La fuerza de la Resurrección

XXXII  Domingo Ordinario

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+ Enrique Díaz Díaz

Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?"

 

Jesús les dijo: "En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

 

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven".  (Lc 20, 27-38).

 

Testigos de resurrección

Luciano y Rosina son una pareja ejemplar. Es admirable su entrega en la construcción de la comunidad y sobre todo en la atención a los niños con problemas o deficiencias. Siempre con alegría y dispuestos para el servicio. “Carlitos es quien no enseñó y nos sostiene en estos trabajos”, me dicen y me narran su historia. Su hijo Carlos, después de una prolongada agonía, murió de leucemia. Durante su enfermedad, hubo momentos terribles de desesperación y rebeldía, hasta llegar gritos e incomprensiones entre ellos mismos y contra Dios. Pero cuando ya estaba para morir, Carlitos, de tan sólo 10 años, con una tranquilidad admirable, les dijo que no se apuraran, que él ya se iba con Dios, que estaría muy bien con Él y que los seguiría queriendo siempre. “Nosotros no sabemos cómo es la resurrección, pero todos estos años  muy cerca de nosotros hemos sentido su presencia y su compañía en nuestras vida. Sin poder decir cómo, también hemos experimentado la presencia de Jesús resucitado, es algo que sentimos en nuestro corazón”.

 

Anuncios catastróficos

El mundo se nos presenta con frecuencia como herido de muerte. Los profetas del desastre nos insisten cada día en los diversos fenómenos que nos aterrorizan y ponen en estado de angustia. Nos presentan un mundo que parece a punto de derrumbarse frente a los graves deterioros que la misma humanidad le ocasiona. No les falta razón: las guerras cada día son más sangrientas y destructivas, los fenómenos naturales arrasan con países enteros, el hambre azota a más de la mitad de los hombres, la inmoralidad, la injusticias, los secuestros, la droga; todo parece confabularse para una autodestrucción de la humanidad. ¿Tienen razón quienes anuncian un final inminente? ¿Vale la pena seguir luchando cuando la muerte nos acecha a cada instante? Hay quienes afirman que no y se entregan a una vida de placer y desenfreno que deteriora más la naturaleza y la convivencia humana. “Si no está próximo el fin del mundo, al menos ya estará cerca mi propia muerte y ¿para qué seguir luchando?” Incluso hemos encontrado en nuestro estado, sectas religiosas que, proclamando un inminente final, se han aprovechado de los bienes y tierras de incautos que han caído en sus falsas predicciones.

 

El más allá

¿Qué hay más allá de la muerte? Es el problema fundamental de la existencia. Si todo termina en la fría losa de un cementerio, si no hay nada más allá, ¿tiene sentido seguir luchando, construyendo y amando? El futuro es para el hombre una dimensión importantísima que condiciona las expectativas, los planes y los esfuerzos por construir un mundo mejor. De acuerdo a la concepción que tengamos del final de nuestro camino serán los pasos que vayamos dando diariamente. Esta pregunta, de manera irónica y capciosa se le hace a Jesús. Los saduceos, más anclados en sus seguridades y comodidades, niegan la resurrección y pretenden ridiculizar a Cristo con sus cuestionamientos.

 

La respuesta de Jesús no pretende saciar nuestra curiosidad del más allá, sino va más a fondo: la resurrección no es una mera continuidad de esta vida, sino una plenitud de una vida transfigurada y vivida plenamente como hijos de Dios, pero no para olvidarnos de esta vida, “porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”. Lejos de proponer una actitud conformista frente a la dura realidad que vivimos, propone una nueva actitud creadora y generadora de vida porque para Jesús no tiene sentido una religión de muertos, sino que el Dios de la vida se hace presente y muy vivo en cada momento del caminar del creyente.

 

La fuerza de la Resurrección

Los creyentes tenemos que recordar, y en estos momentos más que nunca, que creer en la resurrección es mucho más que cultivar un optimismo barato en la esperanza de un final feliz. No tenemos derecho a adormecernos y alentar el conformismo con un final fantasioso de la resurrección que vendría a resolver todos los problemas pero ¡en el más allá! El Dios en quien creemos no es un Dios de muertos sino de vivos. La experiencia de Cristo resucitado nos hace vivir ya aquí y ahora una fuerza que construye y compromete. Quien cree en Cristo resucitado descubre en Dios a un Padre apasionado por la vida que nos impulsa a amar y defender la vida de un modo nuevo. El creyente está llamado, desde aquí y ahora, a la resurrección y a la vida precisamente ahí donde se es lesionada, despreciada y ultrajada esta vida. ¡Qué poco valor se le da a la vida! Lo miramos en el trato a los migrantes, a los indígenas, a los ancianos y a todos los pobres que a los ojos de los poderosos nada valen.

 

La resurrección se hace presente donde se lucha y hasta se muere por defender la vida en cualquiera de sus más débiles manifestaciones. Precisamente cuando está más indefensa más requiere de la protección y el cuidado de todos nosotros. Precisamente porque creemos en la sacralidad de la vida, entregaremos todas nuestras fuerzas a protegerla, a cuidarla y a fomentarla.

 

Es de sabios recordar en todo momento de dónde venimos y a dónde vamos. Hoy Jesús nos invita a tener despierta esa actitud que al mismo tiempo que construye firmemente en el presente, está mirando hacia el final del viaje que tarde o temprano llegará para cada uno. Este mundo no es nuestra meta, pero desde este mundo vamos experimentando la Resurrección de Jesús que nos alienta y nos llena de esperanza frente al futuro. Nosotros también estamos destinados a la plenitud de la vida en Dios, aunque no sepamos cómo.

 

¿Cómo hacemos presente en nuestra propia vida al “Dios de los vivos”? Frente a la muerte cercana de nuestros parientes y amigos, ¿Cómo experimentamos la Resurrección de Jesús? ¿Qué acciones concretas estamos realizando para defender la vida: en la naturaleza, en el ambiente, en los enfermos terminales, en el niño concebido, en los pobres, nuestra propia persona?

 

Padre misericordioso, ayúdanos a mirar nuestras preocupaciones con esperanza y ponerlas  en tus manos paternales, a fin de que podamos entregarnos con mayor libertad a construir tu Reino de Vida. Amén.

 

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