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TENSIONES OPUESTAS NOS
NEUTRALIZAN

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+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las
Casas
VER
Pareciera que el país está
fracturado en dos tendencias diametralmente opuestas y excluyentes entre sí, a
las que, simplificando, se les podría calificar de izquierda y derecha. Esto se
manifiesta sobre todo en la política y en la economía. El 2 de julio pasado y la
forma como se recibieron los resultados electorales, denotan dos concepciones
distintas sobre cómo debería ser el país. Los que oficialmente resultaron
perdedores, nada bueno les reconocen a quienes legalmente ganaron. Y éstos, a
como dé lugar, quieren convencer a la opinión pública de que son la mejor
opción.
Esto no es novedad. Así sucede en
casi todos los países, también en los de tinte dictatorial. Incluso es sano que
acontezca, pues la uniformidad en la forma de pensar y de actuar es un
empobrecimiento para los pueblos. Lo grave es que estas diferencias, si no se
armonizan en asuntos fundamentales, pueden paralizar, e incluso destruir a la
sociedad. Y los que salen perdiendo más no son los ricos y poderosos, pues ellos
se defienden de muchas maneras, sino los pobres, que por todos son utilizados
como bandera.
En la Iglesia no estamos exentos de
estos peligros. También hay tendencias espirituales y pastorales que se erigen
en árbitros supremos de verdad y de bien, condenando a quienes tienen diferentes
acentos cristológicos, eclesiológicos, antropológicos y sociales. Esto puede ser
enriquecedor, si sabemos dialogar, escucharnos, respetarnos, valorarnos y, sobre
todo, amarnos. Pero también puede ser desgarrador de la unidad querida por
Cristo; podemos dispersarnos y hasta enfrentarnos, con lo cual el enemigo del
Reino de Dios sale ganando, y el pueblo perdiendo.
JUZGAR
Dios no quiere la uniformidad, sino
la unidad. En el misterio fontal de nuestra fe, la Santísima Trinidad, adoramos
a tres personas distintas, que no son tres dioses, sino un solo Dios verdadero.
Es un solo Dios, porque El es amor. El amor une a los diversos, y así, unidos,
crean y recrean el cosmos y a la humanidad. De igual modo sucede en el
matrimonio: para que la pareja pueda colaborar en la creación y educación de
nuevas vidas, debe estar integrada por diferentes sexos, unidos por el amor. Dos
personas del mismo sexo no pueden lograr esta fecundidad, por más que las leyes
quieren camuflar cualquier tipo de uniones, llamándoles de muy diversa manera,
equiparándolas al matrimonio y a la familia.
En la política y en la sociedad, la
uniformidad sería nociva. Es muy importante que haya izquierdas y derechas,
siempre y cuando sepan entrelazarse para combatir la pobreza, la corrupción, las
injusticias, el narcotráfico. Dios nos dio dos manos diferentes, para que,
juntas, hagan más fuerza y avancen más. Una sola, es muy poco lo que puede
lograr. Por ejemplo, para tomar el azadón, el pico y la pala, ocupamos las dos
manos. Antes, las mujeres, al moler el nixtamal en el metate para hacer las
tortillas, necesitaban ambas. Pero si la mano izquierda y la derecha siempre
estuvieran peleándose entre sí, arañándose, nada avanzaríamos y nos dañaríamos
tontamente. Para que las diferencias se conviertan en energía constructora, las
dos manos están unidas por un solo corazón y guiadas por un solo cerebro.
En nuestro país, hacen faltan
personas que tiendan más hacia la izquierda, hacia la justicia social, a la
plena democracia, a la defensa de los derechos humanos, a promover una economía
que proteja ante todo las necesidades básicas de los marginados; pero también se
necesita una moderada derecha, que defienda las instituciones contra los
anarquistas; que cuide el orden y la legalidad, contra quienes pretenden
arrebatar y socavar todo. Lo ideal sería que todos fuéramos un poco más
equilibrados y tuviéramos una buena combinación de izquierda y de derecha.
Jesucristo revoluciona muchas cosas, pero al mismo tiempo dice que no vino a
abolir, sino a llevar todo a su plenitud, conforme a la voluntad de Dios Padre,
que exige el reino de la justicia y de la verdad, la fraternidad universal.
ACTUAR
Este mundo debe cambiar, sobre todo
en la economía, pues en muchos aspectos es un desorden institucionalizado,
legalizado; es una estructura que beneficia a los grandes y poderosos, a costa
de los humildes y pequeños. Sin embargo, hay que aprender de Jesús, que no
organizó revoluciones armadas, sino que nos enseñó a amar incluso a los
enemigos, a los diferentes, a los que trabajan por el bien común, aunque no sean
de nuestro grupo. El amor, como el corazón, debe unir a quienes luchan por el
bien de México, siendo de tendencias distintas y contrarias. Decir que el
cerebro coordina los movimientos de ambas manos, no significa tener un
pensamiento unánime, sino combinar las fuerzas, izquierda y derecha, para
encaminarlas a un fin común: el pleno desarrollo del país, en justicia y en
verdad.
En vez de
descalificarse unos a otros, habría que buscar la forma de unir esfuerzos; para
ello, hay que ser humildes y saber escuchar los puntos de vista de los otros,
aunque no estemos de acuerdo en muchas cosas. Nadie, fuera de Dios, puede
pretender que su visión sea la única completa e integral. También los de otros
partidos, grupos, organizaciones, tienen algo de verdad y de bien. Pretender
imponerse a costa de todos y de todo, es perder piso, es demostrar
intransigencia, es envenenar el ambiente, es sembrar desconfianzas hacia lo
bueno que puedan tener los otros.
Pedimos a los
legisladores que discutan seria y profundamente sus puntos de vista sobre lo que
más convenga al país; pero que traten de llegar a acuerdos, porque, de lo
contrario, nos paralizamos y se pierde confianza en todos. Lo mismo pedimos a
quienes enarbolan banderas contrarias sobre la conducción del país: que usen sus
diferencias para construir, no para destruir.

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