+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las casas
En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros".
Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: "¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?" Después le dijo al samaritano: "Levántate y vete. Tu fe te ha salvado". (Lc 17, 11-19).
Nuestros pueblos
Siempre me he preguntado si su agresividad y su locura fue provocada por las burlas y las agresiones de los demás, o si el miedo que inspiraba, su mirada y su gesto, provocaron toda esa agresividad en su contra. Lo cierto es que cuando yo lo conocí todos lo llamaban “el loco”. Apenas aparecía por la calle y empezaban los gritos y las burlas: “loco, loco, loco”. Entonces, él, descompuesto por la ira, tomaba piedras, palos o cualquier objeto que encontraba a mano, para lanzarlo a la jauría de chiquillos que se estaban burlando de él. Y no eran sólo los pequeños. Se escondían todos y de un lado y otro seguían insultándolo. Más gritos y más agresión provocaban. Se llamaba Manuel, pero nadie le decía su nombre. En su casa, por piedad y conmiseración, encontraba un poco de paz, pero había momentos difíciles para sus mismos padres, ya que no podía trabajar, no podía salir en paz a la calle y se tornaba un verdadero peligro. No supe después que fue de él, pero me sigo preguntando sin en lugar de agresividad y burla, hubiera encontrado ternura y comprensión, otra hubiera sida su vida.
Las lepras actuales
La lepra en la Biblia aparece como un castigo divino. Los leprosos eran vistos como personas impuras y pecadoras de las que todo mundo debía apartarse. Eran expulsados de la comunidad y del culto, sufriendo marginación total. Debían vivir separados de la comunidad y anunciarse gritando: “Impuro, impuro”. Como la enfermedad era tenida por incurable, la única esperanza que tenían estos enfermos era prácticamente un milagro. Aislados, rechazados y con su carne consumiéndose, los leprosos eran condenados al aislamiento, a la soledad y al desprecio. Hoy la medicina ha avanzado mucho y aunque la lepra sigue causando repugnancia a muchas personas, no se mira del mismo modo. Pero si la concepción de la lepra ha cambiado, la actitud de rechazo a las personas diferentes, la discriminación y el rechazo parecen ir en aumento.
“Es horrible el rechazo que sentimos, cuando decimos que somos drogadictos y alcohólicos en recuperación. Nos cierran las puertas, voltean la cara ¿Cómo podremos entonces recuperarnos?” Afirmaban una pareja de jóvenes que pedían apoyo para su centro de recuperación. Así podremos ir hablando de cada uno de los grupos que son mirados con desprecio por una sociedad que cada día es más elitista. Los indígenas son mal vistos y mal juzgados en muchos ambientes. No es raro encontrar personas que se alejan de ellos y en reciente encuesta muchos preferían no tener por vecino a un indígena. A pesar de las grandes campañas, se mira con recelo a los enfermos de Sida. Se les desprecia y se les aísla. Son muchas las categorías de personas que miramos con recelo solo porque no son de nuestro grupo, porque piensan diferente, porque son de otras razas, porque tienen tendencias diferentes. Las mujeres, los pobres, los homosexuales, los diferentes, parecen no tener cabida en nuestra mesa. Los miramos de la misma manera que miraban los judíos a los leprosos y los condenamos al aislamiento y a la soledad.
Jesús y los leprosos
¿Qué hace Jesús? Los milagros de Jesús no son para demostrar su autoridad o para justificar sus acciones, no buscan demostrar la divinidad. Los milagros de Jesús están encaminados a dar liberación, vida y a integrar a las personas tanto en su interior, como a la comunidad. Este es el sentido que hoy encontramos en el milagro de Jesús. No está de acuerdo en una sociedad que rechaza y condena, no es esa su misión. El da la vida, la salud, las oportunidades, no porque seamos buenos, puros u observadores de la ley, sino porque nos ama, su amor es desinteresado, no busca nada a cambio. Y esta es la primera enseñanza que nos puede dejar el milagro de los diez leprosos: reconocer a los marginados por la sociedad, descubrir a los discriminados de nuestro ambiente y buscar integrarlos, darles un lugar en nuestra comunidad, devolverles la vida. ¿A quién hemos estado segregando? ¿Somos nosotros universales, abiertos de corazón, dispuestos a ayudar a los forasteros, a los que no coinciden con nuestros gustos? Dios ofrece su salvación a todos, sin mirarles el color de la piel. Jesús cura a todos, sin dar importancia a que sean considerados pecadores, impuros o forasteros. ¿Y nosotros? ¿Acogemos así al hermano que es diferente?
Nuestra lepra
Pero hay también otra enseñanza podría ser también muy enriquecedora: mirarnos a nosotros mismos como los modernos leprosos. Sí, toda corrupción, todo egoísmo y toda envidia es lepra moderna. El pecado es la moderna lepra que carcome, destruye y avanza. El pecado es la moderna lepra que nos aparta de la comunidad, que nos quita la convivencia, nos aleja, destruye a nuestras familias y a la misma persona que se deshace a pedazos. Pensemos en cualquier pecado: robo, injusticia, mentira, adulterio, borrachera…. Cualquier pecado nos aleja de la comunidad y destruye a la familia. Hoy igual que los leprosos, frente a nuestra impotencia para superar el pecado tenemos que gritarle a Jesús: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Y el Señor Jesús, nos invita a que, dejado nuestro pecado, nos volvamos hacia la comunión con Dios, con la comunidad y con nosotros mismos. No podemos vivir siempre con nuestro pecado.
Gracias, gracias
Finalmente, por la gran riqueza que tiene el Evangelio de este día, quisiera que también tomáramos en cuenta en nuestra reflexión, ese llamado de atención que hace Jesús después del milagro. Solamente uno, y es extranjero, ha regresado para dar las gracias. Dicen que un termómetro para detectar la grandeza de una persona es la sinceridad de su agradecimiento. Hay quienes caminamos por la vida como si nos lo mereciéramos todo, derrochando todo y sin agradecer nunca nada. “La tierra se vuelve estéril a fuerza de ingratitudes” dice el himno y cuánta razón tiene. Debemos hacernos hoy esta pregunta, para checar cómo está nuestro corazón: ¿Realmente soy agradecido? ¿A quién le he manifestado con la sonrisa, con la atención, con un sencillo gracias, que agradezco el bien que me hace? Pero no es sólo dar las gracias, Jesús nos pide una actitud más profunda: un creyente se tiene que situar frente a Dios, no como exigiendo derechos, sino con humilde actitud de recibir todo por puro amor de Dios hacia nosotros. ¿Vivimos así nuestra vida como un regalo del amor de Dios?
Señor Jesús que nos has mostrado que las barreras y las fronteras sólo destruyen la comunidad, concédenos superar la lepra del egoísmo y la ambición y danos un corazón alegre y agradecido que comparta con sus hermanos el don de la vida. Gracias por tu gran amor, Señor. Amén