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IGLESIAS AUTÓCTONAS, NO AUTÓNOMAS
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
VER
Estamos
realizando, en la Prelatura de Huautla, Oaxaca, el XIV Encuentro Nacional de
Sacerdotes Indígenas, cuyo tema central es “La Iglesia autóctona”. Fue
decisión de ellos proponer este objetivo: “A la luz de la Palabra de Dios,
del Magisterio de la Iglesia y de nuestras culturas, descubrir los elementos
pastorales que nos ayuden a dar pasos concretos de lo que implica una Iglesia
Autóctona, según el Concilio Vaticano II”.
Durante la
semana pasada, nuestra diócesis realizó su asamblea anual, para iniciar una
evaluación del caminar diocesano en los últimos años. Un punto central fue
revisar en qué hemos avanzado y en qué tenemos deficiencias como Iglesia
autóctona.
Estoy
consciente de que el tema es polémico, de frontera, y que puede dar lugar a
interpretaciones no conformes con el Magisterio de la Iglesia. Incluso algunos
se resisten a que usemos el término. Por ello, fue una decisión oportuna dedicar
este encuentro al tema, para aclarar lo necesario y proceder siempre en comunión
eclesial.
JUZGAR
Cuando alguien me ha sugerido evitar la expresión Iglesia autóctona, mi
respuesta ha sido muy simple: Es un término consagrado por el Concilio Vaticano
II, que describe lo que significa. Cuando otro Concilio nos pida borrar tanto la
palabra como su contenido, lo haremos de todo corazón; mientras tanto, nuestra
tarea es velar por ser fieles a lo que el Espíritu Santo nos indicó en dicho
Concilio.
En su Decreto
Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, explícitamente
dice: “Deben crecer de la semilla de la Palabra de Dios en todo el mundo
Iglesias particulares autóctonas suficientemente fundadas y dotadas de propias
energías y maduras, que, provistas suficientemente de jerarquía propia, unida al
pueblo fiel, y de medios apropiados para llevar una vida plenamente cristiana,
contribuyan, en la parte que les corresponde, al bien de toda la Iglesia. El
medio principal para esta plantación es la predicación del Evangelio de Cristo.
Para anunciarlo envió el Señor a sus discípulos a todo el mundo, a fin de que
los hombres, renacidos por la Palabra de Dios, ingresen por el bautismo en la
Iglesia, la cual, como cuerpo del Verbo Encarnado que es, se alimenta y vive de
la Palabra de Dios y del pan eucarístico” (No. 6).
Ante todo,
quiero resaltar que el Concilio es imperativo; ordena y establece que “deben
crecer… en todo el mundo Iglesias particulares autóctonas”. Es un mandato,
no algo opcional, que podamos cumplir u omitir, según preferencias personales. Y
esto no sólo para lugares tradicionalmente conocidos como de misión, sino
para donde a la Iglesia se le exige una adecuada encarnación en las culturas de
unos pueblos.
La primera
característica es que han de “crecer de la semilla de la Palabra de Dios”;
es decir, de lo que el Verbo eterno del Padre sembró en diversos pueblos, que
siempre han buscado a Dios por caminos muy variados. Es lo que los Padres de la
Iglesia llaman: “Semina Verbi”. Es lo que el Papa Benedicto XVI deja
entrever en su discurso inaugural en Aparecida: “¿Qué ha significado la
aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe?
Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus
antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo
era el Salvador que anhelaban silenciosamente. Ha significado también haber
recibido, con las aguas del bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios
por adopción; haber recibido, además, el Espíritu Santo que ha venido a fecundar
sus culturas, purificándolas y desarrollando los numerosos gérmenes y semillas
que el Verbo encarnado había puesto en ellas, orientándolas así por los caminos
del Evangelio”.
¿Qué significa
esto? Que debemos tener muy en cuenta los elementos culturales de los pueblos en
donde se encarna la Iglesia, siguiendo la lógica de la Encarnación de Cristo. El
asume una cultura, centrada en una práctica religiosa, que desarrolla hacia su
plenitud; la purifica en algunos aspectos, como cuando los ritos se hacen
formulistas y esclavizantes. Por tanto, ser una Iglesia autóctona implica ser
una Iglesia encarnada, inculturada, enraizada, con expresiones rituales y
organizativas más acordes a la cultura local; con símbolos y con una reflexión
teológica que tengan en cuenta la forma de ser de quienes allí viven, su manera
de pensar, de relacionarse, de celebrar, aunque sin perder lo fundamental de la
Iglesia universal, presidida por el Papa. No podemos, por ejemplo, cambiar el
pan para la Eucaristía por el maíz de nuestros pueblos originarios, aunque éste
sea muy rico en expresión y en vitalidad.
Los otros
elementos de las Iglesias autóctonas son idénticos a los de cualquier Iglesia:
Han de estar “dotadas de propias energías y maduras; provistas
suficientemente de jerarquía propia”. Esto es fundamental, pues mientras no
haya obispos y sacerdotes nativos, diáconos permanentes y catequistas del lugar,
religiosas y laicos comprometidos de las mismas comunidades, todo puede quedar
en un bonito discurso. Esto exige una pastoral vocacional con fuerte incidencia
en los medios rurales, campesinos e indígenas, así como en las ciudades, pues lo
autóctono no se reduce al ambiente indígena.
Como en toda
Iglesia, “el medio principal para esta plantación es la predicación del
Evangelio de Cristo”. No podía ser de otra manera. Se tienen en cuenta los
libros de los sabios antiguos, como el Popol Vuh, pero no como una luz alterna
al Evangelio. Nunca suplirán en la Misa las lecturas bíblicas, ni serán el
último criterio de verdad. Además, “por el bautismo se ingresa en la
Iglesia, la cual, como cuerpo del Verbo Encarnado que es, se alimenta y vive de
la Palabra de Dios y del pan eucarístico”. Estas son las Iglesias autóctonas
que quiere el Concilio, y es el estilo que debemos implementar.
ACTUAR
No queremos,
por tanto, ser Iglesias autónomas. Si hacemos adaptaciones litúrgicas, para
inculturar la celebración de la fe, no ha de ser al margen y aun en contra de
las normas de la autoridad suprema de la Iglesia. Nuestra cristología y
eclesiología han de estar de acuerdo a la fe católica, conforme al Magisterio
oficial de la Iglesia. Nuestras catequesis han de tomar en cuenta el Catecismo
Universal y la Doctrina Social de la Iglesia. Debemos apreciar y cumplir el
Código de Derecho Canónico. En síntesis, queremos mantenernos siempre en
comunión con la Iglesia universal, con Pedro y bajo Pedro.
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