PLAN DIOCESANO DE PASTORAL
DECRETO DE APROBACIÓN
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El
3 de noviembre de 1999, Mons. Samuel Ruiz García y Mons. Raúl Vera López,
decretaron la conclusión de los trabajos del III Sínodo Diocesano, después de
que, como ellos dicen, “escuchamos atentamente las propuestas que nos fueron
presentando” y “después de un largo periodo de revisión de nuestra parte
y enriquecimiento con el Magisterio de la Iglesia y su legislación”. Lo
proclamaron y ordenaron su publicación el 12 de diciembre del mismo año.
El
1 de mayo de 2000, cuando el Espíritu del Señor, por medio del Papa Juan Pablo
II, envió a esta diócesis a su sucesor, Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, éste
ratificó la validez jurídica del Sínodo, afirmando que, en su oportunidad,
propondría “algunas complementaciones, insistencias y precisiones”, y
manifestó su decisión de elaborar el Plan Diocesano de Pastoral, que es uno de
los mandatos del Sínodo, para poner en práctica sus acuerdos (cf pág. 167).
En
la Asamblea Diocesana de mayo de 2001, se redactó un “Cuaderno de Trabajo”, que
sirvió como base para hacer una amplia consulta a las comunidades, y así éstas
participaran en la elaboración del Plan (cf DP 1306-1307).
Durante un año, se recogieron los aportes sobre la realidad que estamos viviendo
y los dos primeros capítulos u “horcones”: “Iglesia autóctona” e “Iglesia
liberadora”. En la Asamblea de mayo de 2002, analizamos dichos aportes y
aprobamos su redacción.
De
mayo de 2002 a mayo de 2003, seguimos el mismo procedimiento con los “horcones”
sobre “Iglesia evangelizadora” e “Iglesia servidora”. Se hizo amplia consulta a
las comunidades, análisis de sus aportes y redacción de la segunda parte del
Plan.
Finalmente, de mayo de 2003 a mayo de 2004, hicimos lo mismo con los “horcones”
sobre “Iglesia en comunión” e “Iglesia bajo la guía del Espíritu”. Concluimos en
la Asamblea Diocesana el trabajo, que se confió a una comisión plural, para que
ayudara a los obispos en la redacción final.
Al
término de esta amplia consulta a las comunidades y de discernimiento por parte
de quienes presiden nuestra Iglesia particular, se aprueba el presente Plan
Diocesano de Pastoral. Se pide a todos los Agentes de Animación y Coordinación
Pastoral, a las parroquias y misiones, a las áreas y demás instancias
diocesanas, que se esfuercen por llevar a la práctica lo que aquí se indica.
Es
necesario que cada instancia elabore su propio Plan Pastoral, con análisis de la
realidad, marco doctrinal, diagnóstico, objetivo, líneas de acción y
programación. Sin embargo, es más viable y sencillo, sin recortar o parcializar
el espíritu general del Sínodo y del Plan Diocesano, que hagan sólo una
programación de aquellas líneas de acción que más les competen, o que más se
adaptan a sus propias situaciones y necesidades pastorales. Esto es lo más
operativo y eficaz. En este caso, una vez seleccionadas las líneas de acción que
decidan poner en práctica, deben programar qué hacer, cuándo, dónde, quiénes,
para quiénes, con qué recursos y cómo evaluarán.
Sigamos caminando, como Iglesia particular, en íntima comunión con la Iglesia
universal, con Pedro y bajo Pedro, para que la acción salvadora del
Padre, realizada en Jesucristo por obra del Espíritu Santo, con la colaboración
de nuestra Madre la Virgen María, se haga presente entre nosotros, y así seamos
un signo claro del Reino de Dios, en particular para los pobres.
Advirtamos, sin embargo, que los mejores planes de pastoral serán ineficaces, si
no somos santos, como dice el Papa Juan Pablo II: “No dudo en decir que la
perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad...
La santidad es más que nunca una urgencia pastoral...Es el fundamento de la
programación pastoral... Es una opción llena de consecuencias... La vida entera
de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección.
Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen
una pedagogía de la santidad... Para esta pedagogía de la santidad es necesario
un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración... Una
oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia:
abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y
nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios” (Novo
Millennio Ineunte, 30-32).
Y
por encima de todo, intensifiquemos la búsqueda de una espiritualidad de
comunión, procurando la unidad eclesial, dentro de nuestras legítimas
diferencias, pues sin ella todo es fachada, como dice el Papa en el mismo
documento. Hay que “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión:
éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si
queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas
esperanzas del mundo...Antes de programar iniciativas concretas, hace falta
promover una espiritualidad de comunión...
Espiritualidad de comunión es capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo
en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios... Es saber dar
espacio al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las
tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad,
..., desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino
espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se
convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de
expresión y crecimiento” (No. 43).
Dado en la ciudad episcopal de San Cristóbal de Las Casas, el 25 de julio de
2004, solemnidad de San Cristóbal mártir, patrono de nuestra diócesis, en el
Año de la Eucaristía.
+ Felipe Arizmendi Esquivel
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo de San Cristóbal de las Casas
Obispo Aux. San Cristóbal L.C.
Pbro. Juan Manuel Hurtado López
Josefina Martínez Martínez
Vicario de Pastoral
Secretaria Canciller
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