El testamento de Jesús
VI Domingo de Pascua
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.
La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: 'Me voy, pero volveré a su lado'. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean". (Jn 14, 23-29).
Testamentos
Con frecuencia he encontrado personas que conservan en la mente y en su corazón las últimas palabras de sus seres queridos. Las últimas recomendaciones son importantísimas y hacen todo lo posible por cumplirlas aunque cuando viviera el ser querido no se le hiciera tanto caso. Este domingo se nos presentan las palabras que Jesús pronunció en la última cena, que tienen un sabor a despedida, a confidencia y a testamento. Y es que ya nos estamos preparando para la despedida de Jesús que celebraremos el próximo domingo con la su subida a la derecha del Padre. Así que escuchemos, meditemos y guardemos en nuestro corazón las palabras de Jesús.
“El que me ama, cumplirá mi palabra”
Empieza Jesús a hablar de amor, pero un amor traducido en obras, un amor que cumple, un amor que es realidad. Quizás a alguno le pudiera sonar como que “habría que cumplir las leyes” y con eso bastaría. De hecho, muchas traducciones dicen “el que me ama cumplirá mis mandamientos”. Pero es todo lo contrario, no se trata meramente de cumplir leyes, sino de amar y de amar de verdad. Muy en sintonía con lo que nos dice la primera lectura sobre el concilio de Jerusalén: no es imponiendo una carga pesada de leyes como se alcanza el Reino de los Cielos. Sino cumpliendo lo estrictamente necesario (Hch 15).
Al suscitarse una fuerte discusión sobre si a los paganos se les debe exigir la circuncisión y con ello la adhesión a todas las leyes y costumbres de los judíos, la primera comunidad opta por “dejarse llevar por el Espíritu” y se cuestiona qué es lo más importante del “nuevo camino” que ha enseñado Jesús. Descubren que es más importante el espíritu que la ley. Para los cristianos la circuncisión ya no es ni será importante. Este rito y tradición ha perdido toda vigencia. Ya no es necesario hacer ritos externos alejados de la justicia y del amor misericordioso de Dios. En el cristianismo hombres y mujeres somos iguales, y en el Bautismo adquirimos todos, la dignidad de hijos de Dios y miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Creemos necesario realizar una constante «circuncisión del corazón» (cf. Dt 10,16) para que tanto hombres como mujeres logremos purificarnos del egoísmo, del odio, de la mentira y de todo aquello que nos degenera. Hay que quitar los ídolos del corazón.
A San Pablo le queda muy claro y, cuando platica de este primer concilio, recuerda con gusto que, después de discutir sobre la obligación de la circuncisión, “solamente nos pidieron que tuviéramos muy en cuenta a los pobres, cosa que siempre he tratado de hacer” (Gal 2,10). Cristo quiere que actuemos igual que él: la señal de la presencia de su reino, no eran los grandes milagros o los grandes ritos, sino que el evangelio es vivido, y predicado por y con los pobres. Los pobres reciben la gran noticia de que Dios está de su lado. ¿Qué señas damos nosotros de que el Reino de Jesús está en medio de nosotros? ¿Cómo cumplimos la palabra de Jesús?
“Vendremos a él y haremos en él nuestra morada”
La segunda palabra viene a darnos la seguridad de una presencia dentro de nosotros: la experiencia del Dios Trino en cada uno de nosotros. Ser cristiano no cuestión de leyes y de ritos, si no fundamentalmente de vivir la presencia de Dios, de experimentar su amor, de ser expresión de su amor. A veces en la historia de la Iglesia y en la convivencia familiar o comunitaria, nos empeñamos en mantener o imponer ritos o signos que no son necesarios o buscamos una uniformidad a ultranza en cosas no centrales. Y ahogamos esa presencia de Dios en cada uno de nosotros y en nuestra comunidad. Tendríamos qué descubrir, a la luz de la voluntad de Dios, qué cosas son más importantes y qué cosas no lo son y están destinadas a cambiar sin que cambie el verdadero sentido de nuestro cristianismo. Ojalá no ahoguemos con nuestras reglas la presencia del Dios Trino en medio de nosotros.
“No pierdan la paz, ni se acobarden”
En este nuestro mundo donde la violencia se ha adueñado de todos los ámbitos, donde se justifican las guerras más crueles y ya pasan desapercibidas las muertes de tantos hermanos nuestros. Donde corremos el riesgo de perder la paz, de acobardarnos, Cristo no invita a que fortalezcamos nuestro corazón. ¿Cómo no tener miedo a los horrores del narcotráfico cuando se han metido a todos nuestros pueblos y a todas las comunidades? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos viendo cómo nuestros jóvenes se corrompen y se contagian de la ambición del poder y del dinero? Escuchemos la palabra de Jesús y miremos las verdaderas causas y ataquemos, no con las ametralladoras que no sirven de nada, sino yendo al fondo de los problemas. Si logramos dar valores y fortaleza de corazón a los niños y a los jóvenes, no caerán en la garras del vicio. Pero si descuidamos su educación y nosotros mismos no somos ejemplo de coherencia y de perseverancia ¡qué fácil caerán los ingenuos jóvenes!
“El Espíritu Santo, el Paráclito, les enseñará…”
Nunca el cristiano debería sentirse huérfano. El vacío dejado por la ausencia física de Jesús, será llenado plenamente por la presencia viva del Espíritu, que está en nosotros y nos enseña el arte de vivir en la verdad. Lo que configura la vida del verdadero creyente no es el ansia del placer, ni la lucha por el éxito, ni la obediencia a una ley. El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad. Su vida no está programada por prohibiciones, sino que viene animada e impulsada positivamente por el Espíritu. Ser cristiano no debe ser un peso que oprime o atormenta, sino la emocionante aventura de dejarse guiar por el amor creador del Espíritu que vive en nosotros y con nos hace vivir con alegría y libertad el camino del amor. ¡Cuánto deseamos que la V Conferencia del CELAM, que hoy se inicia en Aparecida, Brasil, se deje guiar más por el impulso del Espíritu que por la fuerza de la ley o la costumbre!
Guardemos en el corazón estas palabras de Jesús, son su tesoro y su testamento. Dejémonos guiar por el Espíritu creador que suscitará nuevos caminos para hacer presente su fuerza en este mudo de cambios e inseguridades. Pidamos al Señor que cada uno de nosotros descubramos y vivamos con libertad pero con seriedad “lo esencial del evangelio”.
Concédenos, Padre de bondad, continuar celebrando con amor y alegría la victoria de Cristo resucitado, y que el misterio de su pascua transforme nuestra vida y se manifieste en nuestras obras. Amén.