Testigos de Jesús

II Domingo Ordinario

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+ Enrique Díaz Díaz

Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

 

“En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel”.

 

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, Ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que Éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34)

 

Sin testigos

Apenas se pasan los controles, apenas se cierra la última puerta, dentro la cárcel es otro mundo. La vida se detiene, los barrotes alejan los tiempos, las personas y todo es diferente. Pero todos, o casi todos, los que están presos se dicen inocentes o que no han sido sentenciados o que fueron castigados injustamente. Ciertamente hay mucha negligencia en la impartición de justicia y las declaraciones de inocencia o culpabilidad no corresponden con frecuencia a la realidad. Pero me llamó la atención  un hombre ya maduro, él no se aprestaba a presentar papeles o sugerir su inocencia, él no solicitaba que se le revisara su juicio. Simplemente se acercó, platicó la situación y concluyó: “Yo estoy preso porque no tengo testigos. Había muchos hombres presentes cuando fue asesinado aquel muchacho y todos saben que no fui yo, pero nadie se atreve a ser mi testigo porque es muy peligroso. Es peligroso decir la verdad cuando se corren tantos riesgos; y los entiendo, pero me da mucha tristeza. Yo estoy aquí por falta de testigos”.

 

Testimonios

Desde muy distintos ángulos, las tres lecturas bíblicas de este domingo se centran en el testimonio sobre Jesús. El profeta Isaías nos presenta a Dios dando testimonio sobre su Siervo, a quien presenta  como “luz para todas las naciones” y portador de la salvación universal (Is 49, 3-6). Pablo se proclama “apóstol de Jesucristo” cuando inicia su carta a la ciudad de Corinto y Juan el Bautista nos ofrece el espléndido testimonio sobre Jesús como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, como el ungido por el Espíritu Santo y como el Hijo de Dios. ¿Ser testigo es solamente decir unas cuantas palabras sobre alguien? No, va mucho más allá y quizás en eso estemos fallando nosotros los cristianos: somos bautizados, estamos en algunas celebraciones, llevamos un nombre cristiano, pero no somos testigos de Jesús.

 

El sentido bíblico del testigo va mucho más allá de decir unas cuantas palabras, se trata de vivir una experiencia de encuentro con Dios, transformar la propia vida y después, solamente después, transmitir esa experiencia, más con la vida que con las palabras. La fe en Jesucristo nos lleva a un compromiso concreto con los demás.

 

Juan Bautista, testigo

Así, si Juan nos presenta y es testigo del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, no es solamente una bella declaración. Es un reconocimiento de Cristo en una de sus más profundas presentaciones y fuertes presentaciones. Desde la liberación del pueblo israelita de la esclavitud de Egipto, el Cordero se convierte en un símbolo de liberación, pero también de implica un sentido de cargar los pecados y responsabilidades del pueblo. Así el Cordero es el que carga los pecados, el que vence al pecado, el que se hace pecado y da la verdadera libertad. Hasta allá llega el testimonio de Juan. Pero no se trata simplemente de declarar, se trata de ser testigo, y Juan el Bautista da un testimonio que lleva hasta las últimas consecuencias esta declaración: denuncia el pecado, busca liberar del pecado, sin importar las consecuencias. Los cristianos parece que hemos encontrado la manera de convivir con la fe y con una estructura de pecado.

 

Cristianos, ¿testigos?

Con frecuencia los cristianos hemos olvidado algo que es medular en el Evangelio de Jesús. El pecado no es solamente algo que debe ser perdonado, sino algo que debe “ser quitado” y arrancado de nuestra sociedad. Jesús se nos presenta como alguien que quita el pecado del mundo. Alguien que no solamente ofrece el perdón, sino también la posibilidad de vencer el pecado, la injusticia y el mal que se apodera de los seres humanos. Es quitar toda estructura de pecado y de injusticia. Creer en Jesús no sólo consiste en abrirse al perdón de Dios. Ser testigo de Jesús es comprometerse en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado que domina a los hombres y mujeres, y todas sus desastrosas consecuencias.

 

Los Obispos en Aparecida nos hacen reflexionar cuando constatan la terrible incongruencia de un continente cristiano pero lleno de injusticias y nos llaman a ser verdaderos testigos de Jesús en la vida cotidiana, en el compromiso político, en la lucha contra las estructuras de muerte. Sobre todo nos pide que seamos testigos en nuestro compromiso con los más pobres, sólo así seremos testigos de Jesús y por eso nos dice que a Él “lo encontramos de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos… En el reconocimiento de esta presencia y cercanía, y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo. El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino”. “La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica… Nace de nuestra fe en Jesucristo”

 

Este día es una muy buena ocasión para reflexionar, no solamente el pecado personal que queda en la conciencia del individuo, sino lo más grave: el pecado estructural que invade y destruye nuestra sociedad. Nuestra adhesión a Jesús nos debe llevar a ser testigos comprometidos en la construcción de su Reino, igual que Juan el Bautista que se convierte en un profeta de la justicia. Ojalá nos cuestionemos y no nos acomodemos a un mundo de injusticia y de desprecio por los más débiles.

 

¿Cómo somos testigos de Jesús en el mundo? ¿A qué nos compromete el encuentro con Jesús en cada una de nuestras celebraciones, sacramentos o reuniones? ¿Cómo descubrimos a Jesús en los más pobres y cómo nos compartimos con Él?

 

Dios todopoderoso y eterno, que con amor gobiernas los cielos y la tierra, escucha paternalmente las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida transcurran en tu paz.  Concédenos la gracia de ser testigos de un Reino posible en medio de nosotros: un reino de Justicia y de Paz.  Amén.

 

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