económica y cultural,
aportando en ellos su testimonio de vida y su competencia profesional para la
vida digna y pacífica de sus familias y comunidades.
152.
La
violencia que hay en distintos ámbitos de la vida y la provocada por la
delincuencia organizada es diametralmente opuesta a la aspiración de paz que hay
en el corazón de los discípulos misioneros de Jesucristo y que es compartida con
todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Al destruir la comunión y dañar
la vida en comunidad, la violencia es negación de la vida en Cristo. Por ello
reconocemos que la inseguridad y violencia que vivimos son un signo del «debilitamiento
de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad»[71]
y de ello, quienes nos confesamos cristianos, debemos asumir nuestra
responsabilidad.
153.
La
Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial y proyecto de solidaridad para
toda la humanidad, actualiza en todos los discípulos misioneros de Jesucristo la
vocación y misión de ser artífices de paz. En efecto, quien participa en la
Eucaristía de manera activa, consciente y responsable, «aprende de ella a ser
promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la
vida.»[72]
En medio de las situaciones de violencia los cristianos somos interpelados «a
vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y
mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social,
cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión.»[73]
8.
POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
154.
En
Cristo somos perdonados y reconciliados.
En Él, Dios quiso
reconciliar todo cuanto existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz
(Cf. Col 1,20). El perdón que Dios nos ofrece no exige nada a cambio, es
completo y gratuito. Si tuviéramos que ofrecer algo a cambio del perdón, lo
convertiría en una pena y pasaría de ser don de Dios a ser mérito del penitente.
Sólo quien está dispuesto a dejarse perdonar así, quien acepta que Cristo haya
entregado su vida, su propia sangre y su Espíritu para el perdón de sus pecados
(Cf. Jn 20,22-23), entiende en qué consiste la reconciliación cristiana. Acoger
el perdón como un don de la misericordia divina implica la virtud de la
humildad. En cambio, quien pretende merecer el perdón de Dios por sus obras de
penitencia es fácilmente engañado nuevamente por el mal y los frutos de este
engaño se manifiestan en la dureza de corazón, en el juicio despectivo de las
personas y en la actitud soberbia de sentirse merecedores de todo y moralmente
superiores a los demás.
155.
Acoger el don del perdón que Dios nos ofrece de manera gratuita en su
Hijo Jesucristo, nos dispone a la reconciliación, es decir, a establecer
nuevamente relaciones saludables con el mismo Dios, con los demás, con el
entorno y consigo mismo. De esta experiencia nace la moción natural a reparar,
en la medida de lo posible, el daño causado; sin embargo, nada que uno pueda
hacer se equipara con la altura, anchura y profundidad del amor que Dios nos ha
manifestado en Cristo (Cf. Ef 3,18-19). Reconciliados con Dios y con el prójimo,
los discípulos somos mensajeros y constructores de paz y, por tanto, partícipes
del Reino de Dios (Cf. Mt 5,9).[74]
156.
La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana; la
reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente de gracia y
perdón, que se expresa y realiza en el sacramento de la Penitencia.
La unión con Cristo, que se realiza en la Eucaristía, nos capacita para nuevos
tipos de relaciones sociales pacíficas, pues es sacramento de comunión entre
hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo. Sólo esta constante
tensión hacia la reconciliación nos permite comulgar dignamente con el Cuerpo y
la Sangre de Cristo (Cf. Mt 5,23- 24).[76]
9.
ENVIADOS A DAR FRUTOS DE PAZ
157.
Los
discípulos de Jesucristo no podemos olvidar la finalidad de la misión que nos ha
sido confiada: «los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto
permanezca» (Jn 15,14). El fruto que permanece es todo lo que sembramos, en
nombre de Cristo, en el espíritu de las personas: el amor, el conocimiento; el
gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del
Señor.[77]
La
alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y
agobiado por la violencia y el odio.[78]
158.
La misión apostólica que el Señor nos ha confiado comienza con el anuncio
de la paz: «cuando entren a una casa, digan primero: paz a esta casa» (Lc
10,5-6). Este saludo, que tiene su origen en el «shalom» de los judíos,
tiene un significado muy profundo que no tiene su fuerza en la ausencia de
conflictos sino en la presencia de Dios con nosotros, augurio y bendición,
deseo de armonía, de integridad, de realización, de unidad y bienestar.[79]
Este saludo, conservado en la liturgia, implica asumir el compromiso de recorrer
el camino que lleva a la restauración de la armonía en las relaciones entre los
hombres y con Dios. En este camino se asocia el perdón que pedimos a Dios con
el que damos a los hermanos (Cf. Mt 6,12).
159.
Esta misión, por la que nos apropiamos el deseo del Padre de construir el
Reino y de anunciar la Buena Nueva a los pobres y a todos los que sufren,
exige de nosotros una mirada inocente que nos permita desenmascarar la obra del
mal, denunciar con valentía las situaciones de pecado, evidenciar las
estructuras de muerte, de violencia y de injusticia[80],
con la consigna de vencer el mal con la fuerza del bien (Cf. Rom 12,21). Nos
exige además un estilo de vida pobre, siguiendo a Jesús pobre (Cf. Lc 6, 20; 9,
58) y anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner la
confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (Cf. Lc 10,4ss).[81]
La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, desea que los discípulos y
misioneros de Cristo sean también, ahí donde se encuentren, «constructores de
paz».[82]
160.
La Eucaristía es sacramento de paz.[83]
En ella somos perdonados y santificados y Jesús mismo nos hace testigos de la
compasión de Dios por la humanidad. Aquí tiene su fuente el servicio de la
caridad para con el prójimo, que nos mueve a amar, en Dios y con Dios, incluso a
las personas que no conocemos o no nos simpatizan, pues el encuentro íntimo con
Él ilumina la mirada y permite descubrir en ellas, hermanos y hermanas por
quienes ha dado su vida el Señor.
[84]
9.1 Con la
fuerza del amor
161.
Los discípulos de Jesucristo son enviados al mundo como testigos del amor
de Dios, recibido en Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo. Se identifican
como discípulos del Señor por el amor que se tienen, entre sí y con todos (Cf.
Jn 13,35). El secreto de su apostolado es el amor, pues éste
es la única fuerza capaz de cambiar el corazón del hombre y de la humanidad
entera. Es el valioso aporte que tienen que ofrecer en los esfuerzos por superar
la violencia, porque
«la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia
puede realizar.»[85]
162.
El amor «es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a
comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz»[86]
y da verdadera sustancia a las relaciones con Dios y con el prójimo, tanto a las
micro-relaciones –amistad, familia, pequeño grupo- como a las
macro-relaciones –sociales, económicas políticas-.[87]
En un mundo como el nuestro, en el que se relativiza fácilmente la verdad, la
caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del
cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la
construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral.[88]
9.2 En comunión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad
9.2.1 El bien común universal
163.
Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Se trata
no sólo del bien individual, sino del bien relacionado al con-vivir de las
personas.[89]
Es el bien común, el bien del «todos nosotros» formado por individuos,
familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. Este bien abarca
el conjunto de condiciones para que todas las personas logren con mayor plenitud
y facilidad su propia perfección.[90]
164.
El bien común se busca para todas las personas que forman parte de la
comunidad social y que solamente pueden conseguir en ella, de modo eficaz, su
propio bien y el de los demás. Desear el bien común es exigencia de la justicia
y de la caridad. Trabajar por él pide cuidar y utilizar las instituciones que
estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social. Todo
cristiano está llamado a esta caridad según su vocación y posibilidades de
incidir en la vida común. Esta acción sustentada en la caridad contribuye a la
edificación de la «ciudad de Dios» universal hacia la cual avanza la
historia de la familia humana.[91]
165.
Edificar la ciudad de Dios nos pide recorrer los caminos necesarios para
que se abra paso entre nosotros la civilización del amor. Hay que ir como buenos
samaritanos al encuentro de las necesidades de los pobres y de los que sufren y
«crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible
un orden justo en la sociedad»;
éstas nacen del consenso moral de la sociedad sobre valores fundamentales. Donde
Dios está ausente, estos valores no muestran toda su fuerza, ni se alcanza el
consenso sobre ellos. Junto a los valores fundamentales se requiere el empeño de
la razón política, económica y social.
166.
El cambio de las estructuras injustas es importante para disminuir la
hiriente desigualdad que hay en México. Es necesaria una incidencia
significativa de los cristianos en la política, en la economía, en la cultura y
en todos los campos de la vida social abiertos a la evangelización; entre ellos,
un lugar importante tienen los medios de comunicación.
Esta tarea la realizan los cristianos, bajo su propia responsabilidad, en su
condición de ciudadanos, por la que pueden incidir en las políticas públicas del
Estado.
167.
El
mejor camino para
alcanzar los consensos que son necesarios para la creación de estructuras
sociales justas, es colaborar con los hombres y mujeres de buena voluntad y
encontrar juntos
caminos para
dialogar, con un lenguaje común y comprensible, sobre los problemas del ser
humano en lo concreto de las circunstancias de la nación mexicana.
Para
ello, es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos,
obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e
integración.[96]
168.
El fundamento de este diálogo es la ley moral universal inscrita
en el corazón humano, que constituye una autentica
«gramática» del espíritu, con la cual la sociedad puede afrontar las
situaciones que amenazan la paz.[97]
El punto de partida, sin duda alguna, es la
preservación de los fundamentos de la convivencia humana: verdad, justicia y
libertad[98],
que los discípulos de Cristo asumen desde la fuerza que los mueve, que es la
fuerza de la Caridad.
9.2.2 Caridad y verdad
169.
«La
caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida
terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza
impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.»
La paz tiene
su fundamento en la apertura de las conciencias a la verdad; ésta hace
posible que cada persona encuentre su verdad en el proyecto que Dios tiene sobre
ella, verdad que hay que defender, proponer con convicción y testimoniarla en la
vida. La verdad hace resplandecer la caridad, es luz que le da sentido y valor,
es la luz de la razón y de la fe, por medio de la inteligencia llega a la verdad
natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega,
acogida y comunión.
170.
Amor y verdad son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la
mente de cada ser humano. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el
Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de
su proyecto, de lo que Dios quiere para ellos. Se debe buscar, encontrar y
expresar la verdad en el modo de vivir la caridad y ésta se ha de practicar a la
luz de la verdad; así, es posible mostrar la capacidad que tiene la verdad de
autentificar y persuadir, cuando se concreta en la vida social. Por esta
relación con la verdad, se puede reconocer la importancia que la caridad tiene
en las relaciones humanas, incluso en las de carácter público.
171.
La doctrina social de la Iglesia es anuncio de la verdad del amor de
Cristo en la sociedad. En ella encontramos criterios de discernimiento que nos
permiten estar atentos para que las actividades humanas no pierdan su propio
significado, ni sean instrumentalizadas, con efectos adversos a las personas,
familias y comunidades. Se trata de la inviolable dignidad de la persona humana
y del valor trascendente de la ley natural. Esta aportación de la doctrina
social de la Iglesia se funda en la creación del hombre «a imagen de Dios»
(Gn 1,27) y en ella puede fundarse una ética amiga de la persona que oriente la
actividad humana y evite su deshumanización.
9.2.3 Caridad
y Justicia
172.
La caridad en la verdad se concreta en la justicia que es un criterio
orientador de la acción moral. La caridad va más allá de la justicia, porque
amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia,
la cual llega a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en
virtud de su ser y de su obrar. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo
justo con ellos. La justicia es inseparable de la caridad, es su medida mínima.
La caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos
derechos de las personas y de los pueblos. La caridad supera la justicia y la
completa siguiendo la lógica de la entrega y del perdón. La caridad manifiesta
siempre el amor de Dios en las relaciones humanas, dando valor teologal y
salvífico a todo compromiso de justicia en el mundo.[101]
173.
Mientras que por la justicia se promueve la construcción de la «ciudad
del hombre» según el derecho, por la caridad se promueve la «ciudad de
Dios» con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La
justicia, al mismo tiempo virtud moral y concepto legal, debe ser vigilante para
asegurar el equilibrio entre los derechos y deberes, así como promover la
distribución equitativa de los costos y beneficios. La justicia restaura, no
destruye; reconcilia en vez de instigar a la venganza.[102]
174.
El orden justo de la sociedad y del Estado es tarea de la política. La
preservación del orden público y de la convivencia pacífica de los ciudadanos,
es un deber prioritario y sustancial de la autoridad y sólo será posible si se
disfruta de seguridad y bienestar social.
El aporte propio de la fe, como experiencia de encuentro con Dios-amor, es
ampliar el horizonte de la razón, purificándola para que pueda ser reconocido
lo que es justo aquí y ahora y puesto también en práctica. Por ello, la Iglesia
tiene el deber de ofrecer mediante la purificación de la razón y la formación
ética su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean
comprensibles y políticamente realizables.
175.
La Iglesia con su doctrina social contribuye a la formación de las
conciencias y a que crezca tanto la percepción de las verdaderas exigencias de
la justicia como la disponibilidad de actuar conforme a ella. En este sentido,
en las circunstancias que vive México, consideramos importante insistir en el
equilibrio que debe existir entre los derechos humanos y sus correspondientes
deberes. «Los derechos individuales, desvinculados de un conjunto de deberes
que les dé un sentido profundo, se desquician y dan lugar a una espiral de
exigencias prácticamente ilimitada y carente de criterios.»
9.2.4 Caridad y Libertad
176.
La fuerza del amor abre la conciencia del ser humano a relaciones
recíprocas de libertad y de responsabilidad; por ello la paz tiene su raíz en la
libertad, que
la alimenta y la hace fructificar cuando, en la elección de los medios para
alcanzarla, las personas se guían por la razón y asumen con valentía la
responsabilidad de las propias acciones.[107]
Los hombres y las mujeres son libres porque poseen la facultad de determinarse
en función del bien;
realizar el proyecto de Dios sobre la propia vida supone la libertad responsable
de las personas y de los pueblos. La fidelidad del hombre a Dios le exige la
fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad.
Sin un respeto profundo y generalizado de la libertad, la paz escapa al hombre.[108]
Vivir la propia libertad con toda responsabilidad y ofrecer a los demás las
condiciones para que vivan su propia libertad con total responsabilidad, es
fundamental para construir la paz.
9.3 Constructores de la paz, promotores del desarrollo humano integral
177.
Los cristianos, en
un contexto de inseguridad como el que vivimos en México, tenemos la tarea de
ser «constructores de la paz» en los lugares donde vivimos y trabajamos.
Esto implica distintas tareas: «vigilar» que las conciencias no cedan a
la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia[109]
y ofrecer el servicio de «ser testigos», en la convivencia humana, del
respeto al orden establecido por Dios, que es condición para que se establezca,
en la tierra, la paz, «suprema aspiración de la humanidad.»[110]
En esta tarea, nuestro mejor servicio siempre será la formación de la
conciencia, que nos permita desenmascarar las intrigas del mal, pues «la
violencia nace en el corazón del hombre.»[111]
178.
Ser constructores de paz pide de nosotros además ser promotores del
desarrollo humano integral. Es necesario considerar el significado y alcance del
auténtico desarrollo. El Papa Pablo VI en su encíclica Populorum progressio,
dedicada al desarrollo de los pueblos, señaló el desarrollo como nuevo nombre de
la paz.
Más tarde, Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo rei socialis,
dedicada al desarrollo del hombre y de la sociedad, indicó la solidaridad como
el nombre de la paz.
Recientemente el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in veritate,
sobre el desarrollo humano integral, sin decirlo explícitamente, nos señala la
fraternidad, como el horizonte necesario para asegurar la paz.
179.
Estos enfoques complementarios sobre la realidad del desarrollo son un
ejemplo claro del discernimiento que hace la Iglesia, a la luz de los principios
permanentes de su doctrina social, para ofrecer criterios de juicio sobre las
circunstancias actuales y ampliar el horizonte de acción, de manera que la
persona humana sea el «fundamento, causa y fin de todas las instituciones
sociales».
El desarrollo humano integral se rige por el principio de la centralidad de la
persona humana; este exige, en primer lugar, que se mejoren las condiciones de
vida de las personas concretas para que puedan, como sujetos libres, hacerse
responsables de su propia existencia.
180.
El ser humano es social
por naturaleza;
responde a sus propias necesidades sobre la base de la subjetividad relacional,
es decir, como un ser libre y responsable; que reconoce la necesidad de
integrarse y colaborar con sus semejantes; y que es capaz de comunión con ellos
en el orden del conocimiento y del amor.
Esta comprensión de la sociabilidad humana nos lleva al principio de la
solidaridad, que es «la determinación firme y perseverante de empeñarse por
el bien común; es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos
verdaderamente responsables de todos.»
181.
El principio de solidaridad nos ayuda a entender el desarrollo en el
horizonte de la plenitud del ser de las personas y no como un progreso sin fin,
ni como la multiplicación de bienes y servicios.
El desarrollo tiene una dimensión moral que al mismo tiempo que lo orienta, lo
limita. Hoy más que nunca es necesario un estilo de vida solidario: «debemos
aprender la renuncia, la sencillez, la austeridad y la sobriedad. Sólo así puede
crecer una sociedad solidaria y se puede superar el gran problema de la pobreza
de este mundo.»
182.
En un mundo globalizado, el desarrollo de las personas y de los pueblos
no puede limitarse sólo a mejorar las condiciones materiales de vida; éstas
podrían acercarnos al ideal racional de la igualdad y de la convivencia cívica,
pero no alcanzan a modificar una forma, hasta cierto punto egoísta, de entender
y vivir las relaciones humanas. El principio de fraternidad amplía el horizonte
del desarrollo a «la inclusión relacional de todas las personas y de todos
los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la
solidaridad sobre la base de los valores de la justicia y la paz.»
Para los cristianos, la fraternidad nace de una vocación trascendente de Dios
que nos quiere asociar a la realidad de la comunión trinitaria: «para que
sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22).
183.
Comenzamos la reflexión de este apartado asumiendo la interpretación que
el Santo Padre Benedicto XVI ha hecho del momento que vivimos:
«la cuestión
social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica.»
De la misma manera acogemos la invitación que nos hace a emprender una gesta
humanizadora apostando por el desarrollo humano integral de todos los hombres y
mujeres, de nuestro país y del mundo entero. «La fe cristiana se ocupa del
desarrollo, no apoyándose en privilegios o posiciones de poder… sino sólo en
Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica al desarrollo humano
integral.»
184.
El desarrollo humano
es ante todo una vocación: cada hombre está llamado a promover su propio
progreso; es una llamada trascendente que requiere una respuesta libre y
responsable, pues se trata de una llamada a hombres libres para asumir una
responsabilidad común: impulsar a los hombres a «hacer, conocer y tener más
para ser más». Esto implica que el desarrollo humano sea integral, es decir,
que promueva a todos los hombres y a todo el hombre; que afirme y justifique el
valor incondicional de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La
verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de
todos los hombres, no es el verdadero desarrollo. La visión del desarrollo como
vocación comporta que su centro sea la caridad; por tanto, sus criterios
de verificación son la solidaridad y la fraternidad, necesarias para construir
la paz. «El desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser
auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de
fraternidad.»[126]
III. PROMOVER EL DESARROLLO – CONSTRUIR LA PAZ
INTRODUCCIÓN
185.
El
debilitamiento, en la vida práctica, del sentido de Dios y del sentido del
hermano, de la vida comunitaria y del compromiso ciudadano, es un «desafío
que cuestiona a fondo la manera como estamos educando en la fe y como estamos
alimentando la vivencia cristiana.»[127]
Este desafío lo queremos asumir con creatividad y decisión revisando e
impulsando los procesos de transmisión de la fe, de manera que lleven al
encuentro con Jesucristo, inviten a su seguimiento, inicien y fortalezcan la
vida comunitaria, el compromiso social y misionero.
186.
La situación de inseguridad y violencia que vive México exige una
respuesta urgente e inaplazable de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta
respuesta parte del reconocimiento de las insuficiencias en el cumplimiento de
nuestra misión, pues la crisis de inseguridad, el alto índice de corrupción, la
apatía de los ciudadanos para construir el bien común y las distintas formas de
una violencia, que llega a ser homicida, son diametralmente opuestas a la
propuesta de Vida Nueva que nos hace el Señor Jesús.
187.
Lo que podemos ofrecer en esta situación, al servicio de la nación, es lo
que la Iglesia tiene como propio: «una visión global del hombre y de la
humanidad».[128]
Somos discípulos misioneros de Jesucristo y estamos convencidos de que en Él
nuestro pueblo tendrá vida. Los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza
y creemos que esta situación puede transformarse; desde la misión de la Iglesia,
los discípulos misioneros de Jesucristo podemos colaborar principalmente en la
prevención, en el acompañamiento y en la animación de la sociedad civil
responsable.
188.
El dolor de las víctimas inocentes, el sufrimiento, la perplejidad, el
egoísmo, y la indiferencia, que la inseguridad y la violencia dejan en las
familias y comunidades de México, traen a nuestro corazón el eco de las palabras
del apóstol: « Ya es hora que despertéis del sueño.
La noche va pasando, el día está encima, despojémonos, pues, de las obras de las
tinieblas y revistámonos de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad»
(Rom
13, 11b. 12-13a).
1. FORMAR
MUJERES Y HOMBRES NUEVOS EN CRISTO
189.
Consideramos que lo primero que hay que hacer para superar la crisis de
inseguridad y violencia es la renovación de los mexicanos. México será nuevo
sólo si nosotros mismos nos renovamos. La novedad de nuestra vida en Cristo dará
origen a formas nuevas de relacionarnos con las personas con las que convivimos
día con día, nos permitirá construir comunidades sanas y justas, nos capacitará
para solucionar de manera pacífica los conflictos y para ser misericordiosos con
los que sufren.
190.
Por tanto, la primera e inaplazable tarea es la formación integral de
la persona.[129]
A ello queremos dirigir nuestros esfuerzos, encauzar nuestras energías, dedicar
nuestros desvelos. Hoy como nunca es una exigencia invertir todos los recursos a
nuestro alcance en la formación de las personas y en la promoción de condiciones
de vida digna para todos.
1.1
Transmisión de la fe
191.
En la noble tarea de la formación de la mente y del corazón de los
discípulos misioneros de Jesucristo, es tarea de la Iglesia encontrar respuestas
al desafío de unir todos los esfuerzos de la acción pastoral, poniéndolos al
servicio de la formación de las personas, en una sola propuesta, orgánica, de
conjunto, que no fragmente a los interlocutores con multiplicidad de propuestas,
sino que les acompañe en su proceso de conformación con Cristo.
Nos comprometemos a:
a)
Desarrollar en nuestras comunidades un proceso de iniciación cristiana,
con base en el kerigma, que con la guía de la Palabra de Dios, conduzca a
un encuentro personal con Jesucristo y que lleve a la conversión, al
discipulado, a la inserción eclesial y a la madurez de la fe en la práctica de
los sacramentos, en la vivencia de la caridad y en el compromiso misionero.[130]
b)
Implementar un proceso catequético permanente, orgánico y
progresivo, que abarque toda la vida, sus distintas etapas y situaciones; que no
se limite a la formación doctrinal, sino que sea «una verdadera escuela de
formación integral»[131]
que les permita incorporar un discernimiento vocacional y la iluminación para
proyectos personales de vida.
[132]
c)
Acompañar a los discípulos de Cristo en el camino de la perseverancia
para que permanezcan en su amor (Cf. Jn 15,9), a través de la experiencia del
encuentro con el Señor en la lectura y meditación de la Palabra; en la oración,
en la activa y fructuosa participación en la liturgia; en la vivencia
comunitaria y en el compromiso apostólico, con particular atención a los que más
sufren y a los pobres.
d)
Aprovechar la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia como «instrumento
de evangelización»[133]
que educa en las virtudes sociales y políticas con las que el discípulo de
Jesucristo se inserta en la vida social, para ser en ella «sal y fermento»,
de manera que las estructuras que organizan la convivencia social estén siempre
impregnadas por los valores evangélicos de la libertad, el amor, la justicia y
la verdad, que son valores fundamentales de la convivencia humana.[134]
e)
Fomentar en los discípulos misioneros de Jesucristo que asuman
responsablemente su compromiso como ciudadanos para construir un orden
social justo, cuidar de la creación y construir la paz. La finalidad de la obra
de Cristo es la transformación del mundo: quien vive la caridad en la verdad,
contribuye al verdadero progreso del mundo y este progreso o desarrollo
integral, animado por este humanismo nuevo y solidario, es garantía de la paz.
f)
Buscar formas de acompañamiento de la vida interior de las
personas. En medio de una sociedad que fácilmente lleva al hastío, al
sentimiento de vacío, que ofrece como bien de consumo lo que hace sentirse bien,
incluido todo género de drogas, es necesario fortalecer la interioridad, la
capacidad del corazón de ser perceptivo, «de ver y comprender el mundo y al
hombre desde dentro, con el corazón.»[135]
g)
Fomentar el amor a la verdad. La fe adulta se expresa «viviendo
con verdad el amor» (Ef 4, 15). El poder del mal es la mentira, la mentira
engendra corrupción y la corrupción violencia y muerte. «En Cristo, la
caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a
amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la
Verdad (Cf. Jn 14,6).»[136]
1.2
La tarea educativa en las escuelas
192.
La educación escolar, por la que formamos a las futuras generaciones, es
una expresión de nuestro amor, particularmente por los niños, adolescentes y
jóvenes. Este amor nos pide buscar para ellos el mayor bien, y este tiene que
ver con la capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, el
cuidado de su salud física y moral.
193.
La tarea no es fácil. Los tiempos han cambiado y nos han abierto a
situaciones inéditas. En nuestros días, los más jóvenes tienen más recursos de
conocimiento y de capacidades tecnológicas que la generación que es responsable
de su educación; viven, además, un ambiente deshumanizante, una cultura que duda
del significado mismo de la verdad y del bien y de la bondad de la vida; todo
ello explica la dificultad de «transmitir de una generación a otra algo
válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se
puede construir la propia vida.»[137]
Nos comprometemos a:
a)
Promover en los espacios educativos a nuestro alcance la educación en
el amor y para el amor, con la cercanía y la confianza que nacen del amor.
Educar consiste en dar algo de sí mismo y ayudar a otros a superar los egoísmos
y así hacerse capaces del auténtico amor.
b)
Promover la educación en la verdad y para la búsqueda sincera de la
verdad; esto supone entre otras cosas no obviar ni ocultar la realidad del
dolor y del sufrimiento que forman parte de la vida, ya que correríamos el
riesgo de formar personas frágiles y poco generosas. «La capacidad de amar
corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.»[138]
c)
Formar a las nuevas generaciones en el equilibrio adecuado entre
libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida no se forma el
carácter y no se fortalece para superar las pruebas de la vida. Esto pide de los
educadores corregir, siempre con caridad, y nunca apoyar los errores, fingir que
no son vistos, y mucho menos compartirlos. Es mejor correr el riesgo de la
incomprensión que el remordimiento de no ser fieles a la propia conciencia.
d)
Alentar a los educadores a asumir responsablemente el rol de autoridad
en la tarea educativa. Esto les exige coherencia de vida e involucrarse
personalmente; apostar por la humanización de los ambientes escolares y ser
testigos de la verdad y del bien, enfrentando la propia fragilidad y poniéndose
siempre en sintonía con su misión. Es necesario educar y educarse en el sentido
de la responsabilidad.
e)
Alentar la esperanza,
pues ésta es el alma de la educación. La esperanza que se dirige a Dios no es
nunca esperanza sólo para uno mismo, es también para los demás, ya que la misión
de todas las escuelas es la formación integral de todas las personas que forman
parte de la comunidad educativa. Los centros educativos de inspiración cristiana
cuentan con la riqueza del testimonio de los santos educadores que se
preocuparon porque sus alumnos fueran, al mismo tiempo que buenos cristianos,
honestos ciudadanos.
194.
En estas tareas, requerimos de los esfuerzos de una pastoral educativa
que acompañe estos procesos, con la inclusión de todos los responsables del
proceso educativo y promueva la formación de formadores en esta perspectiva[139],
sin olvidar que es la familia la que tiene el derecho primario e inalienable de
la educación de los hijos.
1.3 La familia
195.
La formación de la persona, de su mente y de su corazón, necesaria para
la erradicación de la violencia, requiere instituciones que expresen y
consoliden los valores de la paz. La institución más inmediata al ser humano es
la familia; ella es el «núcleo natural y fundamental de la sociedad»[140].
196.
En el proyecto de Dios, la familia tiene la misión de dar la vida, de
acogerla, cuidarla, protegerla, promoverla, desde su concepción hasta su ocaso
natural. Tenemos la tarea, desde nuestra pastoral, de fortalecer a las familias
para que puedan cumplir con esta misión. Estamos convencidos de que «el
bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente
ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar.»[141]
Nos comprometemos a:
a)
Potenciar el papel de la familia en la construcción de la paz. La
familia, como comunidad educadora, fundamental e insustituible, es «vehículo
privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales que
ayudan a la persona a adquirir su propia identidad.»[142]
La identidad de los hombres y mujeres, promotores de la paz y la justicia en la
sociedad se, forja en la familia.
b)
Acompañar a las familias en su tarea educativa, que debe orientarse a la
formación de los hijos en el respeto de la dignidad de cada persona y en los
valores de la paz. En esta tarea lo más importante es el testimonio de que
por amor se es capaz de acoger a otra persona en su diversidad, haciendo propias
sus exigencias y necesidades.
c)
Promover el establecimiento de distintas instancias de servicio y
promoción a la familia, como pueden ser centros de acogida y escucha, de
consultoría, equipos de apoyo, que realicen una labor de acompañamiento a las
familias afectadas por inesperadas y graves adversidades, para que no se dejen
llevar por la desesperación y la tentación de la venganza, sino que sean capaces
de inspirar sus comportamientos hacia el perdón y la reconciliación.[143]
d)
Impulsar la participación ciudadana, para que coadyuve con las respuestas
del Estado al derecho que tienen las familias a recibir su apoyo para cumplir su
misión. Las leyes deben estar orientadas a promover el bienestar de la
familia, ayudándola a realizar las tareas que le corresponden.
e)
Hacer de la preocupación por la familia uno de los ejes
transversales de toda la acción evangelizadora de la Iglesia[144].
Se requieren acciones concretas: tutelar y apoyar la familia, impulsando
centros parroquiales y diocesanos con una pastoral de atención integral a la
familia, especialmente a aquellas que están en situaciones difíciles[145]
y buscar mecanismos que nos permitan acompañar, sin culpabilizar, a las
familias disfuncionales, ofreciéndoles el apoyo de asesoría legal, el acceso a
programas de ayuda a las víctimas, de prevención y superación de la violencia
intrafamiliar y programas que les faciliten la inserción laboral y comunitaria.
f)
Aprovechar todos los espacios eclesiales de catequesis y formación para
incidir en los patrones de conducta de las relaciones familiares, que
ordinariamente no son cuestionados; que originan formas de violencia que
no son socialmente visibles o que son culturalmente legitimadas y encubiertas.
Estos patrones de conducta tienen que ver particularmente con el rol del varón
en la familia, a quien se tolera y justifica la
violencia, la infidelidad, el abuso de poder, la drogadicción, el alcoholismo,
el machismo, la corrupción y el abandono de su papel de padre[146]
y con la manera como muchos adultos entienden su responsabilidad educativa,
justificando el maltrato infantil.
g)
Promover en el seno de la comunidad eclesial el trato digno y
respetuoso que los discípulos de Jesús debemos tener hacia todas las mujeres,
acompañándolas en el servicio generoso que ofrecen para la vida de nuestro
pueblo. Nuestra pastoral debe promoverlas, contribuir a su dignificación y a su
formación, para que sean promotoras del surgimiento de una nueva nación, de una
sociedad libre de la violencia, que sea capaz de encontrar nuevas formas de
existencia y convivencia pacífica.[147]
h)
Desarrollar acciones preventivas y curativas para las víctimas de la trata de
personas. Es necesario conocer las maneras de los tratantes para enganchar a
sus víctimas y alertar a las familias, para que las niñas, niños y mujeres no
sigan cayendo en las redes de estos delincuentes.
i)
Alentar a las instituciones del Estado y a las organizaciones de la
sociedad civil responsable a tutelar y promover la dignidad y derechos
naturales inalienables de los niños y niñas, sin perjuicio de los legítimos
derechos de los padres, atendiendo a su formación integral, estableciendo y
desarrollando para ello acciones puntuales.
j)
Contribuir al cuidado y protección de la infancia, atendiendo con
especial cuidado la experiencia de la iniciación cristiana, de manera que
trascienda en sus vidas; enseñándoles a amar la verdad, a discernir lo que es
bueno, noble y justo; a reconocerse como personas humanas con una dignidad
inalienable, desarrollando su imaginación y creatividad en el arte de
relacionarse sanamente con los demás y de utilizar como medios los recursos que
en su temprana edad la tecnología pone en sus manos.
[148]
k)
Acompañar pastoralmente a los adolescentes y jóvenes para que vayan
desplegando sus mejores valores y su espíritu religioso y ayudándoles a
descubrir el engaño del recurso a la violencia para solucionar las dificultades
de la vida. De igual manera es preciso despertar en ellos la inquietud por
encontrar los caminos para una felicidad auténtica y para alcanzar la plenitud
de sentido de la existencia. Es un imperativo ayudarles a adquirir aquellas
actitudes, virtudes y costumbres que harán estable el hogar que funden, y que
los convertirán en constructores solidarios de la paz en el presente y futuro de
la sociedad.[149]
l)
Responder al importante desafío de la falta de oportunidades
educativas y laborales que viven los jóvenes y que los hace muy vulnerables
a las alternativas que les ofrecen grupos delincuenciales. Es necesaria la
articulación de esfuerzos entre las instituciones del Estado, los organismos de
la sociedad civil responsable y las iniciativas pastorales de la Iglesia,
invirtiendo energías y recursos que hagan posible en el corto plazo la inserción
educativa y laboral de los jóvenes.
m)
Promover, a través de la pastoral juvenil, estrategias para enriquecer
la identidad personal y social de los jóvenes con valores y virtudes que les
permitan superar las tentaciones de la droga, de la vivencia irresponsable de su
sexualidad, del alcohol y de todas las formas de violencia. A los que han caído,
engañados en estas y otras formas de esclavitud moral, no podemos vacilar en
rescatarlos, sin estigmatizarlos ni criminalizarlos sin razón.[150]
1.4 La vida
comunitaria
197.
Las personas y las familias no viven aisladas, viven en comunidad,
compartiendo con otras familias y personas, no sólo el tiempo, sino también el
espacio. La vida comunitaria es el escenario concreto de la sociabilidad, en
ella se forja y fortalece el tejido social, el sentido de pertenencia y se
desarrollan también los mecanismos de control social que se hacen cargo de las
conductas discordantes con los grandes ideales y aspiraciones de quienes
comparten la existencia en los escenarios reales de la vida.
Nos
comprometemos a:
a)
Renovar nuestras parroquias,
reformular sus estructuras para que, en el espíritu de la Misión Continental,
sean una red de grupos y comunidades, capaces de articularse, en donde sus
miembros vivan en comunión como discípulos y misioneros de Jesucristo.[151].
El pan de la Palabra y de la Eucaristía y el servicio de la Caridad impulsa a
los miembros de la comunidad parroquial a dar frutos permanentes de
reconciliación y justicia para la vida del mundo.[152]
b)
Dinamizar la dimensión comunitaria de nuestras parroquias
para que, en medio de una sociedad que se fragmenta y se dispersa, favorezcan
espacios de encuentro y el fortalecimiento de la vida comunitaria, contribuyendo
a que las comunidades recuperen la seguridad necesaria para la convivencia
pacífica.
c)
Hacer de todas las parroquias, espacio y signo de reconciliación;
ésta es el mejor antídoto al veneno del odio, del rencor y del deseo de
venganza. Para ello necesitamos, por un lado, enriquecer la capacidad apostólica
de favorecer y acompañar los procesos de Reconciliación comunitaria y, por otro,
ofrecer la celebración digna del sacramento de la reconciliación, que ofrece una
magnífica oportunidad para la formación de la conciencia; para disponer al
reencuentro fraterno; y, sobre todo, para vivir la experiencia renovadora del
amor misericordioso de Dios.
d)
Animar a las pequeñas comunidades, grupos, asociaciones y movimientos que
conforman nuestras parroquias, a compartir su experiencia comunitaria y
contribuir, junto con otras iniciativas, en la recuperación de los espacios
comunitarios y en la implementación de proyectos que fortalezcan el
tejido social. «Cada parroquia debe llegar a concretar en signos
solidarios su compromiso social en los diversos medios en que ella se mueve, con
toda la imaginación de la caridad.»[153]
2.
EDUCACIÓN PARA LA PAZ
198.
La superación de la violencia sólo será posible con el hábil uso de
herramientas que se consiguen con la educación y que capacitan para hablar un
lenguaje de paz. Estas herramientas son: el testimonio, la fuerza moral, la
razón y la palabra.[154]
Si queremos responder al mal con la fuerza del bien, tenemos que educarnos para
la paz; esto significa sacar desde dentro, desde lo más íntimo, desde nuestra
mente y desde nuestro corazón, pensamientos y sentimientos de paz que se
expresen a través de un lenguaje y de gestos de paz. Con estas herramientas
primordiales para la consolidación de un estilo de vida, podremos impregnar la
sociedad con los valores y principios de la paz.
2.1
Difundir pensamientos de paz
199.
Para
superar la violencia, los mexicanos debemos aprender a humanizar la carga
pasional de nuestras opciones mediante la racionalidad. Es preciso introducir
una estructura racional en el corazón de nuestras actitudes.
Nos comprometemos a:
a)
Crear y difundir pensamientos de paz
que nos permitan ir
más allá de las emociones y reacciones primarias que generalmente son agresivas
y violentas; para ello se necesita pensar bien y ser personas con una ética,
valores y virtudes humanas orientadas al compartir.
b)
Proponer el Evangelio de la paz,
mediante todos los recursos a nuestro alcance, incluyendo las nuevas
tecnologías y las redes sociales, motivando, con creatividad para que la
sinrazón de la violencia, de la venganza sea sustituida por la lógica de la paz.
La represalia, siendo menos grave que la venganza, no es la solución para la
superación de los problemas.
c)
Crear círculos de reflexión a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia
para repensar el actual orden social, político y económico y difundir de manera
creativa sus principios de reflexión, sus criterios de juicio y sus
orientaciones para la acción.
d)
Sumarnos a los esfuerzos que muchos hacen para ofrecer una alternativa
cultural diversa a la que ha originado la crisis de inseguridad y violencia que
vivimos; que en lugar de propiciar el individualismo, la competencia y la
exclusión, sea inclusiva, democrática, hospitalaria, acogedora y cooperativa. No
necesitamos inventar, sino recuperar la riqueza cultural y la sabiduría de
nuestros pueblos.
2.2
Fomentar sentimientos de paz
200.
Introducir la racionalidad en nuestras actitudes no es suficiente. Debemos
aprender también a serenar el mundo de los sentimientos, que acompañan nuestras
opciones. En muchos ciudadanos y dirigentes políticos se alojan actitudes
violentas como la demonización de quienes son considerados adversarios, la
pasión por eliminarlos del escenario público, el resentimiento por los agravios
y las agresiones padecidas y la
desconfianza que aísla e impide
el acercamiento y reconocimiento mutuo.
Nos
comprometemos a:
a)
Impulsar el desarrollo humano de las personas, en las familias y en las
comunidades, que propicie la reconciliación de la propia afectividad,
para que afloren sentimientos de paz que encaucen positivamente el potencial de
agresividad que existe en todas las personas.
b)
Desarrollar la indignación contra toda violencia presente en
nosotros y en torno a nosotros. No podemos acostumbrarnos a la violencia ni
asumirla como estilo de vida; ésta nos debe sorprender y nos tiene que llevar a
la indignación que nos mueve a evitarla.
c)
Expresar el amor a la paz.
Es importante amar la paz, adherirse a ella de un modo espontáneo, disfrutarla y
celebrarla cuando se tiene y también expresar el dolor y sufrimiento cuando
nos vemos privados de ella.
d)
Fomentar el sentido de pertenencia a la nación
y el reconocimiento de que en nuestras diferencias está nuestra riqueza. Con
nuestra nación se identifican nuestra familia y nuestros amigos; nuestros
valores y nuestra cultura; nuestros recursos y la riqueza de nuestro entorno.
Somos un solo pueblo, plural, diverso, pero un solo pueblo.
2.3
Impulsar gestos de paz
201.
Lo que suscita horizontes de paz debe expresarse en gestos de paz. Cuando
éstos están ausentes, las convicciones que se van gestando en el corazón humano
se evaporan y cualquier esfuerzo a favor de la paz se vuelve inconsistente. La
práctica de la paz arrastra a la paz. Ella enseña a los que buscan el tesoro de
la paz que éste se descubre y se ofrece a quienes realizan modestamente, día
tras día, todas las acciones de paz de que son capaces.
Nos comprometemos a:
a)
Proponer, por todos los medios, la reconciliación social y el perdón como
alternativas a la violencia.
Los conflictos humanos no se resuelven de forma duradera si no se introduce en
ellos la dimensión del perdón. La verdadera paz no se logra cuando unos hombres
vencen a otros, sino cuando todos juntos logramos vencer la recíproca
incomprensión y la incapacidad para aceptar las diferencias de los demás.
b)
Promover la no-violencia como alternativa en la vida civil y política.
La no violencia consiste en llevar a sus últimas consecuencias el mensaje del
amor universal de Jesús; optar por medios compatibles con el amor, incluso a los
enemigos, para instaurar una sociedad justa y pacífica.
c)
Proponer un estilo de vida austero y sencillo;
en medio de una sociedad consumista que propicia violencia, tenemos que aprender
a evitar lo superfluo y vivir con lo necesario. La búsqueda obsesiva de lo que
haga más cómoda la vida nos debilita, nos hace frágiles y vulnerables, egoístas
e insaciables.
d)
Ofrecer,
en los momentos propicios de la vida social y eclesial de nuestras comunidades,
gestos de paz que consoliden los esfuerzos y condiciones de paz. La
experiencia religiosa es propicia para ello, ya que facilita que en las
distintas situaciones las personas se abran al misterio de Dios y descubran el
anhelo compartido de una fraternidad universal y la necesidad de promover una
cultura de solidaridad.[156]
2.4
Promover un lenguaje de paz
202.
La educación para la paz nos pide un lenguaje pacífico y pacificador, que
sea capaz de expresar la riqueza de nuestros pensamientos y sentimientos de paz
y por ello, sea un lenguaje propicio para la comunión y la reconciliación.
Nos comprometemos a:
a)
Invitar a todos a despojar de su carga bélica las formas ordinarias de
expresión -palabras, signos, gestos- ya que éstas intimidan, aíslan y hacen
difícil la comunicación y el encuentro entre las personas, y con ello nos
acercan a la violencia y nos alejan de la paz.
b)
Hacer conciencia de que la ironía acerba y la dureza en los juicios,
la crítica irracional de los demás, la agresividad verbal en la manifestación de
inconformidades y en la reivindicación de derechos no son el camino que lleva a
la justicia, porque confunden en la búsqueda de la verdad, en la aplicación
de la justicia y hacen más difícil la instauración de la paz.
c)
Promover el diálogo como camino real para la superación de todas las
confrontaciones.
«El diálogo se presenta siempre como instrumento insustituible para toda
confrontación constructiva tanto en las relaciones internas de los Estados como
en las internacionales»[157].
La actitud dialogante no es innata. Se adquiere por la educación. Hemos de
aprender a pasar de la violencia al grito y del grito a la palabra. El
aprendizaje ha de ser desde la edad temprana. La familia y la escuela son dos
espacios privilegiados para aprender a solventar los conflictos por vía pacífica
y dialogal.
d)
Capacitar y capacitarnos para la escucha.
Constatamos que en ocasiones nuestra palabra, ofrecida para una respuesta humana
y cristiana a los problemas, es recibida con recelo en ciertos ambientes
sociales. Nos llama la atención que la invitación al diálogo, a la
reconciliación, a la misericordia con los que sufren, y al perdón se vea
envuelta en el manto de la sospecha. Los pastores de la Iglesia no podemos
renunciar a ofrecer este servicio; si lo hiciéramos no cumpliríamos a cabalidad
con nuestro ministerio y mutilaríamos sensiblemente el mensaje del Señor.
Nosotros, por nuestra parte, tenemos el compromiso de escuchar las voces de los
demás.
2.5
Los Medios de comunicación social al servicio de la paz
203.
En el aprendizaje de un lenguaje de paz tienen también una importante
función educativa de los medios de comunicación social[158]
ya que tienen un papel estratégico en la sociedad que es importante para el
aprendizaje de un lenguaje de paz y para la difusión de los gestos de paz; sin
embargo, como hemos señalado, muchas veces abonan más al clima de violencia y de
inseguridad. Necesitamos conocer y valorar la cultura de la comunicación,
poniéndola al servicio del evangelio de la paz.
Nos comprometemos a:
a)
Promover la formación de comunicadores, profesionales, competentes,
comprometidos con la verdad.
La verdad tiene una fuerza pacificadora. La mentira no es la mejor estrategia ni
tampoco lo es la manipulación de la verdad al servicio de los propios intereses.
Por el contrario, el pensamiento claro y la palabra verdadera facilitan la paz.
b)
Invitar a los jóvenes cristianos a utilizar los nuevos lenguajes de la
era digital para que en ellos nunca estén ausentes los códigos que traduzcan
el anhelo de la paz; a utilizar con creatividad las redes sociales
encaminándolas a la experiencia de una fraternidad de alcance universal,
desenmascarando los engaños del mal que destruye y llevando a todos los espacios
virtuales la fuerza del bien. No olvidemos que los medios de comunicación no
sustituyen las relaciones personales ni la vida comunitaria local.[159]
c)
Esforzarnos por educar y educarnos para un uso crítico de los medios
de comunicación social de manera que con su valioso auxilio, nuestro pueblo
se construya, fortalezca, dignifique, abriéndole siempre el horizonte de la
verdad, que debe ser dicha y transmitida con bondad, para que no tenga el efecto
nocivo de la crueldad.
2.6
Educar para la legalidad
204.
Un elemento importante de la educación para la paz es educar para la
legalidad: las leyes legítimas y justas deben cumplirse. Ésta es la base y el
presupuesto de la convivencia civil. La violación de las leyes lleva a una
situación de ilegalidad, provoca roces y contraposiciones, que tienen
repercusiones negativas duraderas en la vida social.[160]
Nos comprometemos a:
a)
Hacer conciencia sobre la dimensión ética de toda actividad humana.
La legalidad tiene su motivación radical en la moralidad de la persona. Por
ello, primera condición para desarrollar el sentido de legalidad es la ética,
como dimensión fundamental e irrenunciable de la persona.
La
actividad humana carente de ética no puede
edificar
ni
pacificar
ningún pueblo. La ética es la columna vertebral de una convivencia social
verdaderamente humana. Sin ética, en la vida campea el oportunismo y corrupción.
No se trata de cualquier ética. Nosotros proponemos una ética racional,
coherente con el humanismo del Evangelio y orientada a alcanzar la paz.
b)
Impulsar la formación cívica y política básica,
fundada en las grandes
afirmaciones
de
las ciencias y la ética políticas. En nuestra sociedad generalmente no se ofrece
esta formación, y la que se ofrece muchas veces es parcial, afectada por
intereses de grupo o de partido. La Iglesia, con su doctrina social, tiene la
capacidad de ofrecer esta formación.
c)
Animar a todos a reconocer que vivir en un Estado de Derecho
nos exige actuar dentro del marco de la ley. El respeto de las normas y de
la autoridad legítima nos garantizará paz, orden y progreso.
d)
Invitar a todos a estar siempre atentos al marco legal de nuestro país
para reformular, por la vía democrática, las leyes que nos lleven a la
consolidación de una sociedad más humana y justa en la que haya condiciones
para que todos tengan una vida digna.
e)
Educar
en el sentido de la legalidad;
éste no se improvisa, exige un proceso educativo. Su afirmación y crecimiento es
tarea de todos, particularmente de la familia, de la escuela, los espacios de
animación juvenil, los medios de comunicación, las instituciones públicas y los
partidos políticos.
2.7
Aprender de la historia
205.
Educarnos para la paz nos pide el conocimiento crítico de la historia de
México, que no es sin más una historia de héroes y villanos, sino un proceso de
aciertos y errores que ha ido conformando la identidad de la nación mexicana.
206.
Educarnos para la paz nos pide aprender las lecciones de la historia
nacional y de la historia de la humanidad. La inminencia de las celebraciones
del bicentenario del inicio de la Independencia y del centenario de la gesta
revolucionaria en México, nos dan la ocasión para aprender que nuestra historia
es algo más que el sucederse de guerras y revoluciones. Las treguas de la
violencia, los momentos de paz, han sido en realidad los que han permitido
realizar obras culturales duraderas.
207.
Los factores de vida y progreso que se pueden encontrar en episodios
violentos de la historia de México, provienen de aspiraciones que son de orden
distinto a la violencia; han sido aspiraciones de naturaleza espiritual, tales
como el deseo de ver reconocida la dignidad de todos los hombres y mujeres, y de
salvar el espíritu y la libertad de nuestro pueblo. Estas aspiraciones han sido
al mismo tiempo un regulador en el seno de los conflictos, con lo que se
impidieron rupturas irremediables, se mantuvo la esperanza y se prepararon
nuevas oportunidades para la paz.
208.
Cuando faltan estas aspiraciones o se alteran, exaltando violencia o
proponiéndola como solución de todos los problemas, se abre el campo a la sin
razón de la destrucción que lleva a regresiones económicas y culturales
duraderas. Educarnos para la paz nos pide discernir y hacer brillar las grandes
páginas de nuestra historia nacional y seguir el ejemplo de quienes han creído
en el pueblo de México y han luchado por su dignificación, buscando ante todo
hacer germinar los frutos de paz.[161]
3.
CIUDADANIA PARA LA PAZ
209.
La respuesta a los desafíos de la inseguridad y la violencia no puede ser
sólo responsabilidad de la autoridad pública, sino también de los ciudadanos que
asumen su responsabilidad social y que, de manera individual o asociados, asumen
sus compromisos y obligaciones para con los miembros de la sociedad a la que
pertenecen constituyendo lo que llamamos la sociedad civil responsable. Ésta se
hace visible en las organizaciones sociales que participan activamente para
encontrar solución a problemas que afectan a todos y tiene en sus manos la
oportunidad para participar creativamente en la construcción de una sociedad
segura y sin violencia. «Estos grupos están tomando conciencia del poder que
tienen entre manos y de la posibilidad de generar cambios importantes para el
logro de políticas públicas más justas.»[162]
210.
La sociedad civil actúa normalmente en el campo público en función del
bien común, no busca el lucro personal, ni el poder político o la adhesión a
algún partido.
Actualmente se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa
de los derechos y deberes de la persona humana y aquí se tiene el punto de
encuentro entre sociedad civil y comunidad política: ésta se constituye para
servir a la sociedad civil
y tiende al bien común cuando actúa en favor de la creación de un ambiente
humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real
de los derechos humanos y del cumplimiento de los respectivos deberes,
desarrollando la doble acción de defenderlos y promoverlos.
211.
Llamamos «sociedad civil responsable» a los ciudadanos que, de
manera individual o asociada, establecen relaciones que dan vida al tejido
social y base a una verdadera comunidad de personas. Es importante subrayar la
nota que alude a la responsabilidad, pues en la sociedad civil pueden existir
grupos organizados y legítimamente constituidos para defender sólo sus idearios
o intereses, sin apropiarse las exigencias del bien común. En cambio, en la «sociedad
civil responsable» las cosas no funcionan por imperativos externos a ella,
no participa, ni se organiza en función del poder político, administrativo o
económico, sino por propia iniciativa, por autodisciplina y por sentido del
interés general; es decir, por responsabilidad cívica y ciudadana que le lleva a
ser vigilante y propositiva frente a las instituciones del Estado.
212.
La «sociedad civil responsable» no surge por generación
espontánea; es necesario formarla, desarrollando en ella tres capacidades: el
conocimiento de la realidad, la responsabilidad social y el sentido y compromiso
con la justicia social. Es necesario formar a los laicos de nuestras
comunidades, mediante la Doctrina Social de la Iglesia y las ciencias sociales y
políticas para que tengan incidencia significativa[166]
en los ámbitos: social, cultural y político, e incluso en la conciencia de la
misma comunidad eclesial.
3.1 Incidencia social
213.
Para fortalecer la capacidad de incidencia social de la sociedad
civil responsable nos comprometemos a:
a)
Profundizar el tema de la sociedad responsable,
enfatizando el tema de la responsabilidad entre actores de la sociedad.
b)
Animar el diseño e implementación de un proyecto de diálogo para
llegar a acuerdos nacionales, en los cuales nadie sea excluido. Sin acuerdos en
distintos órdenes de la vida social caemos en una yuxtaposición de proyectos de
grupos, de bandas rivales que no tienen un horizonte más amplio que el de sus
propios intereses.
c)
Promover la cultura del diálogo
como forma privilegiada de contribuir con aportes desde las propias convicciones
en la construcción de lo público.
d)
Apoyar a las comunidades para que ellas mismas hagan sus proyectos de
desarrollo y desarrollen habilidades para la gestión; es decir, acompañarlas
para que ejerzan plenamente su ciudadanía.
e)
Apoyar mediante la animación, acompañamiento y formación la
organización comunitaria para que las comunidades participen en la construcción
del bien común y sean capaces de dialogar con quienes tienen la
responsabilidad de tomar decisiones y obtener nuevos marcos normativos o
legislativos o para tener acceso a la rendición de cuentas.
f)
Promover la planificación del desarrollo comunitario y local en forma
participativa;
de esta manera se abren espacios en favor de quienes no pueden exponer sus
propuestas.
g)
Compartir las reflexiones de esta exhortación pastoral
con organizaciones de la sociedad civil.
3.2 Incidencia política
214.
Para fortalecer la capacidad de incidencia política de la sociedad
civil responsable nos comprometemos a:
a)
Impulsar de manera permanente la educación de la ciudadanía y del
sentido de pertenencia al Estado, aprovechando momentos coyunturales
propicios y promoviendo este horizonte de formación en las instituciones
educativas.
b)
Apoyar
la participación de la sociedad civil responsable en
la reorientación y rehabilitación ética de la política.[167]
c)
Contribuir al fortalecimiento de las instituciones y de los mecanismos
legítimos y democráticos con los que cuenta la sociedad para canalizar y
articular la participación de la comunidad política. Gracias al protagonismo de
la sociedad civil responsable se fortalece la democracia participativa y se
abren espacios de participación política.[168]
d)
Apoyar la constitución de grupos, asociaciones, redes, que participen
en la definición de políticas públicas y en el ejercicio del gobierno, pues
la justicia social supone condiciones de vida en las que todos puedan ver
respetados sus derechos y tener oportunidades para el cumplimiento de sus
deberes.[169]
e)
Animar a las comunidades a participar en la toma de las decisiones que
afectan a su vida comunitaria y a la de la nación, interviniendo en los
procesos locales, regionales, nacionales; analizando sus proyectos y propuestas;
identificar los niveles de toma de decisiones y los responsables políticos, para
dialogar y gestionar proyectos en forma democrática, por medio de estrategias de
comunicación y participación.
f)
Proponer que se promuevan, mediante la participación y la
corresponsabilidad ciudadana, «las reformas necesarias a la arquitectura
institucional del Estado de derecho»[170]
de manera que los derechos económicos, sociales, culturales, además de los
civiles y políticos, los ambientales, culturales y de libertad religiosa, tengan
garantía constitucional y sean exigibles y justiciables por la sociedad civil.
Necesitamos un Estado con mayor eficacia institucional, que asuma la gestión de
lo público para el uso social y comunitario y que promueva la participación de
la sociedad en la gestión social. Esto exige replantear el papel que tiene el
Estado en la construcción del bien común.
3.3 Incidencia cultural
215.
Para fortalecer la capacidad de incidencia cultural de la sociedad
civil responsable nos comprometemos a:
a)
Animar la renovación del sistema de relaciones en la sociedad humana,
bajo la guía de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad. En esta tarea
se espera el liderazgo moral de los cristianos especialmente comprometidos y
situados en puestos de responsabilidad política y social, los cuales a su vez
pueden ofrecer un mensaje de esperanza para otros muchos.[171]
b)
Construir, con las confederaciones de escuelas particulares y con los
institutos de vida consagrada dedicados a la educación, los espacios de
formación para la construcción de la paz y la justicia.
c)
Impulsar la formación cívica y ética que motive a todos a no
renunciar al derecho-deber de contribuir con su participación al bien común y a
asumir la propia responsabilidad en la construcción de una sociedad justa.
3.4 Incidencia para la construcción de la paz
216.
Para fortalecer la capacidad de incidencia en la construcción de la
paz de la sociedad civil responsable nos comprometemos a:
a)
Animar a la sociedad civil responsable a abordar los conflictos
sociales desde una opción ética y de un compromiso por la paz. Los
organismos de la sociedad se benefician de las instancias morales que se hacen
presentes en su propio seno y proponen valores éticos a partir del valor de la
dignidad del ser humano y de los derechos humanos.
b)
Impulsar medidas para prevenir la violencia considerada como un
mal endémico que requiere medidas preventivas. La prevención supone prestar
especial atención a la familia y a los centros educativos, a la adolescencia y a
la juventud, propiciando las condiciones para la satisfacción de necesidades
básicas y para el trabajo y educando para la convivencia y la resolución
pacífica de conflictos.
c)
Implementar medidas curativas a los efectos de la violencia,
particularmente en el cuidado y atención de las víctimas de la violencia,
acompañándolas en el proceso cristiano del duelo o del perdón para que en ellas
no anide el odio y el resentimiento que mueven a la venganza, porque «no hay
justicia sin perdón».[172]
d)
Acompañar, a través de la pastoral penitenciaria a quienes purgan
condenas en las cárceles. A quienes yerran siempre hay que ofrecerles la
oportunidad de redimirse, tratándoles como seres humanos. Necesitamos un sistema
penitenciario fundado en la perspectiva de los derechos y deberes humanos.
e)
Contribuir a la convivencia y a la reconciliación social
divulgando los valores de la Doctrina Social de la Iglesia.
f)
Animar a la sociedad responsable a participar, a través de sus
organizaciones, vigilando y verificando que las autoridades respondan de
manera integral al desafío de la violencia ocasionada por la delincuencia
organizada, atendiendo a las causas sociales, económicas, políticas y
culturales. Sin la participación activa de la sociedad, los gobiernos no tienen
la capacidad suficiente para abatir la violencia causada por los criminales que
se organizan para hacer daño a la comunidad.
g)
Invitar a los expertos en economía a que ayuden a la sociedad civil
responsable a reflexionar si es posible y cómo se puede intervenir el
circuito financiero del crimen organizado, pues en opinión de muchos,
mientras sus actividades sigan siendo negocio, los grupos delincuenciales
enfrentarán todo tipo de riesgos para asegurar su utilidad ilícita.
h)
Promover junto con los organismos de la sociedad civil responsable la
transparencia en el destino que se da a los bienes confiscados al crimen
organizado. Proponemos destinarlos al beneficio colectivo, entregándolos a
la sociedad civil organizada con probado sentido de responsabilidad social, para
que sirvan directamente a la reparación del daño que hacen a la sociedad los
negocios ilícitos y la violencia que implican.
i)
Pedir a las universidades y centros de reflexión de inspiración cristiana
el servicio de profundizar el tema de la violencia en México, sus
escenarios para el futuro y las perspectivas regionales, para ayudar a la
sociedad civil a verse ella misma en su acción y compromiso.
j)
Promover la articulación y cooperación de organismos y actores, basados en la
fe, que buscan la paz en distintos niveles: local, regional y nacional, a
través de los organismos diocesanos, provinciales o de la CEM.
4.
CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ
4.1
Impulsar el desarrollo humano integral
217.
En medio de la situación de inseguridad y violencia que venimos
considerando y al contemplar el panorama de millones de mexicanos que se han
empobrecido, nos preguntamos: ¿puede existir la paz cuando hay hombres, mujeres
y niños que no pueden vivir según las exigencias de la plena dignidad humana?
¿Puede existir una paz duradera en un mundo donde imperan relaciones —sociales,
económicas y políticas— inequitativas, que favorecen a un grupo a costa de otro?
¿Puede establecerse una paz genuina sin el reconocimiento efectivo de la sublime
verdad de que todos somos iguales en dignidad, porque todos hemos sido creados a
imagen de Dios, que es nuestro Padre?[173]
218.
La Doctrina Social de la Iglesia señala con claridad que la pobreza se
superará sólo mediante las acciones que sigan una justa concepción del
desarrollo humano integral y con una decidida voluntad de actuar en todos los
planos de la vida social para lograrlo.
Nos comprometemos a:
a)
Invitar a los legisladores y a la ciudadanía responsable a impulsar un marco
jurídico eficaz para la economía, con incentivos para crear instituciones
eficientes y participativas y ayudas para promover una cultura de la legalidad.[174]
La
autoridad pública no debe abdicar de la dirección superior del proceso económico
para movilizar las fuerzas de la nación, para sanar ciertas deficiencias
características de las economías en desarrollo y de su responsabilidad final con
vistas al bien común de la sociedad entera.[175]
No se debe perder de vista que separar la gestión económica, a la que
corresponde producir riqueza, de la acción política, que tiene la tarea de la
justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.[176]
Por otra
parte, debe asegurarse que por ningún motivo se pretenda corregir la pobreza a
través de soluciones que privilegien medios que atenten contra los derechos
humanos.[177]
b)
Promover el estudio de la enseñanza social de la Iglesia sobre el
desarrollo humano integral. Particularmente, el estudio de la encíclica
Caritas in veritate, sobre el desarrollo humano integral, publicada por
Su Santidad Benedicto XVI para conmemorar el 40º aniversario de la encíclica
Populorum progressio de Pablo VI.
c)
Desarrollar iniciativas que coadyuven a la atención de la grave situación de
desempleo y subempleo.
Toca a las instancias públicas y a la sociedad responsable desarrollar e
implementar políticas de reducción del desempleo y la creación de nuevas fuentes
de trabajo a las que se debe dar una prioridad indiscutible. El desempleo y el
subempleo deterioran en las personas la conciencia de su dignidad humana. En un
esfuerzo conjunto, sociedad y gobierno, debemos asegurar a toda persona el
acceso al derecho-deber fundamental de trabajar. El trabajo estable y justamente
remunerado es la solución al círculo vicioso de la pobreza.[178]
d)
Colaborar con las instancias de servicio público correspondientes y con
la sociedad civil responsable en la atención a la emergencia nacional
provocada por el empobrecimiento de millones de mexicanos. Urge el
encuentro, el diálogo y la concertación de esfuerzos. Ofrecemos como insumo para
este diálogo las reflexiones del libro «Los pobres no pueden esperar»,
publicado con esa finalidad por Caritas Mexicana, que es una instancia de
servicio de nuestra conferencia episcopal.
e)
Hacer conciencia de la relación estrecha que existe entre el cuidado
de la creación y la construcción de la paz. Consideramos oportuno difundir
la reflexión que nos ofrece el Santo Padre en su mensaje para la jornada mundial
de la paz de este año y desarrollar acciones significativas en este campo.
f)
Impulsar iniciativas que
capaciten a los más
pobres para empleos de mayor incidencia económica.
No hay
trabajo, si no hay
educación. Ésta
contribuye a que surja una sólida conciencia de respeto a los derechos y a la
dignidad de la persona. La educación es la única vía que convierte a las
personas en protagonistas de su destino en la sociedad.
g)
Convocar a los economistas, creyentes o no creyentes, con vocación
humanista, a ofrecer, de cara al pueblo de México, sus estudios y reflexiones
sobre la situación de la economía nacional. La ciudadanía de una sociedad
responsable debe estar informada y atenta a la regulación del sector
financiero. La democracia debe llegar a la economía. Las leyes del mercado
no deben regir nuestro destino.
h)
Proponer un diálogo constructivo sobre la economía nacional, en el
que participen académicos, expertos, actores de la sociedad civil, empresarios y
los responsables de las instancias de decisión en el campo financiero. La
economía de nuestro país debe buscar salvaguardar a los sujetos más débiles y
buscar nuevas formas de finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo
humano integral.
i)
Impulsar experiencias de economía solidaria
que incorporen el principio de gratuidad y de cooperación en la actividad
económica y reforzar la experiencia de la microfinanciamiento que puede proteger
a los sectores más vulnerables de la usura y la desesperación.[179]