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UNA NUEVA IGLESIA
DOMINGO V DE PASCUA
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan
la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de
mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo
habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar.
Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré
conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya
saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas,
¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy
el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es
por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen a mi Padre. Ya
desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos
basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que
estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha
visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices:
‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre
y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no
las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en
mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el
Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las
obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que
hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”
(Jn 14, 1-12).
Experiencia de unidad
Todos, niños y
grandes, hombres y mujeres, se entregaron al trabajo por
igual. Nadie se hizo a un lado y poco a poco se fue elevando
en medio del campo la impresionante ermita construida con el
sudor y el entusiasmo de aquella comunidad. Con cubetas,
palas, picos y cuerdas, en medio del entusiasmo primero y
del cansancio y esperanza al final, cada fin de semana se
organizaban para poder terminar su ermita. “Esta ermita sí
que está construida con el sudor de nuestra frente”, comenta
orgulloso Eleuterio. “Ahora nos falta construir la
comunidad” dice un poco en broma y un poco en reto. Pero es
cierto: la comunidad está amenazada por innumerables
factores que ponen en grave riesgo la unidad que hasta ahora
habían vivido: partidos políticos, diversas posturas frente
a los programas de gobierno, amenaza de nuevas religiones,
la migración y un largo etcétera difícil de terminar. “Ahora
nos falta hacernos nosotros como las piedras y unirnos, no
con cemento, sino con amor y comprensión”, termina diciendo.
Una
Iglesia humana
Las lecturas
de este domingo nos centran en una Iglesia muy humana, con
sus problemas, con sus deficiencias y con sus limitaciones,
pero que está buscando construirse y sostenerse en Cristo.
Me gusta esta Iglesia que se reconoce limitada y que se
lanza a buscar sus bases en el mismo Jesús. El libro de los
Hechos venía presentando a las primeras comunidades de una
forma idealizada: con un solo corazón, con una sola alma,
compartiendo y viviendo en un idilio que al contrastarlo con
nuestras propias comunidades nos produce un cierto
desencanto. Seamos muy realistas: nuestras comunidades están
sometidas a las limitaciones de sus miembros. Las primeras
comunidades también sufren
estas mismas limitaciones y hoy en la primera lectura se nos
muestra un pequeño ejemplo de lo que sucede en ella: hay
divisiones a causa de preferencias, de atenciones mejores a
unos que a otros y, en el fondo, la división de dos grupos,
los helenistas y los judaizantes, que no acaban de
aceptarse. Al mostrarse estas divisiones, también nos
muestran la forma en que resuelven el problema. La solución
no es ni callarse, ni aguantarse, no aporta solución quien
solamente critica o se separa del grupo. Las dificultades
también son oportunidades para nuevas expectativas. Así, de
la fuerte división y los cuestionamientos, nacen “los
diáconos” como una expresión de servicio y de unidad.
Buscando priorizar las necesidades, a ellos se les
encomienda el servicio de las mesas, pero no se les excluye,
como lo comprobamos en la experiencia de la predicación de
la Palabra. De una grave dificultad, brotó una gran riqueza.
Piedras
vivas
En la segunda
lectura, San Pedro nos invita a un acercamiento progresivo.
Nosotros tendemos a quedarnos a la distancia, a la
expectativa. Nos contentamos con la curiosidad y nos
mantenemos “viendo” desde lejos. En cambio Pedro nos dice
que debemos acercarnos a Cristo, unirnos a Él, es más,
“estrecharse” junto a Él. No se trata de “aislarse” en la
intimidad con Cristo, sino de entrar en la construcción
teniendo a Cristo como piedra angular. Nos acercamos a los
otros, nos unimos a los otros, hacemos “Iglesia” con los
otros, entramos en la construcción. Sería más fácil acercar
piedras, pero se trata de hacernos nosotros mismos el
material que construye la Iglesia. Y para entrar en
construcción necesitamos “pulirnos”, quitar aristas,
acoplarnos a los demás, dejarnos sostener por los hermanos y
sostenerlos a ellos. Hay que estar en el lugar donde seamos
necesarios, no precisamente en el lugar que nosotros
hubiéramos escogido. Es hermoso lo que dice Pedro sobre
nosotros: pueblo sacerdotal, estirpe elegida, nación
consagrada… pero muy humanos, con cualidades y defectos
y ésta es la Iglesia y ésta es su misión.
Camino,
verdad y vida
Así que, como
dice Jesús, “no pierdan la paz”. En los momentos de duda, de
discordias, de enfrentamientos, en las dificultades, Jesús
nos dice: “No pierdan la paz”. En la Última Cena se lo
advierte a sus discípulos, previendo el escándalo de la
cruz, del abandono y de la muerte. Nos lo dice ahora Jesús a
cada uno de nosotros que buscamos perfección y condicionamos
nuestra participación al desempeño de los hermanos. Sólo Él
puede ser el modelo que no nos falla. Por ello afirma:
“Soy el camino, la verdad y la vida”. Sí, así lo afirma
Jesús, el Camino. No las reglas, no la seguridad, sino el
andar, el paso, la ruta única de salvación. También se dice
la Verdad. No en el sentido filosófico, sino en el sentido
de dar sentido y seguridad a la vida, de hacerla
transparente. Pero sobre todo es la verdadera vida, no la
sostenida artificialmente, no la aparente, sino la verdadera
y total vida. Y aquí quiere Jesús que construyamos su
Iglesia. No en las ambiciones de unos cuantos, sino una
Iglesia transparente sin discriminaciones. Una Iglesia que
sabe tiene su fortaleza en la debilidad de sus miembros
mientras permanecen unidos a la Piedra Angular. Una Iglesia
que siempre está en busca del rostro de Jesús para poder
mostrarlo. Una Iglesia siempre en camino y búsqueda del
verdadero amor y la verdadera vida.
Padre, que
en el rostro de Jesús nos has dejado tu verdadero rostro,
haz que construyendo sobre la Piedra Angular, seamos
artífices de unidad, amor y de vida. Amén.
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