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CAMBIAR DE RAÍZ
DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San
Cristóbal de las Casas
"En
aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede
servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o
bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En
resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.
Por
eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué
comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida
que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las
aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en
graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta.
¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a
fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un
momento?
¿Y
por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los
lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo
les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se
vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba
del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no
hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?
No se
inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o
con que nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se
desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya
sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por
consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su
justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No
se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana
traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan
sus propios problemas”
(Mt 6,24-34)
“Atorado en el medio”
Estábamos en la orilla del
río a punto de abordar una pequeña barca que nos trasladara
a la rivera contraria. Teníamos que dar un pequeño salto,
dejar la seguridad de la tierra firme, para poder caer en la
frágil lanchita. Con más o menos miedo todos lo fuimos
haciendo, pero una de las personas, fue presa del pánico y
cuando puso un pie sobre el borde de la lancha, no se
animaba a soltarse del palo que estaba en la orilla. Así
permaneció unos momentos, indecisa, queriendo asegurar sus
pies de ambos lados, pero al mismo tiempo sin sentir la
seguridad en ninguno. Sus pies se abrían cada vez más y
empujaban la barca, por fin, entre el susto y la risa, cayó
al agua. “Así le pasa al que quiere estar en dos lados”,
sentenció nuestro guía, mientras nos ayudaba a subir a
nuestro compañero asustado y mojado.
Más amoroso que una
madre
Las lecturas de hoy nos
ofrecen varias imágenes de Dios, y todas ellas son
complementarias. Isaías lo presenta lleno de misericordia
con un amor más grande que
el de una madre que no puede olvidar su hijo; Jesús en el
Evangelio de Mateo, nos lo muestra como el Padre providente
y amoroso que cuida de sus hijos; Pablo nos habla del Dios
de Jesucristo en su dimensión de juez justo que pone de
manifiesto las intenciones del corazón. Ante este Dios, el
salmo responsorial, nos invita a entonar un canto sereno:
“Sólo en Dios he puesto mi confianza”, porque sabemos que
sólo en Él encontraremos descanso. Todas las lecturas son
una invitación a reconocer y experimentar el amor grande y
misericordioso de Dios; a ponernos confiados en sus manos
pero al mismo tiempo cuestionarnos sobre nuestra real
confianza en Dios.
Entre Dios y el
dinero
Contra lo que pensamos
comúnmente, el riesgo de ser idólatras acecha a todo
cristiano. Jesús señala con fuerza este peligro: “no
pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. Las riquezas,
el dinero, son las palabras que se usan para traducir la
palabra “Mammona”. A todos nosotros las riquezas
parecen ponernos en un estado de seguridad, comodidad y
bienestar. Pero en realidad sus orígenes no son precisamente
nobles, sino que ya trae veneno en su raíz. La palabra
“mammona” deriva de un vocablo arameo que significa
generalmente riquezas, posesiones, bienes, pero que en la
literatura hebrea es usado casi siempre en términos
peyorativos: mammona de iniquidad o riqueza de mentira. En
la narración de Mateo, el dinero es peligroso porque lleva
al hombre a cumplir acciones infames. Cuando hay dinero de
por medio la gente está dispuesta a odiar, mentir, matar,
traicionar, hacer sufrir, comprar conciencias. Basta mirar
los acontecimientos que vive nuestra patria para darnos
cuenta de lo corrupto que resulta el dinero. Las leyes, los
partidos, las propuestas, todo está condicionado por el
dinero. Delante del dinero, Dios mismo desaparece; o lo
hacemos desaparecer.
Dios no puede reinar entre
nosotros, sino preocupándose de todos y haciendo justicia a
los que nadie hace. Dios sólo puede ser servido donde se
promueve la solidaridad y la fraternidad. Mientras haya
pobres y necesitados, toda la riqueza que uno acapare para
sí mismo sin necesidad, es injusta, porque está privando a
otros de lo que necesitan. Ante las declaraciones actuales
sobre la escasez de alimentos y el peligro de una hambruna,
queda la conciencia clara de que hay alimentos suficientes,
lo que falta es generosidad, lo peligroso es el
acaparamiento y la ambición de unos cuantos que se despachan
a su propio gusto mientras millones de hermanos están
muriendo de hambre.
Cambiar de raíz
Quizás este evangelio puede
resultar extraño y hasta escandaloso para quienes están
sufriendo hambre, como si fuera una invitación a quedarse
irresponsablemente sin hacer nada, sólo esperando que todo
baje del cielo, confiar en la “providencia”. No es ese el
sentido del Evangelio. Es una llamada a buscar el Reino de
Dios y su justicia, a transformar el mundo conforme a la
mirada y al deseo de Dios. El dinero ha invadido los
corazones y ha hecho que nos olvidemos de los hermanos.
Damos una mano a Dios y otra al dinero, tenemos encendidas
dos velas… Es un reclamo a dar el justo valor a las cosas
materiales y esto lo debemos tener en cuenta en la familia,
en la sociedad y entre las naciones. Es una exigencia de
cambiar desde la raíz las situaciones injustas y el sistema
económico social que las engendra. ¿No es cierto que los
intereses económicos pasan por encima de naciones y de
individuos? ¿No es verdad que a los pies de los grandes
capitales caen los ideales y sucumben los buenos propósitos?
Cristo nos invita a un
punto de equilibrio, Cristo condena el afán desmedido, el
ansia exagerada, la agitación forzada. Él mismo trabajó con
sus manos y ganó el sustento con su sudor, pero siempre se
sintió en manos de su Padre y reconoció que tenía una
misión. Es bueno y santificador el trabajo, pero es mala la
ambición y el ansia desmedida. Es bueno procurar el
bienestar y la seguridad, pero es malo crearnos necesidades
artificiales y hacernos esclavos de los bienes materiales
hasta sentirnos identificados con ellos. Es bueno sentirnos
en manos de un Padre amoroso, pero también lo es sentirnos
responsables de cuidar, perfeccionar y hacer común la
creación que Él nos ha dejado.
Ante estas propuestas de
Jesús debemos cuestionarnos ¿Qué cosas guían mi vida como
persona? ¿Cuáles valores determinan mis decisiones? ¿Qué
cosa ocupa mi corazón? ¿Busco a Dios pero no me suelto de
mis ambiciones?
Padre
Bueno, concédenos descubrir el valor de tu amor, sentirnos
en tus manos y que el curso de los acontecimientos del mundo
se desenvuelva, según tu voluntad, en la justicia, en la
paz y en la fraternidad. Amén
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