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UN COMPAÑERO DE CAMINO

DOMINGO III DE PASCUA
 

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 
 

“El mismo día de la resurrección, iban dos de  los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

 

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”

 

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

 

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

 

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”

 

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Lc 24, 13-35

 

Sin ilusión

 

Sebastián hace ya casi dos años que dejó a su familia y se fue a buscar dinero para poder salir adelante. Su esposa y sus hijos, incluso su compadre, le insistían que no se fuera, que es cierto que las cosas en el campo se ponen cada vez más difíciles, pero al menos estaban juntos. Con la ilusión de ganar unos pesos en la Ciudad de México y, si era posible, después irse a Estados Unidos, dejó la familia a pesar de las oposiciones. Lo encontré por casualidad. Le ha ido mal. Se quejó de todo: de los patrones, de la falta de trabajo, de su mala suerte, de la incomprensión de las personas. Muchas veces tiene que dormir en la calle. La pregunta no se hizo esperar: “¿Por qué no regresas a tu comunidad?” “¿Cómo voy a regresar para que se rían todos de mi? Siempre se burlan de los que fracasan”. No hubo poder humano que lo convenciera de su retorno por la vergüenza de regresar con un fracaso a cuestas.

 

El camino de regreso o del fracaso

 

Me imagino cómo tendría que ser la decepción para que aquellos dos discípulos que se decidieron a regresar. Por eso y porque en el fracaso siempre echamos la culpa al otro, van discutiendo en el camino acusándose mutuamente. Eran dos de los de Jesús, dos de los que lo habían visto todo: sus milagros, su predicación y también su muerte. Todo el evangelio de san Lucas se presenta como un camino y posteriormente en Hechos de los Apóstoles se presentará a los discípulos de Jesús como los seguidores del “Camino”. El camino del éxodo era camino de liberación; el camino de Jesús hacia Jerusalén los discípulos, lo entienden también como camino de liberación. Y hoy desandan el camino. No son solamente dos hombres cansados, sino desilusionados, heridos, lastimados en su propia piel. Quienes hemos visto regresar a los que han salido del pueblo con el fracaso a cuestas los podremos entender mejor.

 

Hoy también encontramos en el camino hombres y mujeres que un día emprendieron el camino y que han perdido la esperanza: los migrantes que un día salieron con la ilusión de unos centavos que vinieran a liberarlos de las deudas, del hambre y de la necesidad; los jóvenes que se ahogan en la desesperanza porque no encuentran ni trabajo ni posibilidades de estudio, que ven limitada su vida a ir sobreviviendo y pierden toda ilusión y son fáciles víctimas de la droga, del narcotráfico y de la desidia e indiferencia. Los matrimonios que en medio de fiestas y promesas esperaban encontrar una felicidad fácil y que se vuelven solos… hay tantos que vagan solos por el camino. Hay muchos “discípulos” que son de los nuestros, que quisieron vivir nuestra fe y que después se han quedado sin ilusión, sin alegría, sin Dios.

  

Un compañero de camino

 

Me impresiona la forma como se acerca Jesús: sin regaños a los que de por ya van discutiendo; sin recriminaciones a los que han abandonado la comunidad; con prudencia, acoplando su paso al paso cansino del desilusionado. Pero una vez que logra acoplar su paso al de ellos, no los deja marcharse con el corazón vacío: les habla de las escrituras, les explica la verdadera liberación: la que pasa por la cruz pero va más allá hasta la Resurrección, no admite el kerigma vacío que ellos proclaman, pues deja a Cristo en la tumba y en el fracaso. Pero tampoco ilusiona con falsas promesas de liberaciones parciales. No predica una religión del milagro fácil, del camino holgado o de la conversión sin compromiso. Y poco a poco entra en su corazón, como sin darse cuenta y poco a poco devuelve la esperanza y el deseo se hace súplica: “Quédate con nosotros”.

 

Pan partido

 

Los ojos ciegos de los discípulos se abrieron y pudieron reconocerlo al partir y compartir el pan. Y es que el pan partido y compartido hace comunidad. Él mismo se hace pan y eso que puede parecer bonito y hasta poético, no es nada fácil, sino muy comprometedor, significa no vivir para sí, sino para los demás, deshacerse para fortalecer, fraccionarse para unir, morir para dar vida. Y ahí, en el pan, es donde lo reconocen los discípulos y ahí recuerdan sus palabras que les hacían arder el corazón, y ahí entienden que no puede haber verdadera muerte donde hay tanto amor. Y entonces se llenan de audacia, y entonces no les importa que se haga de noche y se exigen regresar a restablecer la comunidad.

 

Este es el compromiso que hoy necesitamos asumir los cristianos: no podemos predicar un evangelio mocho que termina en la muerte y el fracaso; no podemos anunciar un evangelio fácil que solamente tienen aleluyas y milagros. Proclamamos un evangelio que da vida pero que pasa por el dolor y el sufrimiento de la entrega a los pobres. Nuestro anuncio y nuestra proclamación deben ir acompañados de gestos que comprometan nuestra vida, necesitamos ser pan que se parte, que se nutre, que fortalece, que llena de esperanza. En una mesa compartida nace la fraternidad. ¿Cuál es el testimonio que estamos dando de Cristo Resucitado?

  

Señor Jesús, que te haces  compañero de camino, que alientas los corazones tristes, que te haces pan partido, que das ilusión y esperanza, llena nuestro corazón con la alegría de tu Resurrección y concédenos encontrarte en el camino de cada hombre y mujer y compartir con ellos nuestro pan y nuestra esperanza. Amén.

 

 

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