Cuatro años de recorrer la Sierra. Años
que marcan como el fuego. Cuatro culturas y cuatro mundos. Warojíos,
Ódames (Tepehuanes), Rarámuris y Mestizos. Por ahora me referiré a los
“Rarámuri pagótuame” o “gentes lavadas o bautizadas”. Ellos se definen
como los hijos del que es Papá de todas las genes; del que hizo el mundo
y los dejó para cuidarlo (Onorúame Kúchara).
Al principio recibí, por parte de algunos
agentes de pastoral, muchas indicaciones para que no subyugara la cultura: “no
los abrace porque eso es violento para ellos”, “corrija sus palabras porque
ellos no son occidentales”, “acompañe solamente la cultura”, “no imponga”,
“quítese los esquemas que trae”, “incultúrese en su vestir”, “no les dé
sacramentos”, “la mejor ayuda es dejarlos como están”, etc. No dudo que tales
indicaciones se me hicieran con sinceridad, pero decidí recorrer las comunidades
por mí mismo para conocer su cosmovisión y así poder aprender los valores y dar
a conocer a quien es razón de mi vida: a Jesucristo.
Soy consciente que debe haber un encuentro
entre fe y cultura, que no sea una invasión ni adoctrinación. Varias preguntas
me han ido acompañando: ¿Cómo exponer el Evangelio de la Vida en esta cultura?
¿Cómo escucharla? ¿Cómo aprender de la cultura donde estoy? ¿De qué me sorprendo
al estar aquí? ¿Qué aporto?...
He ido de sorpresa en sorpresa. Cuando anuncio
a Jesucristo y su Evangelio, de ninguna manera se sienten alienados ni lo
sienten como imposición extraña. Ellos están abiertos a la Eucaristía; tienen
hambre de Dios; acogen con gusto el Sacramento de la Reconciliación; no están
cerrados al celibato; aprecian y quieren conocer la Palabra de Dios. Cuando les
hablo de Jesucristo, se emocionan; no nos piden quitarnos nuestra cultura, sino
que piden que estemos con ellos así como somos; quieren y piden la catequesis…
Si dijera lo contrario, no estaría en la verdad o diría lo que ellos no dicen.
Es cierto que hay que aprender la lengua, pero
hay una comunicación mejor: el amor. Ellos leen el corazón, se abren al mensaje
cuando sienten que son amados. El mejor idioma es el amor.
Voy a exponer sólo algunos ejemplos de mi
experiencia como pastor. Ya habrá tiempo para continuar sobre la misma temática.
• LA MISA: “KORIMA DE DIOS”
Para el tarahumara, la palabra “kórima” es
importante, y significa “compartir todo, sin necesidad de que se les dé nada a
cambio”. Es algo gratuito, pues se comparten los bienes y la vida. No es sólo un
trueque o intercambio, va mucho más allá. Significa que, si yo tengo algo que
otro no tiene, le pertenece a ese otro, sencillamente porque Dios nos da el
encargo de dar y nos da el derecho de recibir.
En esta visión del compartir la vida, vi la
puerta para la Eucaristía. Ese “kórima” es Jesucristo que se nos entrega. Cuando
ellos escuchan esto, la entienden, la piden y la viven como “kórima de Dios”.
Pocas veces he celebrado con tanta devoción como cuando lo hago con ellos. Por
eso afirmo, desde la experiencia, que la Misa no excluye a ninguna cultura. Si
alguien dijera lo contrario, mentiría. El cierto que hay que trabajar por la
inculturación de la Eucaristía, pero nunca privar a los indígenas del Banquete
eucarístico. Tal privación no sería otra cosa que falta de amor hacia ellos y
una clara discriminación. Darles el pan material, pero descuidando el Pan
espiritual, es dejarlos con hambre.
• LA RECONCILIACIÓN: MEDICINA QUE CURA
Las fiestas rarámuri son “noches de
reconciliación”, en las que es necesario estar bien en todo y con todos para que
las fiesta salga bien. Ahí se arreglan los problemas y se deciden a estar y
caminar en la vida. Se logra la armonía con el mundo, con Dios y con los demás.
Sólo reconciliándose se es buen rarámuri. En otros mundos es inconcebible ver en
convivencia amable a la esposa de un asesinado con el papá del asesino, o a la
mujer violada y su familia con la familia del violador, o las mamás de quien
murió y de quien le dio muerte. Sólo estando bien con los demás, se puede estar
bien con “el de arriba”, y sólo así el mundo recibirá fuerza.
La Cuaresma es el tiempo fuerte “para arreglar
problemas”. Ahí se hacen los juicios comunitarios, en los que las partes
involucradas, con el consejo de la autoridad tradicional y con hombres y
mujeres, buscan arreglar los asuntos pendientes. Hay confesiones públicas, donde
se les da alguna penitencia como estar un buen rato hincados frente a la iglesia
el viernes santo. Al final, todos se saludan, pues el saludo indica que todo se
ha arreglado. En la reconciliación, se confrontan, aclaran, se defienden y se
solucionan las cosas. Se tienen medicinas que curan, pero la mejor curación
consiste en estar bien con todos.
Pero en la fiesta no todo va bien. El Remonsi
(el que vive abajo), que es ventajoso, quiere cochinear la fiesta. Dicen que
todas las gentes tenemos dentro dos espíritus: el del hermano menor que es
Jesucristo, y el del de abajo que es el diablo. Podemos irnos con uno o con el
otro. Dios quiere que sigamos el camino del menor que es Jesucristo.
Por la noche hay velación, y se vuelve noche de
reconciliación. Al amanecer se ve la esperanza y el comienzo de un mundo nuevo.
Se renace con fuerzas nuevas para seguir caminando en la vida con lo que venga.
Enseñanza: mi experiencia me dice que esa noche
es el espacio para el Sacramento de la Reconciliación. Pero, por desgracia, los
agentes de pastoral hemos desaprovechado este espacio. Con frecuencia
mitificamos a los pobres e indígenas, y decimos que ellos tienen más valores y
cualidades que los mestizos. La verdad es que todos tenemos valores y anti
valores. Todos somos pecadores, de cualquier condición y cultura. Los rarámuris
lo saben y tienen sus formas de pedir perdón y de ser perdonados. Sé que a
algunos no les gustará lo que digo, pero es simplemente mi experiencia.
Es una pena ver que algunos sacerdotes
acompañan a la gente en sus fiestas, pero no les ofrecen ni explican el
Sacramento del perdón. Les niegan algo a lo que ellos tienen derecho. Cuando
este servidor les explica este Sacramento, sus rostros se iluminan y piden el
perdón por manos de “baré obispo”. Miente, a mi ver, quien afirma que el
Sacramento de la Paz no es para ellos. Discrimina quien no explica o niega este
encuentro con Jesucristo y la Iglesia. Sólo basta que le demos al Sacramento esa
dimensión curativa y liberadora.
• LA CONFIRMACIÓN: VIDA EN FIESTA
Me platicaba un rarómari (de la Sierra baja)
que “cuando se hizo noche y hubo eclipse, el de allá arriba vino y le habló a un
anciano. Le pidió que dijera a su gente que siguieran haciendo ofrendas al sol
para no dejarlo morir de vuelta. Le pidió que bailaran e hicieran Yúmari para
que recibieran el santo iwigá” (aliento de Dios).
La fiesta habla del Creador y de la Creación.
Se conmemora lo que Dios hace en la historia, y están llenas de alegría y
esperanza. Ahí nadie puede estar triste, pues Dios da su iwigá para que estén
contentos. Pero al Remonsi no le gusta que estén contentos, y siempre anda
buscando que el rarámuri tropiece y pierda el camino; impide que cumplamos con
lo que nos manda Onorúame-Eyerúame (nuestro Padre Madre que vive arriba). Pero
cuando hacemos la cruz, entonces el de abajo se retira.
Enseñanza: los rarámuris tienen las semillas
del Verbo. Las semejanzas con la Biblia son muy afines. El campo está abierto
para expresar la fuerza del Espíritu que convierte lo desordenado en ordenado,
lo feo en bello, el caos en cosmos. No es difícil anunciar al Espíritu Santo
como “aliento de Dios”. Quien diga que para ellos no es la Confirmación, miente
de nuevo. Ellos son místicos, más por intuición que por reflexión. Basta tan
poco para que entiendan el Sacramento de la Confirmación. Cuando les doy la
catequesis, la reciben con gusto, y les encanta el nawézari (consejo) del
sacerdote y obispo.
• EL NOMBRE DE DIOS
Para el rarámuri, Dios es el que está arriba,
el que camina con nosotros, el que nos da fuerza, el que se pone triste cuando
no vivimos bien, el que necesita que le ayudemos… Él es Riosi (Dios), Ramé Onó
(el Papá de nosotros), Onorúame (el que es Papá), Tata Riosi (Papa Dios), etc.
Cuando ellos pronuncian el nombre de Dios, lo
hacen con respeto, se descubren la cabeza y se ponen de pie y mirando hacia
donde sale el sol, pues el sol nos habla de la vida y nos va acompañando en el
día.
Onorúame “nos dio a Jesucristo (Sucristo) que
murió en la cruz para todo el mundo”. Sucristo es Riosi ranara (el Hijo de Dios)
que ha sido engendrado por Dios. Él nos dice el camino que hay que seguir para
ir con Dios. La Fiesta de Semana santa es el centro de la vida rarámuri, y marca
el cierre e inicio de un nuevo ciclo en el que Jesucristo le vuelve a dar fuerza
al mundo, renaciendo.
Arewá rosákame o Riosi arawára, es el Espíritu
blanco o Espíritu de Dios (iwigá). Es la fuerza de Dios que nos da vida.
Enseñanza: se nota que recibieron el primer
anuncio de Jesucristo, pero se desconoce su doctrina y una falta de
profundización de su mensaje sobre el Reino. Cuando imparto el Sacramento de la
Confirmación, ellos lo explican como el bautismo que da el obispo para darle
fuerza y complemento al bautismo. El primer anuncio que dieron los primeros
misioneros, necesita ser complementado. Para algunos agentes de pastoral, hay
que dejar esto intocable; incluso algunos quisieran que se volviera a lo que
ellos tenían antes de la evangelización (“teología india india”). Querer volver
a dar vida a las religiones antes de la evangelización, y separarlas de Cristo y
de la Iglesia, ¿no sería acaso un retroceso y una involución hacia un momento
histórico anclado en el pasado?
• FINAL
¿Por qué, pues, con el pretexto de no
arrancarles su cultura, se les niega el Evangelio a los hermanos indígenas? El
Evangelio, Cristo mismo, no viene a quitarla a nadie nada de lo bueno que tiene,
sino a purificarlo y a completarlo. Así ha pasado con la evangelización de todos
los pueblos. Cuando se anuncia directamente a Jesucristo, cualquier persona, de
cualquier tiempo y lugar, puede encontrar en Él la Verdad y la Vida. Lo que se
oculta detrás de algunas posturas “respetuosas” con la cultura de los demás, es
una falta de fe en Jesucristo como verdadero camino de salvación.
Siempre ha habido gente que lo niega a Él, pero
al menos tenían el valor de no reconocerse ya como cristianos. Lo nuevo ahora es
que esos "cristianos" se quedan muy campantes en la Iglesia y nos dicen que
ellos son la verdadera Iglesia, no la del Magisterio establecido por Jesucristo.
Viendo la mucha confusión de la gente, y
leyendo a escritores y predicadores que confunden al pueblo cristiano, como
obispo – pastor y vigilante del rebaño –, debo decir y escribir, aunque deba
pagar los precios por ello.
+
Rafael Sandoval Sandoval
Obispo de Tarahumara
©
2008 CEM : CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO

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