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CREO EN UNA IGLESIA VIVA
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
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Escribo desde
Roma, después de la multitudinaria audiencia semanal del Papa a los fieles.
Estuvieron miles las personas, venidas espontáneamente de muchos países del
mundo, lo cual nos da una experiencia viva de catolicidad, de universalidad.
Vine para acompañar, como signo de comunión fraterna, a nuestro arzobispo
Rogelio Cabrera, quien recibirá el palio en la fiesta de los apóstoles Pedro y
Pablo. Esta vivencia eclesial confirma y fortalece mi fe en la Iglesia que fundó
Jesucristo, sobre la roca de Pedro y de sus sucesores. El palio arzobispal es
un signo de cercanía y colaboración con el Papa. Por medio de nuestro arzobispo,
nos relacionamos más significativamente con quien preside la Iglesia.
No faltan voces
que hablan de que nuestra Iglesia está en crisis, que va en declive, que si no
se adapta a los postulados del mundo moderno se va a acabar, que el Papa actual
no tiene el carisma de Juan Pablo II, que la Curia Romana es sólo una
institución de poder, etc. Esas mismas voces se encargan de sobredimensionar las
fallas inocultables de quienes conformamos esta Iglesia, con el fin de
desprestigiarla. No quieren que les removamos su conciencia, quizá no tan
limpia, y prefieren quitar fuerza a todo cuanto se oponga a sus criterios y
comportamientos. Esto no es novedad. Así pasó a Jesucristo y a los profetas.
JUZGAR
La Iglesia
Católica,
nuestra amada “madre y maestra”, no es sólo una institución humana. Lo
es, sin duda, pues está compuesta por seres frágiles y pecadores, limitados y
expuestos a la contaminación del mundo. No somos ángeles, perfectos e
indefectibles. No siempre estamos a la altura de nuestra identidad y misión; no
somos tan fieles a nuestro Fundador, Jesucristo. Sin embargo, nuestro cimiento
es El. La roca en que nos apoyamos es Jesús. El punto central de referencia es
Cristo, quien quiso organizar su Iglesia, que es su sacramento, su
continuación visible en la historia, como una comunidad, una familia de hombres
y mujeres imperfectos y débiles. El es quien la guía y sostiene con su Espíritu.
Si no fuera por esta asistencia permanente, ¡desde cuándo se hubiera acabado!
Venimos a Roma
no por turismo, no por curiosidad, no por quedar bien con nuestras autoridades
superiores, sino movidos por la fe y por el amor fraterno. Estamos seguros de
que Jesús dejó a Pedro como su Vicario en la tierra, para que haga sus veces,
para que lo haga visible a los hermanos, para que lo represente, para que
prolongue en la historia su misma misión y tarea. Esto es lo que explícitamente
dice Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). “Apacienta
mis corderos… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). “¡Simón, Simón! Mira
que Satanás ha solicitado el poder cribarlos como trigo; pero yo he rogado por
ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus
hermanos” (Lc 22,31-32). Apoyados en esta palabra divina, que es revelación
del misterioso plan de Dios, nos acercamos con fe y cariño al Sucesor de Pedro.
¡Cómo todos quieren tocarlo, escucharlo, estar cerca de él, o al menos sacarle
una foto cuando pasa entre la gente! Antes fue Juan Pablo II y sus antecesores;
ahora es Benedicto XVI; pero lo importante no es tanto su personalidad
individual, sino lo que representa para la Iglesia. Con el Papa, ¡la Iglesia
está viva!, porque él nos conduce a Jesús, nos centra en Cristo. No ocupa su
lugar.
El Papa es
signo y expresión de unidad eclesial. Estando en comunión con él, tanto en lo
doctrinal como en lo pastoral, tenemos garantía de ser la verdadera Iglesia de
Jesús. Por ello, le entregamos el documento final que elaboramos en Aparecida,
durante la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y de El Caribe,
para que, con la ayuda de sus colaboradores, lo revise y autorice su publicación
y puesta en práctica. No somos independientes en nuestras Iglesias locales, para
que podamos hacer de nuestras diócesis lo que queramos, para tomar
determinaciones que rompan la unidad fundamental. Somos una sola Iglesia, no
iglesitas que surgen por todos lados, no sectas que dividen.
El mismo Pablo,
que había recibido revelaciones directas de Cristo, acude ante Pedro: “Subí a
Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía” (Gál
1,18). Lo mismo hace después de catorce años, para estar con quienes eran
“considerados como columnas: Santiago, Cefas y Juan… y les expuse el Evangelio
que proclamo entre los gentiles, para saber si corría o había corrido en vano”
(Gál 2,9.2). Esto es ser Iglesia de Cristo. Por ello, acatamos con fidelidad
cuando el Papa declara que la doctrina de una teólogo no es conforme con el
Evangelio. Por ello, también, estamos dispuestos a que sus colaboradores revisen
nuestros documentos, como el Plan Diocesano de Pastoral, o el Directorio
Diocesano del Diaconado Permanente; valoramos y agradecemos su servicio, que no
es una ingerencia arbitraria, ni un control indebido. No somos una Iglesia
autónoma, sino que queremos siempre vivir la comunión que Cristo quiso, con
Pedro y bajo Pedro. ¡Esta es la Iglesia viva en la que creo, y la que amo!
Aprovecho la
estancia en Roma para dialogar con la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos sobre el reconocimiento que hemos
solicitado para la traducción tseltal y tsotsil de la Misa y del Leccionario. Ya
fue aprobada por la Conferencia del Episcopado Mexicano, pero, para darle
solidez y valor permanente, requiere una revisión por parte de la autoridad
suprema de la Iglesia. No es que en Roma haya quienes hablen y dominen estos
idiomas indígenas, sino que deben analizar si seguimos el procedimiento
prescrito para estos casos. Por ejemplo, es el Papa quien debe aprobar la
traducción de las fórmulas sacramentales, que son la parte central de los ritos.
No es un trámite burocrático, sino un signo de comunión de nuestras diócesis con
quien preside la Iglesia universal. De esta forma, al celebrar nuestros pueblos
la liturgia, viven unidos al Sucesor de Pedro, y tienen garantía de estar firmes
en la fe.
ACTUAR
Apreciemos,
como un valor incalculable, vivir esta comunión a nivel universal con el Papa, y
a nivel local entre las diócesis de una provincia eclesiástica, como es el caso
de Chiapas. Ya dejemos de lamentar que San Cristóbal de Las Casas no fue erigida
como arquidiócesis, y vivamos la fraternidad, que es el signo por excelencia de
autenticidad de una Iglesia, como eran las primeras comunidades cristianas.
Según las
enseñanzas de Jesús, lo que vale para el Reino de Dios no son los títulos y los
honores, sino el servicio amoroso entre nosotros, y en particular a los pobres.
¡Esta es la Iglesia viva en la que creo y en la que tratamos de servir!
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