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LOS SACERDOTES,
“EPIFANIA” DE JESUCRISTO
+ Felipe Arizmendi
Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
VER
Se ha ventilado en
los medios informativos que el Cardenal Norberto Rivera accedió a responder un
cuestionario que le hicieron quienes, ante la Corte de Los Ángeles, USA, le
acusan de encubrir a un sacerdote pederasta. Un periódico nacional, que se
distingue por sobredimensionar todo cuanto sea antisistémico, antiinstitucional
y anticlerical, quisiera enlodarlo a como dé lugar, como una forma de quitar
fuerza moral a la Iglesia y a nuestra predicación contra la homosexualidad y
contra los ataques a la vida y a la familia. Yo estoy plenamente seguro de la
inocencia y rectitud del Cardenal. Lo conozco y sé que no tolera estos delitos.
Todos estamos de acuerdo en que, cuando se compruebe que un sacerdote ha abusado
sexualmente de menores, debe ser enjuiciado por las leyes civiles y
eclesiásticas; debemos defender a las víctimas y evitar que se repitan esos
crímenes. Pero lamentamos que estos juicios estén inspirados por odio a la
Iglesia y por intereses económicos de los abogados. Por nuestra parte,
defendemos la institución sacerdotal, pues los presbíteros, en su inmensa
mayoría, son fieles a sus compromisos, abnegados servidores de la comunidad.
Los obispos a veces
recibimos quejas de los fieles contra algún sacerdote, e incluso amenazas de
cerrar un templo parroquial si, en determinado tiempo, no les cambiamos al
párroco. En algunos casos, tienen motivos suficientes para expresar su
inconformidad, pues no somos perfectos y fallamos, sobre todo cuando damos un
mal trato a los hermanos. En otros casos, la molestia se debe a que el sacerdote
tiene fuerza profética y denuncia los abusos de los poderosos, los cuales
pretenden demostrar su poder imponiéndonos su punto de vista. En otros,
finalmente, se comprueba alguna deficiencia grave, que es inexcusable y requiere
atención pastoral urgente.
Sin negar las
limitaciones humanas que tenemos obispos y sacerdotes, me preocupa que se les
vea sólo como burócratas de lo sagrado, como administradores de ritos, y que,
por casos reales de pederastia clerical, se pierda la confianza y el respeto que
tradicionalmente ha merecido la figura sacerdotal. ¿Cuál es su identidad más
profunda? ¿Para qué existen?
JUZGAR
El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación “Pastores dabo vobis”,
describe algunos rasgos de lo que significa la configuración sacramental de los
sacerdotes con Cristo.
Ante todo, dice que
el sacramento del Orden los une a Cristo con una "ligazón ontólogica
específica" (No. 11); es decir, ser sacerdote no es algo meramente
accidental o funcional, sino que configura su persona con Cristo; por tanto,
aunque se les suspenda en el ejercicio del ministerio, no dejan de ser
sacerdotes. En efecto, "el Espíritu Santo, consagrando al sacerdote y
configurándolo con Jesucristo Cabeza y Pastor, crea una relación que, en el
ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal,
esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más
rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los
sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y
el sacerdote -relación ontológica y psicológica, sacramental y moral-
está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella vida según el Espíritu y
para aquel radicalismo evangélico al que esta llamado todo sacerdote y que se ve
favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (Ib 72). Su
ordenación le exige luchar diariamente por ser santo, digno, casto, humilde,
pobre, servidor.
Esta configuración
sacramental con Cristo los hace ser sacramentos de su presencia, signos
de su acción salvífica, a pesar de sus propios pecados. Dice el Papa: "Los
presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y
supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia
suya en medio del rebaño que les ha sido confiado... Son, en la Iglesia y
para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y
Pastor... Existen y actúan para el anuncio del Evangelio y para la edificación
de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y actuando en su
nombre” (Ib 15). “Han sido puestos, al frente de la Iglesia, como
prolongación visible y signo sacramental de Cristo” (Ib 16). ¡Esto es un
misterio, que sólo percibe y acepta quien tiene fe cristiana! Sin fe, se ve a
los sacerdotes sólo en su aspecto humano, siempre frágil.
La vocación
presbiteral no es sólo para cumplir una función administrativa; implica todo el
ser, pues "el sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo,
esposo de la Iglesia... Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual
el amor de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa" (Ib 22; cf 43 y 72). Ha sido
"escogido gratuitamente por el Señor como instrumento vivo de la obra
de salvación..., no como una cosa, sino como una persona..., implicando la
mente, los sentimientos, la vida" (Ib 25). Mediante la Ordenación, ha
recibido el mismo Espíritu de Cristo, que lo hace semejante a El, para que pueda
actuar en su nombre y vivir en sí sus mismos sentimientos y actitudes (cf Ib 33
y 57). “Está llamado a hacerse epifanía y transparencia del buen
Pastor que da vida” (Ib 49).
¡Qué vocación tan
sublime la del sacerdote! Jesucristo quiere necesitar sus manos, su mente, su
corazón y todo su ser, para seguir salvando a la humanidad. Lo definitivo en su
persona no son sus cualidades o defectos, sino el ministerio que desempeña en
nombre de Cristo y de la Iglesia. Esto es lo que da valor trascendente a su
servicio pastoral.
ACTUAR
Ante todo, los
sacerdotes han de poner todo su empeño en ser santos, como dice el Papa Juan
Pablo II: "El presbítero, llamado a ser imagen viva de Jesucristo
Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida
de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho
hombre y que se transparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los
demás... Para que su ministerio sea humanamente lo más creíble, es necesario que
el sacerdote plasme su personalidad humana de tal manera que sirva de puente
y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del
hombre” (Ib 43).
Por su parte, los
fieles han de ayudar, con sus consejos y oraciones, a que los sacerdotes vayan
creciendo en perfección. Cuando sea necesario, corregirles fraternalmente. Si no
hay corrección, acudir a las autoridades competentes, para que se proceda en
justicia y verdad. Pero, de todos modos, no perder la fe en su ministerio.
Cuando celebran Misa, confiesan o bautizan, realizan los misterios no en nombre
propio, ni en base a sus méritos personales, sino como instrumentos vivos del
mismo Cristo. ¡Que Dios nos conceda esta fe!
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