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HOMILÍA DEL
SANTO PADRE
EN LA SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

"Cristo,
verdadero Obispo de nuestras almas"
CIUDAD DEL VATICANO, ROMA
Lunes 29 de Junio de 2009
Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
Dirijo a todos mi saludo cordial con las palabras del
Apóstol junto a cuya tumba nos encontramos: “A vosotros
gracia y paz abundantes” (1Pe 1, 2). Saludo, en
particular, a los Mie mbros de la Delegación del Patriarcado
Ecuménico de Costantinopla y a los numerosos Metropolitanos
que hoy reciben el Palio. En la colecta de esta jornada
solemne, pedimos al Señor “que la Iglesia siga siempre la
enseñanza de los Apóstoles de los cuales ha recibido el
primer anuncio de la fe”. La petición que dirigimos a Dios
nos interpela al mismo tiempo a nosotros mismos: ¿Seguimos
nosotros las enseñanzas de los grandes Apóstoles fundadores?
¿Los conocemos verdaderamente? En el Año Paulino que se
concluyó ayer hemos intentado escucharle de modo nuevo a él,
el “maestro de los gentiles”, y de aprender así nuevamente
el alfabeto de la fe. Hemos intentado reconocer con Pablo y
mediante Pablo a Cristo y de encontrar así el camino del
recto camino cristiano. En el Cánon del Nuevo Testamento,
además de las Cartas de San Pablo, hay también dos Cartas
bajo el nombre de San Pedro. La primera de ellas concluye
explícitamente con un saludo desde Roma, que sin embargo
aparece bajo el apocalíptico sobrenombre de Babilonia: “Os
saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros” (5,
13). Llamando a la Iglesia de Roma la “co-elegida”, la
coloca en la gran comunidad de todas las Iglesias locales,
en la comunidad de todos aquellos que Dios ha congregado,
para que en la “Babilonia” del tiempo de este mundo
construyan su Pueblo y hagan entrar a Dios en la historia.
La Primera Carta de San Pedro es un saludo dirigido
desde Roma a la entera cristiandad de todos los tiempos. Nos
invita a escuchar “la enseñanza de los Apóstoles” que nos
indica el camino hacia la vida.
Esta Carta es un texto riquísimo, que procede del corazón y
que toca el corazón. Su centro es -¿cómo podría ser de otra
manera?- la figura de Cristo, que es presentado como Aquel
que sufre y que ama, como Crucificado y Resucitado: “el que
al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no
amenazaba... con cuyas heridas habéis sido curados” (1Pe
2, 23s). Partiendo del centro que es Cristo, la Carta
constituye también una introducción a los fundamentales
Sacramentos cristianos del Bautismo y de la Eucaristía y un
discurso dirigido a los sacerdotes, en el que Pedro se
muestra como co-presbítero con ellos. Él habla a los
Pastores de todas las generaciones como aquel que ha sido
encargado personalmente por el Señor de apacentar a sus
ovejas y que ha recibido así de modo particular un mandato
sacerdotal. Por tanto, ¿qué nos dice san Pedro -precisamente
en el Año Sacerdotal- sobre la tarea del sacerdote? Ante
todo, él comprende el ministerio sacerdotal totalmente a
partir de Cristo. Llama a Cristo el “pastor y guardián de
vuestras almas” (2, 25). Donde la traducción italiana habla
de “guardián”, en el texto griego está la palabra
epíscopos (obispo). Un poco más adelante, Cristo es
llamado Pastor Supremo: archipoimen (5, 4). Sorprende
que Pedro llame al propio Cristo obispo –obispo de las
almas-. ¿Qué quiere decir con esto? En la palabra griega “episcopos”
está contenido el verbo “ver”; por esto ha sido traducida
como “guardián”, es decir, “vigilante”. Pero ciertamente no
se entiende como una vigilancia externa, como refiriéndose
quizás a un guardián carcelero. Se entiende más bien como un
ver desde lo alto, un ver a partir de la altura de Dios. Un
ver en la perspectiva de Dios es una visión del amor que
quiere servir al otro, quiere ayudarlo a llegar a ser
plenamente él mismo. Cristo es el “obispo de las almas”, nos
dice Pedro. Esto significa: Él nos ve desde la perspectiva
de Dios. Mirando a partir de Dios, se tiene una visión de
conjunto, se ven los peligros y también las esperanzas y las
posibilidades. En la perspectiva de Dios se ve la esencia,
se ve al hombre interior. Si Cristo es el obispo de las
almas, el objetivo es evitar que el alma del hombre se haga
miserable, es evitar que el hombre pierda su esencia, la
capacidad para la verdad y para el amor. Hacer que llegue a
conocer a Dios; que no se pierda en callejones sin salida;
que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca
abierto a lo demás. Jesús, el “obispo de las almas” es el
prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Ser
obispo, ser sacerdote significa, en esta perspectiva, asumir
la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a partir de su
posición elevada. A partir de Él, estar a disposición de los
hombres, para que encuentren la vida.
Así, la palabra “obispo” se acerca mucho al término
“pastor”; es más, los dos conceptos son intercambiables. La
tarea del pastor es apacentar y guardar al rebaño y
conducirlo a los pastos adecuados. Apacentar al rebaño
quiere decir tener cuidado de que las ovejas encuentren el
alimento adecuado, se sacie su hambre y se apague su sed.
Más allá de la metáfora, esto significa: la palabra de Dios
es el alimento del que el hombre tiene necesidad. Hacer cada
vez presente de nuevo la palabra de Dios y alimentar así a
los hombres es la tarea del buen Pastor. Y él debe saber
resistir a los enemigos, a los lobos. Debe ir por delante,
indicar el camino, conservar la unidad del rebaño. Pedro, en
su discurso a los presbíteros, pone de manifiesto una cosa
muy importante. No basta con hablar. Los pastores deben ser
“modelos para el rebaño” (5, 3). La palabra de Dios es
traída desde el pasado al presente, cuando es vivida. Es
maravilloso ver cómo en los santos la Palabra de Dios se
convierte en una Palabra dirigida a nuestro tiempo. En
figuras como san Francisco y de nuevo como el Padre Pío y
tantos otros, Cristo se convierte en verdaderamente
contemporáneo de su generación, sale del pasado y entra en
el presente. Esto significa ser Pastor, modelo del rebaño:
vivir la palabra ahora, en la gran comunidad de la santa
Iglesia.
Quisiera aún muy brevemente llamar la atención sobre otras
dos afirmaciones de la Primera Carta de San Pedro,
que tienen que ver de modo especial con nosotros, con
nuestro tiempo. Está ante todo la frase descubierta hoy
nuevamente, en base a la cual los teólogos medievales
comprendieron su tarea, la tarea del teólogo: “dad culto al
Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a
dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra
esperanza” (3, 15). La fe cristiana es esperanza. Abre el
camino hacia el futuro. Y es una esperanza que es razonable;
una esperanza cuya razón podemos y debemos exponer. La fe
procede de la Razón eterna que ha entrado en nuestro mundo y
nos ha mostrado al verdadero Dios. Va más allá de la
capacidad propia de nuestra razón, así como el amor va más
allá de la simple inteligencia. Pero la fe habla a la razón
y en la confrontación dialéctica puede mantenerse en pie
ante la razón. No la contradice, sino que va al paso con
ella y, al mismo tiempo, conduce más allá de ella -introduce
en la Razón más grande de Dios. Como Pastores de nuestro
tiempo, tenemos el deber de ser los primeros en comprender
las razones de la fe. La tarea de no dejarla quedarse en una
mera tradición, sino de reconocerla como respuesta a
nuestras preguntas. La fe exige nuestra participación
racional, que se profundiza y se purifica en un compartir el
amor. Forma parte de nuestros deberes como pastores penetrar
la fe con el pensamiento para ser capaces de mostrar la
razón de nuestra esperanza en la discusión de nuestro
tiempo. Con todo, el pensar -aún tan necesario- por sí solo
no basta. En su catequesis bautismal y eucarística en el
segundo capítulo de su carta, Pedro alude al Salmo usado en
la Iglesia antigua en el contexto de la comunión, al
versículo que dice: “si es que habéis gustado que el Señor
es bueno” (Sal 34 [33], 9; 1 Pe 2, 3). Sólo el
gustar lleva al ver. Pensemos en los discípulos de Emaús:
sólo en la comunión convivida con Jesús, sólo en la fracción
del pan se abren sus ojos. Sólo en la comunión con el Señor
experimentada verdaderamente ellos consiguen ver. Esto vale
para todos nosotros: más allá de pensar y de hablar,
necesitamos la experiencia de la fe; de la relación vital
con Jesucristo. La fe no puede quedarse en teorías: debe ser
vida. Si encontramos al Señor en el Sacramento; si en la
oración hablamos con Él; si en las decisiones cotidianas nos
adherimos a Cristo, entonces “vemos” cada vez más cuán bueno
es Él. Entonces experimentamos que es bueno estar con Él. De
esta certeza vivida deriva también la capacidad de comunicar
la fe a los demás de forma creíble. El Cura de Ars no era un
gran pensador. Pero él “gustaba” al Señor. Vivía con Él
hasta en las minucias del día a día más que en las grandes
exigencias del ministerio pastoral. De este modo se
convirtió en “uno que ve”. Había gustado, y por ello sabía
que el Señor es bueno. Oremos al Señor, para que nos dé este
gustar y podamos así convertirnos en testigos creíbles de la
esperanza que está en nosotros.
Finalmente, quisiera hacer notar también una pequeña pero
importante palabra de san Pedro. Precisamente al principio
de la Carta, él nos dice que la meta de nuestra fe es la
salvación de las almas (cfr 1, 9). En el mundo del lenguaje
y del pensamiento de la cristiandad actual, ésta es una
afirmación extraña, para algunos incluso escandalosa. La
palabra “alma” ha caído en descrédito. Se dice que esto
llevaría a una división del hombre en espíritu y físico, en
alma y en cuerpo, mientras que en realidad sería una unidad
indivisible. Además, “la salvación de las almas” como meta
de la fe parece indicar un cristianismo individualista, una
pérdida de responsabilidad hacia el mundo en su conjunto, en
su corporeidad y en su materialidad. Pero de todo esto no se
encuentra nada en la Carta de san Pedro. El celo por el
testimonio a favor de la esperanza y la responsabilidad
hacia los demás caracterizan a todo el texto. Para
comprender la palabra sobre la salvación de las almas como
meta de la fe, debemos partir desde otro lado. Sigue siendo
cierto que el descuido de las almas, la miseria del hombre
interior, no destruye sólo al individuo, sino que amenaza al
destino de la humanidad en su conjunto. Sin curación de las
almas, sin curación del hombre desde dentro, no puede haber
salvación para la humanidad. La verdadera enfermedad de las
almas, San Pedro, para nuestra sorpresa, la considera la
ignorancia, es decir, desconocimiento de Dios. Quien no
conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, se
queda fuera de la verdadera vida (cfr 1 Pe 1, 14).
Aún otra palabra de la Carta puede sernos útil para entender
mejor la fórmula “salvación de las almas”: “Purificad
vuestras almas con la obediencia a la verdad” (cfr 1, 22).
Es la obediencia a la verdad la que purifica el alma. Y es
el convivir con la mentira la que la contamina. La
obediencia a la verdad comienza con las pequeñas verdades
cotidianas, que a menudo pueden ser fatigosas y dolorosas.
Esta obediencia se extiende finalmente a la obediencia sin
reservas frente a la Verdad misma que es Cristo. Esta
obediencia nos hace no sólo puros, sino sobre todo también
libres para el servicio a Cristo y así para la salvación del
mundo, que siempre comienza por la purificación obediente de
la propia alma mediante la verdad. Podemos indicar el camino
hacia la verdad sólo si nosotros mismos -con obediencia y
paciencia- nos dejamos purificar por la verdad.
Y ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el
episcopado, que ahora recibiréis de mi mano el Palio. Ha
sido tejido con la lana de los corderos que el Papa bendice
en la fiesta de santa Inés. De este modo, éste recuerda los
corderos y las ovejas de Cristo, que el Señor resucitado ha
confiado a Pedro con la tarea de apacentarlos (cfr Jn
21, 15-18). Recuerda el rebaño de Jesucristo, al que
vosotros, queridos hermanos, debéis apacentar en comunión
con Pedro. Nos recuerda al mismo Cristo, que como Buen
Pastor ha tomado sobre sus hombros a la oveja perdida, la
humanidad, para devolverla a casa. Nos recuerda el hecho de
que Él, el Pastor supremo, ha querido hacerse Él mismo
Cordero, para cargar desde dentro con el destino de todos
nosotros; para llevarnos y curarnos desde dentro. Queremos
orar al Señor, para que nos conceda seguir sus huellas como
pastores justos, “no por obligación, sino de buen grado,
como agrada a Dios... con ánimo generoso … modelos del
rebaño” (1 Pe 5, 2s). Amén.
BENEDICTUS PP XVI
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