Un nombre hecho vida
Natividad de Juan Bautista
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan gran misericordia, se regocijaron con ella.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.
Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.
Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño” Esto lo decían porque realmente la mano de Dios estaba con él.
El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel. (Lc 1, 57-66.80)
Mirando el futuro
Platicaban con gran animación los adolescentes sobre cuál sería el futuro de sus vidas. Ya está próximo el fin de cursos y cada uno debe ir decidiendo dónde va a continuar sus estudios, primeros pasos para “ser alguien” en la vida, decían ellos. Entre bromas y chistes fue diciendo cada quien cómo pensaba que sería su futuro. Las profesiones más socorridas entre ellos, son la de maestro, la de doctor, la de ingeniero y algunas otras que poco a poco fueron enumerando. Pronto aparecieron las dificultades de cada una: que tenían que estudiar mucho, que si era muy difícil conseguir el ingreso a las universidades, pero la razón última parecía ser, para casi todos, en cual profesión se ganaba el dinero de la forma más fácil. No faltó alguno, no se si en broma o en serio, que decía que su “horóscopo” y los astros le aconsejaban una determinada profesión. Muy poco se fijaron en aptitudes y servicio; casi nadie expresó qué profesión lo haría más feliz y por qué. Solamente pensaban en dinero y comodidad.
El mero día de San Juan
Este domingo interrumpimos nuestro camino de los domingos ordinarios para celebrar la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista. De todos nosotros es conocido como el precursor, por su vida y misión y por anunciar y preparar la llegada de los tiempos mesiánicos, que ven su cumplimiento en Jesús. Si leemos con atención el evangelio de San Lucas, que hoy nos narra este acontecimiento, descubriremos muchas enseñanzas que para nuestro tiempo, en un primer momento, nos parecerían fuera de lugar, pero que si reflexionamos más profundamente tendríamos que pensar no solamente en la vocación y en la misión de Juan el Bautista, sino en la misión y en la vocación de cada uno de nosotros.
“El Señor le había manifestado tan gran misericordia”
Lo primero que descubrimos es que cada vida es un regalo de Dios. No estamos en el mundo por azar o por determinismo. Cada vida está en las manos de Dios. Claro que esto es fácil decirlo cuando la vida nos sonríe y que es muy difícil sentirlo cuando las cosas son oscuras y adversas. El profeta Isaías nos dice desde su propia experiencia: “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre; cuando aún estaba yo en el seno materno, él pronunció mi nombre”. Es mirar la propia vida como regalo de Dios y no entrar en el ambiente mercantilista y economista de nuestro ambiente.
En los últimos días nos hemos enfrascado en discusiones sobre el aborto y los días que todavía sería legal, como si pudiéramos “regatear” cuando y dónde nos parece bien que inicie la vida. Nos hemos olvidado que un aborto es siempre consecuencia de una agresión anterior a la mujer o de un desprecio y valoración muy pobre del acto procreador. No, el aborto nunca viene solo, es consecuencia de muchos abusos anteriores, de falta de educación y de responsabilidad. Queremos establecer clínicas para el aborto, cuando miles de mujeres campesinas e indígenas siguen arriesgando la vida en cada parto, donde no hay lo más elemental para atender el nacimiento de un niño y donde se mueren de enfermedades propias de la pobreza y de la miseria. No estamos cuidando la vida con responsabilidad.
Y por otro lado, se inicia otra nueva discusión sobre la eutanasia. “El bien morir”, si lo entendemos en el sentido positivo, sería una gran oportunidad para atender y cuidar a tantas personas ancianas y solas que nadie, ni familiares, ni sociedad, nos preocupamos por atender. Pero si va a ser un pretexto más para deshacernos de personas que se han convertido en una carga para la sociedad o la familia, será un crimen horrendo. Nadie puede ser obligado a prologar por medios artificiales una vida que ya no se ven esperanzas de sostener, pero tampoco nadie puede, a su propio arbitrio, sacrificar una vida solo porque a él mismo o otros no les parece útil. Y más que legitimar muertes, habría que procurar a ayudar a bien vivir a quienes están desprotegidos en los últimos días de su vida.
Juan es su nombre
El nombre, más que un gusto de los padres como sucede entre nosotros, representa una misión. Y la misión de Juan es hermosa pero muy riesgosa: “Es el hombre enviado por Dios para dar testimonio de la luz, y prepararle al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo”. No es, como la gente del pueblo dice, que tengamos “marcado el signo y que nadie pasa de esa raya”, sino es la oportunidad que Dios nos da de ser testigos de su luz. Más que fijarnos en dónde se gana más dinero, sin descuidar el lograr una vida digna, debemos mirar dónde realizamos mejor la misión que Dios nos ha dado. Cada uno de nosotros tenemos que ser una luz que alumbre, un fuego que caliente, un lucero que oriente en el camino. Pero, esta luz debe brotar de dentro de nosotros mismos. De lo contrario corremos el riesgo de ser solamente candil de la calle y oscuridad de la casa.
Se regocijaron
En notable como en los breves párrafos del evangelio de este día, aparecen varias veces la expresión de la verdadera alegría. Se habla de un gran regocijo, se habla de admiración, se habla de compartir y de poder alabar porque Dios estaba con él. Hoy hace mucha falta esta verdadera alegría, vamos cargando con la vida a regañadientes y no tenemos armonía interior. Por eso fácilmente despreciamos tanto la vida propia como la de los demás. Esta fiesta de San Juan Bautista, el que murió por ser testigo de la verdad, el que mostró el Cordero de Dios a los hombres, nos enseña cómo un hombre puede ser fiel a su vocación y cómo puede vivir plenamente en armonía consigo mismo cuando ha encontrado en su interior lo que buscaba, que no tiene que llenarse de cosas externas para ser feliz, que no tiene que vivir de apariencias para sentirse importante. Las preguntas de rigor hoy serían: ¿Cuál es mi misión en esta vida y cómo la estoy cumpliendo? ¿La vivo con armonía, con felicidad y pasión aún en medio de los naturales problemas que tengo que enfrentar en la vida? ¿Cómo estamos ayudando a los adolescentes encontrar su verdadero camino? O para los adolescentes sería: ¿En qué valores me apoyo para tomar una decisión en mi vida?
Dios, Padre misericordioso, que quisiste preparar los caminos de tu Hijo con el envío de Juan Bautista como su “precursor”; haznos a todos nosotros “precursores” de tu Hijo, para que allanemos los caminos y eliminemos los obstáculos al crecimiento del Amor y de la Unidad. Amén.