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CONFIABILIDAD EN RIESGO

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+ Felipe Arizmendi
Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
http://www.diocesisancristobal.com.mx
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Según publicó
el periódico “Milenio” el pasado 4 de abril, consulta
“Mitofsky” realizó una encuesta nacional sobre la confianza
de los mexicanos en las instituciones, calificando con 0 la
de menos credibilidad; y la de más, con 10. Los partidos
políticos, los diputados y senadores, igual que los
policías, obtuvieron la más baja calificación: sólo entre el
5.5 y el 5.9. La Iglesia y las universidades obtuvimos la
más alta: 7.9. Luego siguen el ejército, con 7.8, y los
medios de comunicación, con 7.5.
¿A qué se debe
que nadie hayamos obtenido 10, y que otros no hayan logrado
siquiera un 6? ¿Por qué los peor calificados se sienten con
tanta autoridad para criticarnos a los que gozamos de mayor
confianza? ¿Por qué no hacen un serio examen de conciencia,
para revisar y cambiar sus actitudes, en vez de empecinarse
en lo mismo, pensando que todos los demás estamos mal, menos
ellos? Si no se convierten, seguirán reprobados y perecerán.
JUZGAR
A nivel de
toda América Latina, constatamos que “nuestra Iglesia
goza, no obstante las debilidades y miserias humanas, de un
alto índice de confianza y de credibilidad por parte del
pueblo. Es morada de pueblos hermanos y casa de los pobres”
(Aparecida, 8).
En los Hechos
de los Apóstoles, se narra que “la multitud de los que
habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo
poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que
tenía. Con grandes muestras de poder, los apóstoles daban
testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos
gozaban de gran estimación entre el pueblo. Ninguno
pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los
vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los
apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba
cada uno” (4,32-36).
¿Qué es lo que
da credibilidad y buena estimación? Ante todo, la
fraternidad, la ayuda mutua, el compartir, la solidaridad
con los pobres. Todo esto se logra sólo por la fe en Cristo
resucitado. Sin El, no hay cimiento estable para la vida
comunitaria, y cualquier problema derrumba a personas e
instituciones. ¿Qué crea desconfianza y descalificación? Las
divisiones, el egoísmo, la ambición de poder y de tener, las
envidias y, en última instancia, la falta de una fe
verdadera en Cristo Jesús.
Como Iglesia,
reconocemos deficiencias morales del pasado y del presente.
Es cierto que no hemos caído en errores doctrinales y hemos
conservado la fidelidad fundacional del Evangelio, pero no
somos tan santos como deberíamos. No podemos ser fariseos,
que se creen perfectos y desprecian a los demás. Así lo
dijimos en Aparecida: “Nos reconocemos como comunidad de
pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios,
congregada, reconciliada, unida y enviada por la fuerza de
la Resurrección de su Hijo y la gracia de conversión del
Espíritu Santo” (100, h). Estamos convocados a una
conversión permanente.
La baja
calificación obtenida por los partidos y los legisladores
debería hacerlos humildes y replantearse su forma de
proceder. Quienes no reconocen sus fallas, no se conocen a
sí mismos. Se engañan y con discursos demagógicos pretenden
imponer su punto de vista; así, no sólo ellos salen
perdiendo, sino el país y la democracia.
ACTUAR
Para que
nuestra Iglesia Católica, de la cual son miembros la mayoría
de los políticos y legisladores, logre mayor confiabilidad,
proponemos: “Debemos ofrecer a todos nuestros fieles un
encuentro personal con Jesucristo, una experiencia religiosa
profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio
personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión
personal y a un cambio de vida integral” (226, a).
“De
allí nace la necesidad de una renovación eclesial, que
implica reformas espirituales, pastorales y también
institucionales”
(367).
Se requiere una “actitud de apertura, de diálogo y
disponibilidad para promover la corresponsabilidad y
participación efectiva de todos los fieles en la vida de las
comunidades cristianas. Hoy, más que nunca, el testimonio de
comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral”
(368).

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