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A SU IMAGEN
SANTÍSIMA TRINIDAD
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
“Tanto
amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que
todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida
eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al
mundo, sino para que el mundo se salvara por Él. E1 que cree
en Él no será condenado; pero el que no cree ya está
condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”
(Jn 3, 16-18)
Hacia la
casa del Padre
Entre las
solemnidades de la Santísima Trinidad y de Pentecostés, el
día 13 de mayo, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, se nos
ha ido Fray Jorge al cielo. Aun la fecha misma parece
simbolizar su entrega y sus ideales. A sus 45 años, en la
plenitud de la vida, un cáncer de páncreas ha terminado con
su vida. “Espero llegar a disfrutar del amor de mi Padre
Dios”, nos decía en los últimos momentos de su vida. Y él,
que siempre fue callado y sencillo, nos exhortaba:
“Mantengan con mucho cariño y cuidado la fraternidad y la
unidad entre los hermanos, déjense guiar por el Espíritu que
está actuando fuertemente entre los sencillos. Le doy
gracias a Dios por haberme permitido trabajar en esta
Diócesis, de haber compartido la esperanza con los
indígenas, de ser parte de su proyecto de salvación” Así, el
que sirvió constante y sin alardes, nos daba ahora una
expresión viva de fe en la Trinidad Santa. Gracias, buen
Dios, por el regalo que hiciste a esta Diócesis en el
hermano Jorge Eduardo González.
Ansia de
Dios
Cuando el
hombre mira en lo más profundo de su interior para analizar
su propio ser, descubre que hay una referencia siempre a un
ser superior que le da grandeza y sentido a su propia
existencia. A este fondo inalcanzable de nuestro propio ser
responde la palabra “Dios”. Dios significa esto: la
profundidad última de nuestra vida, la fuente de nuestro
ser, la meta de todo nuestro esfuerzo. No es un tapa-huecos,
no el fantasma que asusta y condiciona, ni tampoco una
manera fácil de explicar el mundo. Es la realidad y relación
más profunda del hombre que descubre la grandeza de su
propio “yo” pleno y abierto a compartir, a relacionarse y a
vivir en plenitud. Así, nuestro propio ser expresa la
experiencia que nosotros tenemos de Dios. Por eso me fascina
esta manifestación de nuestro Dios: Uno y Trino, Relación y
Amor que nos presenta Jesús. ¡Qué lejos del Dios justiciero
y vengador que aparece en muchos momentos en el Antiguo
Testamento! Y sin embargo, hay muchos que viven con estas
caricaturas de la imagen de un Dios lejano, aislado,
terrible e inquisidor y así lo viven en sus vidas.
Expresión de amor
La primera y
más grande expresión de la Trinidad es el amor, y a eso
estamos llamados todos los cristianos. Cristo nunca intentó
dar explicaciones de cómo el Padre y Él eran uno solo. No
formuló doctrina para que nos quedara muy clara esa unidad
de tres Personas; simplemente habló del amor que hay entre
ellos y de su deseo de que este mismo amor haya entre todos
los hombres. Es el ideal de toda persona y de la Iglesia:
poner en el centro a la Trinidad, al Dios uno y Trino. Así
evitaremos la tentación de un autoritarismo o de una
anarquía. Si Dios es comunión y amor, el hombre encontrará
su verdadero sentido, uniendo al mismo tiempo la importancia
y dignidad de la persona junto con la importancia y dignidad
de la comunión. Cuántos individuos, esgrimiendo el derecho
de la persona, pasan por encima de la comunidad, pero
también cuántas dictaduras y gobiernos, arguyendo el bien
común, atropellan los derechos individuales. Solamente el
modelo de la Trinidad nos permite encontrar un sano y
fecundo equilibrio entre la persona y la comunidad. Juntos
crecen, juntos son fecundados y juntos crean una verdadera
imagen del Dios Trino.
Santísima Trinidad
A veces al
expresar el nombre “Santísima Trinidad” podríamos tener la
impresión de estarnos refiriendo a una entidad abstracta,
inmóvil y lejana. Por las palabras de Jesús podremos
experimentar que no es así: es un dinamismo de amor continuo
entre las personas de la Trinidad y una fuente de amor
inagotable hacia el hombre: “Tanto amó Dios al mundo, que
le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él
no perezca, sino que tenga la vida eterna”. El hombre
encuentra su plenitud al ser amado por Dios, nos llena de
alegría al participar del amor Divino, del amor de Jesús que
se entrega hasta el fin. El amor conyugal, el amor fraternal
y el amor de familia tienen su más rico modelo en el Dios
Trino y Uno, que ama y que da vida plena. La experiencia de
este Dios, que es unidad y comunión inseparable, nos permite
superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el
servicio al otro. Así la experiencia que tenemos de nuestro
Dios es una fuente inagotable de vida, dinamismo y
compromiso. No puede verdaderamente creer en Dios quien está
segando la vida del hermano, quien se encierra en sí mismo y
rompe la comunión, quien vive apático frente a los hermanos.
La experiencia de nuestro Dios Uno y Trino que nos invita a
participar de su misma vida y nos compromete seriamente en
la construcción de un mundo de acuerdo a nuestra fe: una fe
comunitaria, de amor y participación.
Tanto
amó Dios al mundo
En estas
palabras encontramos el centro y eje de toda nuestra vida
cristiana, es la Buena Noticia: somos hijos
de un Papá Dios que nos ama, somos hermanos de un
Hijo Mayor, Jesús, que da la vida por nosotros y estamos
habitados por el Espíritu que es vida y santidad. Ahí está
la buena y gran noticia. Si esto lo comprendiéramos y lo
viviéramos no podríamos vivir tristes ni permitir que
nuestros hermanos vivieran tristes, solos o abandonados. Es
doloroso comprobar que muchas veces los que nos decimos
creyentes no somos capaces de descubrir y experimentar esta
fe como una auténtica fuente de vida, y nos contentamos con
ir sobreviviendo, cargando con nuestra existencia a más no
poder. Nos olvidamos de ese Dios cercano, familia,
comunidad, que toma la iniciativa para amarnos, que se
entrega sin condiciones, con plenitud y lealtad y que
sostiene y anima nuestra vida.
Hoy, al
celebrar a la Santísima Trinidad, debemos cuestionarnos
seriamente si somos esa imagen de amor, de entrega y unidad
que es nuestro Dios. Si hemos vencido los miedos, ambiciones
y discriminaciones hacia los hermanos que también son hijos
del mismo Padre, hermanos del mismo Jesús y templos del
mismo Espíritu. Es un gran cuestionamiento también sobre la
forma de educar y vivir en la familia. La Santísima Trinidad
es el modelo de educación, integración y amor familiar.
Santísima
Trinidad, concédenos experimentar el gran Amor del Padre, la
entrega incondicional de Hijo y
la fuerza y vitalidad
del Espíritu Santo. Amén.
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