BENDICIONES Y MALDICIONES

 VI Domingo Ordinario

 

                                                                                                            Mons. Enrique Díaz Díaz

                                                                                            Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

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            En aquel tiempo, Jesús descendió del monte con sus discípulos y sus apóstoles y se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gene, que había venido tanto de Judea y de Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón.

 

            Mirando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

 

            Dichosos ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

 

            Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!” (Lc 6,17.20-26).

 

 

QUIERO SER FELIZ

 

Era  apenas una niña. Sus 16 o quizás 17 años, no los representaba en manera alguna. Ahí, tirada en la cama del hospital dando gritos horrendos a momentos, llorando o riendo en otros momentos, para después pasar una aparente calma y repetir una y otra vez, entre sollozos y suspiros: “¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué los otros sí son felices y tienen todo lo que quieren?” Y así, una y otra vez,  hasta el cansancio, hasta quedar casi dormida, para después retornar a los gritos, a las convulsiones y a los insultos. Hacía un poco más de un año que había llegado a San Cristóbal cargada de ilusiones. Desde una de las comunidades lejanas había logrado conseguir un lugar, quería estudiar la prepa, quería salir adelante y sus padres habían puesto en ella toda su confianza. Sin embargo empezó inocentemente en convivencias, por no quedar mal, por estar alegre como las demás y poco a poco se había hundido primero en el alcohol y después en las drogas, en las parrandas, en las orgías y ahora la encontraba ahí, con la vida hecha pedazos y luchando por sobrevivir. Ella sólo quería ser feliz.

 

 

ANSIA DE FELICIDAD

 

Hoy encontramos uno de esos evangelios más para vivir que para comentar. Hoy hay que dejar caer una a una las palabras de Jesús muy dentro de nuestro corazón y permitirles que florezcan. Hoy el evangelio habla de felicidad, pero de la verdadera felicidad, de ese anhelo que todo hombre y toda mujer lleva muy dentro, de ese deseo íntimo que nunca parece saciarse, de encontrar la verdadera paz interior, de encontrarse en armonía con Dios, con el prójimo y con el universo.

 

A veces creemos que la felicidad consistiría en ausencia de problemas, en tenerlo todo, en no carecer de nada. Tanto nos ha insistido el mundo actual que sólo es persona el que tiene muchas posesiones, que nos lo hemos llegado a creer, y somos infelices porque no logramos correr al ritmo que nos impone la comercialización de las necesidades. Y cada día quedan más lejos los termómetros de felicidad que nos imponen y cada día son más  los que nada tienen y por desgracia,  más sedientos de esa felicidad aparente que parece lograrse sólo con dinero, con el poder y con el placer.

 

 

LA FELICIDAD SEGÚN CRISTO:

 

Jesús da un cambio drástico a las expectativas de su mundo y de nuestro mundo. No pone la felicidad en lo externo y en pasajero; la verdadera felicidad la pone en el centro del corazón de cada persona. Así puede haber sufrimiento, puede haber dolor, puede haber contratiempos, y sin embargo tener la verdadera felicidad en el corazón. Hoy Jesús proclama sus más profundas convicciones y nos las presenta como su verdadero programa. En boca de Jesús, las bienaventuranzas son un llamado y una esperanza dirigidos a los olvidados de este mundo, empezando por los pobres de su pueblo, herederos de las promesas de Dios.

 

Lucas nos presenta las bienaventuranzas tal como Jesús las proclamó. A diferencia de San Mateo, Lucas coloca las bienaventuranzas en “un llano”, signo que muchos han querido ver como la cercanía de Dios con el hombre. Si la montaña nos habla del acercamiento a Dios, y así las expresa Mateo, la llanura habla del acercamiento de Jesús al hombre concreto, pobre y terrenal pero llamado a la felicidad.

 

Las bienaventuranzas dirigidas, según San Lucas, a los apóstoles y a todo el pueblo en general,  constituyen el programa nuclear del reino de Dios y responden a la aspiración más profunda de todo hombre. Son el ideal evangélico de vida y un mensaje liberador para todos. Dios no bendice las situaciones de carestía injusta sino las actitudes de justicia.

 

LOS DESTINATARIOS DEL MENSAJE

 

Según San Lucas, Jesús se dirigía al pueblo sufrido, siendo uno de ellos, y les hablaba como lo hacían los profetas, sin matices, sin entrar en distinciones de personas: ustedes los pobres, son los primeros beneficiarios de las promesas de Dios. Nos descubre a quiénes se dirige con prioridad la evangelización: al pueblo más sufrido y postergado. Hay mil maneras de presentar a Jesús y su obra, pero para que esa enseñanza merezca ser llamada “evangelización” tiene que ser recibida como Buena Nueva en primer lugar por los pobres. Si son otras las categorías sociales que se sienten más identificadas con esta enseñanza o a las que se invita primero, significa que falta algo, ya sea en el contenido, o ya sea en la manera de proclamar el mensaje que hace justicia a los desheredados.

 

 

Lucas se preocupa por mostrar la situación real y concreta de pobreza, hambre y tristeza. La bienaventuranza clave es la de los pobres, ya que las otras se entienden en relación a ésta. Son los pobres los que tienen hambre, los que lloran o son perseguidos. Lucas recuerda la promesa de la  primera alianza,  de un Dios que venía a actuar a favor de los oprimidos, los que tienen a Dios como único defensor, que claman constantemente a Dios. Todas estas promesas van a ser cumplidas en Jesús, quien ha definido desde el principio su programa misionero en favor de los pobres y oprimidos. La última bienaventuranza  tiene como destinatarios a los cristianos que son perseguidos y excluidos a causa de su fe. Su felicidad no consiste en padecer sino en la conciencia de estar llamados a poseer una “recompensa grande en el cielo”.

 

 

EL REINO DE DIOS

 

¿Dios, entonces, nos quiere pobres?, y ¿qué tipo de pobres? Es evidente que Jesús no proclama “dichosos” a los pobres por el hecho de ser pobres, ni señala la pobreza como el ideal a vivir. Los pobres no son bienaventurados por ser pobres, sino porque asumiendo tal condición, por situación o solidaridad, buscan dejar de serlo. La pobreza cristiana va ligada a la promesa del reino de Dios, es decir a tener a Dios como rey. Este reinado se convierte en la mayor riqueza, porque es tener a Dios de nuestro lado, es tener la certeza de que Dios está aquí, en esta tierra de injusticias y desigualdades, encarnado en el rostro de cada pobre, invitándonos a asumir su causa. La causa es también la causa del Reino. Y disfrutaremos el Reino cuando no haya empobrecidos carentes de sus necesidades básicas, sino «pobres en el Señor» que son todos los que mantienen la riqueza de un pueblo basada en el amor, la justicia, la fraternidad y la paz.

 

En otras palabras, “Pobres no son los miserables sino los que libremente renuncian a considerar el dinero como valor supremo -un ídolo- y optan por construir una sociedad justa, eliminando la causa de la injusticia, la riqueza. Son los que se dan cuenta de que aquello que ellos consideraban un valor -éxito, dinero, eficacia, posición social, poder- de hecho va contra el ser humano. El reino de Dios es la sociedad alternativa que Jesús se propone llevar a término. La proclama del reino no la efectúa desde la cima del monte, sino desde el «llano», en el mismo plano en que se halla la sociedad construida a partir de los falsos valores de la riqueza y el poder.

 

BENDICIONES Y MALDICIONES

 

Lucas recoge cuatro bienaventuranzas seguidas de cuatro maldiciones correlativas. . Las dos primeras van directamente contra los ricos y satisfechos por su indiferencia ante la situación de los pobres. Las dos últimas se dirigen a los que ríen y a los que tienen buena fama. La contraposición entre pobres y ricos está claramente planteada en el Magníficat: “A los hambrientos ha colmado de bienes y ha despedido a los ricos con las manos vacías”  Hay quienes en estos “ayes”, no descubren tanto una maldición, sino el dolor de Jesús ante los ricos a quienes también ama, pero que a causa de su ambición, ellos mismos se condenan. Es el dolor del Pastor que ve con tristeza cómo se pierde la oveja amada.

 

Y así, entre bendiciones y maldiciones, hoy nos presenta Cristo un espejo donde podemos contemplar nuestro rostro y descubrir si somos “felices” porque hemos escogido su forma de vivir, o bien nos condenamos nosotros mismos a su reprobación llena de dolor. Las bienaventuranzas son la piedra de toque para saber la calidad de un cristiano. Nosotros, Iglesia, debemos cuestionarnos, seriamente, si hemos sucumbido a un mundo fascinante, de oropel y vanagloria, o si nos mantenemos fieles a la propuesta radical de salvación y liberación que nos ofrece Jesús. Es día de meditación, de cuestionamientos serios y de respuestas sinceras. ¿Dónde encontramos nuestra felicidad? ¿Por cuales opciones nos decidimos en la práctica diaria? ¿Qué lugar tienen los pobres y desheredados dentro de nuestra Iglesia?

 

 

 

Señor nuestro, que prometiste venir y hacer tu morada en los corazones rectos y sinceros, concédenos la rectitud y sinceridad de vida que nos hagan dignos de esa presencia tuya. Purifica nuestros corazones e intenciones y que descubramos la verdadera felicidad que sólo en ti podemos encontrar.

 

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