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50
AÑOS DE TELENOVELAS
+ Felipe
Arizmendi Esquivel
Obispo de San
Cristóbal de Las Casas
VER
La empresa
Televisa está celebrando cincuenta años de producir telenovelas. Yo no tengo
tiempo para verlas, pero en las poquitas escenas que me toca ver, antes de que
inicien los noticieros, descubro una serie de valores y contravalores que es
necesario discernir. Me preocupa cuánto influyen en los criterios y actitudes.
En una
población indígena remota, había discusión si accedían a que llegara la luz
eléctrica. Decían que, con ella, llegaría la televisión, y tarde o temprano
cambiarían sus costumbres. No sólo dejarían de ir a las asambleas y a las
celebraciones religiosas, sino que se copiarían estilos de vida contrarios a sus
tradiciones. Ya tienen luz y los cambios no se han dejado esperar, para bien y
para mal. Muchos juzgarán absurdas sus razones, pero en el fondo es válida su
preocupación.
JUZGAR
La Iglesia
aprecia y valora los medios de comunicación: “Estos medios, rectamente
utilizados, prestan ayudas valiosas al género humano, puesto que contribuyen
mucho al descanso y cultivo de los espíritus y a la propagación y consolidación
del reino de Dios; sin embargo, los hombres pueden utilizar tales medios contra
el propósito del Creador y convertirlos en su propio daño; daños que de su mal
uso han surgido con demasiada frecuencia para la sociedad humana” (Concilio
Vaticano II: Inter mirifica, 1-2). En estos días de inundaciones en
Tabasco y Chiapas, apreciamos cuanto ha hecho la televisión, para suscitar la
solidaridad del pueblo mexicano. Es un valor nada despreciable.
En cuanto a las telenovelas,
¿cultivan el espíritu, o causan daño? No negamos lo bueno que puedan tener, pero
analizando sólo algunas escenas que accidentalmente me toca ver, considero que
han influido mucho en el libertinaje sexual de adolescentes, jóvenes e incluso
adultos. Cuando son tan repetitivas las escenas eróticas, con sus tonos más o
menos subidos, se necesita tener mucha madurez espiritual para no sentir el
atractivo de hacer lo mismo que se ve en la pantalla.
Actores, productores y
dueños, deberían preguntarse si sus programas son acordes con la moral inspirada
en el Evangelio, o concesiones a las debilidades humanas e incitaciones al
pecado. Si sus criterios se fincan sólo en la ganancia económica o en el aplauso
fácil de las masas y de sus congéneres, desearían que hubiera más apertura para
transmitir cosas peores.
En este punto, Jesús es muy
claro, muy duro y radical: “El que sea motivo de tropiezo para uno de estos
pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas
piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar… ¡Ay
de aquél por quien viene el escándalo!” (Mt 18,6-7). Y con una aplicación
que se pordría hacer a la televisión, advierte: “Si tu ojo te es ocasión de
pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti; más te vale entrar en la Vida con un
solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado en el lugar de castigo” (Mt
18,9). Diríamos que, si no te sacas el ojo, ni tampoco puedes tirar la
televisión, o prescindir de ella, como exigen a sus fieles algunos pastores, al
menos cambia de canal inmediatamente y educa a los hijos para que sepan rechazar
la tentación, a ejemplo de Jesús (cf Lc 4,1-12). La felicidad interior, actual y
futura, es mantenerse limpios de corazón (cf Mt 5,8). Sólo así se puede ver a
Dios. Si la mente, la imaginación y los ojos están saturados de erotismo, la
persona se destruye y contamina todo a su alrededor.
ACTUAR
En la V Conferencia en
Aparecida, nos comprometimos a: “Conocer y valorar esta nueva cultura de la
comunicación. Formar comunicadores profesionales competentes y comprometidos con
los valores humanos y cristianos en la transformación evangélica de la sociedad.
Estar presente en los medios de comunicación social, para introducir en ellos el
misterio de Cristo. Educar la formación crítica en el uso de los medios de
comunicación desde la primera edad. Suscitar leyes para promover una nueva
cultura que proteja a los niños, jóvenes y a las personas más vulnerables, para
que la comunicación no conculque los valores y, en cambio, cree criterios
válidos de discernimiento” (No. 486).
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