DIOS CON NOSOTROS
IV DOMINGO DE ADVIENTO
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir a tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien podrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros”. (Mt 1, 18-22)
Tarea de niños
Tienen tarea escolar los niños. Les han encomendado sembrar diversas semillas en diversos elementos. Y ahí están los pequeñuelos con las semillitas en sus manos: a Juanito le han confiado semillas de algunas flores y tiene que llevar un frasco de tierra. A Rosita le tocó llevar frijol y un poco de algodón húmedo. Elías llevará maíz… y así todos y cada uno de ellos empiezan con ilusión a sembrar: unos ponen las semillas en el agua, otros en frascos, algunos en el jardín y a esperar que pronto nazcan. Pasan los días y se dejan ver algunos pequeños cambios. Pero algún niño desesperado porque no brota la plantita de sus sueños, quita la tierra y saca la semilla para descubrir por qué no ha germinado. No sabe que la vida de las semillas es silenciosa, humilde, pero constante y él, con sus prisas, lo ha echado todo a perder.
Dios sin prisas
¿Por qué las más grandes maravillas, los más grandes acontecimientos son los que menos ruido hacen? Él esperado de las naciones, el Dios vengador y justiciero, la gloria y verdad de Israel, llega al mundo en un abrumador silencio. Así es la vida de Dios: silenciosa, humilde, sin prisas, con respeto, pero muy fiel. Hoy nos lo hace saber este cuarto domingo de adviento. En medio de muchos ruidos, en medio de escándalos y gritos de un mundo atronador, silenciosamente se va acercando la Navidad. Ya está a la puerta. El Evangelio de San Mateo nos narra la sencillez del gran misterio: una muchachita olvidada en las montañas de la desconocida Nazareth; un hombre justo, honrado, que no quiere desprestigiar a su prometida, son los desconocidos protagonistas. Los sueños, la revelación, la aceptación… todo cobijado por el silencio y por la humildad de estos sencillos campesinos. Y ahí se engendra el más grande misterio de la humanidad: “Dios con nosotros”
El Adviento nos ha llevado de la mano hasta el principio motor del cristiano: “la presencia de Dios que salva” en medio de los hombres, resumida en dos nombres: Jesús, Dios-Salva; y Emmanuel, Dios-con-nosotros. Dios para manifestarse se confía a la carne, se sirve de nuestra carne. La Encarnación no es sólo un discurso, ni una apariencia, el Hijo de Dios se hace hombre realmente. Jesús de Nazareth se ha hecho un hombre en medio de los hombres, un hombre como nosotros. Y se ha hecho hombre para salvarnos. Navidad es la presencia de Dios que salva. Si Dios está con nosotros todo cambia: todos somos hermanos, tiene sentido la vida, renace la esperanza. Si Dios se hace carne, transforma la humanidad, le da dignidad, la enaltece.
Emmanuel
San Mateo se encarga de resaltar este vínculo tan grande con el pueblo de Israel, da una larga lista de sus raíces con nombres de todos colores y sabores: los hay santos y perversos, los hay judíos y extranjeros, hay hombres y mujeres. Todos contribuyen a “formar” al Emmanuel, para que el Emmanuel sea de todos. Pero ¿estamos dispuestos a aceptar esta presencia? El Dios-con-nosotros, es decir, participante de nuestras acciones, metido en todos nuestros momentos, envuelto en los momentos profanos de nuestra existencia, gozando y sufriendo nuestras alegrías y dolores, puede resultar una presencia incómoda. Nosotros queremos a Dios presente en nuestras vidas pero sólo en determinados momentos y puede resultar embarazoso sentirlo siempre junto a nosotros. ¿Cómo sentir al Emmanuel cerca al corazón y continuar odiando al hermano? ¿Cómo saber que de Dios se hace carne y alentar guerras, desprecios e injusticias? Sin embargo se necesita aceptar con la Encarnación el riesgo de un Dios que unido a la carne hace camino con nosotros. Necesitamos “familiarizarnos” con este Dios que pone su tienda no en un lugar privilegiado sino precisamente en su tiempo y en la carne, y por tanto también en nuestro tiempo y en nuestra carne.
Hecho carne
Desde que Dios se hace carne, en el silencio y la humildad, no podemos mirar con desprecio ningún hermano, nuestro carne; desde que el Dios Vivo toma vida, hueso y sangre, de una mujer, deberíamos mirar con gran respeto y cariño a toda mujer; desde que el Siempre Firme, se hace caminante para surcar nuestras veredas, todo migrante adquiere la categoría de hermano nuestro; desde que el Siempre Eterno se hace niño, débil e inocente, todo niño se hace merecedor de protección y ternura. ¿Estamos dispuestos a reconocer a Dios en medio de nosotros? ¿Preferimos dejarlo abandonado en la belleza romántica de un nacimiento a encontrarlo vivo y presente en los hermanos? ¿Lo cambiamos por un simpático viejo regordete que carcajada a carcajada nos permite alejarnos del silencio salvador pero comprometedor del Niño-Dios?
La semilla cae donde hay tierra abierta, pero una vez acogida por ella, la transforma y le da vida. Cuando una persona entra en la vida de otra o en la historia de una comunidad, se producen irremediablemente cambios y transformaciones. La venida de un niño cambia el rostro de una familia, las costumbres de los esposos, hasta los muebles, los horarios, los ruidos, todo cambia. Nosotros ¿queremos acoger a Jesús Niño y seguir con nuestra vida? No, Cristo Niño nos transformará, nos cambiará. Quizás sea por eso que no queremos aceptar, a corazón abierto, su presencia, por el riesgo de cambiar, de transformarnos, por el miedo al compromiso.
Ya estamos a unas cuanta horas del nacimiento de Jesús, que no atropellemos el tiempo de Dios, que demos espacio al silencio, a la oración y a la contemplación del gran misterio. No destruyamos con nuestras prisas, la vida inocente que se acerca. De todo corazón deseo a todos ustedes que encuentren la verdadera felicidad, que realmente esta Navidad llene en su corazón, su hogar y su comunidad, el “Dios que salva”, “El Dios con nosotros”. Feliz Navidad.
«Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del Ángel la Encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su Pasión y su Cruz, a la Gloria de la Resurrección».