 |

PROSPECTIVAS
DE LA V CONFERENCIA
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
VER
Estamos
concluyendo, con gozo y esperanza, la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y de El Caribe, en Aparecida, Brasil. Ya aprobamos el documento
final, que se publicará oficialmente hasta que sea sometido, como signo de
comunión eclesial, al juicio del Santo Padre. ¿Qué hemos hecho y qué se
vislumbra hacia delante?
Antes de su
inicio, algunos comentaristas decían que nada esperaban de esta reunión, pues,
en su opinión, la mayoría de los obispos participantes, elegidos por Juan Pablo
II, somos conservadores; por tanto, que su resultado sería muy limitado. Ellos
querrían que la Iglesia se adaptara a los postulados del mundo, y no les importa
nuestra fidelidad al Evangelio.
Por lo
contrario, otros esperan demasiado. Se imaginan que del documento que elaboramos
dependerá toda la renovación de la Iglesia, como si un escrito hiciera la
revolución espiritual y pastoral que requiere el momento histórico que vivimos.
JUZGAR
Ante todo,
quiero resaltar el ambiente fraterno y sereno que vivimos. Hubo discusiones
serias y, sobre algunos puntos, opiniones contrarias; pero se expresaron con
respeto, sin enfrentamientos agresivos, como sucede en otros foros. Se
escucharon todas las voces, no sólo de los obispos, sino también de muchos
expertos, incluso de protestantes y judíos invitados. En los grupos de trabajo,
laicas y laicos, religiosas y religiosos, sacerdotes y diáconos, expresaron con
toda libertad su punto de vista. Todos tenían derecho a voz, aunque sólo los
obispos derecho a voto, pues se trata de una Conferencia Episcopal. No hemos
sufrido las presiones internas y externas que vivimos durante la IV Conferencia
en Santo Domingo, en octubre de 1992. Hemos trabajado, pues, con profundidad y
en paz.
Como son muchos
los temas que debíamos tratar, nos distribuimos en varias comisiones y
subcomisiones. Fui elegido para ser relator-secretario, junto con un obispo
brasileño, de la primera comisión, encargada de la parte que trata sobre la
situación actual de nuestro subcontinente, en sus aspectos social, político,
económico, cultural y religioso. Para empezar, como en un examen de conciencia,
resaltamos las luces y las sombras de nuestra Iglesia; es decir, los puntos en
que hemos avanzado, y los que nos reclaman una conversión personal y pastoral.
Obviamente, analizamos el fenómeno de la globalización, con todas sus
implicaciones, tanto positivas como negativas. En esta parte, abordamos lo
referente a los indígenas y afroamericanos. Cuando el documento final se
publique, daré más detalles.
Por cierto, fue
muy oportuna la palabra del Papa, en respuesta a las críticas que se le habían
hecho sobre la no imposición de la fe católica a los aborígenes. Dijo:
“Ciertamente el recuerdo de un pasado glorioso no puede ignorar las sombras que
acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano: no es
posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los
colonizadores a la población indígena, pisoteadas a menudo en sus derechos
fundamentales. Pero el deber de mencionar esos crímenes injustificables,
condenados ya entonces por misioneros como Bartolomé de las Casas y teólogos
como Francisco de Vitoria de la Universidad de Salamanca, no debe impedir
reconocer con gratitud la maravillosa obra que ha llevado a cabo la gracia
divina entre esas poblaciones a lo largo de estos siglos. El Evangelio en el
continente se ha transformado de este modo en el elemento clave de una síntesis
dinámica que, con matices diversos según las naciones, expresa de todas formas
la identidad de los pueblos latinoamericanos”.
Otras
comisiones se encargaron de desarrollar el tema central: qué significa
Jesucristo para nosotros y para el mundo, y lo que implica ser sus discípulos y
misioneros. Esta es nuestra preocupación fundamental, pues mientras alguien no
descubra la persona y el mensaje de Jesús, no experimenta el amor de Dios, ni la
redención de sus pecados. Sin Cristo, la oscuridad nos invade y nos dejamos
llevar por cualquier viento de doctrina, por los gustos del cuerpo, por las
pasiones esclavizantes del espíritu; no se tiene un punto de referencia seguro
en su vida. En cambio, cuando lo conocemos, no como un ser lejano, sino como
Alguien que vive y está presente en su Iglesia, en su Palabra, en los
sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, en los pobres y en los
acontecimientos, entonces todo adquiere una nueva dimensión; incluso el dolor,
la enfermedad y la muerte tienen sentido, a partir de la cruz de Cristo. El es,
en verdad, el camino cierto para que nuestra vida sea Vida.
Somos tan
felices de ser discípulos de Jesús, que quisiéramos contagiar a todos de nuestra
fe, que nos ilumina, alegra y fortalece. Estamos tan convencidos de que Jesús es
el único Salvador, que anhelamos ser más misioneros, junto con nuestras diócesis
y parroquias, empezando por los propios católicos, pues nos preocupa que muchos
de ellos lo son porque fueron bautizados en nuestra Iglesia, pero en su vida no
manifiestan ser seguidores de Jesús. No sólo no practican su religión, sino que
viven en forma contraria al Evangelio.
Hemos de
preguntarnos si nosotros mismos, y también algunos de nuestros colaboradores,
hemos descubierto en verdad al Señor en nuestras vidas, pues a veces no hablamos
en forma clara y explícita de El. En este sentido, me impresionó lo que nos dijo
a los obispos una mujer colombiana: “Háblennos más de Jesucristo”. Parecemos
expertos en analizar la realidad, siendo que nuestra especialidad es ser
discípulos y misioneros de Jesús.
ACTUAR
Esta
centralidad de Cristo en nuestras vidas no es un espiritualismo evasivo y
alienante, que nos lleve a olvidarnos de los problemas del mundo; todo lo
contrario. Quien ha descubierto a Jesús, necesariamente aprende a amar a todos,
en especial a los que sufren. Como nos decía el Papa en su discurso de apertura,
“la fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el
encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un
acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia
los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita
en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para
enriquecernos con su pobreza”. Es decir, ser discípulos de Jesús exige
luchar por que nuestros pueblos, sobre todo los pobres, tengan una vida digna.
Por ello, en el documento final, desarrollamos muchas propuestas pastorales que
esperamos llevar a la práctica. ¡Nada de evasión! Ojalá nuestras diócesis se
evalúen en su fidelidad a Cristo y en su amor a los pobres. Sin estas dos
dimensiones de la fe, vertical y horizontal, no somos en verdad católicos, ni
cristianos.
|
 |