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NUEVA PRESENCIA

DOMINGO VI DE PASCUA
 

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 
 

"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

 

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.

 

El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 15-21).

 

Los confirmandos

Acostumbro platicar un poco con los jóvenes que se van a confirmar, preguntarles por qué se quieren confirmar, qué significa para ellos en su vida este sacramento, qué esperan que haga en ellos el Espíritu Santo y a qué se comprometen. En una de las últimas visitas me sorprendió mucho el escuchar que la mayoría de ellos le daban al sacramento un fuerte sentido de defensa, como de guerra, de soldado. Así me decían: “La confirmación me hará un soldado de Cristo y yo me comprometo a defender mi fe, a defender la verdad e incluso hasta la muerte”. Claro que se sienten fuertemente atacados y cuestionados por sectas, otras religiones o partidos y burlas de quienes se dicen ateos o no practican ninguna religión. Me quedé pensando: “¿Qué será lo más importante que nos pide Jesús como sus discípulos y seguidores?”.

 

Si me aman

Jesús en la intimidad de la última Cena, abre el corazón a sus discípulos y les dice qué es lo más importante que espera de ellos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”.  Ahí radica lo más importante del discipulado de Jesús: amar. No les dice, si ustedes son muy valientes, si me obedecen o si no quieren ir al infierno. La razón fundamental del cristiano, lo que lo mueve, el estilo propio de su conducta es el amor. Podríamos aducir muchas otras motivaciones, muchas implicaciones, pero si en la base no está el amor, es mentira que seamos cristianos. Quizás hemos perdido mucho tiempo en busca de disciplina, doctrina u organización y hemos descuidado lo fundamental: el amor a Cristo y a los hermanos. Es su mandamiento fundamental. Jesús no espera soldados que lo defiendan, Jesús no busca científicos que demuestren su verdad, Jesús no llama legisladores que sostengan su ley, Jesús busca enamorados que vivan a plenitud su misma vida. Entonces sí, bienvenidos los evangelizadores, bienvenidos los soldados, bienvenidos los legisladores, porque si tienen en su corazón el amor sabrán proclamar su evangelio.

 

No los dejaré

“La soledad purifica pero la ausencia mata”. El evangelio de este domingo está envuelto en la atmósfera de despedida. Jesús está dando las últimas instrucciones a sus discípulos porque ya se va. Los discípulos empiezan a entrever el dolor de la ausencia, pero Jesús anuncia, promete y revela una nueva presencia. La presencia de Dios en la comunidad cristiana y en cada uno ellos, así como la propone Jesús en este pasaje, cambia el concepto antiguo de Dios y la relación del hombre con Él. En el Antiguo Testamento, y quizás en la mente y vivencia de muchos de nosotros, se tenía el concepto de un Dios como una realidad exterior al hombre y como distante de él. Se necesitan mediaciones para llegar a Él. Así se ponen una serie de elementos que nos llevan a Dios: el templo, la observancia de las leyes, los sacrificios, el sacerdote, los santos. Dios quedaba fuera del mundo y nosotros a veces nos quedábamos anclados en los signos y no llegábamos a Dios, y no es raro que termináramos dando más importancia al rito, a la ley, al signo que al mismo Dios.

 

Nueva presencia

Sin embargo hoy Cristo nos anuncia una nueva presencia divina en nosotros, muy dentro en nuestro corazón, en nuestra vida diaria, al asegurarnos tres diferentes modos para sostener su comunidad: una nueva presencia suya en medio de nosotros, la donación del Espíritu Santo y al darnos a conocer que “yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”, asegura la presencia íntima de la Trinidad en el corazón de los creyentes. Con ello nos manifiesta el cambio de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada miembro se convierten en morada de la divinidad. Nos hacemos templo y santuario de Dios. Dios ya no está fuera de nosotros, sino en nosotros mismos y de ahí brotan un montón de consecuencias: la dignidad del hombre y la naturaleza, la exigencia del respeto al otro que también es santuario de Dios, la primacía del amor sobre los ritos y de la vida sobre la doctrina. Dios está vivo en medio de nosotros, no es doctrina, ni ley, sino vida.

 

Al marcharse el que es el Guía, cuando parece que se agrieta y se desmorona el grupo ante la ausencia del maestro, reciben la promesa de esta nueva presencia que se hará realidad en la vida de la primera Iglesia, al recibir el Espíritu Santo y descubrir la realidad de la presencia y asistencia de Jesús en medio de todas las vicisitudes de una Iglesia que empieza. A pesar de los riesgos que los apóstoles corrían cuando Jesús los dejó “solos”, siguieron conservando su identidad y su tarea porque contaban con el dinamismo del Espíritu Santo. Cada paso, cada nueva crisis, siempre es resuelta con la presencia de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo. Pero es también todo un reto, porque están más propensos a construir su propia iglesia, su propio grupo y olvidarse de la Iglesia de Jesús. Todo esto tiene una condición: “si me aman…” Si no, todo está perdido.

 

¿Qué importancia le damos nosotros a este amor que nos propone Jesús? ¿No hemos perdido demasiado el tiempo en cosas secundarias y nos hemos olvidado de amar al estilo de nuestro maestro y pastor? ¿Cuál sería la señal distintiva de nosotros cristianos, de nuestras familias y de nuestras comunidades? ¿Es el amor?

 

Gracias, Padre Bueno, por el regalo que nos ha hecho de la presencia de Jesús. Él es nuestro pastor, nuestro camino y  nuestro guía. Concédenos vivir plenamente su mandamiento de amarte y amarnos unos a otros para ser sus dignos discípulos. Amén.

 

 

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