EL ROSTRO DE JESÚS, HOY
II Domingo de Cuaresma

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                                                                                  + Enrique Díaz Díaz

                                                                        Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

  

            En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

 

            Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

 

            No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

 

            Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

            ¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús! (Lc 9, 28-36).

 

Transformando la comunidad

 

Hace algunos años,  un grupo de jóvenes al reflexionar sobre el texto del evangelio de este domingo de cuaresma que nos presenta la transfiguración de Jesús,  se pusieron a pensar  que la colonia, con sus habitantes,  era ahora el rostro de Jesús y se cuestionaron cómo podrían ellos transformar la realidad de esa comunidad. En un primer momento se imaginaron como les gustaría que fuera su comunidad y qué era lo  que no les gustaba.  Y salieron a colación la pobreza, los niños de la calle,  las cantinas, los borrachos, las divisiones, la drogadicción, las bandas... Eran tantas las manchas y defectos que veían en ese rostro concreto de Jesús que presentaba su colonia que por momento se sintieron desanimados y empezaron a desistir de sus proyectos. Ellos eran, casi todos, aún adolescentes. Pero, sin dejar de pensar en un cambio más profundo que fuera al fondo de las situaciones, optaron por hacer de ese domingo de cuaresma un signo que manifestara su deseo de limpiar y embellecer el rostro de Jesús. Decidieron hacer una campaña de limpieza por todas las calles de la colonia y motivar a las personas  para conservar limpios los lugares. Remover todo lo que fuera basura o estuviera fuera de lugar, pero  como un compromiso de que este signo exterior debía corresponder a un cambio interior. Algunas personas se rieron de ellos, otros a propósito echaban más basura. Algunos les decían que eso era tarea del municipio. Pero hubo también muchas personas que los secundaron y se unieron a su esfuerzo y que, al menos por un día, hicieron que sus calles lucieran diferentes. No sé si ellos continúen con el propósito que habían hecho para cada año, pero esa primera vez causó una fuerte impresión en toda la colonia.

 

Rostros

 

Cada año recuerdo este acontecimiento y también cada año vienen a mi memoria la lista de rostros que enumera el documento de Puebla que habla del dolor y sufrimiento de los pueblos latinoamericanos: rostro de Jesús sufriente, rostro de Jesús despreciado, rostro de Jesús olvidado.

 

Así nos dice el documento de Puebla: “La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela: rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables, los niños vagos y muchas veces explotados, de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y desorganización moral familiar; rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación; rostros de indígenas y con frecuencia de afroamericanos, que viviendo marginados y en situaciones inhumanas, pueden ser considerados los más pobres entre los pobres; rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces, privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan; rostros de obreros, frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos; rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos; rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes materiales, frente a la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales; rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen. Compartimos con nuestro pueblo otras angustias que brotan de la falta de respeto a su dignidad como ser humano, como imagen y semejanza del Creador y a sus derechos inalienables como hijos de Dios”.

 

Rostros que interpelan

 

Son rostros de Cristo que nos reclaman una presencia y que hoy nos siguen cuestionando. Han pasado ya casi 30 años de que se nos propuso esta tarea y con dolor debemos confesar que no hemos logrado “limpiar” ni “transfigurar” el rostro de Jesús que sufre. Al contrario parecería que hemos ido ensuciando más ese rostro con nuestra indiferencia, con nuestra falta de compromiso y con las injusticias que a diario cometemos. Habría que añadir nuevos rostros que nos urgen a una transfiguración: el rostro del migrante que obligado por el hambre se arriesga en nuevas aventuras; el rostro de los niños vejados; el rostro de nuevos jóvenes destrozados por las drogas; el rostro de mujeres asesinadas, despreciadas y minusvaloradas; el rostro de  indígenas despojados de su cultura, de su tierra, de su riqueza y de su dignidad; y muchos otros rostros más que nos exigen una conversión.

 

Pasos de una transfiguración

 

“En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración”. Lo primero que me impresiona del texto de este día es que Jesús se hace acompañar. Igual que en aquel tiempo, hoy Cristo quiere hacerse acompañar. Y lo primero que nos obligaría es “acompañar” a esta lista inacabable de hermanos en los que Cristo está sufriendo. No podemos acostumbrarnos a mirar con indiferencia la pobreza ni el dolor. Nadie tiene derecho a vivir una vida si su hermano no la tiene a plenitud. Y muchas veces no podremos hacer nada más que estar ahí, junto al que sufre.

 

Sube al monte para hacer oración: el monte es la cercanía con Dios, es el ponerse en presencia de Dios y mirar las cosas como Dios las ve, con “sus ojos y su corazón”. ¿Estará Dios contento con esta situación que estamos viviendo? ¿Qué nos dice ante el dolor injusto de nuestros hermanos? Y esto hacerlo en momento de oración, de diálogo y de confianza.

 

“Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes” La transfiguración sucede mientras se está en oración, mientras se pone toda la vida frente al designio de Dios Padre. No como un huir de la realidad, sino como un cuestionar la realidad frente a su palabra y frente a su designio. Sólo en el diálogo con Dios podremos encontrar los verdaderos caminos de la transfiguración. Porque transfigurar, no es “maquillar” las situaciones, es cambiarlas de raíz que sólo cambiando el corazón del hombre se transformará la sociedad.

 

“Estaban rendidos de sueño…sería bueno que nos quedáramos aquí”. Se debe vencer la tentación del cansancio y del pesimismo, pero también se debe vencer la tentación de la indiferencia y el egoísmo. No basta que yo esté bien. Así han terminado muchos movimientos y causas justas, solamente en el bienestar de unos cuantos, casi siempre sólo los líderes, y eso no es la plenitud del Reino de Dios. No podemos hacer nuestras chozas aparte, no podemos olvidar el camino de Jesús.  Mientras Jesús se transfigura está hablando también de la muerte y de lo que le espera en Jerusalén. Al igual que Jesús nosotros tenemos un camino que pasa por el dolor, que pasa por la muerte y que pasa por el dar la vida por los hermanos. Dar la vida en la cruz de cada día. La invitación a la cruz es un escándalo, y Jesús invita a la superación de este escollo. La transfiguración aparece así como un relámpago en medio de la oscuridad. En medio de la noche de la cruz, la transfiguración presenta un esbozo de lo que espera a los seguidores de Jesús: la tarea no termina en la cruz. Sino termina en la vida.

 

“Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Envueltos en la presencia de Dios, simbolizada en la nube, reciben un mandato los discípulos: Escúchenlo”. Es la clave del relato: para estar en cercanía a Jesús no es necesario armar tiendas, sino escucharlo, vivir de su palabra. La peregrinación no ha terminado, estamos en camino aunque la transfiguración ilumine brevemente el escándalo de la cruz anunciada. Cada uno de nosotros en marcha a nuestro éxodo en el cielo miramos el monte, como Israel miraba el Sinaí en su éxodo. En ese monte, en la figura de Jesús, en sus palabras, en su muerte y resurrección encontraremos el camino de la transfiguración.

 

“Cruz y resurrección, van tan de la mano, que se hace imposible separarlas. La resurrección da un sentido nuevo y fructífero a una vida que quiere gastarse y entregarse, como el fruto da sentido al entierro del grano. Pero también, la muerte da un sentido nuevo a la resurrección, ¡¡¡el amor nunca se hace tan generoso como cuando da la vida!!!, y Jesús no será un Mesías “allá en las nubes”, sino uno que camina nuestros pasos, uno que pasó por la cruz y que se dirige a Jerusalén, tierra de Pascua, y tierra que es punto de partida de la misión”.

 

¿Cuál es nuestra tarea en esta cuaresma? ¿Cómo transfiguraremos el rostro de Jesús que se nos presenta en cada uno de los hermanos? ¿Cómo será nuestra propia transfiguración?

 

Señor, Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo, alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria y descubrir su rostro en cada uno de los hermanos.

 

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