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UNIDAD Y CATOLICIDAD DE LA IGLESIA
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
VER
Al concluir mi
breve estancia en Roma, comparto con ustedes algunos sentimientos y unas
experiencias, para ayudarnos a crecer en nuestra fe.
Resalta en
primer lugar la gran cantidad de personas que llegan aquí de todo el mundo:
desde filipinos y australianos, japoneses y coreanos, hasta africanos y
latinoamericanos, sin contar a los cientos de miles de los países europeos. Son
multitudes las que desean entrar a la Basílica de San Pedro, y larguísimas las
filas para visitar los museos vaticanos. Pasan horas en espera de poder llegar,
soportando el calor, la sed y el cansancio.
Cuántos de
ellos vienen atraídos por la fe cristiana, y cuántos sólo por turismo cultural,
es difícil contabilizar. De todos modos, es muy alentador comprobar cómo hombres
y mujeres de tantas culturas encuentran aquí el centro de la cristiandad.
Monumentos y pinturas contienen siglos de historia cristiana, que son un
testimonio perenne de un hecho que ha influido definitivamente en la humanidad,
la persona de Jesús.
En las
celebraciones litúrgicas, se usan idiomas que algunos no entienden. Muchas
palabras que dice el Papa no son comprendidas por quienes lo escuchan. Sin
embargo, el lenguaje simbólico de los presentes expresa una realidad: somos un
solo cuerpo, una sola familia, una sola Iglesia, con una diversidad enorme de
culturas, que le dan valor de catolicidad, de universalidad. Aunque no se capte
conceptualmente lo que dice el Papa, se le acepta de corazón por lo que es, por
lo que Jesucristo le confió. Es indiscutible que su figura atrae a miles, aunque
es indudable también que algunos lo buscan sólo por curiosidad, más que por lo
que representa. Les importa más la foto con él, que comulgar con su mensaje.
Algunos comentaristas predecían que Benedicto XVI no tendría el mismo arrastre
multitudinario que su antecesor. Fallaron en sus predicciones. El número de
personas que acude a sus audiencias y al rezo del “Ángelus”, ha aumentado
considerablemente.
JUZGAR
El
acontecimiento histórico de Pentecostés se sigue cumpliendo hoy. Junto a Pedro,
a los apóstoles, a María y a otros discípulos, nos congregamos de muchos pueblos
y culturas. El Espíritu Santo produce el milagro de que todos celebremos las
maravillas del Señor, el mismo misterio de Cristo vivo en su Iglesia. Nos
sentimos próximos, hermanos, aunque no entendamos ni una sola palabra de lo que
el otro dice. El lenguaje de una misma fe y un mismo amor trasciende cualquier
frontera. ¡Es hermoso celebrar y vivir como hermanos!
Regreso de Roma
muy animado, porque al presentar en la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos los textos litúrgicos de la Misa en tseltal y en
tsotsil, encontré muy buena aceptación de parte de los colaboradores del Papa.
Apreciaron lo que hemos hecho para que nuestros pueblos indígenas puedan
celebrar los sagrados misterios en su propio idioma y nos alentaron a continuar.
Explícitamente nos dijeron: “La Congregación felicita por el trabajo
realizado y anima a seguir adelante… Este Dicasterio no dejará de prestar la
ayuda que sea necesaria”. ¡Una sola fe, celebrada en idiomas nativos! De
esta forma, los tseltales y tsotsiles, al celebrar la Misa en su propia lengua,
reconocida oficialmente, se sienten más unidos al Papa y a toda la Iglesia. El
reconocimiento de su idioma les da seguridad y garantía de unidad eclesial. No
tienen que seguir pensando que el latín o el castellano son idiomas más
apropiados para dirigirse a Dios, sino sentirse miembros vivos de la Iglesia en
su propio idioma.
Lamentablemente, como se nos informó, son muy pocas las etnias del país y del
continente que gozan de traducciones oficialmente aprobadas por la Santa Sede.
En México, sólo el rarámuri de los tarahumaras y la maya para la Plegaria
Eucarística II han recibido este reconocimiento; las 52 lenguas restantes siguen
sin ciudadanía oficial en la liturgia de la Iglesia, lo cual es una injusticia
de nuestra parte.
Estuve en Roma
también para acompañar a nuestro arzobispo metropolitano de Tuxtla Gutiérrez en
la recepción del palio, como un signo de comunión eclesial. Somos una sola
Iglesia, más allá de las diferencias que hay entre las tres diócesis de la nueva
provincia eclesiástica de Chiapas. Si nuestro Obispo Auxiliar y un servidor no
hubiéramos venido con todo gusto y cariño a este evento, algunos podrían pensar
que estábamos resentidos por el hecho de que San Cristóbal de Las Casas no fue
reconocida como sede arzobispal. ¡Nada de eso! Apreciamos la madurez y todos los
valores que tiene nuestra arquidiócesis hermana de Tuxtla Gutiérrez, y hemos
expresado aquí que queremos colaborar en todo con nuestro arzobispo, más allá de
envidias y resentimientos. ¡Somos una sola Iglesia, en Cristo!
San Pablo nos
presenta a la Iglesia como un cuerpo, que tiene una sola cabeza y muchos
miembros, muy diversos entre sí, con actividades y servicios distintos, pero
todos unidos, formando un solo conjunto, dirigidos por una sola cabeza. Esto lo
vivimos hondamente en Roma, así como en nuestras diócesis y parroquias. Incluso
las adaptaciones que estamos haciendo para encarnar la liturgia en las diversas
culturas no rompen la unidad, sino que expresan la catolicidad en la unidad,
siempre y cuando sean conformes a las normas establecidas por la misma autoridad
de la Iglesia. Si cada quien celebra la liturgia como quiere, corre el peligro
de formar una secta, una iglesia autónoma, no una iglesia autóctona.
ACTUAR
En nuestra
diócesis, llevamos muy avanzado el trabajo de recoger los signos culturales con
que las parroquias tseltales y tsotsiles celebran el sacramento del Bautismo,
para presentar a la Santa Sede no sólo la traducción del rito romano, sino
también su posible inculturación. En la Congregación para el Culto Divino se nos
alentó a llevar adelante este proyecto, teniendo en cuenta la Instrucción
“Varietates legitimae”, sobre la inculturación de la liturgia romana. Lo
mismo deberíamos hacer con las demás tradiciones culturales, como nos marcan
nuestro III Sínodo Diocesano y el Plan de Pastoral.
En el Documento
de Aparecida, se pide dar prioridad al trabajo de las traducciones bíblicas y
litúrgicas a los idiomas indígenas, para saldar la deuda secular que tenemos con
estos pueblos. En nuestra diócesis, nos falta dar los pasos necesarios para
lograr traducciones unificadas del ch`ol, del tojolabal y del zoque. En el país
y en el continente, es urgente que nuestros pueblos celebren la liturgia en su
propio idioma, y no se les siga imponiendo el castellano. Es un deber de
justicia. ¡Sí se puede!
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