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PUNTOS DE REFLEXIÓN EN LA MISA DEL SANTO CRISMA

MARTES SANTO

 

+ Enrique Díaz Díaz

Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

“A Jesucristo, que nos ama, que nos ha convertido en un reino de sacerdotes para el servicio de Dios, su Padre, a él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos”.

 

Reunirnos en este Martes Santo, con el corazón dividido porque unos de nuestros hermanos se encuentran injustamente en la cárcel, nos duele y nos entristece. Pero al mismo tiempo refuerza la misión a la que hemos sido llamados. Así, aunque la distancia nos separe momentáneamente,  nos  une el deseo de cumplir la misión que el Señor nos ha encomendado: “Proclamar el perdón a los cautivos y la libertad a los prisioneros” como nos anunciaba el profeta Isaías. O como lo afirmaba Jesús en el Evangelio de Lucas, retomando las palabras y la misión: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

 

Isaías asume la misión del siervo de Yavé, se reconoce pequeño y humilde, el que parece más gusano que hombre, “el que no gritará ni clamará, no hará oír su voz en la plazas, no romperá la caña resquebrajada, si apagará la mecha que aún humea”, sin nombre, y que sin embargo “proclamará la justicia con firmeza, no titubeará ni se doblegará, hasta haber establecido el derecho sobre la tierra y hasta que las islas escuchen su enseñanza”.

 

El sentido de esta celebración debe ser una fuerte expresión de unidad y de servicio. Queremos que realmente así sea y por eso nos unimos a todos los hermanos que peregrinan, hacen oración y ayuno y en estos momentos celebrarán la Eucaristía en el Amate buscando la liberación de nuestros hermanos.

 

La bendición de los óleos y del santo Crisma es la otra finalidad de esta celebración. Antiguamente se ungía a los reyes, a los sacerdotes y a los profetas, como signo de su divinidad y su poder. Cristo le da otro sentido: es ungido por el Espíritu con una misión muy concreta en torno a llevar Buena Nueva a los pobres y anunciar el año de gracia del Señor.

 

Nosotros en nuestro bautismo hemos también sido ungidos y consagrados por el Espíritu. Nuestra misión es la misma del Siervo de Yavé, la misma misión de Jesús: no apagar la mecha que aún humea, no destruir sino anunciar buena nueva, abrir prisiones, romper cadenas. ¡Y todavía nos queda mucha tarea por hacer! Nuestro mundo no ha entendido lo que significa libertad, verdad ni derecho. Cristo nos ha enseñado el camino, solamente con él podremos ser fieles a la misión.

 

En la oración colecta pedíamos: “Dios nuestro que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, concédenos a nosotros, que participamos de su consagración sacerdotal, dar testimonio en el mundo de su amor redentor”. Es oración y súplica pero también es reto y compromiso ¿Cómo vamos a dar testimonio de su amor redentor? ¿Cómo los hizo Jesús, el sumo y eterno sacerdote? No con privilegios ni honores: con servicio y entrega hasta dar la vida en la cruz.

 

Particularmente los sacerdotes estamos llamados a ser fieles a esta misión de Jesús, Buen pastor, pues “el presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades. La caridad pastoral, fuente de su espiritualidad sacerdotal, anima y unifica su vida y ministerio”.

 

Celebremos pues esta Eucaristía con el fuerte signo de unión a Cristo y su misión, de unión con el todo el presbiterio y con todo el pueblo sacerdotal, de unión y compromiso con los hermanos que en estos momentos sufren, en particular por la privación injusta de su libertad.