 |
CONSTRUYENDO UN CIELO EN LA TIERRA
ASCENSIÓN DEL SEÑOR
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y
subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a
Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.
Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido
dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y
enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a
cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré
con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”
(Mt. 28, 19-20).
Morir a
los 17
“¿Se acaba la
vida a los 17?” Pregunta Esperanza con sus ojos vacíos y con
la voz cansada. “He vivido de todo: drogas, sexo, amor,
traiciones, alcohol, abandono… ¿Qué sentido tiene seguir
viviendo?” Ciertamente no parece una niña de 17 años, pero
aún conserva rasgos infantiles y expresiones que denotan una
juventud vivida a toda prisa. Ha contado “sus experiencias”,
lo que ella llama amor, su “libertad”, sus triunfos y sus
fracasos, y ahora apenas a los 17 años, ya se siente sin
fuerza para afrontar un nuevo fracaso, para levantarse y
luchar en la vida. Ella se siente más inclinada al suicidio:
“¿Vale la pena seguir viviendo? Yo creo que ni Dios me
quiere”.
Una
realidad difícil
Cuando hacemos
un análisis serio de la realidad, con frecuencia terminamos
agobiados por los graves problemas que se nos presentan:
creciente narcotráfico, crímenes horrendos que nos hacen
estremecer, las profecías que auguran una creciente
desabasto de alimentos, pérdida de valores, crecientes
conflictos individuales y entre las naciones, y, lo más
triste, sólo unos cuantos parecen estar contentos con esta
situación y salir beneficiados. La mayoría se siente cada
vez más inseguros y esto provoca más violencia y más
tensión. Muchos se repiten esa pregunta: “¿Vale la pena
seguir viviendo, seguir luchando?”. Hoy al celebrar la
Ascensión del Señor, tenemos una gran oportunidad para
reflexionar sobre nuestra situación, para examinar hacia
dónde se dirige nuestro camino y para llenarnos de
esperanza.
Ascensión y triunfo
Hoy se nos
presenta el triunfo del Señor, después de haber asumido con
valentía y generosidad la misión que Dios le había confiado.
Sí, el Cristo que se ha encarnado, que ha asumido nuestro
dolor y nuestra muerte, que comprende nuestro caminar, hoy
es exaltado y elevado a los cielos. La primera lectura
tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos narra
con un sentido de Pascua, cómo Jesús ha sido introducido en
un ámbito de trascendencia y en el mundo de lo divino. En el
Evangelio, Jesús mismo asume que le ha sido dado todo
poderío: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la
tierra”. Sí, el crucificado, el ignorado, el
despreciado, ahora es reconocido como el Rey de Cielo y
tierra. No en el sentido del poderío humano que destruye y
traga todo lo que somete, sino en el sentido del Rey que da
Vida, que armoniza y que humaniza y al mismo tiempo
diviniza. Los discípulos no lo entienden y preguntan si
ahora sí va a restablecer la soberanía de Israel. ¡Qué lejos
están todavía de entender el reinado de Jesús!
El
verdadero Reino
También
nosotros qué lejos estamos de comprender a Jesús, como
equivocamos el camino, como confundimos reino con poder,
evangelio con conquista, paz con pasividad y sufrimiento con
fracaso. El mismo Cristo que se encarnó ahora nos muestra el
camino del triunfo. Desde la nada hasta la plenitud de la
vida. Nosotros queremos triunfar sin seguir el camino. Nos
han presentado triunfos fáciles, inflables, aparentes y nos
lo hemos creído y cuando llegamos al final con las manos
vacías, ¡qué desilusión! Cuando descubrimos que el placer no
es el amor, que el poder no es la felicidad, que el tener no
es esencia del hombre, entonces, nos quedamos sin nada y sin
deseos de volver a intentarlo.
La Ascensión
de Jesús es al mismo tiempo una invitación a la esperanza
pero sin olvidar nuestra realidad, no podemos vivir de
angelismos, nuestra tarea está muy concreta aquí en la
tierra, pero lo que queremos construir es un cielo. Y Cristo
hoy nos dice que es posible, no en el sentido de tenerlo
todo, sino en el sentido de ser todos hermanos. No promete
bienes inalcanzables, sino que, nos ordena compartirlo todo
con todos, empezando por la gran noticia de su Evangelio. No
promete abundancia para unos cuantos, sino que, pone las
bases para una vida integral y plena para todos: un mismo
Padre, un mismo Espíritu que habita en nosotros.
Nuestra
esperanza
San Pedro, uno
de sus más fieles seguidores, pero también a quien le costó
mucho comprender el verdadero mensaje de Jesús, nos anima y
nos dice: “Le pido a Dios que les ilumine la mente para
que comprendan cuál es la esperanza a la que han sido
llamados y cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a
los que son suyos” (Segunda lectura).
Hoy, día de la
Ascensión de Jesús, nos proponemos poner los pies en la
tierra pero mirando al Cielo. Por esto se nos presenta la
Ascensión como una cumbre, hay que subir a lo alto; se
necesita poner atención al camino para no tropezar, pero se
necesita mirar a la meta para no desviarse. ¡Ah! No
olvidemos, Cristo promete: “y sepan que yo estaré con
ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. El
significado de la nube, desde el antiguo testamento, es
doble: por un lado significa la trascendencia, pero por otro
significa fuertemente la presencia de Dios que camina con su
pueblo.
¿Cómo estamos
viviendo nosotros nuestro camino? ¿Somos los hombres y
mujeres de la esperanza? ¿Nos comprometemos en la lucha por
la justicia y la igualdad, al mismo tiempo que miramos más
allá de lo terreno?
Señor
Jesús, en este día de tu Ascensión, te pedimos que no
permitas que nos esclavicemos mirando nuestras realidades,
pero que tampoco nos olvidemos de luchar por la justicia y
la verdad ignorando tu Reino. Concédenos que con una sana
esperanza construyamos tu Reino aquí en la tierra, pero
mirando siempre hacia el Cielo donde Tú nos esperas. Amén.
|
 |