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“¿QUIÉN NO TIENE CELULAR?”
+ Felipe Arizmendi
Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
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La
Comisión
Federal de Telecomunicaciones informó que, en el país, hay casi 62
millones de usuarios de telefonía celular. Considerando que somos 105
millones de habitantes, llama la atención que, a pesar de la pobreza
generalizada, más de la mitad de ciudadanos posee un celular (un
móvil, como dicen en España). Algunos tienen dos o tres. ¿Qué
significa esto? ¿Es progreso, libertad, facilidad para comunicarse, o
esclavitud, moda, obsesión?
No es raro ver a
indígenas, empleadas domésticas, albañiles y chóferes usándolos con
normalidad. Las mujeres
tsotsiles que tejen
y venden artesanías en nuestra ciudad, lo tienen siempre a su lado.
Recorriendo lugares muy lejanos de la selva, vi a un joven sacando fotos
con su celular. No hay señal para llamar y recibir llamadas; pero cuando
viene a la ciudad, le sirve mucho. Con todo, como nos decía una joven
tseltal, hay quienes lo adquieren para “apantallar”, para sentirse que
valen y que están en lo nuevo, pero no tienen crédito, a quién llamar,
ni quien los llame. Pareciera que quien no anda con su celular por todos
lados, no vale. Ya hay niños que no pueden vivir sin él.
JUZGAR
Nadie duda de la utilidad
de un celular. Si no fuera tan ventajoso, no hubiera tenido tanto éxito.
Además, no podemos quedarnos con imágenes estereotipadas de los
indígenas, sumidos en la miseria, como si no tuvieran
derecho a acceder a los bienes modernos. Como me dijo un indígena que me
pidió dinero prestado para
comprar un horno de microondas. Al preguntarle por qué lo quería y
hacerle cierta broma de que ya se estaba modernizando, me respondió: “Si
tú tienes, ¿yo por qué no puedo tenerlo? Argumento contundente. Me dejó
callado. Tienen todos los derechos y son legítimas sus aspiraciones. No
se pueden quedar anclados en el pasado, como en una reserva de museo.
Sin embargo, hay que discernir el uso
del celular, pues algunos se han esclavizado a él, no respetan los
tiempos de oración ni las celebraciones, interrumpen conversaciones
sobre temas importantes, interfieren reuniones en que se tratan asuntos
de trascendencia, rompen momentos de intimidad, impiden gozar la soledad
del silencio.
Jesús es muy claro, cuando nos
advierte: “Eviten toda codicia, porque, aún en la abundancia, la vida de
uno no está asegurada por sus bienes” (Lc 12,15; cf Mc 10,23). Es decir,
no por tener uno o más celulares, están asegurados el éxito y la
felicidad. Hay muchos pobres que no lo tienen, y sin embargo son
personas muy valiosas. Los objetos materiales son necesarios y hay que
saberlos usar, pero sin depender totalmente de ellos. Ser libres para
usarlos, y libres para dejarlos a un lado, cuando hay razones fuertes
para apagarlos.
ACTUAR
Sugiero algunas actitudes:
Hacer una lista de las cosas que más
necesitamos, y ver si el dinero de que disponemos nos alcanza para el
gasto ordinario de un celular. Primero están la comida, la salud, las
necesidades del hogar. El hecho de no tener celular, no te hace valer
menos. Sé capaz de valorarte por lo que eres, no tanto por lo que
tienes.
Organizar los tiempos de tenerlo
encendido, para recibir cualquier llamada y estar atentos a lo que se
nos requiera, pero también apagarlo cuando tenemos una reunión
importante, cuando atendemos personas en sus problemas, cuando tratamos
asuntos que piden concentración, cuando hay que escuchar a los hijos o a
la pareja. No seamos irrespetuosos con quienes están trabajando junto a
nosotros. No cortemos la inspiración del asunto que estamos tratando. No
se acaba el mundo, si apagas tu celular en determinados momentos.
Además, tienes el recurso de recibir mensajes grabados, para atenderlos
después.
En una asamblea, en un retiro
espiritual, en una reunión importante, habría que tomar el acuerdo de
apagar todos el celular, a no ser que alguien esté esperando una llamada
de suma importancia, como la información sobre la salud de un ser
querido muy enfermo, u otros asuntos graves. Se necesitan prudencia y
sabiduría, para discernir cuándo mantenerlo encendido y cuándo apagado.
Al entrar al templo, hay que escuchar a Dios, atender su voz en el
interior del corazón.
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