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HIJO DE DIOS CON CRISTO
BAUTISMO DEL SEÑOR

Evangelio según San Lucas, capítulo 3,
versículos 15 y 16, 21 y 22
(Lc
3, 15-16.21-22)
+ Lectura del Santo Evangelio según San
Lucas
“En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y
todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías,
Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo
bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a
quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El
los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.
Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado.
Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en
forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú
eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”.
PALABRA DEL SEÑOR
REFLEXIÓN
Hijo de Dios
Hay
palabras que a fuerza de repetirlas van perdiendo su significado y no parecen
tener tanta importancia. Nos sucede a los sacerdotes que al proclamar la
palabra, quizás no tengamos la plena conciencia de lo que estamos diciendo. Hace
un año, celebrábamos la fiesta del Bautismo del Señor, y resaltábamos la
importancia de ser hijos de Dios. Después de casi un mes, se acercó a mi una
mujer, de aproximadamente treinta años de edad, y me comentó: “Vengo a darle las
gracias. El once de Enero, estaba yo completamente decepcionada. Las fiestas de
Navidad en lugar de llenarme de alegría me sumieron en una profunda depresión y
ya había decidido quitarme la vida. No le veía sentido, me sentía inútil,
despreciada, sucia, sin valor. Ni sé por qué vine a la catedral. Usted insistió
varias veces que hoy Papá Dios nos repetía a cada uno de nosotros: ‘Tú eres mi
hijo amado, mi hija amada’. No sabe cómo penetraron esas palabras en mi corazón
y tomé la decisión de enfrentar la vida como viniera puesto que Dios me amaba.
Todavía me llegan las depresiones y no supero bien mis crisis, pero recuerdo
esas palabras y me ayudan mucho. Gracias” Yo no recuerdo mucho qué dije ese día,
ni he sabido qué sucedió después con esta persona, solamente sé que si pensamos
seriamente en que somos hijos de Dios y que Él nos ama, nuestra vida tendrá otro
sentido.
Manifestación de Jesús
El
ciclo de la Navidad se cierra con la celebración del bautismo de Jesús que es
una manifestación más de su persona. El nacimiento nos lo muestra como el
“Dios-con-Nosotros”, el “Verbo Encarnado”, el “Verdadero Salvador”. La Epifanía
nos abría nuevos horizontes con el universalismo de la salvación, es un Dios
para todos, que rompe las barreras y hermana a todos los pueblos, “Luz que
alumbra a todas las naciones”. El Bautismo de Jesús, como un preludio de su vida
apostólica, nos muestra por una parte su vinculación y hermanamiento con todos
los hombres que en el Bautismo de Juan buscaban el arrepentimiento y la
conversión, pero por otra es la revelación de Jesús como Hijo de Dios y enviado
del Espíritu Santo. Así al mismo tiempo que asume el bautismo de Juan, con agua,
para la purificación según el uso judaico antiguo, muestra la gran diferencia
del bautismo según el Espíritu, que transforma el corazón, dando una vida nueva.
El Espíritu revela la verdadera identidad de Jesús y marca cuál es su misión en
la historia.
Hijo
amado de Dios
Aunque
ya Juan el Bautista lo proclamaba como “otro más poderoso que yo, a quien no
merezco desatarle las correas de sus sandalias”, es la voz del Padre
Celestial y la confirmación por la presencia del Espíritu quienes dan la plena
manifestación de la persona y de la tarea de Jesús. La declaración: “Tú eres
mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”, ratifica la misión que
realizará Jesús en la historia de la salvación. Jesús se compromete con entera
libertad en la obra de Dios Padre, camina en la construcción de un Reino nuevo,
donde los pobres y los olvidados tienen un lugar especial. El sentido del
bautismo de Jesús es insertarse en el Proyecto de Dios Padre que quiere que
todos tengan vida y la tengan en abundancia. Pero estas palabras y este proyecto
no quedan sólo en Jesús, se extienden a todo ser humano que debe reconocerse y
reconocer a los hombres y mujeres como “hijos predilectos de Dios”. Si nos
miramos con verdaderos hijos de Dios no podemos tener complejos de inferioridad
ni arrastrar a cuestas una vida considerada inútil. Si reconocemos que tenemos
la dignidad de ser hijos de Dios, ahí radica toda la fuerza y vitalidad del
creyente. Pero también nos compromete en el reconocimiento de los demás como
verdaderos hijos de Dios con quienes tenemos que construir su sueño y su plan de
salvación. Por eso, cuando realmente nos reconocemos como hijos de Dios, son
absurdas tantos las tentaciones del desaliento, como las discriminaciones e
injusticias en contra de los que participan de la misma filiación divina.
Participación trinitaria
La
manifestación de Jesús como una persona de la Santísima Trinidad, tiene también
una gran importancia para enseñarnos lo que acontece en el bautismo de cada
creyente. Cada bautizado es recibido e invitado a vivir plenamente esta comunión
trinitaria. Por eso son absurdos esos bautismos que queriendo hacerlos más
solemnes, se hacen como privados y especiales, pues rompen la comunidad y el
sentido de hermandad que el bautismo nos otorga. El bautismo, siendo un
compromiso muy personal, en nuestro caso asumido por los padres y padrinos, se
sitúa como el inicio del camino espiritual pero no puede quedarse en un ámbito
interior, sino que implica una responsabilidad para con los demás, un reto de
hacer de nuestro mundo, un mundo nuevo: el Reino de Jesús.
Bautizados en Cristo
Muchos
miran el bautismo como una especie de iniciación social y casi como un pretexto
para una reunión o fiesta familiar. Pero es mucho más, es el inicio de la
participación de la vida divina. Otros lo miran como un requisito pero el
bautismo no es un pasaporte a la eternidad, como si fuera una credencial o un
boleto que nos acredite para participar en eventos religiosos, pero el bautismo
es más : un regalo de divinidad y un compromiso personal de sumarnos a la
propuesta de Jesús. Cada día deberíamos renovar los compromisos bautismales.
Bastaría que recordáramos las renuncias a vivir en un mundo de pecado, de
egoísmo y de muerte, y asumiéramos los compromisos de creer un Dios Padre, de
unirnos a su Hijo Jesús y de dejarnos conducir por Dios Espíritu Santo.
Tendremos que renovar fuertemente este sentido bautismal tanto los padres y
padrinos, como los propios bautizados. Por el Bautismo nos injertamos en el
Cuerpo Místico de Jesús y nos hacemos templos del Espíritu Santo, no para
vanagloriarnos en falsas dignidades, sino para asumir nuestro especial papel de
discípulos y misioneros unidos a la misma misión de Jesús.
¿Qué
sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de
Hijo de Dios? ¿Cómo construyo mi comunidad a semejanza del Dios Trino de cuya
vida participamos por el bautismo? ¿Cómo respeto mi persona y la de los demás,
sabiendo que es templo del Espíritu Santo?
Dios Padre Bueno, que en el bautismo de Jesús nos invitas a participar de tu
vida Trinitaria, concédenos que, asumiendo con alegría nuestra dignidad de hijos
tuyos, trabajemos en la búsqueda de la verdadera unión, armonía y paz de todos
los pueblos. Amén
(Comentarios:
didez@hotmail.com)
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