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CADA QUIEN
IMPONE SU LEY
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
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Desde la ciudad
de San Cristóbal de Las Casas hasta Palenque, hay 220 kilómetros, con más de 400
topes (túmulos, reductores de velocidad, policías acostados…), unos
pequeños y otros enormes como muros. La mayoría no fueron puestos por las
autoridades de vialidad, sino por decisión de personas o de pequeñas poblaciones
o rancherías. Algunos son absurdos y sin sentido, pues hacen que miles que
pasamos tengamos que detenernos para que, en el día, pasen tres o cuatro carros
de un desvío de terracería. Cuando la autoridad ha intentado quitarlos o
limitarlos, se le echan encima; se hace lo que el pueblo quiere.
Algunas
parroquias o ayuntamientos han puesto bocinas elevadas para dar avisos a la
comunidad; sin embargo, hay personas que hacen lo mismo para anunciar lo que
alguien vende, o citar a quien tiene llamada telefónica, pero no como un
servicio, sino con fines comerciales, y molestan todo el día. Tenemos reuniones
y no las podemos hacer con tranquilidad, ni dormir en paz. No hay quien regule
el sonido; cada quien impone su ley.
En mi pueblo
nativo, algunos paisanos regresan del Norte y, a cualquier hora del día o de la
noche, pasan a alta velocidad con sus bocinas a todo volumen, y nada ni nadie
les importa. Incluso las colocan sobre las camionetas para que las oigan los
demás y hacer sentir su presencia. Si alguien les llama la atención, se le
vuelven en contra. Da miedo exigirles respeto a la comunidad; ni las autoridades
se atreven a ponerles sanciones o límites.
Cuando alguien
no reconoce los resultados oficiales de una elección que le fueron adversos, es
legítimo luchar por la verdad y la justicia; pero es signo de madurez respetar
la autoridad legalmente constituida, y no constituirse en un poder alternativo.
No es democrático acatar las leyes sólo cuando me benefician, pues quien no
respeta las instituciones legítimas, socava su propia tumba. Las personas
sensatas le pierden confianza.
En la misma
Iglesia, no todos respetamos las normas canónicas y litúrgicas. Hay quien hace
las celebraciones muy a su modo. No le importa la rúbrica prescrita por la
legislación universal, y se convierte en dueño, no servidor, de la liturgia. Se
llega incluso a llevar la pastoral por los propios caminos, sin ceñirse a lo que
la Iglesia indica.
JUZGAR
El cuarto
mandamiento de la Ley de Dios prescribe respetar y honrar a nuestros padres (cf
Ex 20,12), para que haya orden en la propia familia. Sin embargo, desde el hogar
empieza la rebeldía, cuando los padres no enseñan a los hijos la importancia de
la autoridad y la necesidad de sujetarse a unas normas, en casa y fuera de ella.
Crecen hijos rebeldes, sin ley, sin control, incapaces de respetar a cualquier
autoridad. ¡Cuánto se perjudica a la sociedad y a los mismos hijos cuando se les
deja hacer lo que quieran! Muchas veces los padres son los primeros en dar mal
ejemplo, como cuando no pagan los impuestos justos, cuando ponen “diablitos”
para robarse la luz eléctrica o deciden no pagarla. Si el papá tiene “mucha cola
que le pisen”, no se atreve a dar órdenes y poner límites a los hijos, por el
temor de que éstos le reclamen y se le enfrenten. La raíz de tantas faltas
contra las leyes, contra las autoridades y las instituciones, está en los
hogares donde no se aprenden la obediencia y el respeto, dentro de un legítimo
ejercicio de la libertad. Habría que ver cómo fue la infancia de los desbocados
e irrespetuosos; cómo fue la relación con su padre, signo de autoridad.
Jesucristo,
siendo Dios, supo respetar a María y a José; vivió sujeto a ellos, no sólo de
niño, sino también como joven y adulto (cf Lc 2,51). No se fue de casa apenas
cumplió los 18 años, para ser independiente y no tener que pedir permiso a
nadie; fue hasta los 30 años cuando dejó Nazaret, de común acuerdo con su madre.
Y aunque se enfrentó a autoridades religiosas y civiles para denunciar su
falsedad y sus deficiencias, las respetó (cf 22,17-21).
San Pedro es
muy claro en el trato que debemos dar a las autoridades civiles: “Sean
sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana: sea al rey, como
soberano, sea a los gobernantes, como enviados por él para castigo de los que
obran el mal y alabanza de los que obran el bien. Pues ésta es la voluntad de
Dios: que obrando el bien cierren la boca a los ignorantes e insensatos. Actúen
como hombres libres, y como quienes hacen de la libertad un pretexto para la
maldad, sino como siervos de Dios. Honren a todos, amen a los hermanos, teman a
Dios, honren al rey” (1 Pdr 2, 13-17). A muchos este lenguaje les puede
parecer obsoleto, alienante, injusto, antidemocrático, degradante, inhumano; sin
embargo, ¡es Palabra de Dios! El mismo Pedro, quien después de recibir al
Espíritu Santo predica con toda libertad ante las autoridades, no las ofende con
palabras vulgares, mucho menos con la espada de la violencia, como intentó
hacerlo días atrás (cf Jn 18,10).
San Pablo dice:
“Sométanse todos a las autoridades constituidas… Es preciso someterse no sólo
por temor al castigo, sino también en conciencia… Den a cada cual lo que se le
debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto,
respeto; a quien honor, honor” (Rom 13,1-7). Esto no está pasado de moda. Es
verdad que nunca hemos de perder la exigencia profética de denunciar los abusos
de los gobernantes, pero hay que hacerlo con respeto y no con un lenguaje vulgar
y ofensivo, que nos degrada.
En Brasil,
Benedicto XVI dijo a los jóvenes: “Sean hombres y mujeres libres y
responsables… El Papa espera, sobre todo, que sepan ser protagonistas de una
sociedad más justa y fraterna, cumpliendo sus obligaciones ante el Estado:
respetando sus leyes, no dejándose llevar por el odio y la violencia…”.
ACTUAR
Las autoridades
constituidas tienen el deber de vigilar el orden social y de legislar para
proteger los derechos de los ciudadanos, pero también de escuchar los justos
reclamos del pueblo. Sin embargo, más que sanciones, lo que se necesita es
educación de la libertad, desde el hogar, para lograr el respeto de unos con
otros y la debida sumisión a las leyes.
Jesucristo nos
da un criterio muy acertado: Trata a los demás como quieres que te traten a ti.
No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti (cf Mt 7,12; Lc 6,31). Si
exiges que te respeten, respeta. Si deseas que te dejen dormir y descansar, haz
lo mismo con tus vecinos. Y si alguien se excede y te molesta, no tomes justicia
por tu propia mano; recurre a las autoridades y controla tus instintos de
venganza; aprende a perdonar y amar incluso a quien te perjudica. De esta forma,
crecerás como persona y te asemejarás a Dios.
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