¿A quién nos parecemos?
XV Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús, le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante, Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondo: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. (Lc 10,25-37).
Migrante centroamericano
Dejar familia, hijos, casa, milpa, todo, fue una decisión muy difícil. Pero al final la tomó. No podía seguir viviendo en aquella pobreza. Algunos de sus vecinos ahora estaban en una situación mucho mejor, gracias a los dólares ganados en Estados Unidos. Es cierto que algunos no habían regresado y otros habían regresado enfermos o mutilados. Siempre se imaginó los peligros del camino. Escuchó atentamente los consejos de los “viejos” que antes habían realizado la misma aventura. Le hicieron mil recomendaciones y él se juró que no cometería los mismos errores que ellos. Pero ahora ahí está: destrozado en su camastro, sin dinero, sin familia, ¡sin piernas!, y sin ganas de retornar a su patria.
“Lo que más me duele es que confié en personas que creí que eran buenas, y solamente me robaron y me dejaron tirado. Los que más nos debían proteger son los que más daño me hicieron. No puedo volver a confiar en nadie”, se expresa con resentimiento y amargura.
Los ladrones
La parábola de Jesús hoy se hace dolorosamente real. Las primeras personas que encuentra el caminante de la parábola siguen haciendo de las suyas en este momento: Cayó en manos de unos ladrones. A nadie extraña que nuestro vecino o nuestro familiar cuente las penurias de un robo. De tanto suceder, ya parece cotidiano. A todos nos ha sucedido, y a algunos ya parecería natural. Pero precisamente por eso nos debemos cuestionar: ¿por qué el robo, el secuestro, la extorsión, se han hecho tan comunes en nuestro ambiente? Pero no sólo los acontecimientos violentos son los que dejan tiradas a las personas a la orilla del camino: el mismo sistema las despoja y las arroja a lo largo del camino. Así, cada día son más los pobres, más los que no alcanzan el progreso, más los que no tienen suficiente para comer, para curarse, para educarse. Hay en nuestro tiempo otro tipo de ladrones que roban las tierras, que roban las vidas y que van dejando solamente despojos humanos a su paso.
Los indiferentes
En una ocasión, ciertas personas me comentaban que es muy poco lo que se puede hacer ante tanta miseria humana y que no vale la pena angustiarse. “Así nos ha tocado la suerte. Hay unos que tienen y otros que no tienen nada”. No, no puedo aceptar que sea voluntad de Dios que unos vivan en la miseria mientras otros viven en la opulencia. Claro que es más fácil hacerse el desentendido y cerrar las cortinas de la casa y del corazón para no contemplar la pobreza. O bien, disfrazar nuestra indiferencia con migajas que lo único que sacian es nuestra conciencia, pero que no nos comprometen en construir un mundo más justo. Así pasaron el sacerdote y el levita, quizá para cuestionarnos si la religión y la ley se hacen cargo serio de las situaciones de injusticia, o si solamente se limitan a sostener un sistema y hacerse de la vista gorda frente a los graves problemas mientras no les afecten en sus intereses.
Los negociantes
Siempre me ha llamado la atención un personaje de la parábola que trata de pasar anónimo y quedarse en el olvido: el dueño del mesón. Sí, ese que parece escurrirse entre los culpables y el bondadoso samaritano para que nadie lo note. Así también sucede hoy. Hay quien hace negocio de la necesidad del caído en desgracia. Así como alabamos la solidaridad en los momentos críticos de nuestra Patria, así también tenemos que reconocer que en esos momentos tan dramáticos hay quien, aprovechando la necesidad, trata de llenar su bolsillo a costa de la desgracia de las personas. Bueno, y no solamente en esos eventos extraordinarios. Hay quienes sistemáticamente engañan y medran con la ignorancia de los que menos tienen. Con frecuencia se comenta que, de los programas de ayuda, quienes salen más beneficiados son los intermediarios, y a los pobres sólo llegan las migajas. Hay quienes hacen negocio de la pobreza.
El Samaritano
De un modo plástico, Jesús nos responde quién es el prójimo. La respuesta es clara: a quien debemos acercarnos y amar en primer lugar es al caído, al herido, al que sufre violencia, al despojado de sus derechos de persona, sin importar su nombre, ni su país, ni su edad, ni su religión. Nosotros decimos: primero los de casa. Jesús, sin negar que debamos hacernos prójimos de los de casa (¡y cuánto lo necesitan!), propone otro modelo: un hombre asaltado, uno cualquiera que, por no tener ni nombre ni patria, personifica a la humanidad. Son, pues, dos cambios revolucionarios para el pueblo de Israel: uno, en el concepto del prójimo, que ellos sólo entendían al de su propio pueblo y al de su propia sangre; otro, en el orden de preferencia.
¿A quién nos parecemos?
Este Evangelio es uno de los más hermosos, pero también de los más exigentes. Jesús es el mejor Samaritano, pues se compadece de nuestras heridas y dolencias, nos libera de los enemigos, nos cura, nos lleva en sus hombros, nos unge con aceite y vino, nos cuida y entrega su vida por nosotros. Es el ejemplo a seguir. Pero también nos propone a varios personajes que parece que fácilmente nos pueden servir de espejo en nuestro modo de ser prójimo: hay quien se aprovecha del hermano, hay quien pasa indiferente, da un rodeo y todavía se justifica. Hay quien hace negocio de la necesidad del otro. Y finalmente hay quien se compromete, se hace cargo, analiza la situación y busca las soluciones. Ése es el auténtico amor humano que se conmueve ante la persona maltratada y herida.
¿Con cuál de estos personajes nos identificamos más frecuentemente? ¿Por qué? ¿Qué necesitamos cambiar en nuestra persona, en nuestra sociedad y en nuestro sistema para no dejar prójimos tirados a la orilla de camino, para reconocer a nuestro prójimo y para comprometernos con ellos?
Señor, Tú que iluminas a los extraviados con la luz de tu Evangelio para que vuelvan al camino de la verdad, concede a cuantos nos llamamos cristianos imitar fielmente a Cristo en su amor, compromiso y entrega a los hermanos, hasta dar la vida por ellos y construir un mundo mejor. Amén.