Una mujer delante de Jesús

XI Domingo Ordinario

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                                                                              + Enrique Díaz Díaz

                                          Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas bañaba sus pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.

 

Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora”.

 

Entonces Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El fariseo contestó: “Dímelo, Maestro”. El le dijo: “Dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?” Simón le respondió: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”.

 

Entonces Jesús le dijo: “Haz juzgado bien”. Luego, señalando a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”. Luego le dijo a la mujer: “Tus pecados te han quedado perdonados”.

 

Los invitados empezaron a preguntarse a sí mismos: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Jesús le dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

 

Después de esto, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes. (Lc 7,36 - 8,3).

 

Escena cotidiana

 

Es una escena todavía común en los caminos de los Altos de Chiapas: la mujer cargada con enormes fardos de leña, de maíz o cualquier otro producto, es parte del paisaje cotidiano en las altas montañas y los sinuosos caminos. Pero esta mujer parecía exagerar: con un enorme tronco sosteniéndolo al frente con sus brazos, el niño colgando del cuello por su espalda y en la cabeza otro bulto que no nos explicamos cómo lograba sostenerlo, caminaba erguida y sudando copiosamente. Además, caminaba descalza y parecía venir de muy lejos. Nos pareció la viva imagen de una situación de injusticia, opresión y discriminación que vive la mujer indígena.

 

La mujer en nuestros días

 

Se ha hablado mucho de los derechos de la mujer, y con orgullo, muchas organizaciones se acreditan grandes logros y avances y, sin embargo, ahí está la grave realidad que se nos presenta con sus cifras alarmantes ante nuestras conciencias. No es posible continuar impasibles ante esta situación. La mujer en todo México es discriminada, golpeada, maltratada y minusvalorada. Cuando, sobre todo en las comunidades, se analizan los porcentajes de analfabetismo, se descubre que de cada 10 personas analfabetas, 7 son mujeres. Y no es por falta de capacidad, sino por falta de oportunidades.

 

En un mismo trabajo, a la mujer se le exige más, se le paga menos y tiene que sufrir agresiones, acosos y chantajes para conservar su trabajo. Son tan pocas las oportunidades y tanta la necesidad, que se abusa del trabajo de las mujeres, se les exprime con pesados horarios y miserables sueldos. Son muchas las jóvenes que son explotadas en el trabajo doméstico a cambio de recibir unos cuantos pesos; el albergue para poder continuar con sus estudios es cobrado con trabajos excesivos y humillaciones constantes. Pero todo hay que aguantarlo, ya que “sólo somos mujeres”, nos han dicho con frecuencia.

 

La migración provoca abandono del campo, pero la mujer sigue sosteniéndolo, y así ahora, además de cuidar sola de los hijos y la casa, también se ha convertido en peón del campo, soportando jornadas interminables.

 

La fascinación de la ciudad y de la vida fácil ha hecho que lleguen a las ciudades grandes grupos de jovencitas con la ilusión del estudio o de un mejoramiento de su vida. Acaban ellas cayendo en la trampa de la prostitución, de la esclavitud y de la vida “fácil”; rechazadas, criticadas por la misma sociedad que las ha pervertido y contaminado. Acaban como apestadas, pero siempre solicitadas en sus servicios. Y luego los dichosos concursos de belleza que hacen creer a las adolescentes que todo su valor consiste en una cara bonita o un cuerpo atractivo, y ¡cómo se esfuerzan por lograrlo!, olvidando los verdaderos valores y la verdadera belleza.

 

La mujer ante Jesús

 

¿Cómo trata a Cristo a la mujer? Tenemos que reconocer que el pueblo de Israel en tiempos de Jesús, en cuestión de derechos de la mujer, no era ningún modelo a seguir: se le miraba como ocasión de pecado; no tenía derechos; la oración tenía que hacerla en lugares aparte porque no era “digna” de presentarse ante el Señor; al quedar sola, perdía la posesión de la tierra. Cristo, conociendo toda esta situación, rompe todos los esquemas, y cada vez que se encuentra con una mujer la trata con dignidad, con respeto y con amor. Siempre que una mujer es mirada por Jesús, retorna a su vida valorada y reconocida. Uno de los ejemplos más claros lo tenemos en el Evangelio de este día. En una contrastante paralelismo, San Lucas nos presenta las diferentes actitudes de la mujer “pecadora” y del “justo” fariseo”.

 

En el Evangelio, una mujer –¡y qué mujer!– se atreve a estropear una sobremesa cuidadosamente preparada. La arrogante entrometida no sólo quebranta las leyes de la buena educación, sino que, además, comete una infracción de tipo religioso: un ser impuro no debe manchar la casa de un hombre socialmente puro (un fariseo).

 

De un momento a otro, Cristo pierde su dignidad de profeta a los ojos de su anfitrión: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”. Y Jesús deja hacer, no corrige ni al fariseo ni a la mujer.

 

La mujer a nadie ha engañado: ha repetido los gestos de su oficio; la misma actitud sensual que ha tenido con todos sus amantes. Pero esta tarde sus gestos no tienen el mismo sentido. Ahora expresan su respeto y el cambio de su corazón. Y el fariseo, también sigue sus mismos parámetros: condenar, ordenar, juzgar. Cristo mira el corazón de ambos.

 

Salen aquí a la luz dos dimensiones de la salvación. Por una parte, estalla la libertad propia del amor. En esta comida, el fariseo tenía todo previsto y preparado. Pero basta con que una mujer empujada por su corazón entre sin haber sido invitada, y la sobremesa cambia del todo. Por otra parte, el episodio revela la liberación ofrecida por Jesús. El Mesías proclama con sus actos y palabras que el hombre ya no está condenado a la esclavitud de la Ley y de una religión alienante. El cristiano es un ser liberado sobre la base de esa fe hecha amor práctico que predica Jesús: «Tu fe te ha salvado».

 

En la antigüedad, las prostitutas eran consideradas esclavas; socialmente no existían. Sin embargo, esta tarde una prostituta escucha las palabras de absolución y de canonización, porque ha hecho el gesto sacramental, ha expresado su decisión de cambiar de vida. Así se coloca a la cabeza del Evangelio. ¿Qué otra cosa pueden significar las palabras de Cristo “tus pecados están perdonados”?

 

Así, Cristo cambia en un solo instante toda la discriminación y marginación de la mujer. Y de paso nos deja fuertes cuestionamientos sobre la situación de la mujer en el mundo actual. ¿Cómo la tratamos? ¿Cómo la respetamos y cómo valoramos su dignidad?

 

Padre bueno, que descubramos tu belleza y tu amor en cada mujer que encontremos a nuestro paso; que sepamos tratar con respeto y dignidad a cada una de ellas y que crezcan en el verdadero amor y en la verdadera belleza. Amén.

 

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