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EL EVANGELIO EN ROPAS SENCILLAS
Domingo XIV del Tiempo Ordinario
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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En
aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus
discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la
sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con
asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De
dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer
milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María,
el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí,
entre nosotros, sus hermanas?” Y estaban desconcertados.
Pero
Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su
tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer
allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos
imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la
incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los
pueblos vecinos. (Mc 6, 1-6).
REFLEXIÓN
Un profeta
Decepcionado salió el profeta de su pueblo, nadie quería
escuchar su mensaje ¿Qué sentido tenía hablar y decir? Quiso
morir en la lejanía y caminó, caminó… encontró un riachuelo
escondido en la montaña. “Me quiero morir porque nadie
escucha mi mensaje”, le
confesó al río. “¿Eso te preocupa? ¡Yo hago brotar cada día
nuevas fuentes y ni siquiera sé a dónde irán a terminar
perdidas entre los cerros!” El profeta siguió su camino,
escondida entre las sombras de añosos árboles miró una bella
flor y le platicó sus quejas. Ella respondió: “¿Ves cuántos
colores tengo? ¿Percibes mi perfume? No me preocupa si
alguien los mira o los recibe. Yo soy feliz elaborándolos”.
Fue más lejos, un pajarillo que desgranaba sus trinos en lo
alto de una rama, llamó su atención. “No sirvo para nada.
Nadie me hace caso”, le
soltó de improviso el profeta. “Yo lanzo mis melodías. El
viento las lleva o las deja perdidas en el espacio, pero yo
soy feliz produciéndolas”, contestó
el ave. Entonces pensó en su corazón: “Si el río, la flor y
el pájaro son felices con sólo cumplir su misión ¿por qué
no ser feliz también yo y sentirme realizado al proclamar la
palabra, sin esperar reconocimiento?”
Desde entonces, sin importar los demás, proclama con alegría
y fidelidad su palabra y ¡es feliz!
Días de gloria
Con mucha frecuencia el Evangelio nos presenta a Jesús
rodeado de multitudes, aclamado y reconocido. Las
“multitudes”, compuestas en su mayoría por gentes sencillas,
ignorantes, pobres y necesitados, perciben esa fuerza y esa
sabiduría que brotan de los labios de Jesús. Reconocen que
la sabiduría y los milagros son presencia del Reino de Dios.
Así, Jesús reconocido y aceptado, va sembrando su palabra.
Pero no todo es miel, su palabra también es contradicción,
su palabra cuestiona, su palabra descubre y desnuda las
ambiciones de los corazones. Entonces es rechazada y provoca
persecución. Cuando Jesús hace el milagro y se manifiesta
poderoso es fácil aceptarlo. Cuando sus palabras cuestionan
y desestabilizan, cuando van en contra
de posiciones y
privilegios, cuando desenmascaran y exigen verdad, entonces
son rechazadas. Pero también, hoy se nos presenta otro
rostro de Jesús, el rostro humilde, sencillo, conocido, el
rostro del carpintero, del hombre de todos los días y
entonces… puede pasar desapercibido.
Días de rechazo
En Nazaret conocen todo de Jesús: su particular historia
familiar, su apariencia corporal, sus cabellos, sus ojos, su
modo de caminar, sus costumbres y aficiones, muchos de sus
episodios infantiles. Nada habían descubierto de particular
en este joven que ahora se presenta en la sinagoga y que
todos le reconocen autoridad y sabiduría. ¿Cómo aceptarlo si
siempre lo habían visto como uno más de la pequeña
población? ¿Cómo reconocer un profeta en quien está
catalogado como un simple artesano, perteneciente a una
familia como todas? ¿Cómo es posible reconocer a Dios en un
individuo tan familiar, tan vecino, tan ordinario? Un Dios
tan cercano, tan próximo y tan a la mano, es difícil de
reconocer. Tan encarnado, tan “humano”, se ha vuelto el
Mesías que la carne lo oculta y dificulta aceptarlo.
Solamente la fe puede ayudar a descubrirlo, pero la fe es lo
que falta en Nazaret y así Jesús permanece bloqueado en su
actividad milagrosa a favor de los necesitados.
Fiel a su misión
Indudablemente que a Jesús le duelen estas desconfianzas y
el recibimiento hostil y agresivo de los suyos. Se nota en
su reproche adolorido al citar el proverbio respecto a la
aceptación del profeta. Se encuentra con una mentalidad
estrecha, con la mezquindad y los prejuicios. Le duele la
incredulidad de los más cercanos, sin embargo no se llena de
amargura, sino que rompe aquel estrecho círculo y lanza su
mensaje mucho más allá: “Luego se fue a enseñar en los
pueblos vecinos”. La palabra con frecuencia es rechazada
cuando no se acomoda a los caprichos y costumbres de ciertos
esquemas. Da temor cuando abre nuevas perspectivas y parece
insolente anunciar una nueva forma de vivir y ser. Pero el
profeta no busca la aceptación y el aplauso de un público al
que tiene que agradarle. Él es fiel a una inspiración
originaria, busca abrir caminos nuevos, donde el Reino de
Dios pueda instaurarse, donde la voluntad del Padre sea la
norma, donde el amor y el servicio suplan todos los
mandatos, donde lo más importante sea el hombre y no las
apariencias.
¿Por qué no escuchan?
Cuando escucho que el Evangelio ha quedado en el pasado y se
le mira como algo anquilosado, me vienen a la mente muchas
preguntas. Puede ser que sea rechazado porque nos está
cuestionando en profundidad y no somos capaces de una
verdadera conversión. Quisiéramos un Evangelio que solamente
nos consuele y nos apapache, pero no un Evangelio que nos
exija cambio, coherencia y fidelidad. No un Evangelio que
desestabilice las estructuras de injusticia y privilegios en
los que se ha asentado nuestra sociedad. Se torna un
Evangelio revolucionario y peligroso que es rechazado e
ignorado. Entonces serían para nosotros las palabras de
Ezequiel: “Un pueblo rebelde… testarudos y obstinados…” Y
habrá que seguir proclamando valientemente el Evangelio.
Habrá que ser fieles a nuestra misión de profetas. Pero
también me pregunto si el rechazo que sufre el Evangelio no
brota de la incoherencia y falta de honestidad de quienes
deberíamos predicarlo. Cuando nuestra proclamación se hace
con reglones demasiado torcidos para ser leídos, cuando no
va respaldada por una vida y una opción radical, sino que se
diluye en palabras que no van sostenidas por las acciones,
entonces el Evangelio no es creíble.
El Evangelio en ropas sencillas
Hay una tercera posibilidad. A veces queremos una
predicación que vaya adornada y sostenida por milagros y
fuegos artificiales, por ruido y aspavientos. En cambio
Cristo se presentó encarnado, humilde, con un trabajo
sencillo, como parte de una familia sencilla… y desde ahí,
desde su pobreza y apariencia ordinaria, predica, acompaña,
sostiene, en silencio, en la oscuridad. Aparece el Evangelio
en ropas sencillas, y entonces es difícil reconocerlo aun
para los de casa. Muchas preguntas me deja la palabra de
Dios en este domingo, como discípulo y seguidor de Jesús:
¿Cómo es mi fidelidad al Evangelio, cómo mi fidelidad al
estilo de Jesús y cómo mi fe y perseverancia para seguirlo
predicando?
Dios nuestro, que por medio de la vida escondida la muerte
de tu Hijo, nos has manifestado la riqueza de tu Reino,
concédenos ser fieles a sus enseñanzas y ejemplos y
mantenernos constantes en la escucha y predicación de su
Palabra. Amén.
(Comentarios:
didez@hotmail.com)
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