Abrir brecha
II DOMINGO DE ADVIENTO
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.
Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.
Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones pensando que tiene por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han convertido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. (Mt 3, 1-12)
Rotas las comunicaciones
Después de varios días de intensa lluvia comenzaron a llegar los rumores. Se hablaba de muchas comunidades afectadas, de varios poblados aislados y se especulaba sobre la situación de diferentes personas de las que no se tenía ninguna noticia. “Lo primero es buscar establecer comunicación. No debemos dejarnos llevar solamente por rumores, pues puede afectarnos mucho y no responder realmente a las necesidades”, dijo uno de los asistentes. ¡Qué difícil establecer comunicación en esas circunstancias entre los pueblos ya de por sí aislados: la caseta telefónica inservible, las carreteras destrozadas por los deslaves, los puentes caídos, aun las llamadas “hamacas” –puentes peatonales colgantes en los ríos– estaban destruidas, unos pocos radios y un sinnúmero de rumores. “Lo primero es buscar comunicación, como sea: por puentes provisionales, por mensajeros, por helicópteros… Lo urgente es establecer contacto”. Así se iniciaba una tarea grande de reconstrucción y esta escena fue algo que se repitió constantemente en los últimos días en las comunidades afectadas de Chiapas. Quien se quedó completamente aislado, de quien no supimos nada, quedó a merced de su propia suerte.
El hombre aislado
El desierto en la Biblia tiene un significado profundo. Al desierto se va a hacer oración, a encontrarse con Dios. Desde el desierto nos llega una voz poco tranquilizadora: “Conviértanse… preparen… enderecen”. El llamado de urgencia y el velar que recordábamos el domingo anterior, ahora se expresan en acciones concretas. La voz de Juan es como un aguijón que quiere lanzarnos al encuentro del Señor que ya llega. Adviento se traduce así en un salir al encuentro, en enderezar el camino, en abrir el corazón. Hemos tenido nosotros la experiencia dura del aislamiento, del que se queda solo, sin comunicación, abandonado. Así no se puede salvar. Pero ahora nuestro mundo, a pesar de tantas comunicaciones, va dejando al hombre más solo y aislado. Rompe con los demás, rompe con la naturaleza, rompe consigo mismo y rompe con Dios. Solamente acepta relaciones superficiales. Es cierto, llena su corazón de naderías, ocupa su mente en banalidades, pero no establece verdaderas relaciones con nadie.
Los Obispos en Aparecida reconocían este fenómeno: “Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios. Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual. El individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio, dando un papel primordial a la imaginación. Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y, muchas veces, arbitrarios derechos individuales, a los problemas de la sexualidad, la familia, las enfermedades y la muerte”.
Tiempo de Adviento es tiempo de tender lazos, de romper muros, de abrir corazones. Nuestro camino en el desierto, aquel que lleva al encuentro con Dios que se hace hombre, debe llamarse “conversión” “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. La única manera verdaderamente nueva de celebrar la Navidad será si nos hemos convertido, cuando el hombre se descubra necesitado y abra su corazón.
El lobo habitará con el cordero
La visión de Isaías (Is 11, 1-10) en la Primera Lectura de este domingo nos puede parecer utopía pura, idealismo y sueños de locos, pero no debe ser así. Exigir la justicia para los pobres, preocuparse realmente por los oprimidos, hablar con valentía sin acomodarse a los propios intereses o a los caprichos de los poderosos, no caer en la complicidad de corrupción y engaño, son tareas que todos debemos y podemos realizar. No juzgar según las apariencias ni amarrarse a posiciones o partidos antes que a la verdad, son principios elementales que pueden traducirse en acciones en nuestra realidad cotidiana.
Ciertamente el día en que el lobo habite con el cordero, que la pantera se eche junto al novillo o que el niño juegue tranquilamente con la víbora está todavía lejano. Pero mientras tanto podríamos ir comenzando por reconocernos como hermanos, construyendo una fraternidad aceptable; se podría intentar vivir y convivir juntos sin hacer discriminaciones, se podría compartir el pan y el vestido, se podrían… tantas cosas que parecería que estamos alcanzando la utopía.
Interpelación y Buena Nueva
El canto de Isaías y las palabras de Juan son una interpelación y al mismo tiempo una buena noticia. Interpelación a la conversión, como insiste Juan Bautista. Conversión desde lo más profundo. ¡Qué exigente es con los fariseos y saduceos que pretendían recibir el bautismo pero seguir con su misma vida! Los llama raza de víboras y los amenaza con la imagen del hacha que está cortando las raíces. Pero al mismo tiempo es una buena noticia porque la promesa de Dios es para todos. Si aprendemos a vivir en solidaridad, si hacemos lo posible porque la justicia y la verdad llegue a todos los pobres, si, como dice San Pablo, vivimos en armonía y nos acogemos los unos a los otros, ciertamente se va haciendo realidad la promesa de Dios hecha a su pueblo.
¿Es posible romper nuestro caparazón de individualismo y egoísmo para abrirnos a los demás? ¿Estamos dispuestos a construir un mundo nuevo? ¿Qué necesitamos para reestablecer relación con Dios, con los demás, con la naturaleza?
Padre bueno que nos has llamado a la unidad y al amor, al prepararnos al nacimiento de tu Hijo Jesús, concédenos construir caminos de justicia y de paz que hagan posible el mundo de fraternidad anunciado por los profetas. Amén.