NUESTRAS TENTACIONES

I Domingo de Cuaresma

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                                                  + Mons. Enrique Díaz Díaz

                     Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

            En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio.

 

            No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

 

            Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.

 

            Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: ‘Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras’ ”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor, tu Dios’ ”.

 

            Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora”.  (Lc 4,1-13).

 

Una vida que cuestiona.

 

El diácono nos fue enseñando cada una de las instalaciones de aquella casa de salud. Había pequeños cuartos donde se daba atención a las personas pero principal era la medicina alternativa y un poco de otras medicinas. Ahí llegan, de cuando en cuando, algunos médicos de diferentes partes de México para ayudar a dar consultas, pero es muy esporádico. Lo fuerte es el trabajo voluntario que hacen los hermanos. Muy limpia la casa de salud. También nos mostró algunos de los trabajos comunitarios que están realizando en pequeños grupos o en comunidad. Es cierto que han tenido algunas ayudas de organizaciones pero la base es el servicio y el aporte de cada uno de ellos. Nos mostró también la pequeña capilla de la comunidad que entre todos han construido, pero él ha aportado mucho más que todos. Finalmente nos llevó a su casa. Está hecha de tablas y el piso es de tierra. Es, si pudiera hacer comparación, más pobre que las de los otros hermanos. Su familia se veía alegre pero sumida en la más grande pobreza. La pregunta salió espontánea de uno de los acompañantes. “¿Por qué no has tomado algunas cosas para ti si todo el dinero ha pasado por tus manos? Creo que tienes derecho”. La respuesta no se hizo esperar: “Si me he puesto al servicio de la comunidad, no fue para aprovecharme de ella. Creo lo que dice Jesús, que primero es el Reino de Dios y lo demás llegará por añadidura, y hasta ahora nada me ha faltado”.

 

 

La desafiante actitud del diácono nos cuestionó a todos; y por el camino lo fuimos comentando. Es dificilísimo encontrar entre los servidores alguien que conserve los ideales de servicio y que no se contamine de la ambición, del poder o de la fama. Y fueron surgiendo innumerables ejemplos. Desde gobernadores y presidentes que en sus campañas prometieron una cercanía con el pueblo y un compromiso serio con los más pobres, pero que al llegar al poder, se manejaron de manera corrupta. Hasta líderes caseros que nos habían ilusionado con sus proyectos y rectitud, y que después habían sucumbido ante la tentación de unos pesos de más.

 

Nuestras tentaciones.

 

Las tentaciones que hoy nos presenta el Evangelio de una manera simbólica son una realidad muy actual en la vida de cada uno de nosotros. San Lucas elabora un relato que pretende más un mensaje teológico que narrar un hecho histórico aislado de las tentaciones de Jesús. Para ello las agrupa en tres tentaciones-símbolo, o tres dimensiones que directamente afectan la vida humana. Pone a Jesús en comparación con el pueblo de Israel, y nos muestra cómo, en las mismas circunstancias en que el pueblo de Israel cayó,  Cristo se levanta  vencedor.

 

Las tres tentaciones-símbolo en que las tropezó el pueblo de Israel: preferir al pan a la libertad, adorar al becerro de oro y querer sentirse omnipotente, olvidándose de que está en la mano de Dios; son las mismas tentaciones que sufre nuestro mundo actual y que sufrimos cada uno de nosotros. Esas mismas tentaciones, más o menos encubiertas, son la que padecemos y las que nos hacen tropezar hoy día. Nadie está exento de sentirse atraído por el dinero, por el placer y por la fama o la autosuficiencia. Y quien diga que no las padece, es que ya ha caído en ellas y lo más triste es no darse cuenta.

 

El Pan.

 

Quizás a nosotros nos parezca hasta una cosa buena y legítima la que se  presenta a Jesús como primera tentación: convertir la piedra en pan. Pero esconde mucho más. Es la tentación que nos lleva a la vida fácil, es la tentación del placer sobre el amor, es la tentación de la esclavitud sobre la libertad. Y nos llega la tentación disfrazada de bienes que es legítimo tener. Y así escuchamos, a cada momento,  invitaciones disfrazadas que nos llevan al placer, a vivir “responsablemente” el sexo desenfrenado, a hartarnos y tener el vientre satisfecho cerrando el corazón al hambre y necesidad de los hermanos. La tentación de satisfacer todos los sentidos.

 

La tentación tiene un sentido más profundo, es olvidar  el “hambre de justicia y de amor, de libertad y fraternidad”. Por eso, Jesús responde como “Hijo de Dios”, con la Palabra de Dios: el hombre no solamente vive del pan material, sino que orienta su vida hacia la voluntad de Dios. Aunque quizás por momentos sea un pan amargo pero otorga la verdadera vida y la verdadera libertad al ser humano. El pueblo de Israel añoraba en el camino las cebollas de Egipto, y se olvidaba de la esclavitud en la que había vivido. También muchos de nosotros quisiéramos olvidar la verdadera libertad y ser esclavos de nuestros sentidos. Pasar de la libertad al libertinaje.

 

 

El becerro de oro.

 

Que difícil es superar la tentación del dinero y de los bienes. Ya decían los antiguos: “En arca abierta el más justo peca”. Nuestro corazón se apega primero a cualquier chuchería y después, cada día va ambicionando más y va justificando esa ambición. Ponemos el dinero como único bien. El dinero desplaza a Dios de nuestras vidas. Ya no importa nuestra relación con Dios. Está primero postrarnos ante el dinero. No tenemos tiempo para Dios. Y por dinero se compran y se venden conciencias, por dinero se corrompe la justicia, por dinero se cambian los ideales. Es la prueba de los reinos de este mundo. Es la tentación  del poder, del dominio sobre los hombres, de la autoridad impuesta por la violencia; de convertir la religión, la Iglesia y nuestra propia vocación en ocasión para dominar las personas. Es la tentación de suplantar a Dios por el becerro de oro. Jesús es libre y pobre. Desde su pobreza y su libertad responde: “está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Parecería una contradicción pero es una realidad: es más libre un corazón que no está atado al dinero. Es más libre el que nada tiene.

 

 

La seguridad en sí mismo.

 

Es la falta que cometió el pueblo de Israel cuando se confió a sus propias fuerzas y quiso aparecer como poderoso ante los demás pueblos. Cada vez que se confiaba en sus méritos, terminaba en el fracaso. Pero  es tentador aparecer, aparentar, dejarse llevar por la fama y el prestigio, sentirse autosuficiente. No depender de nadie y menos de Dios. Queremos ponernos nosotros mismos en el lugar de Dios. Buscamos la reverencia y el respeto de los demás. ¡Cómo quisiéramos ser el centro de todo! Y, desgraciadamente, utilizando a veces los argumentos más valederos, pero llevando en el interior intensiones perversas y mezquinas. Es la tentación de renunciar a la cruz, la tentación del prestigio. Es tentado el propio interior de la persona, sus más íntimos deseos. Y ahí, aún los más justos han caído. Jesús sin embargo nuevamente responde con la palabra de Dios: “No tentarás el Señor tu Dios”.

 

 

Tiempo de Cuaresma.

 

Es un tiempo especial, es tiempo de alejarnos al desierto, de mirar hacia nuestro interior, hacia adentro y descubrir los más íntimos deseos. Es tiempo de desnudarse de toda apariencia y preguntarnos frente al Señor cuántas veces y por qué hemos caído. No, no es tiempo de juzgar a los demás. Es tiempo de reflexión y de enmienda. Es tiempo de volverse a Dios, y de volverse a tantos hermanos despreciados, olvidados, oprimidos. Tiempo de justicia, de verdad, de liberación. Cada uno llevamos nuestras propias caídas y nuestras propias heridas, es tiempo de levantarse y sanar las heridas. Es tiempo de acogerse a la misericordia del Padre. De sentir su amor infinito que nos llama y nos exige. Es tiempo de revisar cuántos desencuentros, cuántas infidelidades, cuántas injusticias. Pero, al revisarlas, corregirlas; es la Cuaresma tiempo de conversión, y conversión significa caminar, reiniciar el camino de vuelta al Padre.

 

El mirar a Cristo en sus tentaciones, es oportunidad para que sepamos mirar la vida, y mirarnos en la vida; para que sepamos prestar atención a los caminos y proyectos que nos rodean, y enfrentarlos con los caminos y proyectos de Dios. Su retiro al desierto, nos invita a que apaguemos los ruidos que aturden y ensordecen, nos pide que acallemos las voces que esconden la voz de Dios, que nos olvidemos de escuchar cantos de sirenas que nos hablan de la felicidad de comprar, de poseer o de determinados caminos, y que volvamos a oír la voz del amor, la voz que se grita en el silencio y el desierto. Para eso existe la Cuaresma, para dejarnos seducir por Dios en el desierto, para volver a las fuentes, para volver a la fidelidad primera. Para sentir la reconciliación de los enamorados. Eso es la cuaresma: volver a quien está enamorado de nosotros. Pero nuestro volver pasa por el amor al hermano.

 

¿Cómo vamos a vivir esta cuaresma? ¿Cuáles son nuestras tentaciones? ¿Cómo podemos levantarnos? ¿Cómo vamos a volver al Padre y cómo nos vamos a reencontrar con los hermanos?

 

Concédenos, Dios todopoderoso, que nuestra cuaresma sea un verdadero desierto donde nos encontremos a nosotros mismos, donde descubramos la inmensidad de tu amor y donde comprendamos que la verdadera conversión pasa por el encuentro con el hermano más pobre y desamparado. Amén.

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