Cielos nuevos y tierra nueva

V Domingo de Pascua

 

                                                                                  + Enrique Díaz Díaz

                                                        Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

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Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él.  Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

 

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes.  Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”. (Jn  13,31-33. 34-35).

 

Sueños de niños

“La comunidad que yo quiero” era el título con el que presentaba cada uno de los niños su ideal de cómo querían que fuera en un futuro el lugar donde vivían. Con ocasión de la Visita Pastoral, cada Parroquia se organizaba para presentar sus ideales y sus objetivos, y ésta fue una de las formas creativas que, a la vez que presentaban la realidad vista con ojos de niño, también se ponían a imaginar cómo les gustaría que fuera en un futuro próximo. Me llamó la atención la gran cantidad de dibujos presentados por los niños, la sensibilidad sobre los graves problemas que afectan a la sociedad y la clara percepción de lo que puede ser una sociedad en el futuro.

Entre los miedos, aparecía el temor a los secuestros, al alcoholismo, a la droga y a la violencia. Entre los ideales, curiosamente, no aparecía en primer lugar el dinero, sino las relaciones fraternas de las familias, el bienestar para todos y el respeto y cuidado de la naturaleza. Y así, con poca idea artística pero con mucho sentido práctico, aparecían enlazados pájaros, caballos, bosques y selvas en curiosa armonía con hombres de diferentes culturas, edades y ambientes. Un collage donde, a pesar de la diversidad y de las desproporciones propias de los pequeños artistas, transmitían el ideal de un sueño que a ellos se les antoja que puede ser real: un mundo en paz, en armonía, donde haya tortilla para todos y todas, donde todos puedan ir a la escuela, donde la naturaleza es cuidada y respetada para darnos vida.

Un cielo nuevo y una tierra nueva:

Contrariamente a lo que se piensa, el libro del Apocalipsis, hoy nos presenta también una visión ideal del mundo en que vivimos. Casi todos se refieren a este libro como catastrófico, y sus textos han sido utilizados como base de películas y novelas de terror y de miedo. Muy lejos de ser ese su objetivo, pretende dar esperanza; pero una esperanza real, que supere los graves problemas que enfrenta la comunidad: persecución, deserciones, divisiones, pobrezas y dificultades. Todo lo narra con símbolos e imágenes. Y en el texto que nos presenta este domingo, nos lanza a mirar hacia el futuro, proponiéndonos la imagen de un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21, 1-5).

Alienta nuestra esperanza con esta magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los pesimistas y profetas de la muerte y del desaliento que amenazan con una destrucción inexorable del mundo, y ridiculizan la posibilidad de construir un mundo mejor.

Si hasta parecen los sueños de un niño las propuestas del Apocalipsis, pero están fuertemente basadas las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su Pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su Pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el Trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El sueño de Jesús

El Evangelio nos propone las bases sobre las que hay que construir estos cielos nuevos y esta tierra nueva. Cuando Cristo está ya para despedirse, entrega a los discípulos su testamento espiritual: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a Él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. Es la forma de construir de Jesús y es la forma que quiere que construyan sus discípulos. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama, demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor. Allí están las bases sobre las que se puede construir una nueva sociedad. Mientras no vivamos el amor, no es cierto que ley alguna podrá cambiar la sociedad.

¿Qué mundo estamos construyendo?

Cuando nuestros políticos, sobre todo en campañas, hacen propuestas que parecen novedosas, siempre se quedan cortos porque no está en la base el amor y el respeto mutuo. No es el amor romántico y dulzón de los novios adolescentes. Es el verdadero compromiso de entrega a los demás en la medida en que lo propone Jesús. Así como Él amó. Amar hasta dar la vida. Es el amor de pareja que sabe superar las naturales diferencias; es el amor de padres que no crían hijos con la ilusión de después pasarles la factura en cuidados de ancianidad; es el amor al prójimo donde se tiene en cuenta a todos y cada uno, y no se miran las propias conveniencias. Así, sí se podrá construir una ciudad nueva. Así podremos ilusionarnos en construir el Reino que Jesús propone y por el cual dio la vida.

Desgraciadamente, los cristianos nos quedamos cortos. Tenemos un gran programa, pero poco lo realizamos. Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia, nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes.

Y no quiere decir que en nuestras comunidades no haya discusiones y no se dé espacio a la diferencia. Eso es precisamente lo que hace grande a una comunidad, que es capaz de amar a los diferentes, que es capaz de integrar y que sabe superar el conflicto; que es capaz de crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio.

En el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo– aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido –inevitable donde hay más de una persona–, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida, nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización.

¿Sería mucho pedirles a nuestros candidatos, ahora tan en boga, que sean capaces de construir a partir de sus diferencias? ¿Podrían ellos proponernos una sociedad ideal donde todos sean respetados en sus derechos, en su individualidad y en el crecimiento de todos? Y además, si seguimos el estilo de Jesús, tendríamos que tener en cuenta de un modo muy especial a todos los menos favorecidos, los más pobres, los más necesitados. Porque a veces parece que se gobierna sólo para favorecer a los más poderosos o con miedo a disgustarlos. Y cuando se hace campaña, se está más atento a destruir y ridiculizar al adversario, que a ofrecer propuestas que entusiasmen y contagien a los ciudadanos en la construcción de una comunidad mejor.

Nuestra responsabilidad

Y cada uno de nosotros, como cristianos, hoy nos tenemos que cuestionar sobre nuestra actitud frente a la construcción el Reino. Aunque el Apocalipsis dice: «Vi que descendía del cielo, desde donde está Dios, la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia», de ninguna manera nos propone la pasividad e indiferencia como camino del futuro. Al contrario, una vez constatadas las dificultades y problemas, tanto internos como externos, nos lanza a que, confiando en Cristo resucitado, pongamos todo nuestro empeño en buscar ese mundo donde “ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos porque ya todo lo antiguo terminó”. Ciertamente la paz es un regalo de Dios, pero implica el trabajo intenso y confiado del hombre. La Ciudad Santa es empeño y don. Se requiere para construirla oración y sudor en el esfuerzo.

¿Cómo vivimos el Mandamiento del Amor entre nosotros? ¿Cómo damos testimonio de este amor en la familia, en el trabajo, en la construcción de la sociedad. ¿Cómo estamos construyendo esa “nueva ciudad”, esa nueva sociedad?

Señor, Tú que nos has enseñado que en el amor al prójimo se sintetiza toda tu vida y tu doctrina, enséñanos a superar nuestros egoísmos y nuestro individualismo, abre nuestro corazón al hermano y impúlsanos a construir “los cielos nuevos y la tierra” en medio de nosotros, prenda de la verdadera Jerusalén celestial. Amén.

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