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LIBERTAD
RELIGIOSA, NO PRIVILEGIOS
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
VER
Se ha estado
ventilando en los medios de comunicación que representantes jerárquicos de la
Iglesia Católica estamos proponiendo una actualización de las reformas
constitucionales aprobadas en 1992, en relación con los temas que tienen que ver
con la religión y su práctica pública, para que, como se tiene en la mayoría de
países democráticos, todos los mexicanos disfrutemos de mayor libertad
religiosa, la que no se reduce a libertad de conciencia y de cultos.
De inmediato se
han escuchado voces en contra, como si los obispos pretendiéramos reconquistar
poderes de otros tiempos, o como si quisiéramos terminar con el Estado laico que
nos rige. Se imaginan que anhelamos imponer el catolicismo a todo el país. El
Coordinador de la fracción del PRD en la Cámara de Diputados califica esto como
“un retroceso muy grave”. Olvida que su partido, en otros periodos, era
el que pedía que a los sacerdotes se les concediera el voto pasivo, el poder ser
elegidos para cargos políticos, porque necesitaba votos y de esta forma quería
congraciarse con nosotros.
El presidente
de CONFRATERNICE, una asociación de denominaciones protestantes, se atreve a
afirmar que, “en el fondo, se pretende vulnerar la laicidad del Estado”,
como si buscáramos tener “una religión de Estado…, una religión oficial”.
Olvida que fuimos los obispos católicos quienes promovimos las reformas de 1992,
con las que ellos mismos se beneficiaron. Esperamos que, si prospera nuestra
actual iniciativa, también ellos avanzarán.
En contraste,
una escuela pública de esta ciudad, llamada “Presidente Benito Juárez”, me
solicitó una Misa de acción de gracias por el fin de curso de quienes
concluyeron la educación primaria. La celebramos sin ningún inconveniente.
Participaron los alumnos que decidieron y no se vulneró el laicismo del artículo
3º. Constitucional. Esto pasa cada año y en todas partes. Si los alumnos
solicitan una celebración religiosa fuera de la escuela, sería una injusticia
limitarles este derecho. A quienes son de otra religión, no se les impone.
JUZGAR
Para la Iglesia
Católica, la palabra de Dios es definitoria del camino a seguir. Jesucristo es
muy claro cuando afirma: “Al César lo que es del César; a Dios lo que es de
Dios” (Mt 22,21). Esto significa que Dios respeta las decisiones legítimas
de las autoridades civiles, y no quiere imponerse a todos. Pero los césares no
han de pretender ser dioses, absolutos e impositivos, sino que han de reconocer
los derechos de Dios y de sus creyentes. Es lo que nos mueve: luchar por un
orden justo en la sociedad, que incluye el respeto a la plena libertad
religiosa. Si no lo hiciéramos, seríamos cómplices de una injusticia social.
Al respecto, el
Papa Benedicto XVI ha expresado: “El orden justo de la sociedad y del Estado
es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la
justicia se reduciría a una gran banda de ladrones… Es propio de la estructura
fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es
de Dios; esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II,
el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales. El Estado no
puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre
los seguidores de las diversas religiones” (Encíclica Deus caritas est,
28).
Y para aquellos
que temen un monopolio católico, les dice: “La doctrina social católica no
pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a
los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento.
Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia
ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después
puesto también en práctica… Quiere servir a la formación de las conciencias en
la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias
de la justicia” (Ib). En el fondo, es lo mismo que pedía Juárez: respeto al
derecho ajeno, como pilar para vivir en paz.
Al proponer
reformas a la Constitución para que todos los mexicanos, de cualquier credo, o
sin él, puedan disfrutar de una mayor libertad religiosa, sólo pedimos que se
respeten los derechos de los ciudadanos en esta materia. Por ejemplo, es una
injusticia y un abuso de poder el negar a los padres de familia el derecho a
decidir, en la escuela pública, qué tipo de educación quieren para sus hijos, si
es con o sin religión. El Estado no puede ni debe suplantar a los padres de
familia, como se reconoce en la misma Declaración Universal de los Derechos
Humanos, ratificada por México. Por otra parte, pedir que se respete la objeción
de conciencia, es un derecho fundamental de todo ser humano, y no sólo de los
católicos. Que haya espacios en los medios electrónicos para difundir la propia
creencia, es un derecho que beneficia a todas las denominaciones religiosas.
Nosotros no queremos aspirar a puestos de gobierno o a liderazgos políticos,
porque hemos decidido libremente renunciar a este derecho, pero el Estado no
debe coartarlo; es una interferencia en cuestiones religiosas. Ante el Estado,
somos ciudadanos con todos los derechos, como cualquier otro. Es como si, por
haber renunciado al matrimonio, nos prohibiera casarnos…
ACTUAR
No teman, pues,
quienes se oponen a las propuestas que estamos haciendo para una reforma
constitucional en materia religiosa. No queremos ser diputados, senadores,
presidentes, líderes políticos. Sólo deseamos que México sea un país más justo y
democrático, en todos los órdenes, y también en lo que se refiere a libertad
religiosa; y esto para todos los mexicanos y para todos los credos.
Estos cambios
jurídicos no los podemos hacer los obispos. Eso compete a los legisladores; por
ello, les pedimos apertura de mente y de corazón para escucharnos y analizar sin
apasionamientos viscerales lo que les proponemos. Como dice el Papa: “La
Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de
realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado.
Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. Debe
insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las
fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también
renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra
de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera
trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a
las exigencias del bien común” (Ib). Es lo que buscamos: justicia religiosa,
no privilegios.
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