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CRISTO, ¿EL MÁS GRANDE
SOCIALISTA?
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
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El pasado 11 de enero, el Presidente de Venezuela, Hugo
Chávez, al jurar para un tercer mandato de seis años, con la posibilidad de
promover una reelección sin límite, dijo que lo hacía en nombre de “Cristo,
el más grande socialista de la historia”.
Por la tarde del mismo día, Daniel Ortega, al asumir la
presidencia de Nicaragua para los próximos cinco años, sostuvo que “debe
imperar el reino de Cristo y no el reino de las guerras, del empobrecimiento o
de la destrucción de la naturaleza”. Es el mismo comandante que, hace años,
cuando los obispos empezaron a criticar las desviaciones marxistas del
sandinismo, afirmó: “Yo creo en Cristo, pero no en los Obispos”.
No faltaron personas, en tiempos en que el marxismo estaba
vigente, que sostenían: “Cristo fue el primer marxista de la historia”.
¿Qué decir al respecto? ¿Se pueden sostener estas
afirmaciones, según la doctrina católica?
JUZGAR
Ante todo, hay que distinguir qué se entiende por
socialismo. Si se le hace equivalente al marxismo, que es un materialismo
cerrado a la trascendencia, centrado en la economía y en la buena intención de
hacer a todos iguales, obstruyendo las libertades individuales y la iniciativa
personal, es obvio que este socialismo ya está superado por la historia. Si se
pretendiera poner a Cuba como modelo de este sistema, habría que preguntar a los
cubanos por qué tántos de ellos hacen angustiosos intentos por huir de su país.
Son innegables algunos logros en salud, alfabetización, instrucción escolar,
trabajo, aunque mal remunerado, y un mínimo de alimentos, racionados, pero a
costa de derechos humanos fundamentales, sobre todo de la libertad religiosa. Es
obvio, por tanto, que si al sistema socialista se le identifica con el marxismo,
Cristo no es socialista.
En cambio, si por socialismo se entiende la lucha para
que el sistema social, político y económico sea justo y solidario, sobre todo
para que los pobres vivan con la dignidad que Dios quiere, eso está muy de
acuerdo con lo que Cristo vino a enseñar. Su mayor preocupación fue que
aprendiéramos a amarnos como hermanos, con una opción solidaria por los
marginados. Esa es la prueba de que en verdad lo hemos comprendido y de que
somos discípulos suyos. Por lo que hayamos hecho a favor de los excluidos,
seremos evaluados al fin de nuestra historia, y mereceremos el cielo o el
infierno.
Los primeros cristianos se distinguían por compartir
fraternalmente sus bienes, de modo que entre ellos no había quien padeciera
necesidad. Si esto es lo que se pretende poner en práctica cuando se habla de
socialismo, ¡bienvenido! Y todos hemos de comprometernos en ponerlo en
práctica, pues en ello se juega nuestra identidad cristiana. Sin embargo, esto
no se puede lograr pisoteando derechos inalienables de las personas y de las
sociedades.
Al respecto, es ilustrativo lo que acaba de expresar el
Presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, Mons. Ubaldo Santana:
“El presidente ha anunciado su decisión de impulsar a Venezuela por el camino
del “socialismo del siglo XXI”. Este tema no debe dejar a nadie indiferente. La
Iglesia tiene una palabra que ofrecer al respecto y está dispuesta a dar su
contribución en el diseño de este proyecto, manteniéndose fiel a los postulados
del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia: el reconocimiento de la
unidad de la persona, de su trascendencia y de su libertad en sus múltiples
dimensiones, defensa y garantía de sus derechos humanos, independencia y
equilibrio de los poderes.
Bien conocida es la posición de la Iglesia que considera
contrarios al verdadero desarrollo humano tanto el sistema fundamentado en el
neoliberalismo salvaje, como los sistemas socialistas que se fundamenten en el
marxismo-leninismo. Al hablar de socialismo del siglo XXI, se puede entender que
se quiere deslindar o por lo menos diferenciar de los socialismos reales del
siglo pasado que tanto sufrimiento, dolor y muerte trajeron a la humanidad”.
¿A qué se debe que propuestas, como las de Hugo Chávez,
tengan tantos seguidores? Sigamos escuchando a Mons. Santana: “Las utopías de
diversos cortes revolucionarios han vuelto por sus fueros luego de un largo
eclipse en América Latina, montadas en la ola del desencanto provocado por el
fracaso de democracias representativas, fundamentadas en modelos capitalistas
neoliberales que no fueron capaces de eliminar las flagrantes desigualdades
sociales y superar la grave lacra de la pobreza... Algunos de los cambios
políticos que se están produciendo llevan en sus entrañas una poderosa
aspiración de edificar un orden más justo de la sociedad y del Estado. Intentan
darle voz y poder a los excluidos del mundo. La causa es legítima, pero ¿cómo
saber si se están utilizando las estrategias adecuadas? El Estado no se puede
encargar solo de tan compleja e ingente tarea. Lo que hace falta no es un Estado
que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo
al principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas
fuerzas sociales”.
ACTUAR
Seamos críticos ante quienes invocan el nombre de Dios para
justificar el terrorismo, las guerras, los sistemas explotadores de los pobres,
los totalitarismos inhumanos, las represiones indebidas. De igual manera,
sepamos discernir los hechos reales, no los discursos, de quienes invocan a
Cristo para implantar sistemas distintos u opuestos. Jesús es muy claro: “No
todo el que me llame ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el
que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). Y la voluntad de Dios
Padre es la justicia, la opción por los pobres, el amor mutuo; no los insultos,
la vanidad, el poner la confianza en los recursos económicos, la obstrucción de
la justa libertad.
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