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PLAN DIOCESANO DE PASTORAL
 

6. IGLESIA BAJO LA GUÍA DEL ESPÍRITU SANTO
FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS
 

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El Espíritu guía a su Iglesia

291. Jesús siempre dejó que el Espíritu dirigiera su corazón a través de su vida toda, en su relación con el Padre y en su trabajo de anunciar, denunciar y hacer presente el Reino de Dios[1]. Por ello nosotros, como Iglesia, atentos a la vida de Jesús, debemos dejar que ese mismo Espíritu mueva nuestros corazones y la vida de cada persona. El Espíritu de Dios está presente también en todos los aspectos de la vida de las comunidades, las anima y les da fuerza, las lleva a tomar acuerdos, a resolver sus problemas y a ser profetas.

292. La espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias evangélicas; es vida en Cristo y en el Espíritu, que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en esperanza, es conducida a vivirse dentro de la comunidad eclesial. En este sentido por espiritualidad se entiende no una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo.[2] La espiritualidad exige en nosotros un proceso de conversión que se manifiesta en el amor, la justicia, el perdón, la sinceridad y la unidad.

La opción por los pobres en fidelidad al proyecto de Jesús

293. Queremos seguir a Jesús que amó, perdonó y trabajó por el Reino de Dios con fidelidad, respeto y confianza en el proyecto del Padre. Siguiendo a Jesús, compartimos su opción por los pobres[3]; por eso, la prioridad más urgente —de los pastores de la Diócesis y de todo el Pueblo de Dios— son los desposeídos, los marginados, las mujeres explotadas y maltratadas, los niños en situación de calle, los presos, las prostitutas, los drogadictos, los alcohólicos, los humillados, los migrantes, los jóvenes..., sin olvidar que ellos nos evangelizan y de ellos es el Reino[4]. Por eso decidimos acompañar al pueblo de Chiapas que llora, sufre y muere, pero que también resiste, lucha y se renueva en su esperanza de un cambio, siendo los pobres sujetos transformadores de este cambio. Nos motiva fuertemente la Palabra de Dios, meditada, vivida y compartida en nuestras comunidades; ella nos alimenta, orienta, corrige e ilumina.

Todo esto requiere de una conversión diaria, personal y comunitaria, que nos exige pedir perdón por nuestros errores históricos, por nuestras limitaciones y fallas, y nos mueve a encarnarnos, amar y perdonar a nuestro prójimo para parecernos más a Aquél a quien nos atrevemos a llamar Padre.[5]

El discípulo no es más que su Maestro

294. La opción por los pobres ha traído también como consecuencia: injurias, calumnias, persecución y división en las mismas comunidades. Al denunciar todos aquellos pecados que se oponen al Evangelio, la respuesta de los poderosos no se ha hecho esperar. No podía ser de otra manera; si persiguieron a nuestro Maestro, los discípulos no podíamos esperar otra cosa[6]. Así, nuestra Diócesis, en todas las zonas pastorales, ha visto y vivido el derramamiento de sangre, como en Acteal, Wolonchán, Chavajeval y la Zona Norte. Nos ha tocado participar de la Cruz y Pasión de Cristo en el sufrimiento y angustia de los expulsados del país y de los desplazados de las comunidades, encarcelados, perseguidos, desaparecidos y asesinados. Como una gracia de Dios, hemos tomado parte de las Bienaventuranzas. Como pobres perseguidos, hemos hecho del conflicto una fuente de espiritualidad; por eso no se puede esperar venganza de parte nuestra, sino el perdón, la reconciliación, y se nos invita a buscar la paz cimentada en la justicia.[7] Nuestra misión profética y martirial es un aporte a la Iglesia universal.

Nuestro trabajo pastoral: vivir desde ahora el Reino

295. Cristo nos hace partícipes del proyecto del Reino, viviendo la justicia, la paz y luchando por la dignidad. Cristo ya venció por nosotros, pero todavía no se manifiesta lo que seremos. Por eso seguimos anunciando el Evangelio y viviendo desde ahora el Reino de Dios, especialmente cuando compartimos nuestra experiencia de fe y esperanza, cuando comunicamos nuestra alegría de estar evangelizándonos y de trabajar por el Reino.

Es fundamental que tengamos un espíritu de oración y contemplación, una formación y orientación espiritual, estar atentos a los signos de los tiempos y discernirlos a la luz del Espíritu Santo para descubrir el camino a seguir. Nuestra espiritualidad, que es la base del proceso diocesano, incluye también un modelo propio de santidad y, por la tanto, nuestra prioridad pastoral ha de ser la búsqueda de esa santidad.[8]

296. Anima nuestro corazón la decisión de Santa María de Guadalupe de quedarse al lado de los pueblos indígenas, terriblemente golpeados y a punto de ser exterminados. Siguiendo su inspiración, continuamos en este camino acompañando a nuestros pueblos pobres con el mismo cariño y con la misma solicitud con que ella lo hizo. Jesús, que nos dio el privilegio de dar pan y agua al hambriento y al sediento, de vestir al desnudo, de visitar al preso y al enfermo[9], nos dé la fuerza para seguir trabajando en la construcción del Reino de Dios, que es reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de amor, de justicia y de paz. Así se cumplirá plenamente la voluntad del Padre: la salvación de todo el género humano y la creación del nuevo Cielo y la nueva Tierra.[10]

 
DIAGN
ÓSTICO

 LOGROS:

Las opciones evangélicas

297. El Espíritu de Dios se ha fijado en nuestra pequeñez,[11] guía nuestra Diócesis e impulsa nuestra vida en el seguimiento de Jesús y en la construcción del Reino y, entre otras cosas, se manifiesta:

a) en que se mantiene una esperanza que, en medio de los grandes problemas, recibe la fuerza para trabajar por la justicia;

b) en que se camina, trabaja, vive con los pobres y desde los pobres, y promueve diversos trabajos y acciones comunitarias en razón de su liberación;

c)  en que se medita, proclama y vive la Palabra de Dios, se atiende a los signos de los tiempos y se escucha al Espíritu;

d) en que se denuncia lo que se opone al Reino y se anuncia lo que acerca al espíritu de las Bienaventuranzas;

e) en que se valora la presencia de Dios en las culturas indígenas y en la emergencia de estos pueblos;

f)   en que se trabaja por la reconciliación y que nos sigue impulsando a la búsqueda de la paz y la vida, por medio del ayuno, la oración y el diálogo.


RETOS:

Ser más fieles al llamado de Dios en nuestra historia.

298. Convertirnos a Dios y a los hermanos en la comunión y solidaridad con los más necesitados.

299. Con decisión y responsabilidad, acompañar al pueblo, como sujeto de sus logros, luchas, sufrimientos y alegrías, en su vida de fe y compromiso hasta su plena liberación.

300. Seguir descubriendo y valorando el modo como Dios se nos manifiesta y encarna en las culturas, para que la Palabra de Dios eche raíces hondas en ellas, como nos lo señala el Concilio Vaticano II.

301. Fortalecer el trabajo en equipo en la línea de las opciones diocesanas, para estar más unidos y organizados, asumiendo un compromiso personal fuerte y constante.

302. Animar y fortalecer la rica espiritualidad de la creación, propia de los pueblos indígenas, que fundamenta el respeto a la madre tierra y a sus recursos naturales. 


LÍNEAS DE ACCIÓN

303. Fortalecer la comisión diocesana de espiritualidad, que tiene como tarea animar, acompañar, impulsar y recrear el modo de vivir el seguimiento de Jesús que el Espíritu de Dios ha dado a esta diócesis.

304. Ayudarnos mutuamente agentes de pastoral y Pueblo de Dios a continuar este camino de construir el Reino, que nuestro Tercer Sínodo nos ha señalado desde la opción por los pobres y el respeto a la cultura.

305. Que catequistas, candidatos, diáconos, servidores, agentes de animación y coordinación pastoral y miembros de áreas e instancias, en cada comunidad y parroquia, profundicemos la Palabra de Dios y abramos el corazón para seguir acompañando con la oración y nuestro trabajo al pueblo en sus alegrías, penas y sufrimientos.

306. Fortalecer la espiritualidad propia de esta Iglesia Diocesana en los servidores, catequistas y agentes de animación y coordinación pastoral, áreas e instancias, mediante un adecuado proceso metodológico y pedagógico.

307. Que así como se ha venido desarrollando la Teología India, también se desarrolle, se profundice y se haga vida la espiritualidad cristiana mayense, para que inspire y anime a todos los servidores.

308. En los ambientes mestizos y urbanos, propiciar una mejor evangelización de la espiritualidad que sustenta y anima su religiosidad popular, fortaleciéndola con la Palabra de Dios y las celebraciones litúrgicas.


[1] Cf Lc 3,22; 4,1; 4,14

[2] Cf Juan Pablo II: Exhortación Ecclesia in America;  III Sínodo Diocesano, 596

[3] Cf Lc 4,16-19

[4] Cf Lc 6,29

[5] III Sínodo Diocesano, págs. 205-208

[6] Cf Mt 10,24

[7] Cf III Sínodo Diocesano, págs. 208-210

[8] Cf NMI 30-31

[9]  Cf Mt 25,34-36

[10] Ap 21,1ss; III Sínodo Diocesano, págs. 212-216

[11] Cf Lc 1, 48
 

 

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