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Grandes líneas de “Aparecida”
DESDE CRISTO, TRANSFORMAR LA REALIDAD

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas

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Durante la LXXXIV Asamblea ordinaria del episcopado mexicano, analizamos los principales contenidos del Documento de Aparecida, para descubrir qué quiere decir hoy el Espíritu Santo a nuestras Iglesias. Advertimos que no hemos de presuponer que la mayoría de los fieles católicos tienen una fe sólida, sino que en toda actividad pastoral debemos recomenzar desde Cristo.  

No falta, sin embargo, quien se imagine que, al insistir tanto en el encuentro con Cristo, nos olvidemos de la realidad dolorosa que vive nuestro pueblo pobre, y caigamos en un espiritualismo alienante. Nada de eso. 

JUZGAR

Cuando alguien descubre a Jesús, no puede menos que poner todo su empeño en que otros lo conozcan y, con la luz y la fortaleza de su Espíritu, hacer cuanto esté de su parte para que la realidad se transforme, como El lo hizo: “La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano, que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús” (Documento de Aparecida, No. 135). 

Llama la atención que el capítulo IV del documento, que trata la vocación de los discípulos a la santidad, entrelace en una cruz inseparable la dimensión vertical (oración, escucha de la Palabra, sacramentos) con la horizontal (amor y servicio al prójimo): “Los seguidores de Jesús deben dejarse guiar constantemente por el Espíritu, y hacer propia la pasión por el Padre y el Reino: anunciar la Buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor” (No. 152). 

No tengamos miedo ni prevenciones. En la medida en que nos empapamos de Cristo, El nos proyecta indefectiblemente hacia los demás. El no nos llama sólo para estar con El, sino para enviarnos a continuar su servicio evangelizador, que es integral: “Cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva. En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro. Ésta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana” (No. 146).  

Ser santo, por consiguiente, no se reduce a rezar, recitar textos bíblicos, celebrar ritos, defender la ortodoxia y la institución. Ser santo es, como Cristo, hacer presente el amor del Padre por la humanidad: “El discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores” (No. 147). 

La santidad implica, como fruto del encuentro con Cristo, acercarse con amor a los demás y condolerse de los que sufren: “Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad. Vivirla en la misión lo lleva al corazón del mundo. Por eso, la santidad no es una fuga hacia el intimismo o hacia el individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo y, mucho menos, una fuga de la realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual” (No. 148). 

ACTUAR

Para ser verdaderos discípulos de Jesús, debemos conocer la realidad y esforzarnos por cambiarla, siguiendo su ejemplo. El se encarnó en una historia concreta. Por ello, el documento dedica el capítulo II a la realidad que nos interpela como discípulos y misioneros.  

Para ser misioneros de buenas nuevas, es indispensable analizar la situación socio-cultural, económica y socio-política de nuestros pueblos. Nos deben preocupar los problemas de la biodiversidad, la ecología, la Amazonia y la Antártida. Hay que abrir el corazón a la situación de los pueblos indígenas y afroamericanos. Y para empezar el cambio desde dentro, hemos de reconocer sinceramente las luces y sombras de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos. El reto es no quedarnos en lamentos y críticas, sino impulsar “la transformación de la historia y sus dinamismos” (No. 151).