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MORAL Y LEYES CIVILES
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+ Felipe Arizmendi
Esquivel Obispo de San Cristóbal de Las Casas
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Nuevamente el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo
Ebrard, hace gala de un laicismo excluyente, que está lejos
de ser la sana laicidad que necesitamos para construir una
democracia madura e incluyente. En réplica a las
declaraciones que hemos hecho contra la ley de la capital
del país que ha cambiado hasta el mismo concepto de
matrimonio, homologándolo con la unión de personas del mismo
sexo, dándoles incluso la facultad de adoptar niños, dijo:
“La moral de la Iglesia no puede ser el fundamento de una
ley… Lo que no se puede hacer es imponer una moral en la
ley…, pues somos un Estado laico”. Y en un tono
sarcástico, el senador Manlio Fabio Beltrones presume de que
no le preocupan las leyes divinas, sino las humanas. ¡Y
estos son quienes aspiran a gobernar a todo el país!
¡Cuidado! Al hacer leyes sin tomar en cuenta la moral, se
pueden hacer leyes inmorales. En esta denuncia ha llevado la
voz cantante el Cardenal Norberto Rivera Carrera, pues se
trata de su Arquidiócesis, pero le apoyamos cien por ciento.
En términos semejantes se expresan quienes critican que ya
18 Estados hayan hecho cambios constitucionales en sus
legislaciones locales, para blindar el derecho a la vida
desde la concepción. Insisten en que las Iglesias debemos
estar ajenas a estos procesos jurídicos, pues juzgan que es
una intromisión indebida en la vida nacional. Alegan el
laicismo e incluso cabildean con legisladores para que éste
se haga precepto constitucional. Tienen un concepto
anticuado de laicismo, que en muchos países ha sido
superado. Aducen una interpretación restrictiva del artículo
130 constitucional, y no tienen en cuenta la Ley de
Asociaciones y Culto Público, que en su artículo 2º nos
garantiza el derecho de “no ser objeto de ninguna
inquisición judicial o administrativa por la manifestación
de ideas religiosas”, así como de “propagar”
nuestra doctrina, en este caso sobre el matrimonio y el
derecho a la vida. No estamos impidiendo que se cumplan las
leyes civiles, sino que urgimos se respete nuestro derecho a
proclamar nuestra fe, sin discriminación ni represión.
JUZGAR
En su discurso al Cuerpo Diplomático, acreditado ante la
Santa Sede, y que aglutina a 178 países, acaba de decir el
Papa Benedicto XVI: “La Iglesia está abierta a todos
porque, en Dios, ella existe para los demás… La comunidad de
los creyentes puede y quiere participar en promover un
cambio efectivo de la mentalidad y establecer nuevos modelos
de vida; pero para hacerlo es necesario que se reconozca su
papel público. Lamentablemente, en ciertos países, sobre
todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y
culturales, así como en los medios de comunicación social,
un sentimiento de escasa consideración y a veces de
hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión,
en particular la religión cristiana. Es evidente que si se
considera el relativismo como un elemento constitutivo
esencial de la democracia, se corre el riesgo de concebir la
laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente,
de rechazo de la importancia social del hecho religioso.
Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y
división, hiere la paz, perturba la ecología humana y,
rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se
convierte en un callejón sin salida. Es urgente, por tanto,
definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en
una justa autonomía del orden temporal y del orden
espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de
responsabilidad compartida.
Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en
nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra
el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos.
Pero la libertad no puede ser absoluta, ya que el hombre no
es Dios, sino imagen de Dios, su criatura. Para el hombre,
el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o
el deseo, sino que debe más bien consistir en la
correspondencia con la estructura querida por el Creador. La
negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana.
La naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que
nos precede y que viene de Dios”
(11-I-2010).
ACTUAR
No pretendemos imponer una moral católica a todo un país,
pero sí luchamos por que haya moral en la sociedad. Sin una
moral básica, la sociedad se hunde, y lo peor es que la
hundan los mismos legisladores. Hay una moral natural, es
decir, la que respeta lo que la misma naturaleza implica,
como es que el matrimonio sólo puede realizarse entre un
hombre y una mujer; que los niños necesitan un padre y una
madre, para que crezcan normales; que la vida es humana
desde su inicio, en la fecundación y concepción, hasta su
término natural; que todo ser humano vale como persona,
independientemente de su edad, género, condición social,
religión, cultura, e incluso de su tendencia sexual. Se le
ha de respetar como persona, pero no se puede legalizar lo
que es contra la misma naturaleza. Esta es nuestra palabra,
y respeten nuestro derecho a emitirla. Son libres de
asumirla o no, pero no nos repriman.
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