PROFETAS O FARSANTES 

IV Domingo Ordinario

 

                                                                                              

 Mons. Enrique Díaz Díaz

                                                                  Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

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            En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”

 

            Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

 

            Al oír esto, todo los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí.  (Lc 4, 21-30).

 

 

Mimetismo.

 

                Surcaba la lancha a toda velocidad el impresionante Cañón del Sumidero. Los turistas quedaban boquiabiertos ante la belleza que las aguas fueron creando en las barranca a través de los siglos. Figuras caprichosas dibujadas aquí y allá, invitan a dejar volar la imaginación dan lugar a símbolos y creaciones maravillosas.

 

                Bruscamente el lanchero se detiene y señala a los viajeros: “Un cocodrilo”. Con alarma e incredulidad, todos tratan de distinguirlo. “Allí, Allí… Lo que parece un tronco…, ese es un cocodrilo”. Poco a poco los turistas logran descubrir efectivamente un cocodrilo de regular tamaño en las revolcadas aguas del Sumidero. “Más allá está otro; y allá, otro más pequeño”. Solamente los ojos avisados del lanchero fueron descubriendo los cocodrilos para después mostrarlos a los turistas; de otro modo para ellos habrían pasado inadvertidos. “Los cocodrilos y algunos otros animales de la selva, dijo con ironía, son como algunas personas: fácilmente se esconden y se acomodan al lugar donde viven. Hay que tener mucho ojo para distinguirlos, si no, son peligrosos”.

 

Una religión a nuestro modo.

 

                Cuanta razón tenía el lanchero. Una de las características de nuestro mundo parece ser esa: acomodarse a una vida fácil. Buscar la comodidad del anonimato. Y con la religión parece pasar lo mismo: buscamos una religión a nuestro modo. Parecería que los extremos se tocan: por un lado los fundamentalismos religiosos que llevan a extremos de violencia, de individualismo y de cerrazón; y por otro la religión fácil, donde caben todas las propuestas, todos los pensamientos, una religión “light”, que no exija, que no proponga, que nos deje “llevárnosla tranquilos”. Así, fácilmente se deja una religión o no se practica, se le tiene como para adormecer la conciencia, pero no se le toma en serio. Es fácil ir, cuando nos nazca, al templo pero después seguir cometiendo injusticias, robando disimuladamente, engañando o abusando del débil y desprotegido. Pero eso no es la verdadera religión.

 

El verdadero profeta.

 

                El profeta, y todo cristiano tiene que serlo, es la conciencia crítica del pueblo, una conciencia crítica no tanto en nombre de la razón, si no en nombre de la Palabra de Dios.  Por eso el profeta es un hombre “non grato”; que desenmascara, donde quiera que se encuentren, los fines ocultos y la complicidad con el mal. Denuncia con firmeza los abusos del poder y toda forma de idolatría e injusticia, toda forma de manipulación del nombre Dios.

 

                A nuestra sociedad, y a todos nosotros en general, nos duele que se nos marquen nuestros errores, quisiéramos acallar al profeta que es conciencia, y preferimos adecuar los principios morales a nuestras propias conveniencias. Pero el profeta  tomó sobre sus hombros la responsabilidad de hablar en nombre de Dios sobre las realidades humanas. No es cierto que la religión deba permanecer encerrada en los templos. La religión, la relación con Dios, debe ser vivida siempre y en todo lugar y está a la base del comportamiento humano. Por eso la denuncia profética es un acto de amor, un acto apasionado de amor hacia los hombres y hacia Dios. ¡Ay del profeta que se convierte en mercader de falsa felicidad y que adecua el plan del Señor a sus propios planes!

 

 

Jesús, modelo de profeta.

 

                Es paradigmática la presentación que hoy nos hace San Lucas de la predicación de Jesús. En un primer momento no encontramos al Jesús reconocido y alabado por su propio pueblo. Sin embargo, apenas Jesús, en su primera actuación pública en la sinagoga de Nazareth, formula su queja por la falta de fe de sus paisanos, con los que explica por qué no puede hacer milagros en su pueblo – “médico cúrate a ti mismo” y “nadie es profeta en su tierra” - , suscita las iras de los presentes, y de la admiración y el aplauso pasan rápidamente al deseo de lincharlo. A sus paisanos les hubiera gustado más una religión fácil con muchos milagros, que curara a sus enfermos, y que no les pusiera en evidencia denunciando su falta de fe que no los comprometiera en el trabajo y misión de Jesús: “Liberar a los oprimidos, abrir los ojos a los ciegos, anunciar la buena nueva a los pobres…” Por eso cuando exclama: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”, después de la alabanza, pasan al rechazo, a los vituperios y hasta al intento de arrojarlo al barranco.

 

                Jesús no los complace en sus pretensiones. El verdadero profeta no se deja acaparar, ni mucho menos presionar para satisfacer a un auditorio interesado sólo en el espectáculo o en intereses individuales, aunque sean los de la familia o los de su propio pueblo. Es el hombre de Dios, que siempre ve más allá, es la palabra del Dios escondido. Por eso, es el defensor de los oprimidos, de los débiles, de los marginados; está siempre de su parte; es su voz, “la voz de quien no tiene voz”.

 

                Ya Jeremías (Jr 1,4-5; 17-19) se nos presenta como el prototipo de un profeta que tiene que luchar contra  corriente en una sociedad que no le hace caso. Es una constante que acompaña a los auténticos profetas. Los falsos profetas, los que dicen lo que la gente quiere oír y, sobre todo, lo que halaga los oídos de los poderosos, prosperan. Pero los profetas verdaderos resultan incómodos y provocan reacción en cuanto se tocan los temas que defienden la vida, la justicia, la verdad y la verdadera liberación.

 

 

                El profeta tiene que ser fiel al mensaje de Dios, y también tiene que ser fiel al hombre concreto. Es el hombre que “mira” a Dios y desde la mirada de Dios habla al pueblo. No expone una doctrina facilona que todo lo pasa que todo lo justifica; como tampoco se acomoda a una doctrina fundamentalista que en nombre de Jesús defiende sus propios intereses y esconde tras el rostro del crucificado sus graves  miedos y  las propias ambiciones de poder. El profeta habla de la vida y habla con su vida.

 

Pero él pasando por en medio de ellos se alejó de ahí.

 

                Me impresiona esta escena de Jesús por cuanto tiene de significado y de trascendencia. Jesús en medio del conflicto es libre. No queda atado ni a su pueblo ni a falsos intereses. Y ya su “salida” está enmarcada en vistas a su propia resurrección. El profeta, aunque sufre, es el hombre de la esperanza. La denuncia del mal no lo hace agrio e inhumano, sino que mira adelante con gran fe. En los momentos más duros del pueblo de Israel (la deportación, el exilio, el sufrimiento), las palabras del profeta son palabras de consolación. Denuncia la infidelidad del pueblo; pero más fuerte anuncia la fidelidad de Dios, en el cual se funda solidamente nuestra esperanza.

 

Iglesia, ¿profeta?

 

                Aquí es donde debemos cuestionarnos seriamente todos nosotros cristianos que seguimos a Jesús. ¿Somos verdaderamente profetas o hemos tomado una actitud acomodaticia  sin ser fieles a la Palabra, sometidos a la conveniencia y a los poderes mundanos? ¿Denunciamos el mal o solamente somos criticones sin aportar esfuerzo y sin comprometernos en la construcción del Reino? ¿Damos fortaleza y esperanza al pueblo? Son preguntas que cada uno de nosotros tendrá que responder seriamente delante de Dios ya que en nuestro bautismo también fuimos nombrados “miembros de Cristo profeta” y con su misma misión.

 

Concédenos, Señor, Dios nuestro, ser fieles a tu palabra, no acomodarnos ni acomodarla a las circunstancias, amarte con todo el corazón y, con el mismo amor, amar y comprometernos con nuestros hermanos.

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