 |

¿RÉQUIEM por el
“México, siempre fiel”?
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las
Casas
VER
A pesar de tantas voces en contra,
la mayoría legislativa del Distrito Federal, con un malabarismo en las palabras
para definir que se considera aborto sólo la interrupción del embarazo a partir
de la décima segunda semana, lo ha despenalizado en las semanas anteriores, como
si la vida humana iniciara cuando a ellos se les ocurra.
Argumentan que defienden la vida y
el derecho de las mujeres, como si matar a sus propios hijos fuera un acto de
justicia social para ellas, sin importar la vida del nuevo ser humano, que
inicia desde el momento de la fecundación. Alardean de democráticos, pero
rechazaron el referéndum que miles de ciudadanos solicitaron, conforme a
la ley. Se amparan en que, según algunas encuestas, muchos ciudadanos apoyaron
su propuesta; sin embargo, el derecho a la vida no se somete a votación, porque
no depende del capricho de mayorías, que también pueden ser manipuladas, como
cuando aclamaban a Hitler para que matara a millones de judíos. Dicen que
defienden el Estado laico y que la Iglesia para nada debe intervenir en estos
asuntos, con lo cual demuestran su ignorancia de lo que es la religión. Un
diputado explícitamente dijo que eso de la excomunión no les quitaba el sueño,
ni les atemorizaba el infierno; varias caricaturas se publicaron en contra del
mismo Papa, por decir una palabra al respecto. Eso nos demuestra el verdadero
rostro del país.
Con este hecho, así como con el
narcotráfico y la violencia irrefrenables, con la corrupción en todos los
niveles, con la injusticia contra los pobres, con el resquebrajamiento de las
familias y las uniones entre homosexuales, nos preguntamos qué quedó de aquella
frase del Papa Juan Pablo II, en enero de 1979: “México, siempre fiel”.
¿En verdad somos fieles discípulos de Jesús? ¿No habría que rezar un réquiem
por ese México de otros tiempos?
JUZGAR
Nos consuela que hay un “resto
fiel”, que permanece firme en su adhesión a Cristo y a su Iglesia, y que es
mayoría sobre todo entre las clases pobres. Las mujeres campesinas e indígenas
casi no abortan, a no ser involuntariamente por su misma pobreza, por su
desnutrición y por falta de cuidados médicos. Estos abortos nos duelen en el
alma, pero no suceden por egoísmo o crueldad personal de ellas, sino como signo
de injusticia de la estructura social. Esta pobreza también es una contradicción
con el “México, siempre fiel”.
¿Qué pensar ante el terrible golpe
a la vida de los niños que acaban de consumar estos legisladores? Ante todo, que
primero está la ley de Dios, que ordena no matar (cf Ex 20,13), y, como decía
san Pedro, primero hay que obedecer a Dios que a los hombres (cf Hech 4,19).
Aquí se va a ver quién es en verdad católico, quién lo es de nombre, quién ha
renegado de su fe, quizá por conservar su puesto, por no dejar de percibir el
significativo salario que una diputación le significa. Recordemos que “no se
puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), pues “la raíz de todos los
males es el afán de dinero” (1 Tim 6,10).
A pesar de esta liberalización
legal del aborto, que es totalmente inmoral, arbitraria, injusta e inhumana,
ningún creyente en Cristo puede alegar que, por no ser delito civil, ya se puede
abortar impunemente. Sigue siendo un pecado grave, penado con la excomunión
eclesial, si se procura en forma libre y directa, y si en efecto se produce. Su
conciencia cargará siempre esta mancha de sangre, a pesar de que la nieguen y se
sientan protegidos por una ley civil inicua. Y en este crimen tienen culpa tanto
la mujer como el hombre, y a veces más éste, porque presiona y obliga a abortar;
además de adúltero o fornicario, es un asesino. ¿Y así todavía le tienen
confianza para casarse con él?
San Pablo, antes de conocer a
Cristo, aprobó la muerte a pedradas del diácono Esteban (cf Hech 8,1). Después,
su vida cambió por completo y reprobó toda clase de maldad, como cuando
calificaba a los romanos de “llenos de toda injusticia, perversidad,
henchidos de envidia, de homicidio, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros,
fanfarrones, ingeniosos para el mal, insensatos, despiadados, los cuales, aunque
conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales
cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las
cometen” (Rom 1,29-32).
Unos legisladores convirtieron
esta batalla por la despenalización del aborto, en una lucha por demostrar que
no dependen de la Iglesia Católica, que no les importa ni el Papa, que ceder
daría la impresión de lesionar el laicismo oficial… ¿Quién ganó y quién perdió?
Ganó el imperio de la muerte, el orgullo partidista, la pretensión de ser
dioses, la insensibilidad hacia el recién concebido, el exterminio de inocentes.
Ganó un laicismo decimonónico, que pretende excluir de la política todo lo que
huela a Dios. Lo pensábamos superado, y que estábamos avanzando hacia una sana
laicidad, con una separación Iglesia-Estado que todos aprobamos; pero nos
demuestra su pervivencia.
¿Perdió la Iglesia? Perdió la
ciencia que se basa en la ética. Perdieron los derechos humanos, a cuyos
organismos parece que esto no les interesa, que no les trae fama. Perdió la
familia. Perdió la vida. Perdimos todos.
ACTUAR
Los padres de familia,
catequistas, sacerdotes, religiosas y obispos, hemos de intensificar nuestros
programas educativos sobre estos temas, a partir del encuentro vivo con Cristo,
pues cuando lo conocemos, todo cambia. Hay que dar una cristiana educación
sexual.
Los médicos cristianos y católicos
que trabajan en los centros oficiales de salud, han de defender su derecho a la
objeción de conciencia, pues no les pueden obligar a practicar abortos, ya que
se harían responsables de un asesinato criminal, aunque no sea delito civil.
Pedimos a Dios que perdone a los
legisladores abortistas y a quienes los han apoyado, porque “no saben lo que
hacen” (Lc 23,34). Y como oraba el diácono Esteban mientras lo apedreaban:
“Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hech 7,60). Oramos por que
no acaben como Hitler: encerrados en su soledad, amargados sin esperanza,
suicidándose. Así acabó también Judas, quien entregó a muerte a un inocente, por
unas cuantas monedas.
Hay que definirse por ser
discípulos fieles de Jesús. Los 46 diputados que aprobaron esta despenalización,
ya demostraron no ser verdaderos seguidores de su Evangelio de vida.
|
 |