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REFORMAS, COMPARTIR Y AUSTERIDAD
+ Felipe Arizmendi
Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
http://www.diocesisancristobal.com.mx
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Las amas de
casa, aún de las poblaciones más lejanas, están resintiendo
el alza de precios en alimentos básicos. Los economistas
avizoran que este panorama no tiene indicios de cambiar a
corto plazo. Es un fenómeno típico de la globalización, que
rebasa gobiernos e instituciones. La inestabilidad en los
precios del petróleo, los subsidios de los países ricos a
sus agricultores, el uso de alimentos para producir
combustibles, la especulación financiera de las Bolsas,
etc., intentan explicar en parte esta crisis.
¿Qué hacer? Se
deben denunciar y atacar las raíces estructurales; pero,
¿qué nos toca a nosotros? Es un recurso fácil culpar de
todos los males al gobierno en turno y al sistema
neoliberal; pero reducirnos a lamentos y críticas no
soluciona el problema. Quizá nos consuela aparecer como muy
enterados del asunto y con muchas soluciones, pero el
sistema no cambia sólo porque nosotros lo exigimos. Debemos
buscar alternativas más cercanas y posibles.
JUZGAR
Jesucristo nos
ordena preocuparnos por quienes no tienen con qué
alimentarse. Cuando los corazones están dispuestos a
compartir lo poco que tienen, se hace el milagro de la
multiplicación; alcanza y sobra (cf Mc 6,35-44). Pero el
egoísmo, que hace a unos enriquecerse y ser insensibles ante
quienes no tienen qué comer (cf Lc 16,19-31), produce un
infierno en la sociedad, por las desigualdades injustas, que
hasta guerras pueden generar.
Dios da de
comer hasta a los pájaros; pero no en el nido. Tienen que
salir a buscar, para no morir de hambre. Si trabajan, nada
les va a faltar. Quien no trabaja, no tiene derecho ni a
comer (cf 2 Tes 3,10-12).
Hace
poco, dijo el Papa Benedicto XVI a los participantes en una
reunión de la FAO: “La creciente globalización de los
mercados no siempre favorece la disponibilidad de alimentos,
y los sistemas productivos con frecuencia se ven
condicionados por límites estructurales, así como por
políticas proteccionistas y fenómenos especulativos que
dejan a poblaciones enteras al margen de los procesos de
desarrollo. A la luz de esta situación, es necesario
reafirmar con fuerza que el hambre y la desnutrición son
inaceptables. El gran desafío de hoy consiste en globalizar
no sólo los intereses económicos y comerciales, sino también
las expectativas de solidaridad.
Os
exhorto a continuar las reformas estructurales que son
indispensables… La pobreza y la desnutrición no son una mera
fatalidad. El derecho a la alimentación responde
principalmente a una motivación ética: "dar de comer a los
hambrientos" (cf. Mt 25, 35), que apremia a compartir los
bienes materiales como muestra del amor que todos
necesitamos
y
permite combatir la causa principal del hambre, es decir, la
cerrazón del ser humano con respecto a sus semejantes que
disuelve la solidaridad, justifica los modelos de vida
consumistas y disgrega el tejido social, preservando, e
incluso aumentando, la brecha de injustos equilibrios, y
descuidando las exigencias más profundas del bien.
La
Iglesia
católica quiere unirse a este esfuerzo. Basándose en la
antigua sabiduría, inspirada por el Evangelio, hace un
llamamiento firme y apremiante, que sigue siendo de gran
actualidad: "Da de comer al que está muriéndose de hambre,
porque, si no le das de comer, lo matarás".
ACTUAR
Son necesarias reformas
estructurales, sí; pero éstas nos rebasan a la mayoría. En
cambio, la solidaridad, que es darse al que está solo, está
al alcance de todos, incluso de los pobres. Hay que
compartir con quien sufre más que nosotros, y abrir el
corazón para estar cerca de quien más padece las
consecuencias de la crisis alimentaria. Hay que evitar
gastos innecesarios, lujos superfluos, modas transitorias,
antojos momentáneos. En vez de consumir tanto refresco
embotellado, hacer aguas frescas en casa; en vez de tanto
uso de celular, moderación; en vez de gastar en caprichos
personales, ahorrar; en vez de ir tanto a los centros
comerciales, y gastar por gastar, reducirse a lo
indispensable. Educar a los niños y jóvenes en la
austeridad, asumiendo por convicción un estilo sobrio de
vida.
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