DISCÍPULOS COHERENTES
III Domingo de Pascua

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                                                                                   + Enrique Díaz Díaz

                                                        Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades.  Se les apareció de esta manera:

 

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”.  Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

 

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”.  Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”.  Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

 

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”.  Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

 

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan.  Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”.  Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes.  Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red.  Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.  Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

 

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.  Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.  Jesús le dijo; “Pastorea mis ovejas”.  Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e iba a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. (Jn  21, 1-19).

 

Cuestionamientos

 

Quizás motivados por la intensa polémica que se ha suscitado en las últimas semanas, con frecuencia me han preguntado si “la Iglesia”, no está metiéndose mucho en “política” al opinar, defender o cuestionar posturas que han asumido diferentes partidos en torno a temas polémicos como el aborto, la ley de convivencia, la eutanasia, la educación, etc. Ha habido incluso quienes quisieran que se acusara a determinados obispos sobre la intromisión en la política. ¿Debe la Iglesia meterse en política? ¿Por qué los obispos hablan de todos los temas? Son las preguntas que más me han enviado en estos días y quisiera decir algo al respecto, aunque sea solamente a título personal.

 

Discípulos de Jesús

 

¿Qué significa tener fe? ¿Qué quiere decir ser discípulo de Jesús? No es como afiliarse a un partido, o a un club, que solamente en los momentos en que te pones el uniforme estás ejerciendo tus derechos de pertenencia y los compromisos que con ellos asumes. Que puedes dejar el traje e irte tranquilamente a tu vida familiar o laboral y que nada o muy poco influye en tu comportamiento, fuera de los momentos en que tienes que presentarte a las actividades propias del club. No,  ser discípulo de Jesús implica mucho más. El verdadero encuentro con Jesús nos cambia totalmente la vida y donde quiera que estemos, donde quiera que laboremos o nos divirtamos; en el dolor y en la alegría, en todos los aspectos de nuestra vida estaremos condicionados para reaccionar como discípulos de Jesús, buscando sus principios y su forma de actuar.

 

Pero esto no es solamente, ni principalmente, para los obispos o la jerarquía, es para todo cristiano. Todos somos Iglesia y todos somos discípulos de Jesús. Así que todos tendremos que sentir, pensar y buscar lo que Jesús buscaría. No será un buen discípulo en que solamente en algunas horas, o en algunas prácticas piadosas aparezca como discípulo de Jesús. El seguimiento comporta toda la vida. Y así, tendremos que actuar como verdaderos cristianos frente a las injusticias, frente a la pobreza o frente a los atentados contra la dignidad y la vida especialmente de los más débiles, pues así actuó Jesús. No puede haber un divorcio entre la fe y la vida.

 

Fe y vida

 

El hombre es un todo y no puede dejar su espíritu por un lado y su cuerpo por otro como algunos opinan debería ser. No puede cristiano en los templos y ser apático en la vida social. El seguir a Jesús compromete en serio. Así aparece este domingo en la primera lectura. Es admirable escuchar la narración que nos muestra a los apóstoles, que un poco antes aparecían temerosos, encerrados, acobardados y huyendo de la comunidad, cómo se enfrentan ahora a las autoridades que les prohíben hablar en nombre de Jesús. Con alegría, aunque también con el dolor de los golpes recibidos, responden que tienen que obedecer primero a Dios que a los hombres. Y es una lección para todos nosotros que tan fácilmente nos acobardamos y hacemos componendas con nuestra fe. Aunque no haya amenazas, aunque no haya encarcelamientos, simplemente porque así llega la moda. Quizás sea el peor de nuestros pecados la indiferencia, la apatía y el desinterés que mostramos frente a los graves problemas de nuestra sociedad. Con tal de que no nos toquen personalmente o a nuestros intereses, dejamos que transcurra la violencia, la mentira y la injusticia.

 

Apacienta mis ovejas

 

En el evangelio de San Juan se nos presenta a Pedro y la misión que se le impone. Cuando Cristo, a hasta por tres veces, le pregunta sobre la calidad de su amor y su compromiso, Pedro responde: “Señor, tu sabes que te amo” Y la consecuencia de esta respuesta se la presenta Jesús y no es entonces tienes que cuidarme, tienes que protegerme, o reclamos porque lo abandonó en el momento más difícil. No, la consecuencia que le presenta Cristo y la prueba de su amor será: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Es decir el amor a Cristo se manifiesta en el amor y el compromiso con los hermanos, en el cuidado y la atención que tengamos del otro. El seguimiento de Cristo se realiza no sólo ni primordialmente en los recintos sagrados sino en toda la vida social, en la construcción de la comunidad, en la defensa de los derechos sobretodo de los más desprotegidos. Es el compromiso serio de todo cristiano.

 

Así los hicieron los profetas

 

Si leemos con atención la vida y los escritos de todos los profetas, vamos a encontrar como sus reclamos más violentos eran porque se descuidaba la justicia,  porque se oprimía al pobre y a la viuda o porque se abusaba del poder. Y todos los profetas hablaron claro a pesar de la oposición de los dirigentes, del rey, o de quienes llevaban las riendas del pueblo. Así que a cada uno de nosotros como cristianos y como Iglesia nos corresponde defender estos derechos. Si todos actuáramos así, seguramente habría menos corrupción, y no tendríamos los problemas tan graves de injusticias y narcotráfico, de violencia e inseguridad. Pero nos conformamos con ser cristianos de apariencia y no de corazón. Ahí está el grave deber de cada uno de nosotros para ser consecuentes con la fe que decimos profesar.

 

Otra cosa muy distinta será si algún ministro, quiere aprovecharse de su estatus religioso para medrar en su favor ya sea político, económico o social. Nadie tiene derecho a “usar” la religión como instrumento de ganancia. Y la Iglesia, como institución, no puede afiliarse ni sostener un partido político que le proporcione ventajas materiales. Siempre que una iglesia se ha asociado a cualquier tipo de autoridad social, ha salido perdiendo en credibilidad y en libertad para pronunciar abiertamente la buena nueva que nos ofrece el Señor Jesús. Ni tampoco ningún partido político tiene el derecho de apropiarse de la Iglesia como aliada en sus fines partidistas.

 

Así pues, hoy podemos decir que al igual que a los profetas, o al igual que a los apóstoles, no podrán callarse los verdaderos cristianos que anuncian y denuncian conforme al evangelio. Al igual que los apóstoles tendremos que decir que hay que obedecer primero a Dios y después a los hombres. Pero esto lo debemos hacer con un respeto grande, al igual que Jesús, para todos los que piensan distinto que nosotros. No podemos caer en fundamentalismos ciegos e irracionales. La propuesta de Jesús es muy clara y debe llegar a todos los hombres, pero también es misericordiosa y respeta la libertad y el derecho de cada una de las personas.

 

Pero, sobre todo, tendremos que ser consecuentes con el Evangelio tanto en nuestra vida interna como externa. No podemos defender la vida en los escenarios públicos, para después minusvalorarla o despreciarla en los espacios interiores. El Evangelio de Jesús nos exige coherencia. Por eso hoy nos queda una gran pregunta que debemos responder con nuestra vida: ¿Cómo influye mi amor y mi fe en Jesús, en mi vida diaria, social, familiar y política?

 

Señor, tú que nos has renovado en el espíritu al devolvernos la dignidad de hijos tuyos, concédenos  construir, llenos de júbilo y esperanza el Reino de tu Hijo y aguardar el día glorioso de la resurrección.

 

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