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MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA 2010
"La justicia de Dios se ha manifestado por medio de la
fe en Cristo"

Comienza el Miércoles 17
de Febrero
CIUDAD DEL
VATICANO, ROMA
Jueves 4 de Febrero
de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita
a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las
enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas
reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de
la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado
por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: "dare cuique suum"
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra
"justicia", que en el lenguaje común implica "dar a cada uno
lo suyo" - "dare cuique suum", según la famosa
expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin
embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en
qué consiste "lo suyo" que hay que asegurar a cada uno.
Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le
puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en
plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder
sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del
amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y
semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales
ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se
preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la
multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia
que también hoy provoca la muerte de centenares de millones
de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de
medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona
al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este,
además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa
san Agustín: si "la justicia es la virtud que distribuye a
cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al
hombre del verdadero Dios" (De Civitate Dei, XIX,
21).
¿De dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de
Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo
que es puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del hombre
que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale
del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale
del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de
dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones
malas" (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión
inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la
reacción de los fariseos una tentación permanente del
hombre: la de identificar el origen del mal en una causa
exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos
fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene
"de fuera", para que reine la justicia es suficiente con
eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en
práctica. Esta manera de pensar advierte Jesús es ingenua
y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces
exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón
humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa
convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista:
"Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal
51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso
profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en
comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre
flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza
de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a
imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el
egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva,
seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso
fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la
lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la
competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los
dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del
actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando
como resultado un sentimiento de inquietud y de
incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este
impulso egoísta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un
vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del
polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para
con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en
hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En
efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación
plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad
con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre,
el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt
10,18-19). Pero los dos significados están relacionados,
porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que
dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo,
lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de
la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso
del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en
el Dios que ha sido el primero en "escuchar el clamor" de su
pueblo y "ha bajado para librarle de la mano de los
egipcios" (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del
desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide
justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el
forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt
15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es
necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del
profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra
injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más
profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del
corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el
poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para
el hombre?
Cristo, justicia de Dios
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de
justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la
Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la
ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en
Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia
alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios,
y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la
redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios
como instrumento de propiciación por su propia sangre,
mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm
3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la
justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que
repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la
"propiciación" tenga lugar en la "sangre" de Jesús significa
que no son los sacrificios del hombre los que le libran del
peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se
abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la
"maldición" que corresponde al hombre, a fin de transmitirle
en cambio la "bendición" que corresponde a Dios (cf. Ga
3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué
justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y
el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al
justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo
suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina,
profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por
nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio
verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz,
el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el
hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro
para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en
el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la
ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la
propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios,
exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural,
cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener
necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme
gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los
sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a
la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia
"más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la
justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más
deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía
esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano
se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades
justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su
propia dignidad de hombres y donde la justicia sea
vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el
Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la
justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de
salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los
cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso
conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir
toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de
corazón la Bendición Apostólica.

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