DatosDirectorioObisposCatedralSínodoPlan PastoralPastoral SocialPublicaciones


CRISTO: CAMINO, VERDAD Y VIDA PARA AMÉRICA LATINA 

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas

VER

Nos vamos adentrando más y más en los trabajos de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil. Hemos escuchado las relaciones de representantes de todos los países y vamos a empezar el trabajo de grupos para decidir por dónde queremos caminar. Se respira un ambiente sereno, fraterno y lleno de esperanza, con la exigencia  compartida de responder a los retos que el momento actual plantea a la Iglesia. Al oír a quienes vienen de otros continentes y a los que pertenecen a otras confesiones religiosas, el clima de comunión fraterna se fortalece. 

Por lo contrario, al leer comentarios externos de algunos que se consideran especialistas en temas religiosos, y que hablan desde sus preconcepciones, es molesto que afirmen cosas tan inexactas. Enoja que emitan juicios tan negativos sobre el actual Papa. Si estuvieran aquí y percibieran el ambiente nuestro y de la gente brasileira, quizá matizarían sus afirmaciones. 

El discurso inaugural del Papa Benedicto XVI nos ofrece senderos profundos, que nos van a inspirar a la hora de marcar el rumbo de nuestra Conferencia. Resalto sólo algunos puntos, que me parecen de particular trascendencia, sobre todo para la dimensión social de la fe. Dejo para otra ocasión lo referente a la cuestión indígena. 

JUZGAR

Es notoria la fe en Cristo del actual Pontífice. El es el centro, el fundamento, la motivación y el camino seguro no sólo para él, sino para la Iglesia y la humanidad. Es la mayor riqueza que podemos ofrecer al mundo, en particular a los pobres. En efecto, ¿de qué serviría que se resolviera el problema creciente de su pobreza, si no les llevamos hacia Cristo? Sólo El es el Salvador definitivo, trascendente, plenificante. Si lográramos que los pobres tengan suficiente comida, salud, casa, escuela, etc., pero no tienen a Cristo, todo sería parcial, limitado, engañoso y frustrante. Los hechos no mienten: conocemos a indígenas que, al enriquecerse, se han hecho los peores caciques y los más inhumanos explotadores de sus hermanos de raza. La mayor pobreza es no tener a Cristo, no conocerlo, no gozar de su presencia salvífica, redentora, liberadora. Pero esto no lo entienden los no creyentes. 

Haciéndose eco de la objeción que algunos pudieran hacer, dice: “La prioridad de la fe en Cristo y de la vida "en Él", formulada en el título de esta V Conferencia, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?” 

Responde con profundidad: “La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf 2 Co 8,9)”. Es decir, la fe en Cristo nos lleva necesariamente a amar preferencialmente a todos los pobres. En esto no puede haber involución, retroceso; todo lo contrario. 

Remarca que la fe tiene una clara dimensión social: “En este esfuerzo por conocer el mensaje de Cristo y hacerlo guía de la propia vida, hay que recordar que la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana. Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. Por lo mismo, será también necesaria una catequesis social y una adecuada formación en la doctrina social de la Iglesia”. 

Y para que no queden dudas al respecto, reafirma: “Los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia. Para estos pueblos, sus Pastores han de fomentar una cultura de la vida que permita, como decía mi predecesor Pablo VI, "pasar de la miseria a la posesión de lo necesario, a la adquisición de la cultura… a la cooperación en el bien común… hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin" (PP, 21)”. ¡Esta es teología ortodoxa de la liberación! 

Advierte las deficiencias de los dos sistemas más conocidos: “El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa destrucción del espíritu. Y lo mismo vemos también en occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad”. Por tanto, ni una teología marxista de la liberación, ni una bendición del sistema capitalista, economicista, liberal. ¡El único camino cierto es Cristo! 

Con toda claridad dice de la globalización: “Aunque en ciertos aspectos es un logro de la gran familia humana y una señal de su profunda aspiración a la unidad, sin embargo comporta también el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo. Como en todos los campos de la actividad humana, la globalización debe regirse también por la ética, poniendo todo al servicio de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios… Por otra parte, la economía liberal de algunos países latinoamericanos ha de tener presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso expoliados de los propios bienes naturales”. Hablar así, no es evasión, no es angelismo, ni alienación, mucho menos es meterse en política partidista, sino cristianismo puro. 

ACTUAR
 

“¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria?” Responde: la Iglesia debe ser “abogada de la justicia y de los pobres, enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias, educar en las virtudes individuales y políticas. Y los laicos católicos deben ser concientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias”. Todo esto, “en Cristo y con Cristo”. Sin Él, “toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad”.