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LA FUERZA DEL ESPÍRITU
PENTECOSTÉS
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas
las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por
miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y
les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró
las manos y el costado.
Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de
alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes.
Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.
Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo:
“Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los
pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los
perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20, 19-23).
La
destrucción de la selva
Mardonio
contempla el desolado panorama que presenta la selva
chiapaneca y se deja llevar por los recuerdos. Hace cuarenta
años que llegó por estas tierras de impresionante
vegetación, de ríos, de lagos y de cascadas. Vienen a su
mente los interminables recorridos donde, a golpe de
machete, tenían que abrirse camino entre la intrincada
vegetación para trasladarse de una comunidad a otra. “No
tienen ni idea de la belleza que tenían estas tierras”
responde cuando expresamos nuestra admiración por lo que
queda de la selva. “Yo ahora veo sólo devastación, no
queda nada de aquella exhuberancia. Era majestuosa, pero
llegaron las madereras, los programas de “deforestación”, la
ambición de los comerciantes, los proyectos para ocupar las
tierras, las quemas irracionales y ahora sólo quedan
potreros, y si acaso, una que otra Ceiba para recordarnos lo
que un día fuera selva. Encontramos basura, desperdicios y
destrucción por todos lados. El hombre ha sido el principal
enemigo de la naturaleza”.
Un fuerte
viento resonó por toda la casa
La fiesta de
Pentecostés se presenta como una explosión de
acontecimientos, si leemos con atención los textos que se
nos proponen nos sentiremos como sacudidos por un fuerte
vendaval. El Espíritu irrumpe con la fuerza de un viento
huracanado que todo lo penetra, que todo lo invade. No queda
resquicio que escape a su fuerza. Es presentado también como
un fuego que todo lo devora, que quema, que transforma, que
aniquila pero que también da una vida exuberante. Así
transforma a aquellos discípulos temerosos, indecisos y
cobardes en valientes misioneros. Desafiando autoridades,
superando dificultades y divisiones, se convierten en
ardientes apóstoles, pregoneros de la Resurrección de Jesús,
ante la admiración de propios y extraños. ¡Qué diferencia
con nuestra Iglesia actual! Pareceríamos conformistas,
adormilados y encasillados en la rutina y la indiferencia.
La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida
instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la
tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres y del
Evangelio. Necesitamos que cada comunidad cristiana se
convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en
Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la
fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una
venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra
esperanza. Necesitamos dejar entrar al Espíritu en nuestros
corazones para que los renueve y les de vida.
Envía,
Señor tu Espíritu, a renovar la tierra.
La renovación
que pedimos al Espíritu es externa e interna. La respuesta
al salmo 103: “Envía, Señor tu Espíritu, a renovar la
tierra” es como una súplica al contemplar nuestra pobre
naturaleza. Es una urgencia tomar conciencia de que cada vez
que desperdiciamos agua, que lanzamos basura, que utilizamos
mal la energía, que producimos contaminantes, estamos
destruyendo la casa de todos. Es urgente que, junto con la
súplica que hacemos al Espíritu Santo de renovar la faz de
la tierra, nos comprometamos al cuidado de la naturaleza. Es
pecado social su destrucción, necesitamos empeñarnos
seriamente en su cuidado, no permitamos que nuestro mundo
sea una tierra cada vez más degradada y degradante. Las
desconcertantes lluvias, los impredecibles calores, el
desequilibrio del clima, no son casuales. Son fruto de la
irresponsabilidad y destrucción egoísta del hombre.
¡Necesitamos revertir esta situación! La naturaleza es el
regalo de Dios, es la casa de todos. Todos necesitamos
cuidarla, protegerla y reconstruirla.
Ven,
Espíritu Santo
Pero
igualmente, es urgente una renovación interior del hombre y
de la humanidad. Así como está degradada y erosionada la
naturaleza, así se ha degradado y erosionado el corazón del
hombre. Urge una renovación, una revitalización y dar una
nueva armonía al corazón del hombre. No es casualidad que la
venida del Espíritu Santo se manifieste como un fuego que
purifica y dinamiza, cuya presencia provoca entendimiento y
unidad entre los más diversos pueblos. Urge la unidad
interior del hombre y también la unidad y entendimiento
entre los pueblos. San Pablo insiste a los cristianos de
Corinto que es posible vivir en unidad siendo diversos, que
los diferentes carismas y actividades lejos de ser factor de
división, pueden ser enriquecimiento mutuo, todo provocado
por el Espíritu Santo (I Cor 12, 3-13) y nos asegura que
“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.
A partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato
fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se
expresa en diversos dones y carismas. ¿Tenemos esta
conciencia de responsabilidad social y eclesial? ¿Estamos
fomentando, con nuestros dones, la unidad y la fraternidad?
Que este
Pentecostés nuestra oración se convierta en un fuerte grito
suplicando la venida del Espíritu Santo. No podemos seguir
viviendo cómodos y estancados. Necesitamos este Espíritu que
nos lanza y dinamiza y que al mismo tiempo nos otorga una
armonía y serenidad interior. Así dice el himno de la
secuencia que el Espíritu es “fuente de todo consuelo…
pausa en el trabajo, brisa en un clima de fuego; consuelo en
medio del llanto”. Que realmente abramos nuestro corazón
a la presencia y acción del Espíritu en nuestro corazón, en
nuestra familia y en nuestra Iglesia. También para nosotros
son las palabras de Jesús: “Reciban al Espíritu Santo”.
Espíritu Santo, lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros
desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia,
calienta nuestra frialdad y endereza nuestras sendas. Ven,
Espíritu Santo. Amén
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