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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas
En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: "¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante".
Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?' El viñador le contestó: 'Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’”. (Lc 13, 1-9).
Una imagen de Dios
La historia del hombre que estaba frente a mí es para sorprender a todo mundo. De fracaso en fracaso, de una situación complicada a otra peor y no lograba levantar cabeza. Hacía pocos días que había perdido a su padre, posteriormente había tenido un accidente que le había ocasionado no solamente graves trastornos económicos, sino que también moralmente lo había dejado muy afectado. Ahora, me comentaba, su hijo tenía graves problemas por la drogadicción y el alcoholismo. Pero lo más sorprendente es que él explica una historia de un pasado difícil y oscuro y todo lo ve casi como una venganza de Dios. “Yo estoy salado, pero yo tengo la culpa, porque yo ofendí a Dios gravemente y ahora me está castigando”. Y enumera una larga lista de desventuras y problemas, que él atribuye en ratos a su mala suerte, pero a cada momento regresa para decir que es un castigo de Dios.
¿Pecado igual a castigo?
¿Qué imagen tenemos de Dios? ¿Cómo percibimos a Dios en nuestras vidas? Parecen ser las preguntas que hoy nos propone la liturgia y lo que nos hace cuestionarnos de verdad sobre la propia vida. Las preguntas que le hacen los discípulos a Jesús, son un eco de lo que nosotros en nuestro tiempo seguimos pensando. Tanto cuando juzgamos a los demás como cuando nos juzgamos a nosotros mismos, descubrimos cuál es la imagen que tenemos de Dios y cómo percibimos a Dios en nuestras vidas. Es interesante cómo los discípulos leen “los acontecimientos” y cómo el mismo Jesús lee los acontecimientos. De hecho podremos aprender del texto de hoy a escuchar la voz de Dios en cada uno de los acontecimientos. Pero la conclusión que sacan los primeros, es equivocada. Tienen el concepto de un Dios vengador, policía, atento a los errores de los hombres para precipitarlos en su propia ruina por ser pecadores. Todo lo contrario nos dice Jesús: habla de un Dios misericordioso y cercano, pero no para que permanezcamos en nuestros pecados, sino precisamente porque somos pecadores, debemos convertirnos y dar frutos de conversión.
La urgencia de la conversión al aproximarse el juicio de Dios que los signos de los tiempos continuamente nos hacen recordar, es nuestra respuesta a la experiencia de un Dios que viene a sacarnos de la esclavitud de Egipto, que nos ayuda a reencontrar nuestra propia identidad como nos dice la primera lectura de este domingo (Éx 3, 1-15). El pueblo liberado es un pueblo en continua conversión. No es suficiente salir de Egipto, alimentarse del maná o saciarse del agua la roca para ser fiel a Dios: cada momento debe estar atento a la conversión. Así también el nuevo pueblo: no le basta ser bautizado, acercarse a la Eucaristía y vivir algunos ritos; le urge la conversión cada día. La Palabra de Dios nos invita a la revisión y al cambio pero, en las palabras de Jesús, con un nuevo tono: la misericordia de Dios, no tanto la justicia. Miremos nuestra vida a luz de los ojos de un padre amoroso, y no bajo la mirada de un juez implacable. Es el padre amoroso que escucha “el clamor de su pueblo que sufre”. El tiempo de Jesús es el tiempo de la paciencia del Padre. Dios no impone límites fijos. Un largo pasado de esterilidad no impide a Dios dar la posibilidad de producir frutos. Y no se trata de debilidad sino de amor.
Una higuera plantada en un viñedo
Sí, ahí está la higuera y parecería que tiene buenos frutos, muchas hojas, pero sólo está ocupando un lugar. El riesgo en esta Cuaresma es quedarnos en los signos externos y despreciar la verdadera conversión. La conversión es una profunda revisión del camino que ha tomado nuestra vida e implica un cambio de dirección. Conversión es paso de una fe adquirida pasivamente, fe solamente heredada, a una fe activamente conquistada. No basta “estar ahí”, “cumplir”, hay que estar activamente y dar frutos. La conversión es ruptura de una mentalidad orientada hacia el pecado, hacia los valores puramente humanos, hacia la autosuficiencia y el orgullo, para adherirse a los verdaderos signos de penitencia. Conversión es sobre todo adherirse al Reino que viene. Es un acercamiento a Dios, pero un acercamiento de pobre, de pequeño, de siervo, de hijo. Es un acercamiento respondiendo a su misericordia y su amor. Es la autenticidad de un comportamiento que rompe la distancia entre la fe y la vida. Dios nos espera con los brazos abiertos en ese momento decisivo. Pero espera de cada uno de nosotros un acto valiente, la plena y consciente aceptación del Reino de Dios con todas sus consecuencias. El paso hacia la libertad nadie puede darlo por nosotros, es un acto personal que ni Dios puede dar por nosotros.
Fue a buscar higos y no los encontró
Los frutos son una palabra de Dios para esta etapa de la historia. No podemos dar apariencia de frutos. Es triste comprobar que vivimos en sociedades que se llaman cristianas, que hay muchos bautizados, pero que encontramos frutos de torturas, desapariciones, asesinatos, violaciones, miedo, y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza. Cada vez que la Palabra de Dios nos presenta las imágenes de la vid o de la higuera, nos exige frutos. Desde Isaías y varios de los profetas, los frutos van unidos a la justicia y al amor que nos exige el Evangelio. Sin embargo, hoy hay quien se llama “cristiano” y paga sueldos de miseria; hay quienes son bautizados y se convierten en líderes explotadores; se puede tener “una fe o una religión” y ‘armonizarla’ con narcotráfico o prostitución; decirnos creyentes y voltear la espalda al necesitado. Y los resultados los tenemos a la vista: individualismo, hambre, pobreza, discriminación, división y aun manipulación de la religión para los propios fines.
Señor, déjala todavía este año
A mí me impresiona la misericordia del Señor. Si a nosotros nos tocara juzgar, ya habríamos condenado a muchos a la muerte y a la condenación (como de hecho sucede). O nos habríamos condenado a nosotros mismos es la desesperación. Pero el amor misericordioso de Dios es mayor que nuestro pecado. Parecería que nos deja experimentar nuestra impotencia y nuestra debilidad para manifestar más grande su amor. De ahí, donde parece que todo está muerto y perdido, saca vida el Señor. Pero, ¡atención!, que esto no sea una excusa para seguir pecando. Porque está muy clara la conclusión de la parábola: “Si no, el año que viene la cortaré”. Y recordemos cómo ha actuado el Señor. Cuando ha habido injusticia, “el clamor llega a sus oídos”. No nos hagamos ilusiones, no basta dar hojas frondosas que apantallen y aparenten. Hay que dar verdaderos frutos.
¿Cuál es la imagen de Dios que a mí me hace actuar: le temo como a juez, o lo amo como a Padre? ¿Cómo voy a vivir una verdadera conversión? ¿Qué frutos me exige el Señor?
Señor, Padre amoroso y lleno de misericordia, cuya bondad supera nuestros pecados, concédenos en esta Cuaresma una verdadera conversión y un cambio de corazón, que nos lleven a dar los verdaderos frutos de justicia, amor y paz que tu Hijo Jesús vino a enseñarnos.
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