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Los indios mueren antes de
tiempo
ACTUALIDAD DE
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS
CASAS

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+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
Introducción
Agradecemos la invitación que nos
hicieron para venir, desde San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, a esta
ciudad de Chicago, con motivo de la ceremonia en honor de Fray Bartolomé de Las
Casas, nombre que orgullosamente lleva este centro educativo.
En un primer momento, Fray Eugenio
Martín Torres, O. P., nos presenta una relación histórica, con datos
fundamentales de la vida y de la actuación pastoral de Fray Bartolomé. En otro
momento, el P. Pedro Humberto Arriaga Alarcón, S. J., nos describe algunos datos
actuales de la realidad de Chiapas. Por mi parte, hago una reflexión sobre la
actualidad del espíritu de Fray Bartolomé, tratando de aplicar algunas de sus
inspiraciones a lo que vivimos hoy, en México y en Estados Unidos.
Fray Bartolomé de Las Casas llegó
a Chiapas en 1545, siendo el primer obispo de la diócesis de San Cristóbal, de
Las Casas, en atención a su memoria. Aquí sólo estuvo un año, pues en 1546
regresó a España, para defender, ante las cortes españolas y ante las
universidades, los derechos de los indios. Después de 20 años, murió en 1566.
“Los indios mueren antes de
tiempo”
Con esta frase, Fray Bartolomé
describe la situación de los indígenas de su tiempo. Estaban sumidos en la
pobreza, con enfermedades que desconocían antes de la llegada de los españoles;
eran esclavizados y tratados como bestias de carga. Denuncia estos hechos,
procurando “la utilidad común para todas estas infinitas gentes, si quizá no
son acabadas primero antes que esta historia del todo se escriba” (Historia
de las Indias I, 346). Quiere que España y los conquistadores se liberen del
“error y engaño” en que están, pues se imaginan estar haciendo un bien,
cuando en realidad están cometiendo graves injusticias con los pobladores
originarios de esas tierras. Todo su empeño fue "amparar a estas míseras
gentes y estorbar que no pereciesen".
Lamentablemente, hoy también
podemos afirmar que muchos indígenas mueren antes de tiempo, por
enfermedades relativamente sencillas, que son curables cuando se tiene a mano
una clínica, un médico y medicinas asequibles. Hay aún poblaciones dispersas, a
las que no han llegado los servicios básicos de salud. El gobierno ha construido
pequeñas clínicas, pero no hay médicos ni medicinas. Hay pueblos sin carretera,
y no es fácil llevar a mujeres, niños y ancianos a ciudades cercanas, para ser
atendidos. La mayoría no tienen dinero para comprar las medicinas, mucho menos
para pagar una operación quirúrgica.
Los indígenas son pobres, no por
perezosos o desorganizados, pues son muy trabajadores y se organizan para muchos
servicios en la comunidad. Siguen sumidos en la miseria porque lo que ellos
producen en el campo, como el café, el maíz, el frijol, el chile, no tiene un
justo valor en el mercado globalizado. Se enriquecen los pequeños acaparadores y
los grandes especuladores de las bolsas internacionales. Si se les pagara un
precio más justo por sus productos, y fuera más equilibrada la apertura
comercial de los tratados de libre comercio, no se verían obligados a emigrar, a
exponerse a tantos peligros, rechazos, desprecios y a la muerte. Quieren llegar
a lugares donde puedan obtener un mejor sueldo, incluso traspasando murallas y
fronteras, no para atentar contra la seguridad de otro país, ni como terroristas
o guerrilleros, sino como seres humanos que se exponen a todo con tal de obtener
un recurso económico que ayude a que su familia no muera
antes de tiempo.
Los indígenas ven con recelo que
ricos empresarios de otros países lleguen a querer comprar sus tierras, porque
en el subsuelo hay petróleo y otros minerales, y se exponen a ser despojados de
su único patrimonio: la tierra. Les preocupa que se unan los gobiernos para
invadir la selva, con el pretexto de proteger la biodiversidad, pero con la
intención oculta de apropiarse de recursos naturales, que serán básicos para la
subsistencia del planeta, como el agua, que, como ahora es el petróleo, será lo
más preciado en el comercio.
Todos hemos de empeñarnos por
defender los derechos de estos pueblos originarios, e impedir que perezcan como
individuos y como culturas. Es de justicia que tengan acceso a los servicios
básicos, empezando por la salud y la educación; que se les pague lo justo por
sus productos y que sean tratados dignamente como personas. Hay que impedir que
perezcan, como individuos, por los peligros de la migración y de la pobreza, y
como pueblos y razas, por la globalización cultural.
"Prístina y natural libertad"
Todo ser humano fue creado libre,
a imagen y semejanza de su Creador. Se viola esta dignidad fundamental, cuando
"nunca se les (da) facultad ni libertad para poder vivir por sí"
(Historia de las Indias III, 1828). Por ello, hay que buscar "la
prosperidad y crecimiento temporal y la conversión y salvación espiritual de
estas gentes" (Ib II, 936), para que los opresos indios tengan
tiempo y corazón para "pensar en su libertad" (Ib II, 1287) y recuperen
su "prístina y natural libertad" (Ib III, 2109-2110).
La defensa
del derecho de los pueblos originarios a sus tierras y a sus bienes, trajo a
Fray Bartolomé muchas persecuciones. Tuvo que abandonar su sede episcopal en San
Cristóbal, antes de cumplir un año de servicio pastoral, pues los dueños de
fincas y de grandes de tierras lo amenazaron de muerte, porque les hacía ver que
lo que poseían era un robo, un despojo de lo que era propiedad de los indios.
Exigió a su clero no dar la absolución a quienes se negaban a restituir lo
robado, de acuerdo con la teología tradicional del sacramento de la penitencia.
Regresó a España, no para huir y dejar solas a las ovejas, sino para luchar por
la justicia en las Indias ante las cortes y las universidades.
Este respeto a los derechos
fundamentales incluye la forma como se predicaba el Evangelio, que debe hacerse
“sin menoscabo de la libertad de los pueblos" (Ib III, 1988); es decir,
sin imponer por la fuerza la fe cristiana. En este punto, se enfrentó también a
los conquistadores, que con violencia destruyeron templos e ídolos, para poner
cruces en su lugar e imponer el cristianismo. Dice: "Esto es uno de los
errores y disparates que muchos han tenido y hecho en estas partes, porque, sin
primero por mucho tiempo haber a los indios y a cualquiera nación idólatra
doctrinado, es gran desvarío quitarles los ídolos, lo cual nunca se hace por
voluntad, sino contra de los idólatras, porque ninguno puede dejar por su
voluntad y de buena gana aquello que tiene de muchos años por Dios, y en la
leche mamado y autorizado por sus mayores, sin que primero tenga entendido que
aquello que les dan o en que les conmutan su dios, sea verdadero Dios" (Ib
III, 2264). Hoy, el Papa Benedicto XVI ha recordado lo que dice el Concilio
Vaticano II: que la fe no se puede imponer por la fuerza.
Fray Bartolomé no aprueba la
idolatría, pero insiste en que la situación cambiará sólo con el buen testimonio
de los cristianos. Se aceptará el cristianismo cuando se deje de explotar a los
indígenas y se respeten su dignidad y sus derechos.
Se arrepiente por haber tenido a su servicio, antes de su conversión, esclavos
indígenas, y por haber aprobado que se trajesen negros a La Española (hoy
República Dominicana), para los trabajos forzados. Su vida cambió cuando
comprobó la injusticia que esto implicaba, y escuchó la predicación de Fray
Antonio de Montesinos. Su conciencia se conmovió por el texto bíblico del
Eclesiástico (34,21-22), que afirma que la injusticia hacia el pobre es un
asesinato. Dice que, entonces,
“comenzó a
desechar las tinieblas de aquella ignorancia”;
pero que
"no estuvo
cierto que la ignorancia que en esto tuvo y buena voluntad lo excusase delante
el juicio divino"
(Ib III, 2324). Por ello, se dedicó a luchar por la
"prístina y
natural libertad"
de los indígenas.
Hoy nosotros, si queremos ser en
verdad cristianos y católicos, no podemos menos que luchar también por que los
pobres, los indígenas, los migrantes, los negros y los no nacidos, sean
respetados en su prístina y natural libertad. Explotarlos, excluirlos,
despreciarlos, ignorarlos, ofenderlos, asesinarlos, es una contradicción con el
Evangelio.
Se atenta contra la libertad de
los pobres, cuando se ponen barreras infranqueables, no sólo físicas, sino
también jurídicas, económicas y políticas, para que encuentren mejores
condiciones de vida, en cualquier parte del mundo donde se requiera su fuerza de
trabajo. Emigran no por turismo, ni por curiosidad o vagancia, mucho menos por
ambiciones de conquistar un territorio, sino por hambre, por ganar un poco de
dinero y enviarlo a su familia, para que no muera en la miseria y desesperación.
"Blasfemar el nombre de
Cristo"
¿Por qué el empeño de Fray
Bartolomé en defender a los indígenas? ¿Por un sentimiento filantrópico? ¿Por
una ideología de clase? No. Es porque, como dice al regresar a España, “yo
dejo en las Indias a Jesucristo, nuestro Dios, azotándolo y afligiéndolo y
abofeteándolo y crucificándolo, no una sino millares de veces”.
Inspirándose en Mt 25,31-46, identifica a los "opresos indios" con Cristo
mismo. Y llega a decir que despojarlos, explotarlos, matarlos, es "blasfemar
el nombre de Cristo". Es decir, considera todo despojo de estos pueblos como
una blasfemia, pues "del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la
memoria muy reciente y muy viva" (Carta al Consejo de Indias, 1531).
Denuncia con audacia y fuerza
profética que quienes
explotan y asesinan al indio, tienen “el oro por vivo y principal fin",
pues lo que les importa es el oro. Les advierte que "Cristo no vino al mundo
a morir por el oro". Por tanto, que no es cristiano lo que están haciendo,
pues el "precepto divino que nos manda amar al prójimo" exige procurar
"la conservación, y libertad de [nuestros] prójimos los indios"
(Confesionario, 1552).
Hoy también se siguen dando
situaciones de explotación inhumana, de egoísmo, de búsqueda apasionada del
oro. Caín sigue intentando deshacerse de su propio hermano. Y esto sucede en
varios niveles: entre individuos, entre mestizos e indígenas, entre mismos
indígenas; pero, sobre todo, entre organizaciones, en estructuras de poder
económico y político, que se sustentan en redes internacionales difíciles de
identificar y de combatir.
Lo mismo hemos de decir ante el
racismo con los migrantes, con los negros, con los no nacidos. Cristo nos pide
defender la conservación y libertad de los pobres, esté legalizada su
estancia en otro país, o sean trabajadores indocumentados. Son personas humanas
y Cristo nos ordena verlos como hermanos, merecedores de protección y
misericordia. Por tanto, un país que rechaza y maltrata a los pobres, de
cualquier raza o condición social y legal, no merece ser llamado cristiano. Una
cultura racista, que margina por el color de la piel o por hablar otro idioma,
no es conforme con el Evangelio, aunque se participe cada ocho días en el culto
religioso.
Duele y preocupa que estas
injusticias sean cometidas por quienes nos consideramos creyentes en Cristo,
católicos y protestantes. Cuando lo que importa es el dinero, el oro,
blasfemamos el nombre de Cristo.
No podemos permanecer indiferentes
ante el sufrimiento y la explotación de tantos indígenas, migrantes y pobres en
general. Como decía Fray Bartolomé, "¿quién podía sufrir, que tuviese corazón
de carne y entrañas de hombre, haber tan inhumana crueldad?¿Qué memoria debía
entonces de haber de aquel precepto de caridad, 'amarás tu prójimo como a ti
mismo' en aquellos que tan olvidados de ser cristianos y aun de ser hombres,
así trataban en aquellos hombres la humanidad?" (Historia de Indias II,
1468).
Conclusión
Estamos en tiempo de Cuaresma,
tiempo de conversión al Evangelio. Que el Espíritu Santo nos ilumine y
fortalezca para que venzamos las tentaciones de explotar a los pobres, de
despreciar a los migrantes, de avergonzarnos de la cultura de nuestro pueblo
originario. Que la Virgen María, la fiel discípula de la Palabra de Dios, nos
ayude a construir el Reino de Dios, que es justicia y paz, fraternidad y gozo (cf
Rom 14,17).
Chicago, 8 de marzo de 2007

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